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20º Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio de Juan 6, 51-58

El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:

– Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo.

Disputaban entonces los judíos entre sí:

– ¿Cómo puede este darnos a comer su carne?

Entonces Jesús les dijo:

– Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él.

El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

Lectura orante del Evangelio en clave teresiana

“¡Oh Señor, Señor y verdadero Dios mío! Quien no os conoce no os ama; ¡oh qué gran verdad es ésta!; mas, ay dolor, Señor, de los que no os quieren conocer” (Ex 14,1).  

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Es ésta una pregunta clave en la vida. ¿Cómo puede Jesús amarnos de forma tan real y concreta, tan humana? A unos les escandaliza la posibilidad de que nos dé su vida y huyen de la fuente como si Jesús estuviera pidiendo algo irracional. A otros les sorprende y fascina este amor, que es más grande que la muerte, y se acercan a comer con hambre de vida eterna. En este dilema nos movemos en la vida. Orar es abrirse a la experiencia del amor de Jesús, es entrar sin miedo en la dinámica de amar por ser tan amados. ¡Oh amor que me amas más de lo que yo me puedo amar, ni entiendo!” (Exclamaciones 17,1).

Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

Jesús no se presenta como un modelo al que imitar, sino como un amante que entrega a los que ama, en gratuidad, todo lo que tiene y es. Su Vida es vida de nuestra vida. El Amor quiere ser amado. ¿Por qué nos cuesta tanto entender y vivir el amor? Jesús no quiere estar fuera de nosotros, no pretende servirnos desde fuera. Jesús quiere meterse en nuestra entraña y amarnos con su amor loco. Esta es la sabiduría que supera todas nuestras sabidurías. Orar es un acto de fe en el ser humano, llamado al amor. Orar es permitir que el amor de Jesús nos toque y nos transforme. “¡Qué de caminos, por qué de maneras, por qué de modos nos mostráis el amor!… Con unas palabras tan heridoras para el alma que os ama” (Conceptos del amor de Dios 3,14).   

El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día.

Necesitamos alimentarnos de Jesús para no languidecer. Hay zonas de nuestra vida que no están resucitadas y necesitan ser evangelizadas por el Amor. Jesús es un surtidor de vida, y orar es poner, debajo, nuestro cántaro para beber de su fuente. Jesús es el pan de la vida, y orar es comer ese pan para poseer su vida, su palabra, sus opciones, sus sentimientos. Jesús es todo, y orar es dejar que Él abrace nuestra nada. Jesús es la alegría, y orar es permitir que su humanidad se entrelace con nuestra vida de cada día. “¡Oh Señor mío, que de todos los bienes que nos hicisteis, nos aprovechamos mal!… ¿Qué más era menester para encendernos en amor suyo? (Conceptos del amor de Dios 1,14).

El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él.

Lo decisivo es tener hambre de Jesús. Cuando nos alimentamos de Jesús, se cumple esta promesa tan impresionante. Nuestra vida queda transformada al incorporar a Jesús a nuestra vida concreta. Para vivir la comunión con Jesús es necesario comer a Jesús; como cuando queremos mucho a una persona y le decimos: ‘Te comería’. La eucaristía es una experiencia central para nosotros. Jesús nos alimenta y anima desde dentro, nos embellece y envía como testigos de su amor desde dentro, nos une a los hermanos y hermanas de la comunidad desde dentro, nos hace solidarios con los pobres desde dentro. Jesús vive en nosotros, nos da la vida que tiene junto al Padre, nos comparte el mismo Aliento con que Él respira. ¿Hay quien dé más? “Ojalá el mundo actual -que busca a veces con angustia, a veces con esperanza-, pueda recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (Papa Francisco).

 Equipo CIPE

LO DECISIVO ES TENER HAMBRE

El evangelista Juan utiliza un lenguaje muy fuerte para insistir en la necesidad de alimentar la comunión con Jesucristo. Solo así experimentaremos en nosotros su propia vida. Según él, es necesario comer a Jesús: «El que me come, vivirá por mí».

El lenguaje adquiere un carácter todavía más agresivo cuando dice que hay que comer la carne de Jesús y beber su sangre. El texto es rotundo. «Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».

Este lenguaje ya no produce impacto alguno entre los cristianos. Habituados a escucharlo desde niños, tendemos a pensar en lo que venimos haciendo desde la primera comunión. Todos conocemos la doctrina aprendida en el catecismo: en el momento de comulgar, Cristo se hace presente en nosotros por la gracia del sacramento de la eucaristía.

