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6º Domingo de Pascua

Del Evangelio de Juan 15, 9 - 17

Os mando esto: ¡amaos mutuamente con amor de caridad!.

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

- Como me ama el Padre yo también os amo; quedaos en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, seguiréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y sigo en su amor. 
Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena.

Éste es el mandamiento mío: que os améis mutuamente con amor de caridad, como os amo yo.
Nadie tiene mayor amor que este: que uno entregue su vida pr sus amigos.
Vosotros seréis amigos míos si hacéis lo que yo os mando. 
Ya no os llamo "esclavos", porque el esclavo no sabe lo que va hacer su amo.; en cambio a vosotros, os sigo llamando "amigos" porque os he hecho saber todo lo que oí a mi Padre. 
No me elegistéis vosotros a mí, si no que yo os elegí a vosotros, y os destiné para que vosotros vayáis a dar fruto y que vuestro fruto perdure, de modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. 

Os mando esto: amaos mutuamente con amor de caridad.

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DIOS NOS HA AMADO. AMÉMONOS UNOS A OTROS

La 2ª lectura y el evangelio están estrechamente relacionados. «Amémonos unos a otros», comienza el texto de la carta de san Juan. Y el evangelio insiste dos veces: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros»; «Esto os mando: que os améis unos a otros». Este precepto se basa en el amor que Dios nos ha manifestado de dos formas complementarias: enviando su Espíritu y enviando a su Hijo.

Un Padre que da el Espíritu sin distinguir entre judíos y paganos (1ª lectura)

La lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles recoge parte de un importantísimo episodio de la iglesia primitiva. Hasta entonces, los discípulos de Jesús se han visto a sí mismos con un grupo dentro del judaísmo, sin especial relación con los paganos. No se les pasa por la cabeza hacer apostolado entre ellos, mucho menos entrar en sus casas si no se han convertido al judaísmo y se han circuncidado. Los consideran impuros.

En este contexto, se cuenta que Pedro tuvo una visión: ve bajar del cielo un mantel repleto de toda clase de animales impuros (cerdo, conejo, cigalas, etc.) y escucha una voz que le ordena: mata y come. Pedro se niega en redondo. «Nunca he probado un alimento profano o impuro». Y la voz del cielo le responde: «Lo que Dios declara puro tú no lo tengas por impuro».

Termina la visión. Pedro se siente desconcertado, y mientras piensa en su posible sentido, llaman a la puerta de la casa tres hombres enviados por un pagano, el capitán Cornelio, para pedirle que vaya a visitarlo. Pedro comprende entonces el sentido de la visión: no puede considerar impuro a un pagano interesado en conocer el evangelio. Al día siguiente se pone en camino desde Jafa a Cesarea y cuando llega a casa de Cornelio tiene lugar la escena que hoy leemos.

Indico algunos detalles interesantes del texto:

1) «Está claro que Dios no hace distinciones»; para él lo importante no es la raza sino la conducta del que lo respeta y practica la justicia.

2) La venida del Espíritu Santo sobre este grupo de paganos produce los mismos frutos que en los apóstoles el día de Pentecostés: hablan lenguas extrañas y proclaman la grandeza de Dios.

3) El Espíritu Santo viene sobre ellos antes de recibir el bautismo (si lo dijese un teólogo actual es posible que recibiese un serio aviso de la Congregación para la Doctrina de la Fe). No se puede decir de forma más clara que «el Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere».

La conducta de Pedro provocó gran escándalo en los sectores más conservadores de la comunidad de Jerusalén y debió subir a la capital a justificar su conducta. Pero este episodio deja claro que, para Dios, los paganos no son seres impuros. Él ama a todos los hombres sin distinción. Con ello se justifica el apostolado posterior entre los paganos.

Un Padre que da su Hijo a los pecadores (2ª lectura)

La carta de Juan justifica el mandato de amarnos mutuamente diciendo que «Dios es amor» y cómo nos lo ha demostrado. Cuando yo era niño, el catecismo de Ripalda, a la pregunta de quién es Dios nos enseñaba a responder: «Un señor infinitamente bueno, sabio y poderoso, principio y fin de todas las cosas». El autor de la carta no necesita tantas palabras. Se limita a decir: «Dios es amor». Y ese amor lo manifiesta enviando a su hijo «como víctima de propiciación por nuestros pecados».

