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6º Domingo de Pascua

“En esperanza fuimos salvados (Rom 8,24)”

Este año 2025 la Campaña del Enfermo está marcada por celebrarse en un año Jubilar y , ser peregrinos de esperanza, también con los enfermos.

Evangelio de San Juan 14, 23 – 29

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo, Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis».

DEJAR QUE EL AMOR NOS HABITE

El evangelio de este domingo, del Tiempo de Pascua, empieza con una frase que determina todo el contenido de este evangelio y también el contenido de nuestras vidas:

“Si alguien me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”

Para que podamos vivirlo nos envía dos ayudas que hacen posible que podamos realizar y experimentar esa vivencia:

-nos garantiza el amor del Padre, del Abba querido de quien procede ese amor y que actúa a través del Espíritu, Ruah.

-y nos regala su paz, el Shalom, que es mucho más que ausencia de guerra o violencia, es plenitud; es experiencia de vida en relación con la Vida en todo y en todxs.

Volvamos a la frase central que inicia el texto. Hay una única condición que lo envuelve y determina todo: el amor

¿De qué calidad de amor estamos hablando?

De un amor eterno, que no se materializa en un futuro, sino en el  presente en el que el creyente, la discípula, ya está habitada por la divinidad y lo sabe y lo vive.

La Ruah ha encontrado en nosotros su hogar, su morada. La vida de la discípula y el discípulo está llena de la vida, del aliento y de la fuerza del Espíritu.

La discípula y el discípulo nos convertimos así en morada de Jesús, en su espacio vital desde donde actúa, hoy. Nuestra vida está completamente permeada por la vida de Dios.

Entiendo que tal vez no es fácil asimilar, incluso creer esta buena noticia. Se me ocurre el sencillo y maravilloso ejemplo de un embarazo: la vida de la madre queda completamente unida e interconectada a la de la criatura. Por ambas corre la misma sangre, la misma vida. Y la fuerza de esa vida se nota, se siente, se materializa en una criatura nueva. No hay vuelta atrás. Sólo accidentalmente.

Así la vida de Dios en nosotras. Somos uno con la divinidad y con el cosmos, con todo lo que es vida. De alguna manera el cosmos es el “cuerpo” del Espíritu, y no menos cada una de las personas que nos dejamos inhabitar, que dejamos que el Amor nos habite.

Si se separa la criatura de la madre, la vida se detiene. El proceso se interrumpe. Por eso se nos insiste tanto en esa relación de amor, que se nutre a través de ese cordón umbilical: es la oración-relación de apertura a la Palabra, al Espíritu, para dejarnos guiar en la misión encomendada.

Dice Teilhard de Chardin “el Espíritu y nosotros no somos dos, somos seres espirituales viviendo una aventura humana”.

Sobran las palabras.  Contemplemos esas verdades que necesitamos vivenciar para dar vida al mundo.

Y, además, para que no dudemos ni flaqueemos, nos regala su Paz, su Shalom, que significa plenitud de vida y de gozo. Lo cual nos permite estar unidas a todo, dando vida, siendo vida y aliento en un mundo des-alentado. No minimicemos nuestro legado.

Es imprescindible, para vivir todo ese legado sin miedo y sin sentir una exigencia o peso, que lo acojamos como lo que es: un legado; somos morada, somos depositarias de la vida de Dios, y con ella extendemos su presencia, proyectamos su bondad y su justicia.

Como la mujer embarazada proyecta su propio ser en un ser nuevo, que no dependerá de ella, pero estará lleno de ella, y aún sin darse cuenta, usará ese legado, esa vida, en todo lo que es, dice, hace. No lo puede separar de su ADN.  Así las discípulas y discípulos. Somos presencia viva de la vida de Dios, seamos conscientes o no. Somos ministros y ministras de su presencia. ¡Interesante!

¡Feliz Tiempo Pascual! No nos lo perdamos. Y más con todo este movimiento eclesial de estas últimas semanas, nuestra vida de fe, de discipulado activo, no puede depender de un papa u otro, de una eclesiología u otra. Somos adultos y la experiencia de ser habitados por Dios, de ser su rostro hoy, es lo que da consistencia y sentido hondo y absoluto a nuestra existencia.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

AL FINAL, EL TRIUNFO DE DIOS

«No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo»

El libro del Éxodo es el punto culminante de la epopeya de Israel, pero es también una excelente metáfora del transcurrir de nuestras vidas y la historia de la humanidad hacia su destino: “Desde la cómoda esclavitud de las pasiones, a través del desierto de la vida, acompañados por el Espíritu, hasta la casa del Padre”.

El pueblo de Israel se sintió acompañado del espíritu de Dios –el Ángel de Yahvé– hasta que se vio a salvo al otro lado del mar de las Cañas, pero cuando tuvo que enfrentarse a los rigores del desierto y vio pasar el tiempo sin llegar a la tierra prometida, se impacientó, se sintió abandonado y se rebeló contra Dios.