Por desgracia, todo puede quedar más de una vez en doctrina pensada y aceptada piadosamente. Pero, con frecuencia, nos falta la experiencia de incorporar a Cristo a nuestra vida concreta. No sabemos cómo abrirnos a él para que nutra con su Espíritu nuestra vida y la vaya haciendo más humana y más evangélica.

Comer a Cristo es mucho más que adelantarnos distraídamente a cumplir el rito sacramental de recibir el pan consagrado. Comulgar con Cristo exige un acto de fe y apertura de especial intensidad, que se puede vivir sobre todo en el momento de la comunión sacramental, pero también en otras experiencias de contacto vital con Jesús.

Lo decisivo es tener hambre de Jesús. Buscar desde lo más profundo encontrarnos con él. Abrirnos a su verdad para que nos marque con su Espíritu y potencie lo mejor que hay en nosotros. Dejarle que ilumine y transforme zonas de nuestra vida que están todavía sin evangelizar.

Entonces, alimentarnos de Jesús es volver a lo más genuino, lo más simple y más auténtico de su Evangelio; interiorizar sus actitudes más básicas y esenciales; encender en nosotros el instinto de vivir como él; despertar nuestra conciencia de discípulos y seguidores para hacer de él el centro de nuestra vida. Sin cristianos que se alimenten de Jesús, la Iglesia languidece sin remedio.

José Antonio Pagola

 

 

SIN CARNE NO PUEDE HABER ESPÍRITU

El evangelio del hoy, no solo es continuación del domingo pasado, sino que se repite el último versículo, para que no perdamos el hilo. Ya dijimos que todo el capítulo está concebido como un proceso de iniciación. Partiendo del pan compartido, ha ido progresando hasta la oferta definitiva de hoy. Después de esa oferta, ya no queda más alternativa: o seguir a Jesús o abandonar la empresa y seguir cada uno el camino de su ego.

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Para los judíos del tiempo de Jesús, el ser humano era un bloque monolítico, ni siquiera tenían un término para designar lo que nosotros llamamos alma sin el cuerpo y lo que nosotros llamamos cuerpo sin el alma. Hablar de carne, era hablar de la persona entera. Esa carne es su misma realidad humana, no la carne física en su materialidad. Para un judío, la idea de comer (el texto griego dice masticar) la carne de otro, era sencillamente repugnante, porque significaba que se tenía que aniquilar al otro para hacer suya la sustancia vital del otro.

Os lo aseguro: Si no coméis la carne de este Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.Jesús, en vez de intentar suavizar su propuesta, la hace aún más dura; porque si era ya inaceptable el comer la carne, fijaros qué tendría que suponer para un judío la sola idea de beber la sangre, que para ellos era la vida, propiedad exclusiva de Dios, con prohibición absoluta de comerla. Jesús les pone como condición indispensable para seguirle que coman su carne y beban su sangre. Juan insiste en que, eso que les repugna, es lo que deben hacer con Jesús. Apropiarse de su energía, hacer suya su misma vida.

Debemos tener muy en cuenta que en este capítulo se habla de sarx “carne”, pero en todas las referencias a la eucaristía de los sinópticos y de Pablo se habla de swma “cuerpo”. Para nosotros los dos términos son intercambiables, pero para la antropología judía del tiempo de Jesús, eran aspectos muy diferentes. Carne es el aspecto más bajo del hombre, lo que le pega a la tierra, la causa de todas sus limitaciones. Cuerpo, por el contrario, significa el aspecto humano que le permite establecer relaciones con los demás; sería el sujeto de acción de todos los verbos: yo, tú, él… Es la persona, el yo como posibilidad de enriquecerse o empobrecerse en sus relaciones con los demás seres humanos.

La cultura griega introdujo un concepto que no existía en la mentalidad judía. Al entender “cuerpo” como la parte física hemos traicionado el sentido y hemos tergiversado la comprensión del sacramento de la eucaristía. Para ser fieles al relato evangélico, tendríamos que traducir: “esto es mi persona, esto soy yo”. Sin olvidar, que lo esencial, no es lo que dijo, sino lo que hizo. Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. En esto coinciden los tres sinópticos. No se trata de un pan cualquiera, sino de un pan, tomado, eucaristizado, partido y repartido. Después de hacer eso, Jesús queda identificado con ese pan, que se parte y se reparte. Lo que dijo, solo trata de explicar lo que acaba de hacer.

Al hablar de “carne”, Juan está en otra dinámica. Trata de decirnos que lo que tenemos que hacer nuestro de Jesús es su parte más terrena, la realidad más humilde y baja de su ser. Tenemos que imitar lo que él es en la carne pero gracias al Espíritu. Sin duda está pensando en el significado más profundo de la encarnación, a la que Juan da tanta importancia.

