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Domingo de Ramos

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 22, 7.14—23,56

.... Hossanna al Hijo de David..... Crucificale, crucifícale....

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C. Llegó el día de los Ácimos, en el que se debía inmolar la víctima pascual. Cuando fue la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:

+ “He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi Pasión, porque os aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios”.

C. Y tomando una copa, dio gracias y dijo:

+ “Tomad y repartidla entre vosotros. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios”.

C. Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

+ “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”.

C. Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo:

+ “Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes. La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí. Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!”

C. Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso. Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande. Jesús les dijo:

+ “Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve. Vosotros habéis permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas. Por eso todo lo que Padre me ha dado, a vosotros os lo entrego, como mi Padre me lo entregó a mí. Y en mi Reino, comeréis y beberéis en mi mesa, y os sentaréis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos”.

C. Pedro le dijo:

S. “Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte”.

C. Pero Jesús replicó:

+“Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces”.

C. Después les dijo:

+ “Cuando os envié sin bolsa, ni provisiones, ni sandalia, ¿os faltó alguna cosa?”

C. Respondieron:

S. “Nada”

C. Él agregó:

+ “Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una. Porque oss aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: «Fue contado entre los malhechores». Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí”.

C. Ellos le dijeron:

S. “Señor, aquí hay dos espadas”.

C. Él les respondió:

+ “Basta”.

C. Enseguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo:

+ “Orar, para no caer en la tentación”.

C. Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:

+ “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

C. Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo:

+ “¿Por qué estáis durmiendo? Levantaos y orar para no caer en la tentación”.

C. Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Éste se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo:

+ “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”

C. Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron:

S. “Señor, ¿usamos la espada?”;

C. Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. Pero Jesús dijo:

+“Quietos, ya está”.

C. Y tocándole la oreja, lo sanó. Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo:

+ “¿Soy acaso un bandido para que vengáis con espadas y palos? Todos los días estaba entre vosotros en el Templo y no me arrestasteis. Pero ésta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas”.

C. Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos. Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo:

S. “Éste también estaba con él”.

C. Pedro lo negó diciendo:

S. “Mujer, no lo conozco”.

C. Poco después, otro lo vio y dijo:

S. “Tú también eres uno de aquéllos”.

C. Pero Pedro respondió:

S. “No, hombre, no lo soy”.

C. Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo:

S. “No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo”.

C. Dijo Pedro:

S. “Hombre, no sé lo que dices”.

C. En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo. El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Éste recordó las palabras que el Señor le había dicho: "Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces". Y saliendo afuera, lloró amargamente.

C. Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban; y tapándole el rostro, le decían:

S. “Profetiza, ¿quién te golpeó?”

C. Y proferían contra él toda clase de insultos.

C. Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron:

S. “Dinos si eres el Mesías”

C. Él les dijo:

+ «Si os respondo, no me creereis, y si os interrogo, no me respondereis. Pero, en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».

C. Todos preguntaron:

S. «¿Entonces eres el Hijo de Dios?»

C. Jesús respondió:

+«Tienes razón, yo lo soy».

C. Ellos dijeron:

S. “¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca”.

C. Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.

C. Y comenzaron a acusarlo, diciendo:

S. “Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías”.

C. Pilato lo interrogó, diciendo:

S. “¿Eres tú el rey de los judíos?”

+ “Tú lo dices”.

C. Le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:

S. “No encuentro en este hombre ningún motivo de condena”.

C. Pero ellos insistían:

S. “Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí”.

C. Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.

C. Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia. Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos

C. Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo:

S. “Me habéis traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué en vuestra presencia y no he encontrado ningún motivo de condena en los cargos que le imputais; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como veis, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad”.

C. Pero la multitud comenzó a gritar:

S. “¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!”

C. A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando:

S. “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”

C. Por tercera vez les dijo:

S. “Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad”.

C. Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.

C. Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo:

+ “¡Hijas de Jerusalén!, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los vientres que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: «¡Caed sobre nosotros!, y a los cerros: «¡Sepultasdnos!» Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?”

C. Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados. Cuando llegaron al lugar llamado “del Cráneo”, lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía:

+ “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

C. Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos. El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían:

S. “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”

C. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían:

S. “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”

C. Sobre su cabeza había una inscripción: “Éste es el rey de los judíos”.

C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:

S. “No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”.

C. Pero el otro lo increpaba, diciéndole:

S. “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”.

C. Y decía:

S. “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”.

C. Él le respondió:

+ “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

C. Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó:

+ “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

C. Y diciendo esto, expiró.

Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.

C. Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando:

S. “Realmente este hombre era un justo”.

C. Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.

C. Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado. Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado. Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

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CON EL CORAZÓN ENTERO

Las lecturas de este domingo de Ramos nos sitúan de nuevo ante, quizá, la experiencia más honda y difícil de la vida de Jesús. La decisión de subir a Jerusalén, la entrada en la ciudad, la cena como sus amigos y amigas, la rápida condena y la cruz, son acontecimientos que parecen precipitarse en un agujero negro de dolor y tristeza difícil de asimilar.  Sin embargo, los relatos de la pasión no están pensados para que nos quedemos centradas y centrados en el dolor y la tristeza, la impotencia y la debilidad que se entretejen a lo largo de los episodios, sino que están transitados por la esperanza, el perdón y el amor.

El texto de Isaías 50, 4-7, leído desde la vida de Jesús, nos invita a poner la no violencia en la base de nuestro proyecto humano. El siervo de Yahvé no es un cobarde pusilánime, sino alguien consciente de que la única opción es mirar de frente el mal, afrontarlo con valentía, pero sin devolver la jugada. Y esto es así porque el Dios que sostiene su vida es un Dios de entrañas maternas que siempre espera. El siervo de Yahvé consuela al abatido/a porque sabe lo que es perder, lo que es resistir ante el mal. Desde él, miramos a Jesús, comprendemos su decisión de ir a Jerusalén; desde él descubrimos la sabiduría de quien resiste al mal a fuerza de Bien (Rm 12, 21).

En la carta a los filipenses (2, 6-11), Pablo recuerda un himno, que seguramente formaba ya parte de la formulación de fe de muchos grupos cristianos, pero que a él le sirve para invitar a la comunidad a revisar su forma de actuar. En una ciudad como Filipos, en la que adquirir honores y subir en el escalafón era casi un proyecto de vida, seguir a Jesús suponía abandonar expectativas sociales y modos de conducta ampliamente reconocidos para asumir una propuesta diferente: hacer el camino de descenso hacia lo pequeño y humilde, renunciando a privilegios y lugares destacados. Y esto, no como un mero camino ascético y voluntarista, sino porque la fe que habían abrazado se sostenía en un Dios vaciado de títulos y cuyo único poder era el amor. Un Dios que, en Jesús, abrazaba el abismo de la impotencia y la muerte para poder ofrecer su salvación a todo ser humano sin distinción. Abajarse para entrar en el espacio del encuentro. Abajarse para poder mirar de frente la humanidad sin adornos.

El largo relato de Lucas 22, 14-23,-56 nos ayuda a recorrer los últimos momentos de la vida de Jesús, contemplando su proceso de entrega y encuentro renovado con Abba, que en todo momento sostuvo su vida. Jesús actúa en este momento dramático sin victimismos, sabiendo que el horizonte está más allá de su propia persona.

Sentado junto a los hombres y mujeres que le habían acompañado desde Galilea, comparte con ellos y ellas lo que conmueve su alma. Sabe que su enfrentamiento con las autoridades políticas y religiosas ha llevado su vida a un punto sin retorno. Los gestos del pan y el vino compartidos adquieren una densidad inaudita porque en ellos se expresa su entrega y su renuncia, su fidelidad y la gratuidad que brota de su existencia (Lc, 22, 14-23).

Sus compañeros de camino entienden con dificultad lo que está pasando. Siguen soñando con resultados poderosos, con puestos de gobierno. Frente a un Jesús profundamente conmovido y dispuesto a afrontar las consecuencias de su predicación y de sus praxis, sus discípulos sueñan con recibir premios y estatus. Pero el maestro les recuerda que solo es posible seguirle desde abajo y de frente. El Reino de Dios no se conquista, el Reino de Dios se encuentra cuando se sirve la mesa, una mesa sin presidencias ni lugares de honor. Una mesa donde el pan y el vino es de todas y todos, porque todas y todos somos sostenidas/os por el amor y el perdón gratuito de Dios. (Lc 22,24-38).

