Domingo de Ramos

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 22, 7.14—23,56

…. Hossanna al Hijo de David….. Crucificale, crucifícale….

C. Llegó el día de los Ácimos, en el que se debía inmolar la víctima pascual. Cuando fue la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:

+ “He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi Pasión, porque os aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios”.

C. Y tomando una copa, dio gracias y dijo:

+ “Tomad y repartidla entre vosotros. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios”.

C. Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

+ “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”.

C. Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo:

+ “Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes. La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí. Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!”

C. Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso. Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande. Jesús les dijo:

+ “Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve. Vosotros habéis permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas. Por eso todo lo que Padre me ha dado, a vosotros os lo entrego, como mi Padre me lo entregó a mí. Y en mi Reino, comeréis y beberéis en mi mesa, y os sentaréis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos”.

C. Pedro le dijo:

S. “Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte”.

C. Pero Jesús replicó:

+“Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces”.

C. Después les dijo:

+ “Cuando os envié sin bolsa, ni provisiones, ni sandalia, ¿os faltó alguna cosa?”

C. Respondieron:

S. “Nada”

C. Él agregó:

+ “Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una. Porque oss aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: «Fue contado entre los malhechores». Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí”.

C. Ellos le dijeron:

S. “Señor, aquí hay dos espadas”.

C. Él les respondió:

+ “Basta”.

C. Enseguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo:

+ “Orar, para no caer en la tentación”.

C. Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:

+ “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

C. Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo:

+ “¿Por qué estáis durmiendo? Levantaos y orar para no caer en la tentación”.

C. Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Éste se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo:

+ “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”

C. Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron:

S. “Señor, ¿usamos la espada?”;

C. Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. Pero Jesús dijo:

+“Quietos, ya está”.

C. Y tocándole la oreja, lo sanó. Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo:

+ “¿Soy acaso un bandido para que vengáis con espadas y palos? Todos los días estaba entre vosotros en el Templo y no me arrestasteis. Pero ésta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas”.

C. Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos. Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo:

S. “Éste también estaba con él”.

C. Pedro lo negó diciendo:

S. “Mujer, no lo conozco”.

C. Poco después, otro lo vio y dijo:

S. “Tú también eres uno de aquéllos”.

C. Pero Pedro respondió:

S. “No, hombre, no lo soy”.

C. Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo:

S. “No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo”.

C. Dijo Pedro:

S. “Hombre, no sé lo que dices”.

C. En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo. El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Éste recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

C. Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban; y tapándole el rostro, le decían:

S. “Profetiza, ¿quién te golpeó?”

C. Y proferían contra él toda clase de insultos.

C. Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron:

S. “Dinos si eres el Mesías”

C. Él les dijo:

+ «Si os respondo, no me creereis, y si os interrogo, no me respondereis. Pero, en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».

C. Todos preguntaron:

S. «¿Entonces eres el Hijo de Dios?»

C. Jesús respondió:

+«Tienes razón, yo lo soy».

C. Ellos dijeron:

S. “¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca”.

C. Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.

C. Y comenzaron a acusarlo, diciendo:

S. “Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías”.

C. Pilato lo interrogó, diciendo:

S. “¿Eres tú el rey de los judíos?”

+ “Tú lo dices”.

C. Le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:

S. “No encuentro en este hombre ningún motivo de condena”.

C. Pero ellos insistían:

S. “Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí”.

C. Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.

C. Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia. Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos

C. Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo:

S. “Me habéis traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué en vuestra presencia y no he encontrado ningún motivo de condena en los cargos que le imputais; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como veis, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad”.

C. Pero la multitud comenzó a gritar:

S. “¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!”

C. A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando:

S. “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”

C. Por tercera vez les dijo:

S. “Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad”.

C. Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.

C. Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo:

+ “¡Hijas de Jerusalén!, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los vientres que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: «¡Caed sobre nosotros!, y a los cerros: «¡Sepultasdnos!» Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?”

C. Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados. Cuando llegaron al lugar llamado “del Cráneo”, lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía:

+ “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

C. Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos. El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían:

S. “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”

C. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían:

S. “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”

C. Sobre su cabeza había una inscripción: “Éste es el rey de los judíos”.

C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:

S. “No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”.

C. Pero el otro lo increpaba, diciéndole:

S. “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”.

C. Y decía:

S. “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”.

C. Él le respondió:

+ “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

C. Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó:

+ “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

C. Y diciendo esto, expiró.

Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.

C. Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando:

S. “Realmente este hombre era un justo”.

C. Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.

C. Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado. Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado. Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO

“Solo es Jesús se cifra mi esperanza… Es mi único amor” (Beata Isabel de la Trinidad).

‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros’. ¡Qué palabras tan verdaderas, dichas en medio de un silencio sobrecogedor! Las recorremos despacio, las acogemos en el corazón: ¡Nos amó y entregó su cuerpo por nosotros! ¡Me amó y se entregó por mí! Así nos muestra las señales del amor. Jesús convierte la cruz y el abandono en entrega de amor. ¡Cuánto le importamos! Así de transparente se muestra el Evangelio en su cuerpo entregado. Así revela el rostro de Dios, crucificado, entregado a nosotros. Todo en Jesús tiene sabor a entrega y amor. Imaginemos cómo sería nuestra vida si la entregásemos así. Jesús, ayúdanos a amar como Tú.   

‘El primero entre vosotros pórtese como el menor’. ¡Qué revolución la de Jesús! ¡Qué loco y sorprendente suena su Evangelio! Termina invitándonos a vivir como Él vivió: con el delantal puesto para servir, portándonos como menores con los demás. El amor le ha hecho menor, pequeño, abajado. ¿Qué hace Dios en una cruz? Lo mataron por eso: por mostrar a un Dios pequeño entre los pequeños, pobre entre los pobres, hermano entre los hermanos. Pero este perfume nadie ha logrado borrarlo quitarlo de la tierra. ¿Quién se atreve a vivir como Él? Jesús, tu minoridad abaja nuestros aires de grandeza. Tu cruz sostiene nuestra fe.

‘Orad para no caer en la tentación’. Jesús siempre está pensando en nosotros; ni siquiera la cruz le desvía la mirada, al revés, su cruz es la más hermosa mirada de amor. Le importa más ser fiel al proyecto del Padre de amarnos hasta el extremo que salvar la vida. En medio de la prueba, en el silencio crucificado, ora al Padre y nos invita a tener un diálogo amoroso con el Padre. Estemos como estemos, oramos ahora, abrimos el corazón al Padre. Para no caer en la tentación de abandonar el camino del amor. No nos dejes caer en la tentación.   

‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’. Jesús crucificado es escándalo y necedad. ¿Cómo es posible creer en un Crucificado? Pero Jesús crucificado es fuente del perdón más maravilloso. ¿Cómo no creer en Él, que perdona e invita a perdonar por amor?  La misericordia, que predicó por los caminos, la vive hasta el final. Así nos revela al Dios que sufre con nosotros. Así denuncia todos los odios que secan la vida. No sigamos adelante sin perdonar. El perdón es la seña de identidad de los amigos de Jesús. Creemos en ti, Jesús crucificado, con el perdón siempre en los labios.

‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’. Jesús se atrevió a creer en un Dios distinto, compasivo y misericordioso. Ahora, en la cruz, casi sin aire para respirar, se abandona confiadamente en las manos del Padre que solo sabe amar. Al besar a Jesús crucificado nos abandonamos confiadamente en el amor del Padre. Al besar hoy la cruz de Jesús besamos a los crucificados. Al besar la cruz de Jesús abrimos auroras solidarias en las noches del mundo. Nuestra señal es tu cruz, Jesús. En ella te miramos, en ella se reaviva nuestra compasión hacia los que sufren.  

Equipo CIPE

¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ?

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz».Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un «Dios crucificado» constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El «Dios crucificado» no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este «Dios crucificado» no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.

Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el «Dios crucificado». Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el «Dios crucificado» y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.

 José Antonio Pagola

MUERTE, POR AMOR, EQUIVALE A VIDA

La liturgia de este domingo es desconcertante. Empieza celebrando una entrada “triunfal”, y termina recordando una muerte ignominiosa. Es difícil armonizar estos dos aspectos de la vida de Jesús. Podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue muerte. Todos los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de la actividad pública de Jesús. La muerte en Jerusalén se considera como la meta última de toda su vida. En la vida de Jesús se vuelve a escenificar el Éxodo paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida (pascua, paso). Allí iba a dejar patente el amor incondicional de Dios al hombre.

¿Por qué fracasó Jesús tan estrepitosamente? Porque la salvación que él ofrece no coincide con la salvación que esperamos la mayoría de los humanos. Jesús pretendió llevarnos a la plenitud, pero en nuestro verdadero ser. Nosotros nos empeñamos en salvar nuestro ser engañoso, nuestro “ego”. Para nada nos interesa acomodarnos a la “voluntad” de Dios; preferimos que Dios se acomode a lo que nosotros queremos. Dios “quiere” para nosotros lo mejor. Ni siquiera puede querer lo menos bueno. Y nosotros estamos tan pegados a nuestra contingencia, que seguimos creyendo que en asegurar nuestra individualidad está nuestro plenitud. No hay que entender la voluntad de Dios como venida de fuera. Lo que Dios quiere de cada uno es también la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser.

El fracaso humano de Jesús en su intento de instaurar el Reino de Dios, nos invita a reflexionar sobre el verdadero sentido de las limitaciones humanas. Si nuestro primer objetivo es evitar el dolor a toda costa y buscar el máximo placer posible, nunca podremos aceptar la predicación de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no lo libró del dolor ni de la muerte. ¿Cómo podemos interpretar este aparente abandono extremos de Jesús por parte de Dios? Sería la clave de nuestro acercamiento a su pasión y muerte. Sería la clave también para interpretar el dolor humano y tratar de darle el verdadero sentido, que escapa a la mayoría de los mortales y está más allá de toda sensiblería.

