Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 22, 7.14—23,56

¡Hosanna al Hijo de David!
C. Llegó el día de los Ácimos, en el que se debía inmolar la víctima pascual. Cuando fue la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:
+ “He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi Pasión, porque os aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios”.
C. Y tomando una copa, dio gracias y dijo:
+ “Tomad y repartidla entre vosotros. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios”.
C. Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
+ “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”.
C. Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo:
+ “Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes. La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí. Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!”
C. Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso. Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande. Jesús les dijo:
+ “Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿Quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve. Vosotros habéis permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas. Por eso todo lo que Padre me ha dado, a vosotros os lo entrego, como mi Padre me lo entregó a mí. Y en mi Reino, comeréis y beberéis en mi mesa, y os sentaréis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos”.
C. Pedro le dijo:
S. “Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte”.
C. Pero Jesús replicó:
+“Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces”.
C. Después les dijo:
+ “Cuando os envié sin bolsa, ni provisiones, ni sandalia, ¿os faltó alguna cosa?”
C. Respondieron:
S. “Nada”
C. Él agregó:
+ “Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una. Porque os aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: «Fue contado entre los malhechores». Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí”.
C. Ellos le dijeron:
S. “Señor, aquí hay dos espadas”.
C. Él les respondió:
+ “Basta”.
C. Enseguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo:
+ “Orar, para no caer en la tentación”.
C. Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:
+ “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
C. Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo:
+ “¿Por qué estáis durmiendo? Levantaos y orar para no caer en la tentación”.
C. Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Éste se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo:
+ “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”
C. Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron:
S. “Señor, ¿usamos la espada?”;
C. Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. Pero Jesús dijo:
+“Quietos, ya está”.
C. Y tocándole la oreja, lo sanó. Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo:
+ “¿Soy acaso un bandido para que vengáis con espadas y palos? Todos los días estaba entre vosotros en el Templo y no me arrestasteis. Pero ésta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas”.
C. Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos. Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo:
S. “Éste también estaba con él”.
C. Pedro lo negó diciendo:
S. “Mujer, no lo conozco”.
C. Poco después, otro lo vio y dijo:
S. “Tú también eres uno de aquéllos”.
C. Pero Pedro respondió:
S. “No, hombre, no lo soy”.
C. Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo:
S. “No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo”.
C. Dijo Pedro:
S. “Hombre, no sé lo que dices”.
C. En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo. El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Éste recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
C. Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban; y tapándole el rostro, le decían:
S. “Profetiza, ¿Quién te golpeó?”
C. Y proferían contra él toda clase de insultos.
C. Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron:
S. “Dinos si eres el Mesías”
C. Él les dijo:
+ «Si os respondo, no me creeréis, y si os interrogo, no me responderéis. Pero, en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».
C. Todos preguntaron:
S. «¿Entonces eres el Hijo de Dios?»
C. Jesús respondió:
+«Tienes razón, yo lo soy».
C. Ellos dijeron:
S. “¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca”.
C. Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.
C. Y comenzaron a acusarlo, diciendo:
S. “Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías”.
C. Pilato lo interrogó, diciendo:
S. “¿Eres tú el rey de los judíos?”
+ “Tú lo dices”.
C. Le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:
S. “No encuentro en este hombre ningún motivo de condena”.
C. Pero ellos insistían:
S. “Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí”.
C. Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.
C. Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia. Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos
C. Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo:
S. “Me habéis traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué en vuestra presencia y no he encontrado ningún motivo de condena en los cargos que le imputais; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como veis, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad”.
C. Pero la multitud comenzó a gritar:
S. “¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!”
C. A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando:
S. “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”
C. Por tercera vez les dijo:
S. “Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad”.
C. Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
C. Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo:
+ “¡Hijas de Jerusalén!, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los vientres que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: «¡Caed sobre nosotros!, y a los cerros: «¡Sepultasdnos!» Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?”
C. Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados. Cuando llegaron al lugar llamado “del Cráneo”, lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía:
+ “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
C. Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos. El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían:
S. “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”
C. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían:
S. “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”
C. Sobre su cabeza había una inscripción: “Éste es el rey de los judíos”.
C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
S. “No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”.
C. Pero el otro lo increpaba, diciéndole:
S. “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”.
C. Y decía:
S. “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”.
C. Él le respondió:
+ “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
C. Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó:
+ “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
C. Y diciendo esto, expiró.
Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.
C. Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando:
S. “Realmente este hombre era un justo”.
C. Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.
C. Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado. Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado. Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.
BENDITO ERES, PERO TE CRUCIFICO
COMENTARIO AL EVANGELIO Lc 19, 18-40
Con el Domingo de Ramos comenzamos el tiempo de la Semana Santa. La lectura del Evangelio de este Domingo se centra en la Pasión de Jesús. Tendremos ocasión, a lo largo de toda la semana, de profundizar en las diferentes situaciones de este dramático final de su vida.
Ahora bien, también es interesante centrarnos en lo que tradicionalmente se celebra el Domingo de Ramos: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Tomo como base la narración de este hecho que realiza Lucas y que leeremos en la procesión de los Ramos de este Domingo.
La situación de esta escena de la vida de Jesús es profundamente importante para comprender su coherencia, su dramático final y la inconsistencia de quienes le vitorean y, posteriormente, desean su crucifixión.

