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4º Domingo del Tiempo Ordinario

Del Evangelio de Marcos 1, 21-28

– Cállate y sal de él

Llegó Jesús a Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad.

Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:

– ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.

Jesús lo increpó:

– Cállate y sal de él.

El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos:

– ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y lo obedecen.

Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

El comienzo de la predicación de Jesús coincide con las primeras curaciones y la invitación a la conversión en forma de alternativa: ahora o nunca. Dios o las riquezas, los “egos”, las dependencias en esta sociedad mercantilista, consumista, globalizada… La conversión que pide Jesús viene exigida por el Reino, que es inminente, inaplazable. Consiste en el cambio de la persona en su ser más radical, más esencial, lo que equivale a una transformación personal y, también, social.

Naturalmente, Jesús invita a la conversión de todo el mundo. Dos aspectos principales a tener en cuenta a quien acepta su propuesta: el desasimiento o desprendimiento, que consiste en relativizar el dinero o las riquezas poniéndolas al servicio común, y el seguimiento, que implica cooperar activamente en la llegada del Reino de acuerdo con la normatividad o la enseñanza de Jesús, vivir como él vivió.

Por tanto, pueden y deben convertirse ricos y pobres. Los primeros, empresas multinacionales, gobiernos, se convierten cuando se reconocen propietarios injustos de los dineros, malgastan, dilapidan los fondos públicos en función de sus intereses, endeudan a los ciudadanos sin importar las consecuencias futuras, obtienen cuantiosos beneficios con el dinero de todos, jubilaciones de escándalo… la lista es interminable. Mientras no haya una real y verdadera socialización evangélica y una praxis de servicio no se implanta el Reino. Por el contrario, se instaura la desigualdad, la soberbia, la arbitrariedad, el partidismo, la degradación de la naturaleza. Por eso, los modos concretos de realizar el Reino son políticos, están en las manos honestas y responsables de los hombres y mujeres que formamos la sociedad. Estos “primeros” deberían dar ejemplo de transparencia, autocrítica, veracidad, austeridad, coherencia y ética; sin embargo, no están haciendo nada para frenar esta crisis que han ayudado a crear.

En cuanto a los pobres, oprimidos, explotados, ignorantes, enfermos, marginados, la conversión exige tener fe-confianza y esperanza en el Reino que llega como tarea de todos y don para todos. Su situación no debería ser última, desesperada o irremediable. No se trata de dar un vuelco a la sociedad (como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia para acabar aún peor), sino practicar la justicia (eliminación de las élites sociales injustas), la generosidad, la igualdad, la ética, la verdad, para que todos seamos hermanos/as e hijos/as de un mismo Abbá Dios, el de Jesús.

Las primeras comunidades cristianas recordaban y admiraban a Jesús como aquel que “hacía y enseñaba” (Hch 1,1). Él hablaba con autoridad, desde su experiencia interior, no de oídas; despierta la confianza no el miedo, proclama el amor a Abbá Dios no el sometimiento a la ley que ignora al ser humano; su venida acrecienta la libertad no la servidumbre y, sobre todo, suscita el perdón no el rencor o la venganza siempre presente. Anuncia con libertad y valentía un Dios Bueno, Abbá, que reconstruye a la persona con compasión y misericordia una y otra vez.

Es la doble actividad que nos muestra hoy el texto del Evangelio. El asombro de la gente al observar que Jesús “enseñaba con autoridad” se refiere, no sólo al hecho de enseñar, sino que al mismo tiempo actuaba en consonancia con la buena noticia de liberación que anunciaba. Su coherencia entre lo que decía y hacía saltaba a la vista. Era una palabra avalada por los hechos y comprendida por todos. Su palabra bastaba para eliminar la desdicha de los hombres y mujeres que le seguían. Con una palabra aniquiló a aquel espíritu inmundo representante de todas las fuerzas del mal que alienan y esclavizan a las personas, que se oponen al plan de Dios. Ante la fuerza de su palabra no es extraño que dejara asombrados a quienes se encontraban con él: “¿Qué es esto?”

Demos un breve repaso a la sociedad en que nos movemos hoy, al mundo que nos rodea. ¿Qué palabras de autoridad resuenan en nuestros oídos? ¿Las reconocemos como normativas o del estilo de Jesús? ¿Qué repercusiones tienen en nuestra existencia? ¿Cambia en algo nuestra vida cotidiana, nos transforman, nos liberan de actitudes contrarias al plan que Dios soñó para todos y cada uno de los seres humanos? ¿Cuántas creencias, conceptos, imágenes, normas, culpabilidades… a lo largo de los siglos, han ido cargando los poderosos, las religiones e incluso nosotros mismos sobre las personas como una pesada losa inamovible (Mt 11,28-30), sin buscar por encima de todo el bien de éstas?

