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1er Domingo de Adviento ciclo C

¡Levantaos!… Alzad la cabeza!…

Evangelio de Lucas 21, 25-28.34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mal y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación por el dinero, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre.

DESPIERTOS EN TODO TIEMPO

 “Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje”.  Es imposible leer el inicio del evangelio de hoy sin que vengan a nuestra mente las imágenes de todo lo sucedido en este último tiempo en algunas zonas de nuestro Levante español. Todos hemos contemplado perplejos las imágenes de ese oleaje que las aguas provocaron y que llevaron por delante cientos de casas y todo lo que encontraron a su paso. Miles de personas, por desgracia, lo vivieron de primera mano y hoy siguen sufriendo las terribles consecuencias de ello: pérdida de seres queridos, ruinas económicas, destrucción de sus hogares, de parte de su historia o de incluso toda su vida…

Se hace complejo proponer una interpretación de esta Palabra con tal recuerdo en la mente y en el corazón. ¿Cómo leer el texto en toda su hondura desde quienes hoy están sufriendo los desastres medioambientales? ¿Cómo podrán todas estas personas atravesar la realidad que les ha tocado y acoger las palabras que siguen: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”?

Una posible clave de lectura, en línea con lo que el Papa nos ha pedido a través de su encíclica Laudato Si’ y de su exhortación Laudate Deum, es la de descubrir en esta Palabra una invitación a interpretar los signos de este mundo y a asumir nuestra responsabilidad ante el cambio climático que padecemos. “Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con las juergas, borracheras y las inquietudes de la vida”… Estos sustantivos pueden ser cambiados hoy por “consumismo”, “contaminación”, “individualismo”, “concentración de gases”, etc. Sabemos que estos días están reunidos algunos líderes mundiales en la COP29 para dialogar y tomar decisiones que, ojalá, contribuyan al cuidado del medioambiente y de los países más afectados por las catástrofes naturales, pero nuestra tierra necesita del compromiso y el cuidado por parte de cada una de las personas que la habitamos. ¡Mantengámonos despiertos! ¡No dejemos de colaborar en la medida de nuestras posibilidades!

Sin embargo, esta interpretación no haría justicia al texto bíblico si nos quedáramos solo en ella. Porque, a través del simbolismo apocalíptico, de los signos de destrucción y muerte que se narran, lo que el autor desea es alentar la esperanza y avivar en cada persona la certeza de que el Señor no nos abandona, de que Él “viene”, “se acerca”, está presente en medio de estas realidades.

La Iglesia elige este evangelio en el inicio de un nuevo año litúrgico tras celebrar la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Con ello nos invita a alzar nuestras cabezas y mantenernos alerta, en vigilia, para despejar nuestra mirada de modo que ésta sea capaz de atravesar el dolor y el miedo y podamos descubrir al Señor que está en medio de su pueblo. Es este Rey quien se abre paso entre la destrucción y el caos para estar al lado de quien sufre, recordándonos que “su poder y su gloria” vienen revestidos de servicio y consuelo, de acompañamiento y presencia, de abajamiento, amor y solidaridad.

¿Es posible que los más desfavorecidos, aquellos que son objeto directo de las devastaciones naturales, puedan recibir este mensaje de esperanza? Deseamos que sí. En esa nube, con gran poder y gloria han visto venir a miles de voluntarios que se han desplazado hasta allí para acompañar su sufrimiento; al alzar la cabeza han encontrado manos que les han levantado en medio de la dificultad, que les han sostenido arriesgando sus vidas, que han repartido alimentos, medicinas o ropa, o que se han agachado a recoger lodo y escombros junto a ellos. Dios se embarra en las situaciones de mayor dolor y angustia para sostener la esperanza y mantenernos de pie, pero necesita que nosotros estemos despiertos en todo tiempo para reconocerlo… y para testimoniarlo.

Inma Eibe, ccv

SIN MATAR LA ESPERANZA

Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza que él mismo vivía desde lo más hondo de su ser. Hoy escuchamos su grito de alerta: «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Pero tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero»

Las palabras de Jesús no han perdido actualidad, pues también hoy seguimos matando la esperanza y estropeando la vida de muchas maneras. No pensemos en los que, al margen de toda fe, viven según aquello de «comamos y bebamos, que mañana moriremos», sino en quienes, llamándonos cristianos, podemos caer en una actitud no muy diferente: «Comamos y bebamos, que mañana vendrá el Mesías». Cuando en una sociedad se tiene como objetivo casi único de la vida la satisfacción ciega de las apetencias y se encierra cada uno en su propio disfrute, allí muere la esperanza.

Los satisfechos no buscan nada realmente nuevo. No trabajan por cambiar el mundo. No les interesa un futuro mejor. No se rebelan frente a las injusticias, sufrimientos y absurdos del mundo presente. En realidad, este mundo es para ellos «el cielo» al que se apuntarían para siempre. Pueden permitirse el lujo de no esperar nada mejor.

Qué tentador resulta siempre adaptarnos a la situación, instalarnos confortablemente en nuestro pequeño mundo y vivir tranquilos, sin mayores aspiraciones. Casi inconscientemente anida en nosotros la ilusión de poder conseguir la propia felicidad sin cambiar para nada el mundo. Pero no lo olvidemos: «Solamente aquellos que cierran sus ojos y sus oídos, solamente aquellos que se han insensibilizado, pueden sentirse a gusto en un mundo como este» (R. A. Alves). Quien ama de verdad la vida y se siente solidario de todos los seres humanos sufre al ver que todavía una inmensa mayoría no puede vivir de manera digna. Este sufrimiento es signo de que aún seguimos vivos y somos conscientes de que algo va mal. Hemos de seguir buscando el reino de Dios y su justicia.