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Peor aún si la consideramos  condición para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad de los hombres. Fue el deseo de poder y el afán de someter a los demás, lo que hizo inaceptable el mensaje de Jesús. El pecado del mundo es la opresión. Lo que Dios esperaba de Jesús fue su total fidelidad, es decir, que una vez que tuvo experiencia de lo que Dios era, no dejara de manifestarlo a cualquier precio. La muerte de Jesús no fue un accidente;fue la consecuencia de su vida. Una vez que vivió como vivió y predicó lo que predicó, era lógico que lo eliminaran por insoportable.

Dios no está solamente en la resurrección, está siempre en el hombre mortal, también en el dolor y en la muerte. Si no sabemos encontrarlo ahí, seguiremos pensando como los hombres no como Dios. Es una lección que no acabamos de aprender. Seguimos asociando el amor de Dios con todo lo placentero, lo agradable, lo que me satisface. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios, es decir a ausencia de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo, sobre todo, en el dolor y la limitación.

Los textos de la Pasión no son una crónica de sucesos, sino teología extraída de unos hechos, que al relatarlos no tienen como objetivo principal informarnos sino el trasmitir la teología sobre la muerte de Jesús que fueron elaborando los primeros cristianos. Aunque hay grandes diferencias entre los cuatro evangelios, el relato de la pasión es la parte en que más coinciden los cuatro. Esto se debe a que fue el primer relato que se redactó por escrito, seguramente, como catequesis. Por eso quedó fijado muy pronto en sus rasgos generales, que reflejan después los evangelistas con su propia peculiaridad en sus respectivas redacciones. Dentro del marco recibido por la tradición, cada uno le da su propio matiz.

La pasión de Lc tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Mc u otra más antigua que ya utilizó el mismo Mc, le da un toque de humanización muy significativo. Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. Incluso los paganos quedan de alguna manera justificados. Hay en el relato muchos personajes que están con Jesús y pretenden ayudarle. El mismo Jesús se relaciona con algunos con total comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando. Lc elimina de su relato todos los extremismos y presenta una pasión más humana.

Para nosotros hoy, lo verdaderamente importante no es la muerte física de Jesús, ni los sufrimientos que padeció. A través de lo que conocemos de la historia humana, miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de la figura de Jesús en ese trance, fue su actitud inquebrantable de vivir hasta sus últimas consecuencias, lo que predicó. Para nosotros, lo importante es descubrir por qué le mataronpor qué murió y cuales fueron las consecuencias de su muerte para él, para los discípulos y para nosotros.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, etc. no eran gente depravada que se opusieron a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía, de buena fe, ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva, en la Ley de Moisés. Para ellos defender la Ley y el templo, era defender al mismo Dios.

Era Jesús el profeta, como creían los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo y le apartaba de la religión judía. La respuesta no era sencilla. Por una parte veían que Jesús iba contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra parte, la cercanía a los que sufren y los signos que hacía eran una muestra de que Dios estaba con él. El desconcierto de los discípulos ante la muerte de Jesús, tiene mucho que ver con esa confrontación de sus representantes religiosos. ¿A quién debían hacer caso, a los representantes legítimos de Dios, o a Jesús, a quien los sacerdotes consideraban blasfemo?

¿Por qué murió? Solo indirectamente podemos aproximarnos a la actitud que Jesús adoptó ante su muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco. Pronto se dio cuenta de que los jefes religiosos querían eliminarlo. Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que eso le acarrearía la muerte. Sabía que el pueblo que no le entendía, dejaría de seguirle. Pero también sabía que los jefes religiosos no se iban a conformar con no hacerle caso. Sabiendo todo eso, Jesús tomo la decisión de ir a Jerusalén. Que le importara más ser fiel que salvar la vida, es lo que debemos valorar. Eso es lo que Dios esperaba de él, y eso es lo que tuvo siempre claro.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Para los apóstoles, fue el revulsivo que les llevó al descubrimiento del verdadero Jesús. Durante su vida lo siguieron como amigo, maestro, profeta, pero estaban muy lejos de conocer el verdadero significado de la persona de  Jesús. A ese descubrimiento no podían llegar a través de lo que oían y lo que veían; se necesitaba un proceso de maduración interior. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquél Jesús de Nazaret, al Señor, Mesías o Cristo y al Hijo… En esto consistió la experiencia pascual. Si queremos entender la muerte y la resurrección de Jesús, todos tenemos que seguir ese mismo camino de la vivencia interior.

Fray Marcos

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Meditación

Documentación:  fi3P Loidi TRES FRASES.pdf

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