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Bautismo del Señor

Del Evangelio de Mateo 3, 13-17

Este es mi hijo, el amado, mi predilecto.

En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:

— Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y acudes a mí?

Jesús le contestó:

— Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía:

— Este es mi hijo, el amado, mi predilecto. 

BAUTISMO DEL SEÑOR

Jesús se pone en la cola… (Mt 3,13-17). Inmersas en el Bautismo de Jesús.

Jesús, a pesar de ser el Hijo de Dios y el Liberador de la humanidad, se pone en la cola, como uno de tantos, para hacerse bautizar, pasa por los mismos trámites rutinarios que sus contemporáneos, tomando sobre sí la condición del ser humano infiel y pecador.

En el mundo antiguo el significado del agua era el de fuente de vida y de muerte. Nacemos a la vida “rompiendo aguas” desde el útero materno. El agua es imprescindible para el normal desarrollo de la vida humana. Pero también es fuente de muerte cuando se producen, inundaciones, maremotos, crecidas de ríos o, por el contrario, cuando la sequía provoca la pérdida de cosechas, hambrunas, éxodos de población, enfermedades y muerte. La encíclica Laudato Si, del papa Francisco, aborda ampliamente este reto.

El agua es, pues, un símbolo elemental y universal de vida y de muerte. Esta experiencia tan humana simboliza que hacerse cristiano es morir a una forma de vida contraria a Dios, vieja, y renacer a una vida nueva, en Dios. Por eso, hasta el siglo XIV, el bautismo era de inmersión de adultos; a partir de entonces se convirtió en efusión.

El agua es, pues, un símbolo elemental y universal de vida y de muerte. Esta experiencia tan humana simboliza que hacerse cristiano es morir a una forma de vida contraria a Dios, vieja, y renacer a una vida nueva, en Dios. Por eso, hasta el siglo XIV, el bautismo era de inmersión de adultos; a partir de entonces se convirtió en efusión.

Para la comprensión del bautismo cristiano es preciso tener en cuenta la importancia del agua en los grandes acontecimientos de la historia de la salvación. Así, recordamos los relatos de la creación (Gen 1,2), de Noé (Gen 6,9), la liberación del pueblo de Israel a través del mar Rojo (Ex 14), la llegada a la tierra prometida y el paso por el Jordán (Jos 3). Es decir, el agua estaba íntimamente asociada a la relación del pueblo de Israel con su Dios. Con Juan Bautista, el bautismo era la señal y el gesto por el que los hombres y mujeres expresaban la conversión interior y su esperanza en Áquel que va a venir, que está al llegar (Mt 3). “Yo os bautizo con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1,8).

Desde el principio, se tenía la certeza de que Jesús había querido esta forma de entrar en la comunidad de los llamados por Dios. En su bautismo el Espíritu Santo desciende y el Padre designa a Jesús para su obra mesiánica: “Este es mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto” (Mt 3,17), recogidas por los tres sinópticos. Hecho que acontece en su interior, sin ninguna señal exterior perceptible por los sentidos. El cielo abierto y la paloma nos hablan de esa comunicación íntima de Dios Trinidad con Jesús, la Palabra hecha carne.

Jesús confiere al bautismo un significado mucho más profundo que el de la purificación o lavado. El acontecimiento del Jordán no sólo es una manifestación de la divinidad de Jesús, sino un testimonio del Dios Trinidad. Jesús es ungido por el Espíritu como sacerdote, rey y mesías, pero le constituye también en templo espiritual, templo del Espíritu, morada de Dios entre los hombres. Este acontecimiento profético culmina en la cruz. De hecho, en referencia a la muerte que se le venía encima, Jesús dice: “Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!” (Lc 12,50). La presencia del Espíritu Santo, hace de toda la existencia humana de Jesús un puro “bautismo”, es decir, una opción radical de fidelidad al Padre y el compromiso de búsqueda del Reino de Dios y su justicia (Mt 6,33). “Su relación con Dios estará hecha de deslumbramiento, asombro, pura receptividad y dependencia filial” (D. Aleixandre)

