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Corpus Christi

«Esto es mi Cuerpo»… «Esta es mi Sangre»…

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:

«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?» 

Él envió a dos discípulos, diciéndoles:

«Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?» Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.» 

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. 

Mientras comían. Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:

«Tomad, esto es mi cuerpo.»

Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo:

«Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.» 

Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

Como es natural, la celebración de la misa ha ido cambiando a lo largo de los siglos. Según la época, los cristianos han ido destacando algunos aspectos y descuidando otros. La misa ha servido de marco para celebrar coronaciones de reyes y papas, rendir homenajes o conmemorar victorias de guerra. Los músicos la han convertido en concierto. Los pueblos la han integrado en sus devociones y costumbres religiosas…

Después de veinte siglos puede ser necesario recordar alguno de los rasgos esenciales de la última cena del Señor, tal como era recordada y vivida por las primeras generaciones cristianas.

En el trasfondo de esa cena hay una convicción firme: sus seguidores no quedarán huérfanos. La muerte de Jesús no podrá romper su comunión con él. Nadie ha de sentir el vacío de su ausencia. Sus discípulos no se quedan solos, a merced de los avatares de la historia. En el centro de toda comunidad cristiana que celebra la eucaristía está Cristo vivo y operante. Aquí está el secreto de su fuerza.

De él se alimenta la fe de sus seguidores. No basta asistir a esa cena. Los discípulos son invitados a «comer». Para alimentar nuestra adhesión a Jesucristo necesitamos reunirnos a escuchar sus palabras e introducirlas en nuestro corazón; necesitamos acercarnos a comulgar con él identificándonos con su estilo de vivir. Ninguna otra experiencia nos puede ofrecer alimento más sólido.

No hemos de olvidar que «comulgar» con Jesús es comulgar con alguien que ha vivido y ha muerto «entregado» totalmente a los demás. Así insiste Jesús. Su cuerpo es un «cuerpo entregado» y su sangre es una «sangre derramada» por la salvación de todos. Es una contradicción acercarnos a «comulgar» con Jesús resistiéndonos a preocuparnos de algo que no sea nuestro propio interés.

Nada hay más central y decisivo para los seguidores de Jesús que la celebración de esta cena del Señor. Por eso hemos de cuidarla tanto. Bien celebrada, la eucaristía nos moldea, nos va uniendo a Jesús, nos alimenta con su vida, nos familiariza con el evangelio, nos invita a vivir en actitud de servicio fraterno y nos sostiene en la esperanza del reencuentro final con él.

José Antonio Pagola

Publicado en www.gruposdejesus.com

«Tomad, éste es mi cuerpo» … «Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos»

En la fiesta del Corpus Christi se celebra la presencia real de Jesús en las especies sacramentales del pan y del vino, y esto se manifiesta sacando la custodia a la calle e invitando a los fieles a adorarla.

Desde nuestra óptica ilustrada, este tipo de devoción nos parece pueril y trasnochada, y nuestro primer impulso suele ser criticarlo o descalificarlo. Pero topamos con un problema, y es que muchos cristianos –probablemente la mayoría– lo comparten, interpretan las palabras de Jesús como algo que convierte el pan y el vino en su cuerpo y su sangre, y se conmueven al adorar la custodia o contemplarla en procesión por las calles de su ciudad.

Y al verlo, solemos pensar que son ellos los que creen mal y nosotros los que creemos bien; y como creemos bien, nos expresamos a menudo en un lenguaje asertivo propio de personas en posesión de la verdad que no deja espacio para ninguna otra creencia. Nosotros somos la vanguardia, la que debe marcar el camino, porque, no en vano, nuestra fe se soporta sobre una firme base exegética y no en tradiciones de dudosa procedencia e intencionalidad como son las de la Iglesia.

Ahora bien, si una mayoría de cristianos profesa una fe que a una minoría nos parece inapropiada, estamos ante un dilema en el que sólo parecen caber dos alternativas: o bien la devoción popular es la que interpreta adecuadamente el mensaje de Jesús, «Te doy gracias Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y las has revelado a los sencillos», o bien el cristianismo genuino es algo reservado a iniciados capaces de entender aquello que la gente normal no entiende.

La primera de ellas nos resulta difícil de digerir y la segunda descabellada, así que algo debe estar fallando en nuestro razonamiento… Acudimos al evangelio y hallamos la respuesta, pues vemos el poco énfasis que hace en la doctrina y su constante exhortación a la acción, al amor, al perdón, al servicio: «Por sus obras los conoceréis».

