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4º domingo Tiempo Ordinario

BIENAVENTURADOS

Evangelio de San Mateo 5, 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

SED FELICES

En los evangelios se nos describe el Reinado de Dios de muchas maneras. Casi siempre a través de parábolas sencillas, que eran −y siguen siendo− comprensibles y cercanas. Todos entendemos qué es una semilla de mostaza que crece, un poco de levadura que hace que fermente una masa, un tesoro escondido en un campo o una perla preciosa que es descubierta de repente… Todo nos habla de algo pequeño, que pasa desapercibido en primera instancia, pero que está presente y que alberga en sí promesa de alegría, crecimiento y vida.

El Sermón de la Montaña es otro modo de describir este Reinado de Dios. Tanto Mateo como Lucas nos ofrecen una versión de este discurso, acercándonos lo que aprendieron de Jesús y trasmitiéndolo cada uno desde su contexto y con sus matices teológicos. Mateo (cuyo evangelio es el que hoy leemos) describe a Jesús proclamando estas palabras desde una montaña, lo que nos transporta a otro monte, el Sinaí, y a otro discurso, el de Moisés cuando presenta al pueblo de Israel las tablas de la Ley. De este modo, el evangelista nos muestra a Jesús como el nuevo Moisés, aquel que presenta y actualiza la voluntad de Dios, el deseo que Dios tiene para la humanidad, para sus hijas e hijos, y aquel que libera del yugo de toda esclavitud.

De boca de Jesús escuchamos continuamente “bienaventurados”, que es la traducción más habitual de μακάριοι, un término que también podemos traducirlo por “felices”, “dichosos”, “afortunados”… Así Jesús desea que la gente que le escucha se sienta alegre y feliz ante circunstancias que, a priori, a nosotros nos resulta imposible reconocerlas como “afortunadas”. ¿Cómo ser feliz cuando se está llorando, se vive en pobreza o se es perseguido? ¿Cómo ser feliz al optar por la mansedumbre, la misericordia, la paz… por tener un corazón limpio, sin odio ni maldad cuando alrededor solo se experimenta violencia, abuso, injusticia…? ¡Qué locura es esta que pronuncia el Maestro! Sin embargo, quienes le escuchaban en ese momento, que le habían buscado para ser curados o liberados por Él, experimentaban un gran gozo al oír esas palabras, porque sentían que estaban dirigidas a ellos.

Con este modo de hablar, Jesús les repetía que ellos son los preferidos de Dios y que son amados por Él. Era a ellos a quienes llamaba “bienaventurados” y se sentían bendecidos y acogidos por Jesús, formando parte de su grupo. En sus oídos resonaría este mensaje como esperanza: ¡el Reino de Dios está irrumpiendo y vosotros sois parte de él!

No es que Jesús quiera que consideremos el sufrimiento, la pobreza o la persecución como realidades positivas. No es que tengamos que buscar de algún modo el sufrimiento o el dolor. Estos son males opuestos al querer de Dios y Jesús no los desea para nadie, pero alienta a enfrentarse a ellos como Él mismo lo hizo: con amor, con mansedumbre, paz y bondad. Son esas actitudes y no sus contrarias las que posibilitan el crecimiento del Reino de Dios, como la pequeña semilla de mostaza o la levadura en la masa.

Por eso este evangelio es para todos. Quizás nosotros no somos pobres o no estamos perseguidos, pero podemos escoger a lado de quiénes nos posicionamos y con qué actitudes vivimos. En estos momentos en los que parece que la violencia y la opresión alzan su voz a nivel mundial, que los poderes políticos y económicos muestran la cara más voraz de la avaricia, ¿cuál es nuestra postura?, ¿cuáles son nuestras opciones? Solo si compartimos verdaderamente la causa de quienes sufren, de quienes hoy lloran o son perseguidos, si experimentamos con fuerza hambre y sed de justicia, si optamos por la paz y la bondad en lo pequeño y concreto del día a día, estas palabras que hoy escuchamos nos llenarán de profunda alegría. Solo entonces podremos oír “sed felices” y, a pesar del dolor o el sufrimiento que experimentemos, nuestro corazón se llenará de un gozo y una paz que nada ni nadie nos podrá quitar.

Inma Eibe, ccv

ESCUCHAR DE CERCA LAS BIENAVENTURANZAS

Cuando Jesús sube a la montaña y se sienta para anunciar las bienaventuranzas, hay un gentío en aquel entorno, pero solo «los discípulos se acercan» a él para escuchar mejor su mensaje. ¿Qué escuchamos hoy los discípulos de Jesús si nos acercamos a él?

Dichosos «los pobres de espíritu», los que saben vivir con poco, confiando siempre en Dios. Dichosa una Iglesia con alma de pobre porque tendrá menos problemas, estará más atenta a los necesitados y vivirá el evangelio con más libertad. De ella es el reino de Dios.

Dichosos «los sufridos», los que viven con corazón benévolo y clemente. Dichosa una Iglesia llena de mansedumbre. Será un regalo para este mundo lleno de violencia. Ella heredará la tierra prometida.