Dice el texto que Jesús entra en Jerusalén para celebrar la fiesta de Pascua montado en un pollino. Parece que Lucas quiere mostrar que se cumplen las Escrituras profetizadas por Zacarías. El profeta invita a Jerusalén a cantar de alegría y júbilo porque viene su rey, justo y victorioso, trayendo la salvación, pero humilde montado sobre un asno. Volvamos a la escena. Jesús es recibido por todo el pueblo y sus seguidores. Ellos aclaman a su gran héroe que ha logrado imponerse con su mensaje a un judaísmo que ya no da respuesta a las expectativas de liberación de su Pueblo.
Volvamos a la escena. Jesús es recibido por todo el pueblo y sus seguidores. Ellos aclaman a su gran héroe que ha logrado imponerse con su mensaje a un judaísmo que ya no da respuesta a las expectativas de liberación de su Pueblo.
Enseguida entran en la escena los fariseos. Ellos no soportan tanta alabanza a quien ya consideran un traidor. Su cobardía los lleva a no enfrentarse a Jesús y utilizan a sus seguidores para cortar radicalmente este momento inaguantable para ellos. En vez de decirle a Jesús que es un impostor para su pueblo, dan un rodeo, desplazan el problema y le piden que mande callar a sus discípulos y les reprenda. La respuesta de Jesús ya nos está hablando de que la liberación y el nacimiento de una nueva visión de Dios y del ser humano está naciendo: “si éstos callan, gritarán las piedras”. Ya no hay vuelta atrás, Jesús es consciente de que su vida en esta historia como humano se termina, pero serán sus seguidor@s quienes, tomando la palabra impregnada por su Espíritu, continuarán intentando que la nueva humanidad, la nueva creación, sea posible.
Un pueblo que grita con fervor alabando a Jesús no tarda ni una semana en decidir que ya no es el Mesías y que es un traidor. El pueblo es manipulado nuevamente por los fariseos, por el judaísmo institucional que sabe tocar sus puntos débiles, sus necesidades, su falta de firmeza, para hacerles cambiar de opinión y mirar a “su Rey” como un impostor. Desgraciadamente, a veces, así funciona la mente humana. Esta situación no es nueva en nuestro mundo, ocurre a nivel social, político, también religioso y eclesial. Cuántas veces se traicionan a personas referentes porque, egoístamente, no dan lo que se necesita, porque se envidia la luz que emanan y el ego queda cegado, no por esa luz sino por la envidia, la rivalidad o, simplemente la moda.
Todos llevamos dentro a un Jesús que entra triunfante tras el éxito de situaciones que nos han empoderado y llevamos dentro a ese pueblo débil e ignorante que se deja manipular y convencer para alejarse de lo que realmente plenifica y eterniza nuestra vida.
Tras la respuesta a los fariseos, dice el texto de Lucas, que “Al ver la ciudad, Jesús lloró por ella”. Ya asoma el Jesús sentible, humano, que avanza hacia su final lamentando la ceguera de la condición humana cuando no soporta la verdad y la luz.
En cualquier caso, unámonos a toda la Creación para vitorear a Jesús, que ha empoderado nuestra realidad humana, a través de la Divinidad, y que nos capacita para mirar de una manera nueva la muerte, la noche, el sufrimiento y el vacío.

