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ERMITAÑA URBANA DESDE MI COMUNIDAD

SINODALIDAD – CARISMA II

Francisco Palau nos sigue compartiendo su vivencia interior; nos viene a decir que la sinodalidad es una de las expresiones de la comunión eclesial, lo que significa capacidad de sentir al prójimo en la unidad profunda del Cuerpo Místico.

El camino sinodal de la Iglesia se plasma y se alimenta con la Eucaristía. Esta  es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia, tiene un sentido universal.

La síntesis teológica de este misterio nos la ofrece Francisco Palau en Mis Relaciones. Es la Encarnación aplicada a la Iglesia donde toma protagonismo principal, la Virgen María:

“Llegada la hora fijada por la eterna Sabiduría en que había de salir de la concepción divina y nacer al mundo la Iglesia santa, creada con anticipación la más perfecta de todas las criaturas, una Virgen toda bella y toda pura, el Espíritu Santo tomó la sangre pura de esta Virgen, formó un cuerpo; el Padre creó un alma y se unió al cuerpo; y el Hijo de Dios, al mismo instante, se unió a la humanidad, y en razón de esta unión no hay en Cristo sino una persona en dos naturalezas, divina y humana, y esa persona es Nuestro Señor Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Por esta unión el Hijo de Dios unió a sí con vínculos indisolubles la naturaleza humana, y ésta en Cristo fue constituida Cabeza de toda la Iglesia. Instituyó Cristo en la Cena el sacramento de la Eucaristía. Comulgó Pedro, comulgaron los Apóstoles y discípulos, comulgó la Virgen María, (integrada en el grupo de los apóstoles), y por la comunión se incorporaron sacramentalmente y moralmente a su Cabeza Jesucristo, y así tomó creces el cuerpo ( I Cor. 5,7; Jn. 19,34) ( M. Rel.11, 4-5).

Toda persona es imagen de Dios, ésta es su dignidad, y llamada a la comunión.

El P. Palau defiende esta tesis, en diálogo, o coloquio con la Iglesia, desde su propia experiencia personal de pecado y miseria.

Una preciosa parábola escrita en la Ermita de San Honorato de Randa, en Mallorca, el 12 de marzo de 1867 explica esta tesis: “A mí no me mueven ni las dignidades ni los honores: amo del mismo modo al pastor supremo de las almas que sentado sobre el solio de san Pedro gobierna el mundo entero, que al simple pastorcito que desde la peña del monte apacienta su ganado; ni menos miro al rico más que al pobre, al viejo que, al joven, al bien formado que, al paralítico. al hombre más que a la mujer” (M. Rel. 21,10).

Según Francisco Palau la Iglesia que camina es esta.

Con el simbolismo del espejo nos sigue diciendo que cuanto más limpio esté el espejo, más perfecta será la imagen que reproduce. Cuanto más penetra en el misterio eclesial más indigno se ve y mayor necesidad siente de reiterar su fe y el objeto de su amor.

La repetición de su consagración a la Iglesia tiene dos aspectos inseparables: la renovación de su fe y el afán de servicio, como prueba del amor. “Mi presencia en ti por fe en mí produce mi propia imagen en ti que eres el espejo. Esta imagen soy yo misma y eres tú; entre yo y mi imagen que eres tú no hay diferencia… amando en ti lo que yo tengo y pongo de mío, amo lo infinitamente bello, amo cosa digna de amor… Los defectos que te humillan son las sombras que oscurecen la imagen, que te siguen en todas partes, y sobre ellas brilla mi imagen” (M. Rel. 21, 10-13).

Te invito a seguir leyendo: M. Rel. 9, 44; M. Rel. 21, 9; M. Rel.22,31

La Iglesia es pueblo, es reino, es cuerpo místico, es misterio de comunión:

“Siendo Dios y los prójimos, esto es, la Iglesia santa, la imagen viva y acabada de Dios trino y uno y el objeto esencial y accidental, o primario y secundario del amor del hombre viador, la presencia de la cosa amada por fe en él produce el amor perfecto entre los dos amantes; y los dos son el espejo donde mira Dios Trino y Uno su imagen y se complace en ella” (M. Rel. 22, 32). Lo puedes completar leyendo: M. Rel. 9, 26;

El camino espiritual que recorre Francisco Palau lo sumerge en el Misterio de Dios, en la dimensión trinitaria y mística. Es un referente que crea, que genera comunión. Su imagen se refleja en el prójimo: “Yo soy Dios y los prójimos, yo soy en Cristo cabeza el gran cuerpo moral de su Iglesia cuyos miembros son todos los predestinados a la gloria y este cuerpo moral es tan grandioso que no cabe en el entendimiento humano sino apenas la idea, figura o imagen… Yo pensaba que eran objetos separados, no pensaba que Dios y los prójimos fueran cabeza y cuerpo…” ( M. Rel. 22, 19).

Continuará…                                                                         

                                                                  Francisca Mª Esquius C.M.

     

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