El camino desde el huerto de los olivos a la cruz es un camino lento. De cerca las mujeres que subieron desde Galilea con él a Jerusalén le acompañan. Ellas resisten a pesar del dolor y el miedo, ellas sienten la derrota, pero saben que nada les apartará del amigo y del maestro que las liberó, las eligió y les invitó a ser sus discípulas y compañeras en el proyecto del Reino. (Lc 23, 49)

Ellas lo observaban todo de cerca, comenta Lucas, no podía hacer más, pero a pesar de la impotencia y el desconsuelo, permanecieron, y su permanencia les hará capaces de ser las primeras testigos de la Resurrección, reactivando su esperanza, sus recuerdos y su fe. (Lc 23, 55-56).

Carmen Soto Varela

 

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LA PASIÓN SEGÚN LUCAS

Resulta imposible comentar en pocas líneas el relato de la Pasión en el evangelio de Lucas. De los diversos episodios exclusivos suyos, considero de especial interés las tres palabras que pone en boca de Jesús en la cruz. Como es sabido, ninguno de los evangelios trae las siete famosas palabras de Cristo en la cruz. Mateo y Marcos, solo una; Juan, tres; Lucas, otras tres. Sumándolas tenemos siete. Las tres de Lucas pueden servir de reflexión y oración.

Morir perdonando

Jesús y los dos malhechores acaban de llegar al Calvario. Crucificar a tres personas es un trabajo más lento y cruel de lo que puede imaginarse, pero Lucas no entra en detalles. Se limita a indicar lo que decía Jesús en este momento: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

El tema de los enemigos y del perdón ha aparecido en este evangelio desde el comienzo. Zacarías, el padre de Juan Bautista, alaba a Dios porque ha suscitado a un descendiente de David “para que, libres de temor, arrancados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos con santidad y justicia toda nuestra vida”. Su esperanza no se cumplirá como él espera. A su hijo lo decapitará Herodes. Y Jesús no habla de verse libres de los enemigos. Lo que manda a sus discípulos es: “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian”. Ahora, en el momento decisivo, Jesús va más adelante. No solo reza por los enemigos, sino que intenta comprenderlos y justificarlos: “no saben lo que hacen”.

Nunca es tarde para convertirse

Que Jesús fue crucificado entre dos malhechores lo dicen también Mateo y Marcos (aunque estos los llaman “ladrones”, que equivale a “terroristas”, cosa más lógica porque a los ladrones no los crucificaban, sino que los vendían como esclavos). Pero la mayor diferencia consiste en que en Mateo y Marcos los dos insultan a Jesús. Lucas cuenta algo muy distinto: mientras uno anima irónicamente a Jesús a salvarse y salvarlos, el otro lo defiende, reconoce su inocencia y le pide que se acuerde de él cuando llegue a su reino. Todos sabemos la respuesta de Jesús: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Algún escéptico podría decir que Lucas ha inventado esta conversión tan inesperada del buen ladrón. Él respondería: “Si no fue así, pudo serlo”. Porque lo que intenta enseñarnos es que nunca es tarde para convertirse. En una parábola que comentamos hace tres domingos, el labrador pedía un año de plazo para la higuera estéril. Zaqueo tuvo el resto de su vida para demostrar su conversión. El buen ladrón solo dispone de unas horas antes de morir, aprovecha la ocasión de inmediato, y esas pocas palabras le sirven para salvarse. Al mismo tiempo, las palabras de Jesús suponen un consuelo para todos nosotros cuando se acerque la muerte: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Morir en manos de Dios