José Antonio Pagola

ESTAD DESPIERTOS EN TODO TIEMPO

Iniciamos el año litúrgico: una nueva oportunidad para el cultivo de la fe, para llegar a una fe adulta. No la desaprovechemos.

Al comienzo del Adviento se nos llama a ESTAR DESPIERTOS EN TODO TIEMPO.  Ocurre que la fe, y más si es heredada como la nuestra, tiende a adormecerse, a caer en la rutina, a empobrecerse. Es como una prenda usada muchas veces: se deshilacha, pierde color, se rompe. Por eso, viene bien que se nos dé una sacudida. ¿Vives una fe despierta o dormida? ¿Vibras con tu fe o es para ti un peso que te agobia

Jesús es para nosotros un modelo de fe despierta: ora con pasión durante la noche, se encuentra con la gente en los caminos y toma partido por los desfavorecidos, se entrega con valentía sin medir las consecuencias, respira con todo lo creado. Jesús es un creyente de fe despierta.

¿Cómo podemos nosotros vivir hoy una fe despierta?

· Tener los ojos abiertos: dicen algunos que necesitamos “místicos de ojos abiertos”. El creyente se interesa por lo que pasa y lo que nos pasa, le inquietan las situaciones de injusticia, le preocupan las situaciones de los frágiles, se pregunta por el futuro de la sociedad y del mismo evangelio. Un creyente de mirada apagada, distraída, desinteresada no es un ejemplo a seguir.

· Tener una mirada horizontal: mirar hacia la vida, no estar interesado en las cosas religiosas descuidando la familia, el trabajo, la oración. No ser demasiado espiritual, sino lo justo. No rezar demasiado, sino hacerlo con confianza.

· Tener sentido positivo de la vida: no ser un negativista, alejarse de aquellas tóxicas maneras que entendían la vida como un valle de lágrimas, amar la tierra en la que vives, agradecer a Dios el hecho de haber sido creado, no situarte entre los cristianos que todo lo ven de color negro.

La fe despierta descubre motivos de esperanza en el hoy: la sensibilidad de los jóvenes en la DANA, la voluntad de algunos políticos que no buscan la confrontación sino el entendimiento, los trabajos impagables de quien siembra amabilidad y bonhomía en las relaciones crispadas. Si no encuentras nada positivo en la sociedad, tu fe está desconectada de la vida.

Cuando éramos niños nos decían que, al comulgar, habríamos de recogernos abstrayéndonos de la realidad para estar con el Señor. Quizá lo que habría que hacer sería lo contrario: abrir bien los ojos para preguntarnos qué es lo que, como cristianos, tenemos que aportar a la sociedad de hoy. Ojos abiertos, mirada a la realidad, visión positiva de las cosas. Quizá estos sean los ingredientes de una fe despierta.

 Fidel Aizpurúa Donazar

MÁS ALLÁ DEL MIEDO Y DE LA ANSIEDAD, CONFIANZA

Escrito en clave apocalíptica -un género literario que a nosotros nos resulta muy extraño-, el texto que leemos hoy bien podría referirse al momento histórico que estamos viviendo. Son tiempos, los nuestros, de incertidumbre y preocupación que se extienden en diferentes ámbitos, desde las guerras a las relaciones internacionales, desde los populismos de todo tipo hasta el atropello de la verdad, desde la problemática ecológica hasta el futuro de la inteligencia artificial.

No es extraño que, en este contexto, afloren sentimientos de inseguridad, miedo y ansiedad. Y que la gente busque “refugio” en compensaciones de distinto tipo, tal como el propio texto señala.

Y, sin embargo, cuando parecen caer todas las certezas y darse todos los motivos para entrar en la desesperanza, se nos invita a alzar la cabeza y reconocer la liberación. Porque, en medio del “estruendo del mar y del oleaje” -signos apocalípticos de hundimiento del mundo conocido-, aparece con poder el “Hijo del Hombre”.

La expresión “Hijo del Hombre” es otra forma más de nombrar nuestra verdadera identidad. No se refiere a un ser que habría de venir de otro lugar para salvarnos de lo que nos atormenta. Es un modo de aludir a la Plenitud humana que, como Fondo siempre estable y permanente, nos constituye. Podemos referirnos a esa realidad con diferentes nombres, y así hablamos de Ser, Vida, Quietud, Presencia, Silencio, Consciencia… Pero, más allá de los nombres utilizados, siempre ineludiblemente inadecuados, se trata de experimentarla en uno mismo.

Cuando, acallando la mente, vamos más allá de nuestro cuerpo, de nuestra mente, de nuestro psiquismo e incluso de nuestro yo, aparece ante nosotros ese Fondo sin nombre en el que nos reconocemos y donde nos descubrimos en casa. Ahí radica la liberación y la confianza.

Y hace bien el texto en señalar la única condición para que tal vivencia sea posible: “estar despiertos”, es decir, salir de la ignorancia que nos reduce, al identificarnos con nuestra forma (yo o persona) y reconocernos como la Plenitud que somos. Atravesar el mundo de las formas -sin negarlas- para anclarnos en el Fondo, pasar de la consciencia de separatividad -fuente de toda confusión y sufrimiento- a la consciencia de unidad, donde nos vivimos Uno con todo lo que es.

Enrique Martínez Lozano

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Meditación

Documentación:  A modo de Salmo: Señales del Adviento

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