Todos los bautizados estamos llamados a compartir este bautismo y a realizar en nuestras vidas el empeño profético a favor de la justicia que Cristo representa. Aquí no hay diferencia alguna entre la consagración del varón o de la mujer ni debe uno sentirse más comprometido que el otro en ese empeño de vida cristiana. Es la fuerza del Espíritu, la que hace vivir a la Iglesia descendiendo sobre la comunidad de apóstoles y discípulos (varones y mujeres). El Espíritu hace de nosotros/as testigos acreditados, profetas y evangelistas de la esperanza, pues dice el Señor: “Derramaré mi Espíritu sobre todo hombre, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas” (Jl 3,1-5; Hch 2,17)

El bautismo supone acoger el “hágase en mí según tu Palabra, según tu sueño” desde toda la eternidad. Recibir con asombro la paradoja de su anuncio: “Tú eres mi hijo/a, amado/a”, te llamo por tu nombre, te quiero así como eres. Eres bendecido/a, y cuento contigo para edificar mi reino. Desde esa fe-confianza podemos poner en práctica lo que proclama la segunda lectura: “Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Él envió su mensaje a los israelitas anunciando la paz que traería Jesús el Mesías, que es Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”  (Hch 10,34-38). Es decir, el bautismo implica la superación de todo nacionalismo, de todo racismo, de todo clasismo, de todo clericalismo, de todo aquello que discrimina por razón de sexo, raza, etnia, cultura, clase social…

El planteamiento que cabe hacerse, desde el punto de vista de nosotras, mujeres que hemos recibido el bautismo del agua y del Espíritu, que compartimos con el hombre la misión profética y que nos alimentamos del mismo pan y del mismo cáliz, es si, por razón de ser mujer, nuestra acción debe quedar limitada a una pastoral “de apoyo, secundaria”, en lugar de poder desarrollar nuestro carisma específico como bautizadas y ungidas.

El antiguo himno bautismal citado por Pablo, anuncia que las barreras de raza, clase y sexo han sido superadas por una nueva identidad: “Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo habéis sido revestidos. Ya no hay distinción entre judío o no judío, entre esclavo o libre, entre varón o mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,27-28).

El bautismo es el sacramento que nos llama al discipulado de iguales. El compromiso, la sinodalidad y la corresponsabilidad en la ekklesía de las mujeres[1], constituyen la praxis de vida de la vocación cristiana. Son la encarnación de una nueva Iglesia sinodal y solidaria con los oprimidos y los más pequeños de este mundo, la mayor parte de los cuales son las mujeres y los hijos que dependen de ellas.

Urge recuperar el profundo significado de la cena de Betania (Mc 14,3-9) y dar cumplimiento a la palabra del Señor, pues lo que Jesús señaló como “memorial”, no tiene por qué quedar olvidado.

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

[1] E. A. Johnson, La que es. El misterio de Dios en el discurso teológico feminista, Herder, 2002.

EL HIJO AMADO EN LA COLA DE LOS PECADORES

A las primeras comunidades cristianas les costaba explicar por qué Jesús se habría hecho bautizar, cuando en realidad tal práctica iba destinada a los “pecadores” necesitados de perdón y conversión. La incomodidad que les provocaba ese hecho dio lugar a las diferentes explicaciones con las que intentaron justificarlo, en un intento de hacer comprensible lo que rechinaba con su creencia: ¿Cómo el “Hijo de Dios” podía colocarse en la cola de los pecadores?

Más allá del dato histórico -ningún evangelista hubiera inventado algo que chocaba frontalmente con la fe de aquellas comunidades-, una lectura simbólica (espiritual) de ese hecho nos permite reconocerlo como una descripción de nuestra situación. El “Hijo de Dios” en la cola de los “pecadores” es una expresión de nuestra propia paradoja: la Plenitud experimentándose -viviéndose- en formato de carencia.

Nuestra personalidad es un agregado impermanente, inestable y carenciado: tiene fecha de nacimiento y de caducidad. Nuestra identidad es permanente, estable y plena: no ha nacido y no morirá.