Esos “egos” son los demonios que nos impiden darnos cuenta de la Luz y la Vida escondida que habita en cada ser humano. Despertar en nosotros un “yo” fiel, que sea capaz de expulsar las trampas de esos espíritus inmundos que nos amenazan. Un “yo” que recibe la Luz y la fuerza del Cristo interno oculto en el Fondo originario de todo ser humano. Una ardua tarea que nos ocupará toda la vida.

También la Iglesia debe cuestionarse si ha contribuido a lo largo de su historia o sigue manteniendo cualquier tipo de servidumbre, discriminación u opresión que impide a la persona ser ella misma, alcanzar la plena humanidad. De hecho, el rechazo que tuvo Jesús con las autoridades religiosas de su tiempo, los problemas que tuvieron y tienen los/as místicos/as y los/as profetas de cualquier época con los dirigentes remiten al mismo planteamiento.

También nosotros como personas, como comunidad, como Iglesia, podemos hacer mal uso de la autoridad, creernos superiores o mirar por nuestros intereses, incluso bajo el pretexto de hacer la voluntad de Dios o buscar el bien de los demás. ¿No va siendo hora de que todos, unos y otra, la Iglesia, como denuncia Francisco insistentemente, abandone el clericalismo, el patriarcado, la inequidad, las normas del Derecho Canónico (en el polo opuesto del evangelio), y todo el Pueblo de Dios podamos desplegar la autoridad verdadera que Dios nos concede, de la que nos habla hoy el evangelio, la única que viene de Dios?

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

El modo de enseñar de Jesús provocó en la gente la impresión de que estaban ante algo desconocido y admirable. Lo señala el evangelio más antiguo y los investigadores piensan que fue así realmente. Jesús no enseña como los «letrados» de la Ley. Lo hace con «autoridad»: su palabra libera a las personas de «espíritus malignos».

No hay que confundir «autoridad» con «poder». El evangelista Marcos es preciso en su lenguaje. La palabra de Jesús no proviene del poder. Jesús no trata de imponer su propia voluntad sobre los demás. No enseña para controlar el comportamiento de la gente. No utiliza la coacción.

Su palabra no es como la de los letrados de la religión judía. No está revestida de poder institucional. Su «autoridad» nace de la fuerza del Espíritu. Proviene del amor a la gente. Busca aliviar el sufrimiento, curar heridas, promover una vida más sana. Jesús no genera sumisión, infantilismo o pasividad. Libera de miedos, infunde confianza en Dios, anima a las personas a buscar un mundo nuevo.

A nadie se le oculta que estamos viviendo una grave crisis de autoridad. La confianza en la palabra institucional está bajo mínimos. Dentro de la Iglesia se habla de una fuerte «devaluación del magisterio». Las homilías aburren. Las palabras están desgastadas.

¿No es el momento de volver a Jesús y aprender a enseñar como lo hacía él? La palabra de la Iglesia ha de nacer del amor real a las personas. Ha de ser dicha después de una atenta escucha del sufrimiento que hay en el mundo, no antes. Ha de ser cercana, acogedora, capaz de acompañar la vida doliente del ser humano.

Necesitamos una palabra más liberada de la seducción del poder y más llena de la fuerza del Espíritu. Una enseñanza nacida del respeto y la estima de las personas, que genere esperanza y cure heridas. Sería grave que, dentro de la Iglesia, se escuchara una «doctrina de letrados» y no la palabra curadora de Jesús que tanto necesita hoy la gente para vivir con esperanza.

José Antonio Pagola

Publicado en www.gruposdejesus.com

La palabra “autoridad” goza de una merecida mala fama. Evoca autoritarismo, imposición y prepotencia. Sin embargo, su etimología destaca exactamente todo lo contrario. Viene del verbo latino “augere”, que significa hacer crecer, aumentar e incluso aupar. Vive la autoridad quien ayuda a crecer y aúpa a las personas.

Es claro, por tanto, que la autoridad no proviene de un cargo ni de un título, sino que es una actitud de la persona que ha optado por vivirse en clave de ayuda, servicio y amor por los demás.

Así entendida, la práctica de la autoridad únicamente es posible cuando la persona ha alcanzado una cierta consistencia interior, ha cultivado su propio autoconocimiento y ha desplegado su capacidad de amar.