¡Hosanna a la VIDA y a la LUZ!
Rosario Ramos
UNA MUERTE ANUNCIADA
Lc 22, 14-23
«Haced esto en memoria mía»
Jesús entra el domingo en Jerusalén acompañado de un grupo de galileos que le aclaman como el Mesías anunciado: «Hosanna al hijo de David» … Disuelta la comitiva, se dirige al templo, expulsa a los mercaderes y se enfrenta a unos sacerdotes de alto rango que le increpan: «¿Con qué autoridad haces estas cosas?» … Al atardecer se retira a la seguridad de Betania.
El lunes, desafiando a las autoridades, se dirige al templo y comienza a enseñarles desde la escalinata del pórtico de Salomón. Los judíos le escuchan entusiasmados y Jesús les urge a la conversión: «Todavía es tiempo» … Aparecen unos sacerdotes desafiantes y arremete contra ellos con la parábola de los viñadores homicidas: «Hará perecer a los labradores malvados y dará la viña a otros» … Sin darles tiempo a reaccionar, censura violentamente a escribas y fariseos: «¡Hipócritas!» …
Se conjuran para matarlo, pero temen a la multitud.
El martes vuelve al templo y se congrega en torno suyo gran número de personas. Unos fariseos, acompañados de unos herodianos, le ponen a prueba con una pregunta trampa sobre el tributo a los romanos: «Dad pues al César lo que es del Cesar» … Más tarde les toca el turno a los saduceos, y finalmente a los fariseos: «¿Quién es mi prójimo?» … «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó» …
Los que buscan desprestigiarle caen en la cuenta de que es demasiado listo; que por ese camino no van a conseguir su propósito, y endurecen la apuesta.

Vuelve el miércoles. Su auditorio sigue creciendo, pero su enfrentamiento con las autoridades sube sustancialmente de tono. Unos fariseos (asistidos por guardias del templo) irrumpen en el grupo, abren un claro delante de Jesús y arrojan a una mujer aterrada. «Moisés nos manda apedrear a estas mujeres, ¿tú qué dices?» …
Y Jesús se juega la vida –y la pierde– por salvar la de la mujer, porque los santos fariseos no pueden perdonar que nadie les llame pecadores públicamente. Sale al monte de los olivos seguido de mucha gente y les manda el mensaje definitivo: «A mí me lo hicisteis» …
El jueves Jesús sabe que su tiempo se ha acabado y organiza una cena de despedida con sus íntimos; incluidas, claro está, las mujeres: «Yo soy el maestro y el señor, y os he lavado los pies» … «Haced esto en memoria mía» … Al acabar la cena salen de la ciudad por la puerta de las Aguas y remontan el torrente Cedrón. En el cruce de caminos Jesús se detiene. El de la derecha lleva a Betania, a la seguridad de la casa de sus amigos. El que sale al frente, a Jericó, y de allí fuera de la jurisdicción de quienes quieren matarlo. Duda unos instantes y toma la senda que sube a Getsemaní; a su destino: «Pero no se haga mi voluntad sino la tuya» …
Judas lo entrega, los levitas y los criados lo prenden, y el sanedrín lo condena a muerte por blasfemo: «¿Eres tú el hijo del Altísimo?… ¡Ha blasfemado!» …
El viernes, los sacerdotes lo entregan a los romanos, pero no le acusan de blasfemo sino de sedicioso. Pilato trata tibiamente de salvarlo, pero fracasa: «Nosotros no tenemos más rey que el César» … Su suerte está echada; los romanos lo torturan y lo crucifican: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» … «¿Por qué me has abandonado?» … «En tus manos encomiendo mi espíritu» …
Los profetas mueren lapidados, pero los sacerdotes se empeñan en que sea crucificado para crucificar también su doctrina… pero fracasan «porque Dios estaba con él» …
Miguel Ángel Munárriz Casajús
CREEMOS EN UN CRUCIFICADO
Primer mensaje de la comunidad de seguidores de Jesús. Primer terrible escollo para su propia fe y para la predicación: hay que creer en ése a quien rechazó oficialmente la religión y los poderes fácticos de Israel. Creemos en un marginal que fue rechazado por las autoridades, por la religión… por casi todos. Primer cimiento insustituible de nuestra fe: «Dios estaba con Él».
COMULGAMOS CON EL CRUCIFICADO
Si «Dios estaba con él, sus valores, sus criterios, su Dios, son fiables, merecen asentimiento. Por eso comulgamos con él, porque reconocemos en él un acceso a Dios.
Comulgamos con sus criterios, con sus valores, con su sentido de la vida, con su entrega total, que se expresa al final de modo tan trágico y explícito, pero que ha sido la norma y sentido de toda su vida.
Éste es el sentido profundo del «sacrificio de Cristo», la entrega de su vida entera a la misión confiada por el Padre, por encima de otras interpretaciones más veterotestamentarias, juridicistas o vicarias. Comulgamos, como él, con los crucificados del mundo. Ninguna comunión personal, individual, con Cristo crucificado es sana si excluye la comunión con los que sufren.

