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Dedicación de la Basílica de Letrán.

Evangelio según San Juan 2, 13-22

Inicialmente el papa residía en la Basílica de San Juan de Letrán y allí tiene su sede, su cátedra como obispo de la ciudad y diócesis de Roma. De ahí que esta celebración tenga un sentido especial y cuya celebración este año coincide con este domingo. El Papa tuvo en Roma diversas residencias, hasta que, en 1870, con la unificación y creación de Italia como estado, el papa Pío IX pasó a residir definitivamente en el Vaticano.

«No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.

Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
«Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
«¿Qué signos nos muestras para obrar así?»

Jesús contestó:
«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»

Los judíos replicaron:
«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

TEMPLOS Y MERCADOS: UNA ALIANZA MUY PELIGROSA

Podemos cerrar los ojos e imaginarnos la escena: Jerusalén ha duplicado su población porque miles de personas acuden a celebrar allí la Pascua, como es preceptivo.

Los vendedores del templo están prestando un gran servicio. En el atrio de los gentiles ofrecen ovejas, terneros, bueyes y palomas. Estos animales han pasado un control de pureza ritual que los convierte en aptos para el sacrificio en el templo. En otro lugar de Jerusalén se puede comprar ganado cebado para el consumo casero, pero está prohibido consumir carne de animales, como los caballos, asnos o liebres.

Los cambistas reciben monedas con la efigie del emperador o de ciertos dioses paganos, las pesan, y las cambian por monedas de uso interno, acuñadas en el templo. Sólo con estas monedas, que no están impuras, se pueden pagar las ofrendas y sacrificios y se ofrecen las limosnas. Pero estos cambistas, a menudo, trucan las básculas, abusan de la ignorancia de los más pobres y entregan un cambio injusto. Les queda un margen económico que les enriquece día tras día.

El templo se ha convertido en el banco central del judaísmo. Recibe mucho dinero y genera mucha riqueza. Se depositan allí grandes cantidades de dinero, de capital privado, que sirve para hacer préstamos con un alto interés.  

Sacar grandes ventajas del templo, por cualquier motivo, era considerado falta grave. Pero la clase sacerdotal tenía un gran negocio. El sumo sacerdote Ananías pasó a la Historia como “astuto hombre de negocios”. Podemos afirmar que, como ocurre con los bancos de ahora, el templo de Jerusalén era una institución intocable.

El gesto de Jesús, en este contexto, es intolerable, por eso la balanza se inclina, definitivamente, hacia su condena y muerte. Cuando se va a celebrar la fiesta de la liberación de la esclavitud, cuando el pueblo se prepara para celebrar la Pascua, Jesús quiere liberarlo de otras “ataduras” que pudieron tener sentido en otro momento de la Historia, pero ahora someten al pueblo a la clase sacerdotal y a sus rígidas normas de purificación en el templo.

Jesús se atreve a hacer un gesto claro y profético, marcando un tiempo nuevo y unas formas nuevas en la relación con Dios. Allí donde está el Arca de la Alianza, allí donde se cree que la presencia de Dios es real, Jesús destruye un negocio que genera grandes riquezas a un grupo y oprime a los más pobres. Con este gesto denuncia que se ha profanado el templo y se ha perdido el sentido que tiene, como espacio de encuentro con Dios y con la comunidad judía.

Jesús le había indicado a la samaritana la importancia de adorar “en espíritu y en verdad”. Ya no es necesario sacrificar animales para recuperar la pureza legal. Ya no hace falta “comprar” la bendición y el perdón de Dios, con unas monedas…

Pero, pagará con su vida la propuesta de cambio, como tantos otros profetas y profetisas que le han precedido.

Ahora, abramos los ojos y miremos a nuestro alrededor: ¿no quedan bastantes “mercados” en nuestros templos y en la Iglesia? ¿No hay una “mercadería” de objetos religiosos, con los que, supuestamente, es más fácil conseguir el favor de Dios? ¿Usamos esos objetos como “atajos” para llegar al corazón de Dios?

¿Son transparentes las cuentas de todos los templos y comunidades de la Iglesia Católica? ¿No hay que seguir hablando de estos temas en las iglesias y en la Iglesia, para denunciar lo que se aleja del Evangelio y seguir haciendo gestos de conversión?

¿Nos reconocemos como “templos de Dios”? ¿Reconocemos así a cada hombre y mujer? ¿Entramos en su vida con el mismo respeto que cuando entramos en un templo?

¿Qué signos podemos y debemos hacer hoy, ahora, para que la Palabra se haga carne de nuestra carne?

Marifé Ramos 

¿CÓMO ES NUESTRA RELIGIÓN?

El episodio de la intervención de Jesús en el templo de Jerusalén ha sido recogido por los cuatro evangelios. Es Juan quien describe su reacción de manera más gráfica: con un látigo Jesús expulsa del recinto sagrado a los animales que se están vendiendo para ser sacrificados, vuelca las mesas de los cambistas y echa por tierra sus monedas. De sus labios sale un grito: “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.

Este gesto fue el que desencadenó su detención y rápida ejecución. Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío: el centro de su vida religiosa, social y económica. El templo era intocable. Allí habitaba el Dios de Israel. Jesús, sin embargo, se siente un extraño en aquel lugar: aquel templo no es la casa de su Padre sino un mercado.