En la concepción falseada de “cuerpo”, no hay prácticamente ninguna diferencia entre el cuerpo y la sangre, porque la sangre es también cuerpo. Pero si hacemos la distinción adecuada, resulta que son dos signos muy diferentes. El primero hace referencia a la persona en su vida normal de cada día. El segundo, sangre, hace referencia a la vida. En efecto, cuando la sangre se escapa por la herida, la vida también desaparece. Cuando Jesús dice que tenemos que comer su cuerpo y beber su sangre, está diciendo que tenemos que apropiarnos de su persona y de su vida. Toda su vida terrena, la puso al servicio de todos, y su misma muerte la convirtió en símbolo de su don absoluto y total.

Es muy frecuente que se trate de explicar estas palabras como una referencia directa a la eucaristía. Yo creo que no son estas palabras las que hacer referencia a la eucaristía, sino que estas palabras y la eucaristía, hacen referencia a una realidad superior que es la misma Vida de Dios que se le comunicó a él y se nos comunica a nosotros. La prueba de que está hablando de símbolos y no de palabras que hay que tomar al pie de la letra, está en que, unas líneas más abajo, nos dice: “El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada”.

El comer y el beber son símbolos increíblemente profundos de lo que tenemos que hacer con la persona de Jesús. Tenemos que identificarnos con él, tenemos que hacer nuestra su propia Vida, tenemos que masticarlo, digerirlo, asimilarlo, apropiarnos de su sustancia. Esta es la raíz del mensaje. Su Vida tiene que pasar a ser nuestra propia Vida. Solo de esta forma haremos nuestra la misma Vida de Dios. Fijaros que lo que Jesús pretende decirles, es precisamente lo que hiere la sensibilidad de los oyentes. No se trata de la biología, ni en Jesús ni en nosotros. Se está hablando de la VIDA, la misma Vida de Dios.

Por activa y por pasiva, insiste Jesús en la necesidad de comer su carne y beber su sangre. El que come mi carne… tiene vida definitiva. Si no coméis la carne… no tendréis vida en vosotros. Si hemos comprendido de qué Vida está hablando, nos daremos cuenta de lo que significa: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Es comida y es bebida porque alimentan la verdadera Vida. La Vida verdadera no es la biológica. Esto fue difícil de aceptar para ellos, y sigue siendo inaceptable para nosotros hoy. A continuación nos lo explica un poco mejor.

La frase: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él»,tiene una importancia decisiva. Cuando nos referimos a la eucaristía, nos fijamos en la segunda parte de la proposición, “yo recibo a Jesús y Jesús está en mí”. Casi siempre olvidamos la primera. Pero resulta que lo primero y más importante es que “yo esté en él”. De nosotros depende hacernos como Jesús, pan partido para dejar que nos coman. Estamos muy acostumbrados a considerar la “gracia” como consecuencia automática de unos ritos, sin darnos cuenta que en la vida espiritua­l no puede haber automatismos. Sin una actitud vital, Dios no puede hacer nada ni en mí ni por mí. No se trata de una imitación externa sino de una identificación.               

Como a mí me envió el Padre que vive y así, yo vivo por el Padre, también aquel que me come vivirá por mí.Una vez más hace referencia absoluta al Padre. El designio de Dios, es comunicar Vida a Jesús y comunicar Vida a todos los hombres. La actitud del que se adhiere a Jesús, debe ser la misma que él tiene hacia su Padre: recibir la Vida y comunicar esa misma Vida a los demás. Jesús nos está pidiendo que hagamos con él, lo que él mismo ha hecho con su Padre. Al hacer nuestra su Vida, hacemos nuestra la misma Vida de Dios. Cuando Jesús dijo: “Yo y el Padre somos uno”, está manifestando cuál es la meta de todo ser humano. Esa identificación total con Dios es el culmen de las posibilidades humanas.

Este es el pan bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres y murieron; quien come pan de este vivirá para siempre. Una y otra vez se repite la misma idea, señal de la importancia que el evangelista quiere darle. Seguramente la polémica seguía con los judíos que no acababan de aceptar el significado de Jesús. Al evangelista lo que le interesa es dejar claro el sentido de la adhesión a Jesús. Existen dos panes bajados del cielo (venidos de Dios), uno espiritual, su persona; otro material, el maná. Éste no consiguió completar el Éxodo, no llevó a los israelitas hasta la tierra prometida. Jesús en cambio puede llevar hasta el fin, a la Vida/amor definitivos.

Fray Marcos

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Meditación

Documentación:  Plegarias

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