En el camino de peregrinación en pleno verano
«Hola. Me llamo Suji Verónica, carmelita misionera de Corea».
Cada día, a las 19:00h., el encuentro de peregrinos que tiene lugar en el oratorio situado en un rincón del albergue «El Convento», comienza con una ronda de presentaciones en la que cada uno pronuncia su nombre y explica de dónde viene y por qué.
Escapándome del sofocante calor de Madrid, al igual que el año pasado, este verano también he estado en la comunidad de Torrelavega, Cantabria, al norte de España.
Esta comunidad lleva a cabo el apostolado en colaboración con la parroquia, y una de sus misiones es el voluntariado en el albergue. El albergue «El Convento», situado en Santillana del Mar, en el Camino de Santiago del Norte, acoge a peregrinos de abril a octubre. Durante los meses de verano, julio y agosto, que son temporada alta, casi no quedan camas libres. Cada tarde iba allí con las hermanas para ayudar en el comedor y la cocina, acoger a los peregrinos que acudían libremente al encuentro de las siete de la tarde, escuchaba su compartir y rezaba con ellos para que pudieran completar su peregrinación con éxito hasta el final.

En este encuentro, los peregrinos se alegran y se sienten agradecidos por poder conocerse mejor y compartir sus experiencias; por enterarse de que este lugar, donde van a pasar una noche tras caminar gran parte del día, había sido un monasterio del siglo XVII y ahora es un albergue gestionado como proyecto social, por lo que parte del precio del alojamiento que pagan se destina a fines solidarios; y por saber que cada día, a la misma hora, hay personas que les acompañan en su camino con el corazón y la oración, pidiéndoles bendiciones.
A medida que el Camino del norte ha ido ganando fama, acuden numerosos peregrinos de todo el mundo, pero como cada uno tiene un propósito diferente, quizá resulte un poco impreciso referirse a todos ellos, literalmente, como «peregrinos». Sin embargo, lo que está claro es que, durante el tiempo que caminan hacia su destino —desde una semana hasta varios meses—, cada uno reflexiona más profundamente sobre la realidad en la que vive y sobre las personas que le rodean. Creo que esa es la razón por la que muchas personas repiten la peregrinación. Para ellos, recorrer el Camino es como un tiempo de ejercicios espirituales. Aunque no todos sean cristianos, Dios se comunica con cada uno de la forma que mejor pueda entender.
El albergue «El Convento», que funciona con este objetivo, está gestionado por una asociación sin ánimo de lucro que se llama ELEOS (que significa «misericordia» en griego), fundada en 2016 desde la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, de Torrelavega. Cuando el papa Francisco proclamó ese año como Año de la Misericordia, y recomendó que se abrieran las puertas de las iglesias y los conventos cerrados para todos, la comunidad parroquial pensó abrir este albergue como una respuesta concreta a dicha llamada. Teniendo en cuenta la realidad local, con una proporción de inmigrantes cada vez mayor, la realidad social de la precariedad laboral y insuficiencia de alojamiento en el Camino del norte, «El Convento» abrió sus puertas en 2017. Este año tienen nueve trabajadores contratados, y funciona gracias a unos 60 voluntarios que aportan su tiempo y talento en diversos ámbitos, como la acogida de los peregrinos, el servicio en el comedor y la cocina, la participación en el encuentro, el cuidado del jardín, la decoración, etc.
Nunca olvidaré esta actividad veraniega de estos dos años que he vivido en Torrelavega y en Santillana del Mar. Doy gracias a la providencia de Dios por haberme permitido conocer esta comunidad parroquial. Ha sido gran alegría y esperanza para mí ver una comunidad cristiana como ésta, llena de vida, que se convierte en un testimonio concreto dentro de una sociedad local; la comunión fraterna y la actitud de acoger al forastero sin excluirlo. Y eso se manifiestaba también en la celebración litúrgica. Creo que, para la comunidad del ser humano que vive en esta época donde la paz, la libertad y una vida estable están amenazadas, la existencia de una comunidad así puede servir como un testimonio vivo y poderoso de que Dios vive en nosotros y de que el sacrificio de Jesús en la cruz nunca fue en vano. Rezo para que, allí donde existan nuestras comunidades, podamos vivir dando verdadero testimonio.
Suji Verónica Hwang, cm




0 comentarios