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Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

Jornada Mundial de las Misiones – DOMUND

El domingo 19 de octubre la Iglesia celebra el DOMUND, la Jornada Mundial de las Misiones, organizada por Obras Misionales Pontificias (OMP). Es el día en el que, de un modo especial, la Iglesia universal reza por los misioneros y colabora con las misiones. Se celebra en todo el mundo el penúltimo domingo de octubre, el “mes de las misiones”. Este año el lema elegido para la celebración de esta Jornada es “Misioneros de esperanza entre los pueblos».

«Misioneros de esperanza entre los pueblos», lema de este año

El lema de este año para el Domund”, viene dado en el mensaje del papa Francisco para este Día. En él, recordaba a cada cristiano, y a la Iglesia como comunidad de bautizados, su vocación fundamental a ser mensajeros y constructores de esperanza. Esta vocación necesita el apoyo del resto de la Iglesia. ¿Cómo? Hay tres formas de cooperación misionera: personal, espiritual y económica. No se trata sólo de colaborar con la misión, sino de participar en ella.

Evangelio de San Lucas 18, 1-8

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:

― Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En la misma ciudad había una viuda que solía decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario»; por algún tiempo se negó; pero después se dijo: «Aunque no tema a Dios ni me importen los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».

Y el Señor respondió:

― Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

UNA ORACIÓN Y UNA FE PERSISTENTE

La lectura de este domingo nos revela nuevamente la actitud pedagógica de Jesús en el anuncio del evangelio, su preocupación por hacer inteligible el mensaje. Por eso busca siempre un lenguaje sencillo que conecte con las preocupaciones y la vida cotidiana de sus interlocutores. Las parábolas responden también a esta búsqueda de inteligibilidad. Es este caso la parábola toma como personajes centrales a dos figuras distintas: un juez, instalado en su seguridad y sus bienes y una mujer viuda, símbolo de la más absoluta indefensión, que acude al juez en busca de protección. En la lógica de la parábola el juez no actúa con la mujer movido por compasión, sino como respuesta a su insistencia, de este modo la centralidad del texto no parece estar tanto puesta en el juez como en la tenacidad de esta viuda pobre, persistente en su reclamo de justicia. Ella se convierte en un icono de la oración cristiana por su confianza en obtener lo que espera y la insistencia en presentar su necesidad.

Dios no es un juez impasible como el juez de la parábola que busca quitarse de en medio el reclamo de la viuda, pero si una persona de estas características actúa así con la mujer, ¡que no hará Dios que es todo misericordia y solidaridad amorosa!. El Dios de Jesús no es el Dios tapagujeros que soluciona de manera mágica nuestros problemas, pero está siempre atento a nuestras súplicas y necesidades. Es el impulso amoroso que desde lo más hondo de nosotros y nosotras mismas nos sostiene y nos ayuda a buscar alternativas con otras personas y grupos ante las situaciones de sufrimiento e injusticia que nos rodean. La oración es siempre eficaz porque nos pone en contacto con la fuente de todo amor y libertad que es Dios mismo y para quien nada humano le es ajeno.

Pero la oración es fruto de la fe y la fe es siempre un salto al vacío. La fe no acaba con la incertidumbre, sino que la atraviesa confiadamente. La fe es mucho más que confesar una doctrina. La fe es experiencia, una actitud básica incondicional ante el misterio de la vida y el Dios que nos sostiene. Es apertura y confianza y tiene siempre como frutos el amor y la esperanza.  

En nuestras sociedades la seguridad y la comodidad se han convertido en ídolos a los que fácilmente rendimos culto y nuestros deseos más hondos son manipulados y “domesticados” por la sociedad de consumo. La pregunta por el sentido se va desdibujando hasta hacerse superflua o se adapta a espiritualidades ligth que nos salen al paso con ofertas de salvación centradas en el ego y descomprometidas con la projimidad y con la historia. En este contexto Jesús nos pregunta hoy por nuestra fe y por nuestra oración  

¿Como mantenerlas vivas?

¿Qué podemos aprender de la persistencia de esta viuda de Evangelio?

Pepa Torres

¿HASTA CUÁNDO VA A DURAR ESTO?

