Evangelio de S. Mateo 13, 24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».
Dios como sabiduría nutriente
La lectura de Sabiduría 12,13.16-19 nos ofrece una de las claves principales para entender la experiencia del Dios de Israel en el contexto de un pueblo que se sabe distinto entre las formas culturales y religiosas de los pueblos cananeos, Egipto y Asiria que le rodean. Dios digno de confianza porque nos escucha y nos acoge. Esta característica nos desvela dos cuestiones.
La primera es que la experiencia de que Dios nos ha creado por amor comienza a tomar forma junto a la experiencia de Salvación. El dios que les salvó, no se olvida de ellos, sino que permanece a la escucha de sus preocupaciones y necesidades y se muestra misericordioso y justo, ante la adversidad. Por eso no es un dios creador cualquiera, es un dios más bien cuidador o sostenedor, pues no se aleja de sus criaturas, sino que las alimenta, las sostiene en su debilidad, y las anima y empodera para participen en la transformación del mundo.
Comprender a Dios como Sabiduría nutriente, como Dios que alimenta la vida es una intuición que está presente en la experiencia de Jesús. Nada de lo que el ser humano pueda hacer, su incapacidad de empatizar con el mundo y otros seres humanos, su tendencia a poner sus intereses personales por encima de los demás, su capacidad depredadora y destructora, etc… evita que Dios siga nutriendo su creación en su deseo infinito de volver al jardín original.
Dios es Sabiduría en movimiento, amante de las personas, que invade cada rincón miserable, gime acompañando al ser humano ante la pérdida o la herida y libera un poder que permite comenzar de nuevo. Su alimento despierta la actividad creativa de la tierra y reorienta la vida dañada hacia el crecimiento, dejando atrás la violencia y el sinsentido. Nutre y fortalece a los pobres y los maltratados saciando el hambre y anhelo de justicia que la desesperanza humana cree no poder saciar.
La Sabiduría divina habita en el centro y en las periferias del mundo, es vitalidad que grita con dolores de parto, haciendo nacer cada día, cada instante la nueva creación. No escatima en recursos y es abundante en los regalos que cada día nos da. Dios sabe de nuestra debilidad, y hasta dónde podemos llegar y hasta dónde no, y nos alienta para resistir y resilir con su poder vivificante y continuar cuidando el jardín (Rm 8,26-27).

Aquí es donde podemos nombrar la segunda cuestión. La Sabiduría divina no mide su exceso que se derrama en todos y cada una de sus criaturas, sin importar su bondad o maldad. Jesús intuye que la lógica de Dios es diferente a la lógica y las leyes del ser humano. Con una imagen especialmente sencilla Jesús señala la infinita bondad y la determinación de Dios de no dar por perdida a ninguna criatura. Trigo y cizaña conviven juntas y no es posible separarlas (Mt 13,24-43). Sería una atrocidad pensar que se puede separar lo bueno de lo malo, la vida de la muerte, en las criaturas vulnerables que claman poder vivir una vida más vivible.
Jesús es consciente de que la cizaña que al principio se parece al trigo, luego ahoga frecuentemente al bien. Y pone en boca del dueño de la mies la pregunta sobre si se debe arrancar la cizaña. Esta pregunta se mueve en la lógica de los seres humanos y su afán de clarificar lo que es vida y lo que es muerte, lo que es puro y lo que es impuro, lo que es bueno y lo que es malo. Jesús sabe que Dios no responde esta pregunta desde nuestras categorías. Su respuesta es seguir alimentando, nutriendo, con paciencia, acogiendo la muerte y la vida al mismo tiempo, cultivando una bondad que ama incluso sabiendo que al final la cizaña ahogará en cierta parte.
Por tanto, Jesús nos remite a la esperanza de que la Sabiduría divina siga nutriendo con el anhelo de que parte de esa cizaña no ahogue a la mies. Precipitarnos en juzgar y excluir la cizaña que crece no es la opción de Dios. La propuesta de Dios es seguir siendo fieles a un proyecto entrañable que va al corazón de las cosas y las gentes. La fidelidad activa, la que nutre y en ocasiones genera conversión: conversión del corazón propio, que se llena de más amor y misericordia y conversión del corazón «cizañoso», que se percibe acogido sin merecerlo a los ojos de la justicia humana. Así es cada día de nuestra vida, alimentar la vida circundante con paciencia y acogida, al tiempo que se desea en la acción el crecimiento de una bondad en la cizaña que mitigue el daño y la herida de nuestro mundo.
Silvia Martinez Cano
FERMENTO DE UNA VIDA MÁS HUMANA
Sorprende ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerles en guardia contra una falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo de la acción discreta pero vigorosa de Dios.
A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y arrollador, capaz de terminar con otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa. El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja.
Ahí está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos, animados unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos cada día y donde se mezcla la generosidad con las mezquindades más inconfesables.
A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para desencadenar movimientos grandiosos de masas. El reino de Dios está ya actuando, pero al modo de un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que germina con humildad, o como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola desde dentro.

Al reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con nuestro pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres. El reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad más digna. Al reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio transforme nuestro estilo de vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.
José Antonio Pagola
¿De dónde sale la cizaña?
Narra el texto la sorpresa de los empleados de aquel agricultor que, habiendo sembrado semilla buena, ven como la cizaña se come el campo. Y brota de sus labios la pregunta más normal: ¿DE DÓNDE SALE LA CIZAÑA? No encuentran otra respuesta que la de culpar a un enemigo.
Y aunque parezca que eso es tirar balones fuera, lo bueno es que aciertan: el que siembra el mal es un enemigo. Solo que tal enemigo no está fuera de uno, sino dentro de uno mismo. La cizaña, toda cizaña, brota del corazón de uno mismo, por eso hay que vigilarlo atentamente.

En el fondo del corazón humano conviven un ángel de bondad y un Caín. Hay que dar cancha al primero y tener sujeto al segundo para que no salga afuera y haga estragos. La historia nos enseña que, tanto personas como sistemas sociales y políticos, cuando se han dejado llevar por el mal, han causado cataclismos cósmicos. Por eso hay que repetirse con la verdad de lo que es cierto: puedes sembrar bondad y maldad, semilla buena y la peor cizaña. Sembremos la bondad por la mañana y por la tarde porque no sabemos cuál de las dos cosechas será la buena, quizá las dos.
Es verano, tiempo de más relación. No sembremos cizaña en la vida de los demás. No propaguemos bulos, mentiras y defectos de los demás. Seamos cuidadosos, respetuosos y veraces. No seamos enemigos de las personas que van sembrando por ahí la cizaña de la maledicencia. No nos refugiemos en el anonimato. Y lo dicho: sembremos el bien.
Fidel Aizpurua
Documentación:
Liturgia de la Palabra
Documentación:
Sembrar – F Ulibarri
Documentación:
¿Levadura yo, Señor? – J Leoz

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