La sabiduría reconoce la paradoja y valora los dos polos de la misma, aun advirtiendo que el acierto consiste en vivir las circunstancias de nuestra persona permaneciendo conscientemente conectados con nuestra verdad profunda.

La consciencia toma en cada uno de nosotros la forma de un personaje particular. La ignorancia hace que nos identifiquemos y reduzcamos al personaje que nos toca “representar”, tomando todo lo que nos sucede de manera “personal”, como si en ello se jugara la suerte de nuestro destino. De ese modo, nos vemos sometidos a una existencia de confusión y de sufrimiento. La comprensión, por el contrario, nos libera de aquella identificación, permitiéndonos descansar en la consciencia que somos. Nuestro personaje seguirá viéndose afectado por lo que ocurre y seguirá sintiendo el dolor que acompaña a la impermanencia, pero podremos acoger todo ello desde aquel “lugar” donde todo está bien, donde siempre estamos a salvo.

¿Vivo consciente de la paradoja que me constituye?

Enrique Martínez Lozano

GNOSTICISMO

«Éste es mi hijo, el amado, mi predilecto»

En Jesús hemos visto que somos hijos y herederos, y esta concepción del ser humano está presente en todo el evangelio con constantes referencias al Padre. Y ya sabemos que esto no pasa de ser una analogía, pero es la analogía que eligió Jesús para mostrar nuestra relación con la divinidad y nuestro papel en el mundo. El corazón de la buena Noticia, lo que puede dar sentido a nuestra vida, es que Dios, nuestro Padre, no necesita nada de nosotros, pero que tiene hijos que sí nos necesitan…

Esta idea de Dios y del ser humano, pronto se vio influenciada por filosofías previas al cristianismo que tradicionalmente han aprovechado los fundamentos de las grandes religiones para acomodar sus principios y captar fieles. A estas filosofías parásitas se las conoce con el nombre común de gnosticismo, y su capacidad para mimetizarse con la religión a la que parasitan, se refleja muy bien en la influencia que tuvieron en las primeras comunidades cristianas; especialmente en las comunidades joaneas.

¿Pero qué es el gnosticismo?…

El gnosticismo es un sistema filosófico-religioso que enfatiza el conocimiento espiritual (la gnosis) por encima de las enseñanzas y tradiciones propias de la fe religiosa. En el caso del cristianismo, esto se traduce en que el mensaje y la praxis de Jesús quedan relegados a un segundo término en favor de un conocimiento superior de nuestra realidad que se obtiene directamente en nuestro interior.

Ni la fe ni las obras salvan (o liberan, o lo que cada uno quiera entender por salvar), sino que es ese conocimiento trascendental de nuestra realidad y de la realidad de Dios lo que produce la salvación; es decir, lo que permite al iniciado resolver todos los problemas relativos a la divinidad, el hombre y el mundo, porque está basado en la participación directa de lo divino.

El neo-gnosticismo suele apelar a la tradición mística cristiana como su antecedente directo, pero no es lo mismo. Para aquellos místicos, la intuición de Dios en lo más profundo de su ser era la forma de dar cauce a su fe, pero el gnosticismo actual sustituye la fe por la gnosis. De hecho, la importancia que desde el gnosticismo se da a practicar —o no— una vida evangélica varía según las diversas corrientes gnósticas, pero en todos los casos es algo secundario.

Por tanto, estamos hablando de un movimiento iniciático donde los iniciados saben que los seres humanos no somos lo que creemos ser —o lo que tradicionalmente ha dicho la filosofía o la religión—, mientras que los no iniciados vivimos en la ignorancia de nuestra auténtica realidad y la realidad de Dios.

En la actualidad hay Iglesias gnósticas con sus ritos y creencias, pero el gnosticismo también ejerce su influencia en ambientes intelectuales del cristianismo, en cuyo caso siempre se presenta como vanguardia; como nuevo paradigma hacia el que debemos caminar.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Plegaria: Tan pequeña y tan grande

Documentación:  A modo de Salmo: Andar por la vida cada día

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