La parábola es breve y se entiende bien. Ocupan la escena dos personajes que viven en la misma ciudad. Un «juez» al que le faltan dos actitudes consideradas básicas en Israel para ser humano. «No teme a Dios» y «no le importan las personas». Es un hombre sordo a la voz de Dios e indiferente al sufrimiento de los oprimidos.

La «viuda» es una mujer sola, privada de un esposo que la proteja y sin apoyo social alguno. En la tradición bíblica, estas «viudas» son, junto con los huérfanos y los extranjeros, el símbolo de las gentes más indefensas. Los más pobres de los pobres.

La mujer no puede hacer otra cosa sino presionar, moverse una y otra vez para reclamar sus derechos, sin resignarse a los abusos de su «adversario». Toda su vida se convierte en un grito: «Hazme justicia».

Durante un tiempo, el juez no reacciona. No se deja conmover; no quiere atender aquel grito incesante. Después reflexiona y decide actuar. No por compasión ni por justicia. Sencillamente para evitarse molestias y para que las cosas no vayan a más.

Si un juez tan mezquino y egoísta termina haciendo justicia a esta viuda, Dios, que es un Padre compasivo, atento a los más indefensos, «¿no hará justicia a sus elegidos, que le gritan día y noche?».

La parábola encierra antes que nada un mensaje de confianza. Los pobres no están abandonados a su suerte. Dios no es sordo a sus gritos. Está permitida la esperanza. Su intervención final es segura. Pero ¿no tarda demasiado?

De ahí la pregunta inquietante del evangelio. Hemos de confiar; hemos de invocar a Dios de manera incesante y sin desanimarnos; hemos de «gritarle» que haga justicia a los que nadie defiende. Pero, «cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

¿Es nuestra oración un grito a Dios pidiendo justicia para los pobres del mundo o la hemos sustituido por otra, llena de nuestro propio yo? ¿Resuena en nuestra liturgia el clamor de los que sufren o nuestro deseo de un bienestar siempre mejor y más seguro?

José Antonio Pagola

ORAR SIN DESFALLECER

El evangelio de Lucas sigue mostrando su sensibilidad con los problemas de los pobres y los sencillos. Nos podemos preguntar: ¿quién es más importante aquí, el juez o la viuda? Por una parte la mujer que no se atemoriza e insiste para que se le haga justicia. Pero también es verdad que este juez, a diferencia de los que se presentan en el Antiguo Testamento, llega a convencerse que esta mujer, con su insistencia, puede llegar a hacerle la vida muy incómoda o casi imposible. Lo hace desde sus armas: su palabra y su constancia o perseverancia; no usa métodos violentos, pero sí convicción de que tiene derechos a los que no puede renunciar. Por eso al final, sin convencimiento personal, el juez decide hacerle justicia. La comparación es más o menos como en la parábola del amigo inoportuno de medianoche (Lc 11, 5-8): la perseverancia puede conseguir lo que parece imposible. Pero si eso lo hacen los hombres injustos, como el juez, ¿qué no hará Dios, el más justo de todos los seres, cuando se pide con perseverancia? Es esa perseverancia lo que mantiene la fe en este mundo hasta que sea consumada la historia.

¿Tiene que ver algo en este texto el tema de la plegaria, de la oración perseverante? Todo depende del tipo de lectura que se haga y habrá variantes de ello. La verdad es que no podemos reducir el texto y la parábola a una cuestión reivindicativa de justicia. El final del texto es sintomático: “Dios hará prontamente justicia a los que le piden” (v.8).

Dios no dilatará el concedernos lo que le pedimos, Dios sí tendrá el corazón abierto a ello. Es una parábola para inculcar la “confianza” en Dios más que en los hombres y sus leyes. ¿Se puede ir por el mundo con esa confianza en Dios? ¡Claro que sí! La respuesta debemos ofrecerla desde nuestra experiencia personal, desde nuestra experiencia cristiana. Y tendrá pleno sentido esta acción de Dios frente a muchas situaciones que debemos vivir en la más íntimo, sabiendo que mientras otros nos despojan de nuestra justicia, de nuestra dignidad y de nuestros derechos, Dios está con nosotros. A muchos es posible que no les valga esta experiencia personal en la que Dios “nos hace justicia”, pero en otros muchos casos será una victoria interior y dinámica de la verdad que buscamos.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Plegaria

Documentación:  A Modo de salmo: F Ulibarri

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