Lo último que dijo Jesús antes de morir también varía según los evangelios. Marcos y Mateo ponen en su boca el comienzo del Salmo 22: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué he has desamparado?”. Parece un grito de abandono, sin esperanza. Quien sigue leyendo el salmo advierte que el olvido de Dios y el sufrimiento dan paso a la victoria final. Aunque esto sea cierto, Lucas piensa que sus lectores no van a entenderlo y se pueden quedar con la sensación de que Jesús murió desesperado. Por eso, las últimas palabras que pone en su boca son: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. De este modo, el final de la vida terrena de Jesús empalma con el comienzo de actividad apostólica. En el bautismo escuchó la voz del cielo: “Tú eres mi hijo amado”. Ahora, en el momento del dolor y la muerte, cuando parece que Dios lo ha abandonado, Jesús lo sigue viendo como “Padre”, un padre bueno al que puede entregarse por completo.

El relato de la pasión es una historia de dolor, injusticia, sufrimiento físico y moral para Jesús. Pero Lucas ha querido que sus últimas palabras nos sirvan de enseñanza y consuelo para vivir y morir como él.

José Luis Sicre

LECTURA ORANTE

“Vive Cristo, esperanza nuestra, y él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida… ¡Él vive y te quiere vivo!” (Papa Francisco, Vive Cristo 1)

‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros’.

 “Estas son las señales del amor” (4 Moradas 1,7). ¡Qué palabras, dichas en medio de un silencio sobrecogedor! Así es Jesús. Convierte su cruz en entrega. Así de transparente suena el Evangelio en su cuerpo entregado por el pueblo. Así revela el rostro de Dios. Su entrega es consecuencia de su estilo de vivir amando y entregando la vida. Todo en Jesús tiene sabor a entrega y amor. Así denuncia toda manera de vivir egoísta y ajena a los pobres. Como Jesús, son felices los que saben entregar la vida. La entrega es el fundamento de nuestro ser de cristianos. Lo que somos no muere jamás. Jesús, tu entrega sostiene nuestra fe. Queremos vivir como tú.

‘El primero entre vosotros pórtese como el menor’.

 Así es Jesús; convierte su cruz en servicio. ¡Cómo le recuerdan estas palabras! Así de loco y sorprendente suena el Evangelio, demasiado peligroso para los que ostentaban el poder y tenían en sus manos el dinero; por eso lo mataron. El servicio en los finales es consecuencia de su estilo de vivir siempre con el delantal puesto para servir. Como Jesús, son felices los que saben servir. Lo nuevo es el servicio. El fundamento de nuestro ser de cristianos es el servicio Jesús, tu minoridad abaja nuestros aires de grandeza.

‘Orad para no caer en la tentación’.

Así es Jesús; convierte su cruz en oración, como hizo en cada momento de su vida. Le importa más ser fiel al Padre que salvar la vida. En medio de la prueba, invita a un diálogo amoroso con el Padre. Como Jesús, son felices los que oran en la luz y en la noche. La oración confiada es el fundamento de nuestro ser, el lugar donde descubrimos las señales del amor. Toda oración amorosa es signo de vida. No nos dejes caer en la tentación.

‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’.

Así es Jesús; perdona desde la cruz. Así de hermosa aparece su solidaridad amplia. La misericordia, que predicó por los caminos, la vive hasta el final. Así nos revela al Dios de la ternura. Así denuncia todos los odios que secan la vida. Como Jesús, son felices los que saben perdonar, los que llevan el corazón tocado por la bondad de Dios. Todo perdón es signo de vida, aire fresco que todo lo renueva. El perdón es el fundamento de nuestro ser de amigos de Jesús. Creemos en ti, Jesús crucificado, con el perdón en los labios.

‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.

Así es Jesús; en la cruz le brota una fuente de confianza en el Padre. Se atrevió a creer en un Dios distinto. Sus palabras son un susurro de abandono confiado. Así grita el Evangelio cuando ya no le queda aire para respirar. En el final, Jesús revela al Dios amigo, que solo sabe amar. Como Jesús, son felices los que saben confiar a pesar de todo. Cuando confiamos en Dios una aurora de alegría acecha en medio de la noche.Nuestra señal es tu cruz.

Equipo CIPE

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Documentación: Parábola

Documentación: El Canto de tu pueblo



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