Sería importante que la lectura de la Pasión en el contexto de la Eucaristía lleve a los fieles, más allá del sentimiento, hacia la conversión: en su modo de vivir y en su compromiso con otros.
JESÚS Y EL ÉXITO
En un día en que vamos a celebrar procesiones triunfales, con palmas y cánticos, con los sacerdotes revestidos de preciosos ornamentos de rojo y oro, con los niños sonrientes y felices con sus ramitos, con los eclesiásticos repartiendo sonrisas a los fieles, con mucho ambiente de triunfo, conviene recordar cómo se situó Jesús ante eso que nosotros llamamos triunfo.
Un triunfo es lo que esperaban los que le seguían desde el lago, desde el Jordán. Les dejó tan fascinados que lo dejaron todo y le siguieron porque estaban convencidos de que era el Mesías esperado, el Ungido del Señor. Lo esperaban todo de él. Pero esperaban mal.
Esperaban un nuevo David, el rey por excelencia, el Ungido por excelencia, el conquistador, el unificador, el que tenía que devolver a Israel la Soberanía, la paz, la preeminencia sobre las naciones, la paz, la abundancia. El que haría que todas las naciones vinieran a adorar a Dios en su (¿de Él o de ellos?) Santo Templo de Jerusalén. El Mesías, luz de las Naciones y gloria de tu pueblo Israel. T los discípulos son, naturalmente, como todos. Todo Israel –los que esperan al Mesías– esperan así.
Durante toda su vida pública, Jesús se esfuerza lo indecible para alejarse de esa imagen. Oculta sus milagros, que le están dando fama de legendario curador todopoderoso, evita la propaganda, huye de los que le quieren hacer rey, anuncia reiteradamente que su final es la muerte en cruz rechazado por los jefes. Nadie le cree. Los discípulos, que le siguen más que nadie, los que menos.

La subida a Jerusalén es penosa: Jesús predicando constantemente en contra del mesianismo acostumbrado; la gente imperturbable, los discípulos cada vez más lejos del pensamiento del Maestro, hasta pidiendo sillones ministeriales. Hasta podemos adivinar un conato de triunfalismo davídico en la organización por los discípulos de la entrada en Jerusalén, estropeada por Jesús al dirigirse al Templo y armar el mayor escándalo de su vida.
Jesús se ha pasado la vida entera desmontando la idea de triunfo que impera en el pueblo y en sus amigos. Pero no bastará: para romper definitivamente esa idea será necesaria la cruz: entonces se romperá en mil pedazos la fe de los discípulos: han podido con él, lo han matado… luego Dios no estaba con él. Nosotros esperábamos que éste sería el Libertador de Israel, pero lo han rechazado lo jefes del pueblo, lo han eliminado… Nosotros esperábamos, pero… ya no esperamos.
Fue necesaria la muerte en cruz para que los discípulos perdieran la fe vieja. Y ahí nació la fe. Todos los relatos de la resurrección insisten en lo mismo: re-conocerle, re-leer la Escritura.
Re-conocerle, volver a conocerle, conocerle de nuevo. Antes no le conocían, sólo se imaginaban quién era basados en una falsa lectura de la Escritura. Jesús resucitado les enseña a leer las Escrituras, y entonces empiezan a conocerle, empiezan a descubrir que la salvación de Dios no viene del triunfo político, de la aclamación social, de la imposición desde arriba, de la religión desde fuera. La resurrección es ante todo una terrible conversión/inversión de criterios. Y la esencia de esa conversión es: es el crucificado el que nos merece fe, no el Rey David poderoso y triunfante.
El éxito de Jesús consiste en que es capaz de ir hasta el final, de ser consecuente hasta el final, de no echarse atrás, en no ceder a ninguna tentación mesiánica. El éxito de Jesús consiste en no querer triunfar como lo esperan todos.
Importante para nosotros la iglesia hoy, que seguimos queriendo triunfar por fuera, por poder, por prestigio, por influencia social, por espectáculo. Importante para cada uno de nosotros la iglesia. El mesianismo davídico fue una grave tentación para Jesús, una grave dificultad para los primeros seguidores, y es hoy una terrible tentación para nosotros la iglesia y más aún para los que la gobiernan.
José Enrique Galarreta
Documentación:
Liturgia de la Palabra
Documentación:
Parábola
Documentación:
El Canto de tu pueblo

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