La «víctima de propiciación» era el animal que se ofrecía para impetrar el perdón. El Día de la Expiación (yom kippur), el Sumo Sacerdote ofrecía un macho cabrío por los pecados del pueblo. En otras ocasiones se ofrecían cabras y novillos con el mismo fin. Pero esas víctimas carecían de valor definitivo. La humanidad se encontraba en una especie de círculo cerrado del que no podía escapar. Entonces Dios nos proporciona la única víctima decisiva: su propio hijo.

Y esto lo hace cuando todavía éramos pecadores. No espera a que nos convirtamos y seamos buenos para enviarnos a su Hijo. Si la primera lectura decía que Dios no hace distinción entre judíos y paganos, la segunda dice que no hace distinción entre santos y pecadores.

En vez de amar a Dios, amar a los hermanos (evangelio)

En la segunda lectura el protagonismo ha sido de Dios. En el evangelio, el protagonista principal es Jesús, que demuestra su amor hasta el punto de dar la vida por nosotros, llamarnos amigos suyos, elegirnos y enviarnos. (¡Cuánta gente desearía poder decir que es amigo o amiga de un personaje famoso, que ha sido elegido por él para llevar a cabo una misión!).

Lo que Jesús exige a cambio de esta amistad es muy curioso. Cuando era estudiante en el Pontificio Instituto Bíblico le escuché este comentario al P. Lyonnet: «Fijaos en lo que dice la 1ª carta de Juan: "Si tanto nos ha amado Dios..." Nosotros habríamos añadido: "también nosotros debemos amar a Dios". Sin embargo, lo que dice Juan es: "Si tanto nos ha amado Dios, debemos amarnos unos a otros".

Algo parecido ocurre en el evangelio de hoy. «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.» Jesús podría haber dicho: «Amadme como yo os he amado». Pero no piensa en él, piensa en nosotros. Es fácil engañarse diciendo o pensando que amamos a Jesús, porque no puede demostrarse ni negarse. Lo difícil es amar al prójimo y, como diría alguna ex-ministra, a la prójima.

José Luis Sicre


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AMIGOS EN COMUNIDAD

He pasado el fin de semana en la Rioja, tierra plagada de viñedos donde el símil de la “vid” con la vida de la comunidad cristiana se hace evidente y palpable. Su necesario cuidado nos alerta del que necesita nuestra vida personal y comunitaria para poder dar el fruto esperado. Es una parte de lo que hemos trabajado en ese intento de vivir relacionados y dependientes unos de otros a nivel de universo.

¿Y cuál es ese fruto del que hablamos: cumplir los mandamientos, realizar obras de caridad, atraer adeptos a nuestras iglesias?

Nada de eso menciona el evangelio, sino una clase de amor que lleve hasta las últimas consecuencias como el de Jesús, hasta dar la vida, entregando la vida por ellos, hasta el extremo para ser consecuente con su convencimiento.

Eso sí: “para que llevéis dentro mi alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo”. Todas nuestras frustraciones, desengaños, faltas de esperanza, fatalismos, responden a que no nos salen las cosas como queremos y desde luego eso no corresponde al amor auténtico sino al ego.

El gozo nos dice Jesús, nos viene de “mantenernos” en ese amor de Dios que se traduce en el amor concreto que Jesús nos tiene y nos demuestra de una manera tan palpable y tan real hasta dar la vida. Cuando eso lo vivimos en comunidad se convierte en un gozo indescriptible: sensación de apoyo, armonía, entendimiento suma de talentos y creatividad.

 De ahí nace la auténtica amistad. La amistad no me parece la palabra con la que una inmensa mayoría de cristianos definirían su relación con Dios. “Hijos”, “siervos”, “trabajadores de la viña” por no mencionar otros términos, son los que se nos han inculcado a lo largo de los siglos y han perdurado hasta hoy.

El evangelio de Juan, según la prestigiosa teóloga norteamericana, Sandra Schneiders, tiene como centro un tema: “la revelación”, que  a lo largo de la historia ha sido reducido en muchas ocasiones a “información”, más relacionado con proposiciones dogmáticas que se han quedado frías y nos suenan a mandamiento.

La revelación tiene que ver sobre todo con relación. Expresa no tanto conocimiento teórico, información, como auto comunicación. Esta au-torevelación es siempre una invitación a la otra persona a entrar en la intimidad de la propia persona: una invitación por tanto a compartir vida. Esta vida compartida, conduce a la amistad. Y la amistad es un proceso largo y a lo que nunca nos referimos como “ya he llegado”.

