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Domingo XXX del Tiempo Ordinario

Del Evangelio de Lucas 18, 9-14

Dos hombres subieron al templo a orar…

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás.

― Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.

El publicano, en cambio, se quedó a atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

CON LA HUMILDAD DE LOS MISIONEROS

Estamos en el mes misionero extraordinario convocado por el Papa. El Evangelio del Domingo nos habla de ser humildes y pequeños, para encontrar al Niño que nos salva. Sencillez, humildad, entrega, donación… palabras que son parte del traje de nuestros misioneros, que “salen de su tierra” para “des-poseerse”, para que otros se “apropien” de su vida y de sus capacidades. El Dios que desciende y se hace pequeño solo es encontrado por los humildes.

Los misioneros no utilizan el “yo”. Ellos rezan a Dios desde el “nosotros”. No hay “ellos” ni diferentes. Son mensajeros del Dios de la Vida. Se empeñan en construir, en allanar, en ser esperanza de los pueblos más periféricos, olvidados y desconocidos. Los misioneros no rezan de pie, erguidos, en primera fila. Ellos están en medio del pueblo, con el pueblo, consolando, aliviando, con el delantal del servicio siempre incorporado. Son transmisores del perdón del Dios misericordioso. Nuestro recuerdo, nuestra oración agradecida por todos los misioneros. Los que están aquí peregrinando y los que se nos fueron al Cielo. Todos son generadores de un mundo nuevo. ¡Gracias!

Fernando Cordero sscc

SOMBRA, ORGULLO NEURÓTICO Y VERDAD

He aquí una joya de sabiduría psicológica y espiritual. Y para evitar el juicio apresurado, será bueno ver que los dos personajes de la parábola representan dos actitudes que seguramente habitan en cualquiera de nosotros.

El “fariseo” simboliza el ego que vive de la comparación, el juicio y la descalificación. La comparación permite afirmarse, separándose, frente a los otros; el juicio es inevitable en el estado mental, ya que pensar equivale a juzgar, es decir, a colocar “etiquetas” a todo y a todos; la descalificación del otro supone afirmar la propia “superioridad” moral o personal.

La imagen del “publicano”, por su parte, alude a la consciencia de nuestra propia vulnerabilidad, con su carga de debilidad, error, mentira e incluso maldad: lo que, genéricamente, se ha entendido como “pecado”.

El primero vive instalado en el orgullo neurótico y, desde él, condena en el otro todo aquello que en sí mismo ni acepta ni quiere ver. En ese sentido, vive en la mentira, porque es incapaz de reconocer y aceptar su propia sombra. Y, al no verla, se ve forzado a proyectarla en el otro, sin advertir que, con toda probabilidad, aquello que condena es lo que, en su inconsciente –eso es la sombra–, desearía vivir. De modo que, mientras está presumiendo de no ser “como los demás: ladrones, injustos, adúlteros” –“dime de qué presumes y te diré de qué careces”–, sin que él lo advierta, su inconsciente está susurrando: “no soy como los demás…, pero me encantaría serlo”. ¿Resultado? Es un hombre no reconciliado consigo mismo –no “justificado”, en el lenguaje de la parábola-.

A diferencia de quien se refugia en su imagen idealizada, el segundo reconoce sencillamente su verdad y se acepta con ella. No hay comparación, ni juicio ni descalificación de otros. Hay aceptación de la propia verdad, sin maquillarla –eso es humildad–, que produce un resultado diametralmente opuesto al anterior: termina “justificado”, es decir, unificado y pacificado.

¿Cómo puedo reconocer en mí el orgullo neurótico y la sombra inconsciente? Por sus síntomas en mi vida cotidiana: la comparación con los otros, el juicio y la descalificación, la crispación que experimento ante determinadas personas, actitudes, comportamientos… Evidentemente no todo aquello de lo que discrepo constituye una sombra mía, pero lo que me crispa de los otros me está señalando algo negado en mí.

¿Vivo reconciliado/a con toda mi verdad?

Enrique Martínez Lozano

LA JUSTICIA PARCIAL DE DIOS

El Catecismo que estudié de pequeño decía que Dios “premia a los buenos y castiga a los malos”. Pero no concretaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Y como nuestra forma de pensar es con frecuencia muy distinta de la de Dios, es probable que los que Dios considera buenos y malos no coincidan con los que nosotros juzgamos como tales.

