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Bautismo del Señor

Evangelio de S. Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».

Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.

Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

BAUTISMO DE ESPÍRITU

Con el evangelio de este domingo se inaugura la vida pública de Jesús. Jesús es un buscador afectado por el dolor y las esperanzas de su pueblo. No se conforma con la realidad tal cual es, sino que anhela una transformación profunda de la realidad y del corazón de las personas. Con este deseo de cambio y conversión se acerca a la novedad de la propuesta de Juan y pide ser bautizado. Pero Juan reconoce en Jesús una propuesta cargada de una novedad radical que va mucho más allá de la propia tradición penitencial de Israel, como es la suya. Por eso su resistencia a bautizarle.

El bautismo de Jesús es un bautismo de Espíritu que expresa su radical disponibilidad con el sueño de Dios:  la fraternidad y la sororidad humana más allá de toda norma o legalidad injusta y que reconoce la centralidad de las personas y su dignidad por encima de los intereses de las instituciones o las tradiciones. Es una experiencia fundante en la que Dios le confirma como Hijo Amado, cubriéndole con su Espíritu y capacitándole para la misión. Una misión que como leemos en la primera lectura y le segunda lectura le va a llevar a ir por la vida haciendo el bien, alentando la esperanza desde las situaciones más frágiles: la caña cascada no quebrará y la mecha vacilante no apagará, un compromiso inquebrantable con la justicia desde los más pequeños e invisibles (Act 10,34-38; Is 42,1-4.6-7).   

De este modo, en Jesús, Dios irrumpe en la historia humana identificándose plenamente con ella. Por ello podemos decir que Jesús es la máxima accesibilidad de Dios, su lenguaje y su gramática, su Palabra encarnada. En Él y por Él se nos regala la experiencia de filiación que nos ayuda a vivir arraigados y arraigadas en el amor, como origen y fuente de la vida y hermanados con toda la humanidad y la creación. Sin embargo, esta hermandad se haya siempre amenazada por las dinámicas del egoísmo, la indiferencia, la sospecha hacia los diferentes o el individualismo que anidan también en el corazón humano y el corazón de las estructuras sociales. Por ello La fraternidad y la sororidad piden siempre nuestra complicidad.

Nos vamos haciendo hermanos y hermanas cada vez que en nuestras opciones más cotidianas elegimos, como dicen los africanos y africanas el Ubuntu: el convencimiento, hecho praxis relacional e histórica, de que somos si los otros también son y para ello es necesario cargar, hacerse cargo y encargarse de la realidad, como hizo Jesús. El infierno no son los otros, sino que el infierno es olvidar que somos con otros.

 

Solo desde la interdependencia, la projmidad y la responsabilidad de alumbrar un nosotros inclusivo donde todas las vidas importen lo humano alcanza su sentido y plenitud.

También nosotros y nosotras por el bautismo participamos de esta misión de Jesús. ¿Por dónde reconocemos hoy que la fraternidad y la sororidad están más amenazadas en nuestros ambientes y necesitamos renovar con más imaginación y radicalidad nuestros compromisos?  

El Evangelio de hoy nos habla también de la complacencia de Dios, de su alegría plena. ¿En qué y en quienes se complace hoy Dios en nuestros contextos? ¿Como aproximarnos a estas realidades y personas para participar de esta alegría y plenitud y dejarnos contagiar por ellas?

Pepa Torres Pérez

EL ESPÍRITU BUENO DE DIOS

Jesús no es un hombre vacío ni disperso interiormente. No actúa por aquellas aldeas de Galilea de manera arbitraria ni movido por cualquier interés. Los evangelios dejan claro desde el principio que Jesús vive y actúa movido por «el Espíritu de Dios».

No quieren que se le confunda con cualquier «maestro de la ley», preocupado por introducir más orden en el comportamiento de Israel. No quieren que se le identifique con un falso profeta, dispuesto a buscar un equilibrio entre la religión del templo y el poder de Roma.