La revelación es un proceso que nunca está “acabado”. No es que una vez revelado el “secreto” de Dios ya podemos programar nuestra vida de acuerdo a ese conocimiento. Jesús se va revelando en un proceso y es en ese mismo proceso en el que vamos desarrollando lo que es el auténtico discipulado.

Ese amor del que nos habla Jesús se ha traducido por acciones en favor de los demás y amar a Dios igual a cumplir sus mandamientos. Durante siglos eso hemos entendido que era el evangelio y formar parte de la comunidad cristiana. ¿Para qué darle más vueltas?

En el siglo XXI, o entramos en el sentido profundo de la mística o no hemos entendido nada. En ese cambio de sierva a amiga, cualquier ser humano, hombre o mujer, comprende la elección, la llamada, el encargo como fruto de una relación profunda de amor esponsalicio, apasionado, que lejos de ser intimista o ñoño, provoca tal pasión que la persona es capaz de vivir dando la vida hasta el extremo.

Ese gozo, ese amor esa vida son el fruto para compartir. La vida se expande…

Carmen Notario Ajuria


NO DESVIARNOS DEL AMOR

El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso de despedida en el que se recogen, con una intensidad especial, algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus discípulos a lo largo de los tiempos para ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días.

«Permaneced en mi amor». Es lo primero. No se trata solo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor.

Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Este es mi mandamiento; que os améis unos a otros como yo os he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Solo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.

Jesús no presenta este mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de alegría: «Os hablo de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.

Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas, resentimientos, lamentos y desazón.

A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros.

José Antonio Pagola

 

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO 

“Vivir el momento presente colmándolo de amor” (Cardenal Nguyên van Thuân).                              

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.

Jesús solo quiere amar y que permanezcamos en su amor. Amando sin medida, responde al amor del Padre. El encuentro con Jesús nos recuerda el amor con que nos amó. Solo su amor es digno de fe. La mejor manera de permanecer en su amor es amar mucho, aliviar el dolor de los que nos rodean, dar esperanza con nuestros gestos y palabras. La oración no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho. Ven, Espíritu Santo. Enciende en nuestros corazones la llama de tu amor.   

Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado

Jesús no puede pedirnos otra cosa que amor, amor a él y amor a todos. Pero nosotros no abrimos fácilmente la puerta del corazón a los distintos y distantes; encontramos mil razones para justificar el no amar. Por eso, porque no sabemos ni queremos amar, Jesús nos regala el Espíritu, que enciende en nuestra interioridad una llama de amor viva. Jesús espera pacientemente que nos decidamos a amar. Dibuja, Jesús, tu amor en nuestra fuente, para que quien nos mire te vea.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.

Estamos hechos para la alegría y el gozo se despierta en nosotros cuando escuchamos las palabras de Jesús. Necesitamos aprender, siguiendo a Jesús, a disfrutar de la alegría del evangelio. “La verdadera santidad es la alegría” (Papa Francisco). Jesús nos regala su alegría, de la amistad con él brota esa sonrisa gozosa, nacida desde lo más hondo de nuestro ser. Saber que somos amados incondicionalmente es lo central de nuestra fe, es la fuente del gozo. Quien conoce y ama a Jesús supera el cansancio de la fe, recupera la alegría cuando esta se esconde. Espíritu Santo, solo tu amor cura nuestras dolencias.

A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

El amor de Jesús nunca está ocioso, está en continuo movimiento, busca el bien de las personas, crea una atmósfera de comunicación a su alrededor, da la vida por sus amigos. En la oración, Jesús nos da a conocer el proyecto de amor del Padre, renueva en nosotros la capacidad de hacer amigos, de comunicar con ellos las cosas de Dios. Cuando compartimos la alegría con los demás, esta se multiplica dentro de nosotros. “Con tan buen amigo presente, todo se puede sufrir; él ayuda y da esfuerzo, nunca falta; es amigo verdadero” (Santa Teresa).

Soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto.

Mirando a Jesús, descubrimos que el fruto de la vida es el amor. Hemos sido creados y elegidos, a imagen y semejanza de Dios, para amar. El amor es nuestra vocación y nuestra misión. Quien ama como Jesús, pasa por este mundo haciendo el bien, aprende a mirar a los demás con compasión. Solo es feliz quien da alegría a los demás, solo vive quien hace vivir. Bendito seas, Señor.  

Equipo CIPE

Documentación: Liturgia de la Palabra

Documentación: Salmo: Amaos

Documentación: Meditación



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