3er Domingo de Adviento

Evangelio de Lucas 3, 10-18

Juan, exhortaba al pueblo y les anunciaba la Buena Noticia

En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan:

– Entonces, ¿qué hacemos?

El contestó:

 El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.

Vinieron también a bautizarse unos publicanos; y le preguntaron:

– Maestro, ¿qué hacemos nosotros?

El les contestó:

– No exijáis más de lo establecido.

Unos militares le preguntaron:

– ¿Qué hacemos nosotros?

El les contestó:

– No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga.

El pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos:

– Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego: tiene en su mano la horca para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.

Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba la Buena Noticia.

SOFONÍAS. VERSIÓN 2.0

El profeta Sofonías no tenía ni idea de que, con el tiempo, los espacios iban a comprarse y él pensaba que había que conquistarlos con esfuerzo. Se habría asombrado al enterarse de que, al escribir comprar espacio en internet, podría adquirir, desde más almacenamiento en la nube, hasta un trastero de alquiler para guardar sus cachivaches. Tampoco podía imaginarse que una ansiedad angustiada se apoderaría en 2021 de los corazones de millones de habitantes del mundo a causa del retraso de los microchips y el bloqueo de los transportes.

A él lo que le parecía dramático era que unos okupas indeseables (parecidísimos a los poderes depredadores de hoy…) se hubieran apoderado del espacio sagrado de Sión oprimiendo y expulsando a los pequeños y humildes, la niña de los ojos de Dios. Le tocó asistir a un cambio repentino de situación y eso le alegró tanto que se puso a felicitar a la ciudad devastada – “regocíjate, alégrate, canta de gozo…”: había llegado un líder victorioso, huían los enemigos y Sión acogía con júbilo en su centro a Aquel que venía a ella como un amante apasionado. No pretendía ejercer sobre ella ninguna forma de dominio: buscaba estar junto a su amada, recuperar su intimidad, reencontrar su amor, hacerse inseparable de ella. Y al conseguirlo, estalla de alegría y la invita a danzar juntos. “Se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta.» (Sof 3,14-18)

Ahí está todo el secreto del Adviento, más allá de coronas de muérdago, velitas de colores y casullas moradas. Sión es el nombre que cada uno de nosotros lleva tatuado en lo más profundo y escuchamos el pregón:

Felicidades, Sión, ¡qué suerte la tuya!
se han soltado las ataduras que te tenían amarrada,
se ha silenciado el ruido que ocupaba tu interior,
has liberado espacio en tu corazón,
está llegando Aquel a quien perteneces.

Alégrate, ensancha tu capacidad,
ábrete a su presencia desde ese vacío silencioso que le hace sitio.
Dichosa tú, porque en tu seno acogedor y cálido
puedes ofrecer hospitalidad y amparo
a tantas vidas ateridas.

Enhorabuena, porque te estás volviendo Adviento.

Dolores Aleixandre

¿NOS ATREVEREMOS A COMPARTIR?

Los medios de comunicación nos informan cada vez con más rapidez de lo que acontece en el mundo. Conocemos cada vez mejor las injusticias, miserias y abusos que se cometen diariamente en todos los países.

Esta información crea fácilmente en nosotros un cierto sentimiento de solidaridad con tantos hombres y mujeres, víctimas de un mundo egoísta e injusto. Incluso puede despertar un sentimiento de vaga culpabilidad. Pero, al mismo tiempo, acrecienta nuestra sensación de impotencia.

Nuestras posibilidades de actuación son muy exiguas. Todos conocemos más miseria e injusticia que la que podemos remediar con nuestras fuerzas. Por eso es difícil evitar una pregunta en el fondo de nuestra conciencia ante una sociedad tan deshumanizada: «¿Qué podemos hacer?».

Juan Bautista nos ofrece una respuesta terrible en medio de su simplicidad. Una respuesta decisiva, que nos pone a cada uno frente a nuestra propia verdad. «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo».

No es fácil escuchar estas palabras sin sentir cierto malestar. Se necesita valor para acogerlas. Se necesita tiempo para dejarnos interpelar. Son palabras que hacen sufrir. Aquí termina nuestra falsa «buena voluntad». Aquí se revela la verdad de nuestra solidaridad. Aquí se diluye nuestro sentimentalismo religioso. ¿Qué podemos hacer? Sencillamente compartir lo que tenemos con los que lo necesitan.

Muchas de nuestras discusiones sociales y políticas, muchas de nuestras protestas y gritos, que con frecuencia nos dispensan de una actuación más responsable, quedan reducidas de pronto a una pregunta muy sencilla. ¿Nos atreveremos a compartir lo nuestro con los necesitados?

De manera ingenua creemos casi siempre que nuestra sociedad será más justa y humana cuando cambien los demás, y cuando se transformen las estructuras sociales y políticas que nos impiden ser más humanos.

Y, sin embargo, las sencillas palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias está también en nosotros. Las estructuras reflejan demasiado bien el espíritu que nos anima a casi todos. Reproducen con fidelidad la ambición, el egoísmo y la sed de poseer que hay en cada uno de nosotros.

José Antonio Pagola

Publicado en www.gruposdejesus.com

EL AMOR EFECTIVO, TEST DE LA COMPRENSIÓN

Me parece evidente que todo se ventila en la comprensión. Porque cuando comprendemos de una manera profunda, experiencial o vivencial, se disipan las brumas de nuestra mente y salimos de la ignorancia. El hecho de “ver” orienta -etimológicamente: “lleva hacia la luz”- nuestras actitudes y nuestras acciones.

Sin embargo, todo lo humano es ambiguo y no es extraño que, aun de manera inconsciente -pensemos cómo funciona el mecanismo de la sombra-, se nos cuelen auto-engaños que vuelven a oscurecer nuestra mirada y a torcer nuestro comportamiento.

Frente a ello, hay siempre un test que nos permite verificar la calidad de la comprensión: el amor efectivo a los otros, la compasión de la que hablan todas las tradiciones sapienciales, recogida en la llamada “regla de oro”, que pide tratar a los otros como uno mismo desearía ser tratado por ellos.

Así como el hecho de haber vivido una experiencia de comprensión no libera necesariamente de inercias que vuelven a encerrarnos en la ignorancia de la mente absolutizada -desconociendo lo vivido-, tampoco inmuniza frente al egocentrismo en cualquiera de sus formas. De ahí que, para prevenir cualquier auto-engaño, resulte sumamente útil contrastar la verdad de lo que vivimos, verificando cómo son nuestras relaciones y cómo vivimos el amor hacia los demás.

En esa línea van las respuestas de Juan a las preguntas que le formulan diferentes grupos de gente: trata al otro con compasión y déjate conducir en todo por el amor. La comprensión profunda o espiritual nos ofrece el motivo más profundo: la certeza de que somos no separados y que, por tanto, todo otro es no-otro de mí.

¿Me pregunto con frecuencia cómo vivo el amor y la compasión?

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Meditación

Documentación:  A modo de salmo

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