Las primeras comunidades cristianas comenzaron su andadura con el Espíritu a flor de piel, proclamaron el evangelio con fuerza arrolladora, se enfrentaron a enormes dificultades, fueron perseguidos y asesinados, y todo lo soportaron gracias a la fuerza de ese Espíritu que soplaba en ellos como un huracán. Pero pasó el tiempo y muchos empezaron a impacientarse y desesperanzarse. Y fue este ambiente de desesperanza el que movió a Juan a escribir el Apocalipsis para consuelo de aquellos cristianos agobiados por el sufrimiento y sin esperanza en que las cosas pudiesen mejorar. Nosotros corremos el mismo riesgo que los Israelitas del desierto y los primeros cristianos.

Hemos confiado en el proyecto de Jesús –el sueño de Dios– pero vemos pasar generación tras generación sin que se vislumbre siquiera el fin de las guerras, del dolor, del sufrimiento, de la injusticia, de la opresión… y nos vemos tentados a preguntarnos: ¿Dónde está la acción del Espíritu que debía empujarnos a trabajar por el Reino con aquella fuerza arrolladora de las primeras comunidades tan fértiles y contagiosas?…¿Dónde está su fuerza para suplir nuestra debilidad y no desfallecer en nuestra lucha en favor de un mundo humanizado, civilizado, justo, libre y honesto a la que estamos llamados?

Y nos impacientamos, y nos agobiamos porque nos damos cuenta de que con nuestras fuerzas nunca llegaremos; que es una empresa muy superior a nosotros y no terminamos de ver que el espíritu de Dios nos esté acompañando… Y nuestra fe se tambalea y nos sentimos condenados a vivir en un mundo que se rige por sus propias leyes y camina errático hacia ninguna parte…

Y Juan nos echa una mano en el texto de hoy: «No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo» … Tened fe en el triunfo final de Dios; mirad con optimismo el destino de la humanidad; no caigáis en la desesperanza; confiad en que el Espíritu de Dios está con nosotros y que algún día dejaremos de vagar por el desierto y llegaremos también a la Patria…

Porque Dios ha apostado por la humanidad y Dios no puede fallar. 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

NO DA LO MISMO

El pluralismo es un hecho innegable. Se puede incluso afirmar que es uno de los rasgos más característicos de la sociedad moderna. Se ha fraccionado en mil pedazos aquel mundo monolítico de hace unos años. Hoy conviven entre nosotros toda clase de posicionamientos, ideas o valores.

Este pluralismo no es solo un dato. Es uno de los pocos dogmas de nuestra cultura. Hoy todo puede ser discutido. Todo menos el derecho de cada uno a pensar como le parezca y a ser respetado en lo que piensa. Ciertamente, este pluralismo nos puede estimular a la búsqueda responsable, al diálogo y a la confrontación de posturas. Pero nos puede llevar también a graves retrocesos.

De hecho, no pocos están cayendo en un relativismo total. Todo da lo mismo. Como dice el sociólogo francés G. Lipovetsky, «vivimos en la hora de los feelings». Ya no existe verdad ni mentira, belleza ni fealdad. Nada es bueno ni malo. Se vive de impresiones, y cada uno piensa lo que quiere y hace lo que le apetece.

En este clima de relativismo se está llegando a situaciones realmente decadentes. Se defienden las creencias más peregrinas sin el mínimo rigor. Se pretende resolver con cuatro tópicos las cuestiones más vitales del ser humano. Algo quiere decir A. Finkielkraut cuando afirma que «la barbarie se está apoderando de la cultura».

La pregunta es inevitable. ¿Se puede llamar «progreso» a todo esto? ¿Es bueno para la persona y para la humanidad poblar la mente de cualquier idea o llenar el corazón de cualquier creencia, renunciando a una búsqueda honesta de mayor verdad, bondad y sentido de la existencia?

El cristiano está llamado hoy a vivir su fe en actitud de búsqueda responsable y compartida. No da igual pensar cualquier cosa de la vida. Hemos de seguir buscando la verdad última del ser humano, que está muy lejos de quedar explicada satisfactoriamente a partir de teorías científicas, sistemas sicológicos o visiones ideológicas.

El cristiano está llamado también a vivir sanando esta cultura. No es lo mismo ganar dinero sin escrúpulo alguno que desempeñar honradamente un servicio público, ni es igual dar gritos a favor del terrorismo que defender los derechos de cada persona. No da lo mismo abortar que acoger la vida, ni es igual «hacer el amor» de cualquier manera que amar de verdad al otro. No es lo mismo ignorar a los necesitados o trabajar por sus derechos. Lo primero es malo y daña al ser humano. Lo segundo está cargado de esperanza y promesa.

También en medio del actual pluralismo siguen resonando las palabras de Jesús: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará».

José Antonio Pagola

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Plegaria

Documentación:  Meditación

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