El evangelio nos da dos claves importantes para enfocar bien las cosas. La primera, que las creencias son secundarias; que lo importante es el amor que da fruto. La segunda, que la vanguardia la marcan quienes más aman y más sirven, cualesquiera que sean sus creencias… «El que quiera ser el primero entre vosotros…»

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí

Parece claro que, en una lectura no literal ni confesional, cuando Jesús afirma sobre el pan que “esto es mi cuerpo”, se está refiriendo a la realidad completa. Con lo que, aquella cena, a tenor de esas palabras, solo cabe leerla en clave de celebración de la unidad. Por ello mismo, tienen razón quienes entienden la eucaristía en esa misma clave.

El conjunto de todos los objetos que percibimos y que constituyen la realidad aparente no son sino expresiones o manifestaciones de lo único realmente real, es decir, despliegue desbordante de la única consciencia.

La teóloga Sallie McFague afirma, metafóricamente, que “el mundo es cuerpo de Dios”. La intuición es la misma. Si no entendemos por “dios” un ser separado, al margen del mundo, sino el Fondo de todo lo que es, estaríamos utilizando nombres diferentes -dios, consciencia, vida, ser…- para referirnos a Aquello que no tiene nombre -porque no es un objeto- y que, sin embargo, es lo único que permanece cuanto todo lo demás cambia.

Reconocer que todo sin excepción es “cuerpo” de la consciencia constituye la más rotunda afirmación de la unidad de todo, de la no-separación más allá de todas las diferencias. Tal es la afirmación central de la comprensión no-dual. Y eso mismo es lo que hace que la comprensión sea radicalmente transformadora.

¿Cómo no habría de cambiar la forma de ver y de vivir cuando se comprende que, más allá de la admirable y bella multiplicidad de formas, todo es uno y lo mismo? Por tanto, la mirada que se queda solo en la forma resulta ser, no solo pobre y limitada, sino absolutamente errónea. Y del error no puede surgir sino confusión, división y sufrimiento.

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

La solemnidad del Corpus Christi surge en el mundo medieval cristiano con la intención de subrayar la singular presencia de Jesucristo en las especies del pan y del vino en la eucaristía. Una presencia que Trento definirá después como “verdadera, real y sustancial”. Una presencia que es siempre sacramental, pues acontece en los signos.

El énfasis de esta solemnidad en la presencia somática de Cristo en la eucaristía podría desviar la comprensión de lo que esta, en verdad, significa.

En este sentido, es bueno no olvidar la relación íntima de esta solemnidad con la del Jueves Santo. El Corpus, por así decir, enfoca y destaca un aspecto principal de lo que el Jueves Santo enseña sobre el conjunto de la eucaristía. Y es que la eucaristía es una síntesis de la vida de Jesucristo: una entrega (servicio) radical al banquete salvador del reino. Por tanto, la presencia de Cristo en la misa no se reduce al pan y al vino, sino que acontece en el conjunto de la celebración en la que se actualiza, junto a esa presencia, todo lo que Cristo significa y, por eso, su donación salvadora a favor de los que ha convocado en la mesa de la salvación.

En consecuencia, Jesucristo no irrumpe en la misa como si estuviera ausente. La presencia de Cristo en la eucaristía está garantizada por la Palabra y por el Espíritu Santo desde su mismo inicio. Y es que donde dos o tres se reúnen en el nombre de Jesucristo allí está él (presencia en la Iglesia, que es cuerpo de Cristo). Luego, la presencia se va intensificando, pues Cristo está presente en la persona del ministro presidente y en la Palabra que se proclama. Finalmente, esta presencia se radicaliza, siempre gracias al Espíritu, en las especies depositadas en el altar, cuando la Iglesia hace memoria actualizadora de la historia de la salvación protagonizada por Cristo (recitación de la plegaria eucarística que incluye el relato de la institución). En esta dinámica, el Señor hace suyos el pan y el vino para “presencializarse” ante los suyos de un modo singular y único: como verdadero alimento de vida eterna.

Esta presencia, además, tiene una finalidad: lograr la comunión salvífica de Cristo con los fieles, miembros de la comunidad eclesial; y esto, a su vez, con la intención de que los fieles, al recibir al Señor bajo las especies de pan y vino, se transformen en quien reciben que, en realidad, es su verdad más profunda, tanto en el plano personal (el bautizado = otro Cristo), como en el eclesial (la Iglesia = Cuerpo de Cristo).

Por tanto, conviene explicar siempre la presencia eucarística de Cristo dentro del contexto y en la dinámica de toda la celebración de la misa. Igualmente, es preciso subrayar la intención o la finalidad de esta presencia que busca la comunión con nosotros en el interior de la obra de la salvación y su momento culminante (Cristo). Esta perspectiva, facilita la explicación de la centralidad de la eucaristía en la vida cristiana y eclesial: la Iglesia hace la eucaristía y la eucaristía hace la Iglesia.

Fr. Vicente Botella Cubells O.P.
Convento de San Vicente Ferrer (Valencia)

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Meditación

Documentación:  A modo de Salmo

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