Los evangelistas quieren, además, que nadie lo equipare con el Bautista. Que nadie lo vea como un simple discípulo y colaborador de aquel gran profeta del desierto. Jesús es «el Hijo amado» de Dios. Sobre él «desciende» el Espíritu de Dios. Solo él puede «bautizar» con Espíritu Santo.

Según toda la tradición bíblica, el «Espíritu de Dios» es el aliento de Dios, que crea y sostiene la vida entera. La fuerza que Dios posee para renovar y transformar a los vivientes. Su energía amorosa que busca siempre lo mejor para sus hijos e hijas.

Por eso Jesús se siente enviado no a condenar, destruir o maldecir, sino a curar, construir y bendecir. El Espíritu de Dios lo conduce a potenciar y mejorar la vida. Lleno de ese «Espíritu» bueno de Dios, se dedica a liberar a la gente de «espíritus malignos», que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar.

Las primeras generaciones cristianas tenían muy claro lo que había sido Jesús. Así resumían el recuerdo que dejó grabado en sus seguidores: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo… pasó por la vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hechos de los Apóstoles 10,38).

¿Qué «espíritu» nos anima hoy a los seguidores de Jesús? ¿Cuál es la «pasión» que mueve a su Iglesia? ¿Cuál es la «mística» que hace vivir y actuar a nuestras comunidades? ¿Qué estamos poniendo en el mundo? Si el Espíritu de Jesús está en nosotros, viviremos «curando» a oprimidos, deprimidos o reprimidos por el mal.

José Antonio Pagola

CUMPLIR LO QUE DIOS QUIERE

En una ocasión, le preguntaron a Ramesh Balsekar -discípulo de Nisargadatta- cómo resumiría toda su enseñanza en una sola frase. Sin dudarlo un segundo, el sabio contestó: “Todo lo que enseño, efectivamente, puede sintetizarse en una sola frase: «Hágase tu voluntad»”.

Expresada de forma teísta, tal expresión me trae al recuerdo una frase que solía repetirme mi abuela: “Hijo mío, no te preocupes: nunca ocurrirá nada que Dios no quiera”. Con ello, mi abuela ponía palabras a dos actitudes que constituían dos grandes pilares de su existencia: la aceptación y la confianza.

Es obvio que Balsekar, de tradición hindú, no teísta, no se refería a algún dios cuya voluntad habría que aceptar, por arbitraria que resultase. Y, sin embargo, en esencia, se estaba refiriendo a esa misma doble actitud.

“Hágase tu voluntad” equivale a decir sí a la vida, aceptando en todo momento lo que el presente nos trae, en una actitud de rendición lúcida, que corre pareja con la confianza más absoluta. En la vivencia de mi abuela, aceptación y confianza nacían de la creencia en un dios todopoderoso y bueno, de quien podías fiarte en todo momento. En la comprensión no-dual, brotan de la certeza de que el único sujeto realmente real es la vida (la consciencia). Por lo que, aunque las cosas le vayan mal al yo, es posible siempre seguir haciendo pie en la confianza que somos.

En la vivencia de mi abuela, aceptación y confianza nacían de la creencia en un dios todopoderoso y bueno, de quien podías fiarte en todo momento. En la comprensión no-dual, brotan de la certeza de que el único sujeto realmente real es la vida (la consciencia). Por lo que, aunque las cosas le vayan mal al yo, es posible siempre seguir haciendo pie en la confianza que somos.

Mantenemos una actitud de resistencia ante lo que sucede cuando creemos que el yo es un sujeto libre. Una vez se comprende que no existe el libre albedrío, no cabe sino la rendición al curso propio de la vida en cada momento. Lo cual, sin embargo, no tiene nada que ver con la resignación fatalista que asume quien piensa que no tiene otra opción. La rendición nace de la comprensión de que somos vida por lo que, identificados con ella, en cada momento somos conscientes de estar viviendo lo que “tenemos que” vivir.

Enrique Martínez Lozano

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Plegaria: Tan pequeña y tan grande

Documentación:  A modo de Salmo: Andar por la vida cada día

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