Inicio 9 Destacadas 9 26º domingo del Tiempo Ordinario – ciclo A

26º domingo del Tiempo Ordinario – ciclo A

Evangelio de San Mateo 21, 28-32

“vosotros no recapacitasteis ni le creísteis”

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo:

«Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.»

Él le contestó:

«No quiero.»

Pero después recapacitó y fue.

Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó:

«Voy, señor.»

Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?» 

Contestaron: «El primero».

Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis«.

Sí voy señor

Las lecturas de este domingo nos muestran que somos nosotros quienes elegimos. El ejemplo de la parábola de los dos hijos “el que dice sí, y no va a trabajar a la viña y el que dice no, y después sí que va”, puesta en boca de Jesús, enfatiza lo que realmente importa: no lo que decimos sino lo que hacemos, sobre todo después de haber recapacitado.

Esta parábola remarca una vez más la prepotencia de no haber aceptado ni la predicación de Juan y sin decirlo claramente, tampoco la de Jesús. Sin embargo, los publicanos y las prostitutas considerados “fuera del redil”, sí le creyeron.

En la segunda lectura de hoy Pablo nos explica con claridad meridiana lo que significa ese “sí”, esa elección del amor predicado por Jesús tanto de palabra como de obra.

“Si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir”. Filipenses 2:1-2

Como a la comunidad de Filipo se nos invita a dejarnos conducir por el mismo Espíritu, el amor; ese amor que demostramos a “los nuestros”, anteponiéndoles a nosotros mismos y que se nos invita a extender a todos los miembros de la comunidad.

“Entrañas compasivas” que nacen de una mirada al otro que es nuestra mirada transformada.

Si por lo menos en nuestras comunidades miráramos a los demás con la compasión con la que Dios nos mira a cada uno, sin juicios, sin reproches… Lo que más nos duele es la indiferencia, el que el otro no se ponga en nuestro lugar y pase desapercibido nuestro dolor, nuestras dificultades.

* “No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás”. (Flp 2:4)

*“Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” 2: 5

El himno que sigue (vs 6-11), nos muestra el camino elegido que le llevó a entregar la vida hasta la muerte. Una decisión tras otra, en contacto siempre con el Dios que le regaló la libertad como a cada uno de nosotros.

Las circunstancias de la vida, sus propias decisiones le llevaron a la muerte y una muerte en cruz, fruto de su libertad ejercida desde su condición de hijo amado.

Renunciar, humillarse, obedecer…nos suena a ser privados de la libertad y, sin embargo, si se hace con intención, desde el amor, desde la entrega a los demás es el auténtico camino, el que nos devuelve nos identidad más profunda.

Me ha llegado la noticia de la muerte de una misionera española que vivió más de 50 años en Guadalajara, México, en un lugar muy especial, en el Cerro del Cuatro. A este cerro iban llegando gentes huyendo de la miseria con las manos vacías. Su casa comenzaba con unas cuantas uralitas para refugiarse; después ya irían reconstruyendo sus vidas como pudieran.

Magdalena dedicó su vida a la lucha por los derechos de los niños de aquel barrio, abogó por las familias que no tenían qué comer y fue parte fundamental del comedor comunitario, un lugar al que durante años acudieron cientos de jóvenes y familias en busca de alimento y de apoyo.

Su amor a Jesús fue el motivo de su entrega, y se preocupó porque quienes no tenían sus necesidades básicas cubiertas, conocieran el amor de predilección de un Dios que se desvive por cada uno de ellos a través de su persona y de muchas otras personas.

La grandeza de esta mujer no se mide por sus logros: la injusticia sigue acampando en nuestros pueblos y ciudades, pero ella supo, como Jesús, llorar con los que lloran, reír con quienes ríen, considerar a los demás como mejores que ella misma. Supo poner los intereses de los demás por encima de los suyos propios y todas las dificultades del camino: los desprecios, los reveses, las frustraciones, no le pararon, al contrario, le hicieron más fuerte.

Sí voy Señor, decirlo y hacerlo es nuestro camino.

Carmen Notario, SFCC

Los pecadores y los cumplidores

Atreverse a proclamar, en un estado teocrático, que los publicanos y las prostitutas se hallaban más cerca de Dios que los sacerdotes constituía un atrevimiento que no dejaría de ser gravemente castigado. Aunque no solo por ello —Jesús hizo de la denuncia del poder religioso uno de los ejes de su mensaje—, al Maestro de Nazaret acabaría costándole la vida. Porque no fueron los “pecadores” quienes hicieron ejecutar a Jesús, sino los sacerdotes del Templo en connivencia con los otros círculos de poder.

La denuncia de Jesús viene a subrayar que lo importante, lo que realmente cuenta, no es el estado de las personas, su rango, su clase, sus creencias, su ortodoxia o el cumplimiento de las prácticas religiosas…, sino la bondad del corazón. Como es sabido, no se trata de la única vez que Jesús insiste en este punto. Al contrario, todo el relato evangélico se halla atravesado por este mensaje: desde la afirmación según la cual, “No todo el que me dice `Señor, Señor´ entrará en el Reino de los cielos” (Mt 7,21-23)

Hasta las magistrales parábolas del samaritano compasivo (Lc 10,25-37) o del llamado “juicio de las naciones” (Mt 25,31-46), donde es puesto en entredicho el mero cumplimiento religioso, mientras se proclama, como criterio definitivo de verdad, la bondad compasiva y eficaz que cuida de las personas más vulnerables.

La Iglesia, como toda institución, busca personas “cumplidoras”, de la misma manera que los fariseos se jactaban de ser “observantes de la Torá”. Sin embargo, la insistencia en el “cumplimiento” religioso entraña el riesgo de vivir en función del “yo ideal” que, en la práctica, deriva en una inflación del ego, que se manifiesta en una actitud de superioridad, desde la que se ha tendido a juzgar y descalificar a quienes no “cumplían”, a los “no observantes”. Con lo cual, en una llamativa paradoja, el “cumplimiento” y la “observancia” venían, en la práctica, a alimentar el juicio y la condena. Es precisamente en ese contexto donde la proclama de Jesús muestra su acierto.

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Meditación

Documentación:  F Ulibarri – Lo que va de hijo a hijo

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