Con todo ello, parece obvio que “enseñar con autoridad” requiere una doble condición: por un lado, haber experimentado aquello de lo que se habla; por otro, vivir en clave de servicio y de amor hacia los otros.

Cuando alguien habla desde su propia experiencia, su palabra nos llega, resuena en nuestro interior, produce ecos capaces de despertar en nosotros lo que ya sabíamos, aunque lo tuviéramos olvidado o incluso ignorado. Por el contrario, cuando no se habla desde la experiencia, el discurso suena vacío -“a lata”, suele decir la gente de mi pueblo-, puede movilizar la mente, pero no alcanza nuestro corazón.

Sin embargo, no basta con hablar de lo experimentado. Se requiere, igualmente, limpieza, desapropiación y amor en el compartir. No es extraño que, al encontrarse ante un público dispuesto a escuchar, se pueda caer en alguna trampa narcisista, que tenga que ver con realzar la propia imagen, con destacar por encima de los otros o con imponer su propio punto de vista. Enseña con autoridad quien, sencillamente, ofrece, comparte y regala lo que él mismo ha visto y experimentado. No busca reconocimiento, ni aplauso, ni sumisión, ni afán de convencer a nadie. Se vive como cauce desapropiado por el que fluye lo que se le ha regalado vivir.

Enseñar con autoridad equivale a compartir desapropiadamente aquello que uno mismo ha experimentado, con el único objetivo de ayudar a comprender y a vivir, de “aupar” o hacer crecer a las personas que se le acercan.

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

Ésta es la primera manifestación pública de Jesús en el evangelio de Marcos. El grupo (todavía muy reducido) acude a la sinagoga con motivo del Sabbath, pero, al finalizar, Jesús abandona su escaño, sube al estrado y se pone a enseñarles. Marcos muestra a Jesús hablando con una autoridad que sorprende a todos, pero quiere dejar claro que esa autoridad le viene de parte de Dios, y lo hace avalando su discurso con la curación de un endemoniado que es tomada por la gente como milagrosa.

En el nuevo testamento aparecen con frecuencia “endemoniados”, es decir, personas probablemente afectadas de trastornos psíquicos o males morales que se apoderan de ellos, los esclavizan y los despersonalizan. Marcos muestra a Jesús como un poder liberador de esos espíritus, capaz de devolver a la persona su libertad y su capacidad de ser dueño de sí mismo.

Y es que Jesús expulsando demonios es un magnífico signo de la acción de Dios respecto a nuestros pecados. Solemos trivializar el pecado reduciéndolo a la categoría jurídica de «culpa» u «ofensa cometida«, pero la noción evangélica de pecado es mucho más seria. El pecado es un poder superior a nosotros que nos esclaviza, nos convierte en personas pasivas a su merced y nos hurta la capacidad de ser dueños de nosotros mismos (como el endemoniado del texto). Necesitamos a Dios para liberarnos de ese poder, y la Palabra de Jesús es el cauce para lograrlo. Jesús no «perdona» sino que «quita» el pecado del mundo. Jesús cura la enfermedad que supone el pecado, libera de la carga que representa.

El pecado es algo que hay en mí, que me ata, me deshumaniza y me impide ser yo mismo; un demonio que llevo dentro de mí y que puede más que yo. Pablo lo expresa de maravilla en Romanos 7: «Realmente mi proceder no lo entiendo, pues no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí… ¡Pobre de mí!  ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesús, nuestro Señor!»

Es perfecta esta definición del pecado, como también es perfecto su paralelo con el texto de Marcos: Poseídos por una fuerza superior a nosotros, dependiendo de Dios para ser libres, liberados por la Palabra de Jesús.

Es importante basar nuestra teología en la Palabra; partir de ella, no de nuestra razón. Si partimos de nuestra razón llegamos a una teología del pecado de muy bajos vuelos: ofensa-culpa-justicia-arrepentimiento-perdón… Partiendo de una teología del pecado basada en el evangelio, entendemos nuestra fragilidad y dependencia, y entendemos también que la forma en que Jesús quita el pecado del mundo es proponiéndonos un proyecto de vida mucho más atractivo que el que nos propone el mundo.

Recuerdo un spot publicitario que decía: «A quien ha comido champiñón natural, el de lata le sabe a paja»… A quien ha encontrado el tesoro, el valor de todo lo demás le parece calderilla.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  F Ulibarri – Sorpresa

Documentación:  Plegaria

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