Dios, un juez parcial a favor del pobre

Esta es la imagen que ofrece la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico. Lo más curioso de este texto es que no lo escribe un profeta, amante de las denuncias sociales y de las críticas a los ricos y poderosos, sino un judío culto, perteneciente a la clase acomodada del siglo II a.C.: Jesús ben Sira. Y la imagen que ofrece de Dios dista mucho de la que tenían bastantes israelitas. No es un Dios imparcial, que juzga a las personas por sus obras; es un Dios parcial, que juzga a las personas por su situación social. Por eso se pone de parte de los pobres, los oprimidos, los huérfanos y las viudas; los seres más débiles de la sociedad. Comienza el autor diciendo: El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial. Pero añade de inmediato, con un toque de ironía: no es parcial contra el pobre. Porque la experiencia de Israel, como la de todos los pueblos, enseña que lo más habitual es que la gente se ponga a favor de los poderosos y en contra de los débiles.

Dios, un juez parcial a favor del humilde

El evangelio de Lucas ofrece el mismo contraste mediante un ejemplo distinto, sin relación con el ámbito económico. La parábola es fácil de entender, pero conviene profundizar en la actitud del fariseo.

La confesión de inocencia

Un niño pequeño, cuando hace una trastada, es frecuente que se excuse diciendo: “Mamá, yo no he sido”. Esta tendencia innata a declararse inocente influyó en la redacción del capítulo 150 del Libro de los muertos, una de las obras más populares del Antiguo Egipto. Es lo que se conoce como la “confesión negativa”, porque el difunto iba recitando una serie de malas acciones que no había cometido. Algo parecido encontramos también en algunos Salmos. Por ejemplo, en Sal 7,4-6:

Señor, Dios mío, si he cometido eso, si hay crímenes en mis manos, si he perjudicado a mi amigo          o despojado al que me ataca sin razón, que el enemigo me persiga y me alcance, me pisotee vivo por tierra, aplastando mi vientre contra el polvo.

O en el Salmo 26(25),4-5:

No me siento con gente falsa, con los clandestinos no voy; detesto la banda de malhechores, con los malvados no me siento.

La profesión de bondad

Existe también la versión positiva, donde la persona enumera las cosas buenas que ha hecho. Encontramos un espléndido ejemplo en el libro de Job, cuando el protagonista proclama (Job 29,12-17):

Yo libraba al pobre que pedía socorro y al huérfano indefenso, recibía la bendición del vagabundo y alegraba el corazón de la viuda; de justicia me vestía y revestía, el derecho era mi manto y mi turbante. Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo, yo era el padre de los pobres y examinaba la causa del desconocido. Le rompía las mandíbulas al inicuo para arrancarle la presa de los dientes.

El orgullo del fariseo

Volvamos a la confesión del fariseo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» Si el fariseo hubiera sido como Job, se habría limitado a las palabras finales: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Pero al fariseo lo come el odio y el desprecio a los demás, a los que considera globalmente pecadores: ladrones, injustos, adúlteros. Sólo él es bueno, y considera que Dios está por completo de su parte.

La humildad del publicano

En el extremo opuesto se encuentra la actitud del publicano. A diferencia de Job, no recuerda sus buenas acciones, que algunas habría hecho en su vida. A diferencia del Libro de los muertos y algunos Salmos, no enumera malas acciones que no ha cometido. Al contrario, prescindiendo de los hechos concretos se fija en su actitud profunda y reconoce humildemente, mientras se golpea el pecho: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.  

En el AT hay dos casos famosos de confesión de la propia culpa: David y Ajab. David reconoce su pecado después del adulterio con Betsabé y de ordenar la muerte de su esposo, Urías. Ajab reconoce su pecado después del asesinato de Nabot. Pero en ambos casos se trata de pecados muy concretos, y también en ambos casos es preciso que intervenga un profeta (Natán o Elías) para que el rey advierta la maldad de sus acciones. El publicano de la parábola muestra una humildad mucho mayor. No dice: “he hecho algo malo”, no necesita que un profeta le abra los ojos; él mismo se reconoce pecador y necesitado de la misericordia divina.