A veces, se ha visto en esta intervención de Jesús su esfuerzo por “purificar” una religión demasiado primitiva, para sustituirla por un culto más digno y unos ritos menos sangrientos. Sin embargo, su gesto profético tiene un contenido más radical: Dios no puede ser el encubridor de una religión en la que cada uno busca su propio interés. Jesús no puede ver allí esa “familia de Dios” que ha comenzado a formar con sus primeros discípulos y discípulas.

En aquel templo, nadie se acuerda de los campesinos pobres y desnutridos que ha dejado en las aldeas de Galilea. El Padre de los pobres no puede reinar desde este templo. Con su gesto profético, Jesús está denunciando de raíz un sistema religioso, político y económico que se olvida de los últimos, los preferidos de Dios.

La actuación de Jesús nos ha de poner en guardia a sus seguidores para preguntarnos qué religión estamos cultivando en nuestros templos. Si no está inspirada por Jesús, se puede convertir en una manera “santa” de cerrarnos al proyecto de Dios que él quería impulsar en el mundo. La religión de los que siguen a Jesús ha de estar siempre al servicio del reino de Dios y su justicia.

Por otra parte, hemos de revisar si nuestras comunidades son un espacio donde todos nos podemos sentir en “la casa del Padre”. Una comunidad acogedora donde a nadie se le cierran las puertas y donde a nadie se excluye ni discrimina. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los más desvalidos y no solo nuestro propio interés.

No olvidemos que el cristianismo es una religión profética nacida del Espíritu de Jesús para abrir caminos al reino de Dios construyendo un mundo más humano y fraterno, encaminado así hacia su salvación definitiva en Dios.

José Antonio Pagola

LA RELIGIÓN Y LA NOVEDAD DE JESÚS

Así como los evangelios sinópticos hablan de una única subida de Jesús a la Pascua –en la que será entregado y ejecutado-, Juan menciona tres. Tiene cuidado de nombrarlas como “fiestas judías” –es decir, ajenas a su propia comunidad-, siempre dentro de aquel conflicto que mantenían con la autoridad judía.

Lo que parece claro, en todo caso, es que esta actuación de Jesús tuvo mucho que ver con su muerte. De hecho, en el juicio ante el Sumo Sacerdote Caifás, constituirá una de las acusaciones más graves contra él: “Nosotros le hemos oído decir: «Yo derribaré este templo hecho por hombres y en tres días construiré otro no edificado por hombres»” (Mc 14,58). Incluso será un tema que aparezca como insulto dirigido al crucificado: “Tú, que destruías el templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz” (Mt 27,40).

La historicidad del relato –que se narra en los cuatro evangelios que han llegado hasta nosotros- parece innegable. Sin embargo, los tres sinópticos lo sitúan al final de la vida de Jesús, mientras que Juan lo coloca prácticamente al inicio mismo de su actividad.

Históricamente, parece más acorde con los hechos la primera de esas opciones. En un conflicto –entre Jesús y las autoridades religiosas- que fue in crescendo, el episodio del templo aparece como la gota que colma el vaso, haciendo de detonante que precipita la decisión que habría de acabar en la detención, condena y muerte del maestro de Nazaret.

El motivo por el que Juan lo coloca al inicio de su relato parece ser el siguiente: el autor del cuarto evangelio muestra una particular insistencia por subrayar la novedad que Jesús aporta. Por eso, empieza por mostrarlo como el que realiza la nueva alianza (bodas de Caná) y el nuevo culto (episodio del templo y diálogo con la samaritana), asentando con rotundidad la necesidad de “nacer de nuevo” (diálogo con Nicodemo) para poder comprender y vivir su propuesta.

Para entender la acción de Jesús hay que verla como un gesto profético, en la línea de los grandes profetas de Israel. Y así es como lo percibieron tanto la autoridad como los testigos que se hallaban presentes. Para aquella tradición, un “gesto profético” es una acción simbólica que busca transmitir, dramatizándolo, un mensaje de hondo calado. En cierto modo, podría decirse que se trata de una “parábola en acción”. En esta ocasión, el gran contador de parábolas que era Jesús recurre a la acción para escenificar una parábola más.

Por eso, la comprensión adecuada del gesto nos viene dada por la palabra del mismo Jesús: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Se refería –añade el autor del evangelio- al templo de su cuerpo. Se trata, lisa y llanamente, de una sustitución: el viejo templo de la religión ha de dejar paso al nuevo templo, la persona de Jesús. Y, por extensión, el ser humano y el conjunto de lo real.

La religión –por el propio nivel mítico de consciencia en que aparece- pretende encerrar a Dios en espacios separados (templo) y en fórmulas delimitadas (creencias), bajo la supervisión de una autoridad inapelable (jerarquía). Pero es precisamente esa religión la que constituirá el objeto de la crítica de Jesús. Una lectura desapasionada del evangelio conduce al lector imparcial a una conclusión evidente: Jesús es un crítico de la religión y de la autoridad religiosa, dando lugar, con ello, a un conflicto creciente que acabará con su vida.

Posteriormente, la imagen de Jesús sería más o menos “domesticada”, hasta convertirlo en un ser sumiso y obediente, primer garante de la propia religión. Con lo que se ha llegado a paradojas graves.

En cualquier caso, la postura de Jesús queda magníficamente reflejada en otro texto de este mismo cuarto evangelio. En el diálogo con la samaritana, a la pregunta de esta sobre las discusiones religiosas entre judíos y samaritanos, Jesús responderá: “Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte [Garizim] ni ir a Jerusalén… Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre, lo adoren en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Jn 4,21-24).

Enrique Martínez Lozano

Documentación:  Liturgia de la Palabra

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