Dichosos «los que lloran», porque padecen injustamente sufrimientos y marginación. Con ellos se puede crear un mundo mejor y más digno. Dichosa la Iglesia que sufre por ser fiel a Jesús. Un día será consolada por Dios.

Dichosos «los que tienen hambre y sed de justicia», los que no han perdido el deseo de ser más justos ni el afán de hacer un mundo más digno. Dichosa la Iglesia que busca con pasión el reino de Dios y su justicia. En ella alentará lo mejor del espíritu humano. Un día su anhelo será saciado.

Dichosos «los misericordiosos» que actúan, trabajan y viven movidos por la compasión. Son los que, en la tierra, más se parecen al Padre del cielo. Dichosa la Iglesia a la que Dios le arranca el corazón de piedra y le da un corazón de carne. Ella alcanzará misericordia.

Dichosos «los que trabajan por la paz» con paciencia y fe, buscando el bien para todos. Dichosa la Iglesia que introduce en el mundo paz y no discordia, reconciliación y no enfrentamiento. Ella será «hija de Dios».

Dichosos los que, «perseguidos a causa de la justicia», responden con mansedumbre a las injusticias y ofensas. Ellos nos ayudan a vencer el mal con el bien. Dichosa la Iglesia perseguida por seguir a Jesús. De ella es el reino de Dios.

José Antonio Pagola

¿MISIÓN IMPOSIBLE?

Jesús cree en Abbá, y cree también que Abbá sueña con una humanidad de Hijos capaces de realizarse amándose como hermanos. Y se siente enviado por Dios para realizar su sueño. Y en su tarea, nos exhorta a conformarnos con poco, a compartir lo que tenemos con los que no tienen, a aprender a sufrir, a decir siempre la verdad, a no ser violentos, a trabajar para que prevalezca la paz y la justicia, a no aprovecharse de nadie… y a no preocuparnos si nos insultan y nos persiguen por ello…

Lo matan para que su fuego no calcine las estructuras de Israel y a sus dirigentes con ellas, y a su muerte, nos encarga a nosotros completar su obra; no desde el poder, sino desde abajo, desde dentro, como la semilla, como la levadura. Y nos pone en un gran aprieto porque no creemos, ni remotamente, que los criterios de aquel carpintero que murió crucificado hace veinte siglos puedan prevalecer frente a los criterios del mundo; un mundo que cuenta con un poder descomunal para fomentar los suyos; mucho más atractivos en apariencia, y diametralmente opuestos a los de Jesús.

Pero nos equivocamos, y verán por qué. Pedro y Pablo reciben martirio en Roma sobre el año 67 y sus comunidades se enfrentan al reto de continuar su obra. Y a pesar de su irrelevancia social y política, y a pesar de las atroces persecuciones que se desatan contra ellos, el cristianismo se va introduciendo en la sociedad romana y se va convirtiendo en la primera fuerza espiritual del Imperio. Todo ello antes de Constantino. ¿Pero cuáles son las causas de esta rápida expansión?

Ante todo porque el modo de vida que ofrecen, más interior y con una elevada moral, atrae a la gente honrada y piadosa. De esta forma, poco a poco el cristianismo se va convirtiendo en una alternativa a la forma de pensar y de vivir de la sociedad grecorromana, y las ideas evangélicas van influyendo cada vez más incluso fuera de los círculos cristianos. La consecuencia es que la sociedad romana se va haciendo más compasiva y solidaria, se crean hospitales, se atiende a los necesitados y llega un momento en el que las actitudes cristianas se consideran lo “correcto”, en detrimento de las costumbres paganas…

La situación que hoy estamos viviendo es muy similar a la de Roma: una sociedad imbuida de criterios mundanos que provoca injusticia, desigualdad y opresión, y una minoría de seguidores efectivos de Jesús viviendo en su seno. Eso sí, existe una gran diferencia, y es que a pesar de ser minoría y vivir en un ambiente fruto de una cultura opuesta a la suya, aquellos cristianos no se arredran ni se dejan absorber por la cultura mayoritaria, y son sal y son luz, mientras que nosotros nos hemos mimetizado de tal modo con la cultura imperante, que salvo excepciones nuestra forma de vivir no difiere en casi nada del resto.

Es frecuente escuchar a los que se consideran vanguardia lamentarse porque la Iglesia no es capaz de seguir el ritmo al que avanza el mundo, y esto, mirado desde Jesús, es un disparate monumental, porque los cristianos estamos llamados a ser la vanguardia que marca el rumbo. Así ocurrió con las primeras comunidades; así puede volver a ocurrir si nos sacudimos la pereza y nos despojamos de los complejos y los prejuicios que nos atenazan.

Jesús fue vanguardia radical, produjo gran escándalo, y lo mataron. Los primeros cristianos también fueron vanguardia, y fueron perseguidos y asesinados; como su maestro. Nosotros debemos elegir entre ir a cola del pelotón cómodamente instalados, o ser vanguardia y ser perseguidos y denostados, porque nuestra sociedad no admite discrepantes.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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