Dios, un juez parcial e injusto

Al final de la parábola, Dios emite una sentencia desconcertante: el piadoso fariseo es condenado, mientras que el pecador es declarado inocente: Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. ¿Debemos decir, en contra del Catecismo, que “Dios premia a los malos y castiga a los buenos”? ¿O, más bien, debemos cambiar nuestros conceptos de buenos y malos, y nuestra imagen de Dios?

José Luis Sicre

RECAUDADORES Y FARISEOS

Your task is not to seek for love, but merely to seek and find all the barriers within yourself that you have built against it (Buda y Rumi)

Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el otro recaudador

Parábola dirigida a los que se tienen por justos y desprecian a los demás; los que se creen buenos porque son cumplidores de la ley, y por los que entienden que tienen todo derecho a pasar por el banco del templo a presentar en su oración una especie de reembolso por dicho cumplimiento de la ley.

Jesús desenmascara esta egocéntrica actitud de los fariseos, declarando abiertamente que los en realidad justificados, son los que se sienten absolutamente indigentes, y necesitados de la compasión y del amor.

El término Namasté, procede del sánscrito, y es un saludo indio que nos conecta con nuestro cargándonos de energía siempre que la necesitamos. En el saludo nos deseamos y deseamos al otro aquello de “La chispa divina que hay en mí reconoce la chispa divina que hay en ti”, y por eso el publicano sale justificado del templo y el fariseo no.

Yo he visto algo semejante en África. Cuando dos personas se cruzan en un camino, uno de ellos dice Sawona: Yo te respeto, yo te valoro, eres importante para mí”.  A lo que el otro responde “Shikoba: “Entonces, yo existo para ti”.

El término Shalom en el idioma hebreo, es una forma de saludo o despedida entre los judíos que significa también algo parecido: paz, bienestar transmitiendo un deseo de salud, armonía, paz, interior, calma y tranquilidad para aquel o aquellos a quien está dirigido el saludo.

En esta dimensión estaban los místicos Gautama Buda (siglo V a,C.) y Yalāl ad-Dīn Muhammad Rūmī (1207-1273): “Tu tarea no es buscar el amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de ti que has construido contra él”.

El campo emergente de la investigación sobre temas de la compasión y la autocompasión, está demostrando que ser amable con uno mismo y con los demás es una de las mejores cosas que se pueden hacer por la salud.

“Cuando se practican, se reduce el cortisol, la hormona del estrés, eliminando dicho estado”, dice Deborah Serani (1961), doctora en psicología y profesora en la Universidad de Adelphi (USA), autora galardonada de Living with Depression, añadiendo que “cuanto más nos quedamos con pensamientos positivos, más oleadas de dopamina inundan nuestro cuerpo con hormonas para sentirnos bien”.

Así, sin duda, el cobrador de impuestos salió de la oración feliz, y el fariseo amargado, y amargando a los demás la vida.

Para mí la opción es clara: ¡ publicano !

DONDE HAY AMOR SOBRAN LAS NORMAS

La mística de arriba y la de abajo
lo ha mantenido siempre en su Programa.
San Agustín lo reafirmó en latín.
Nos lo legó Jesús con su Palabra:
-“No fue hecho el hombre para el sábado”. 

Y corrigiéndole la plana
a Jesús, Agustín, al mundo entero,
al sentido común, a la Palabra…,
a ultranza lo negó la Santa Iglesia
que desde entonces se quedó en Beata.

Comentaron el hecho los poetas,
lo cantaron los bardos en las plazas.
Así sonaban sus místicos versos:
-“Donde hay fe hay amor,
donde hay amor hay paz,
donde hay paz está Dios
y donde Dios está no falta nada”.

Dios tiene tantos corazones
como criaturas hay en la existencia.

Eres billete necesario,
-Amor humano libre de cadenas- 
para el Amor divino.
Hay que llevarte siempre en la cartera.
Cuando llegue el momento de embarcar

y partir ya para la orilla eterna,
no quiero quedarme encadenado
en tierra.

Vicente Martínez (Ediciones Feadulta)

 Vicente Martínez

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Meditación

Documentación:  A modo de Salmo: Subir al templo, bajar al templo

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