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ERMITAÑA URBANA DESDE MI COMUNIDAD

SINODALIDAD – CARISMA IV

A Francisco Palau también la Iglesia le revela en un coloquio íntimo la experiencia de su plenitud, en aquel otro texto bíblico de Mt. 12, 50 “¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos? El que hace la voluntad de mi Padre celestial dice Jesús, es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

El coloquio de Francisco Palau con la Iglesia alude a esta cita en la noche del 10 de mayo de 1865. “El que me ama a mí, dice la Iglesia, es mi padre y mi madre, porque me tiene en las entrañas del amor como una madre en su seno a su hija… el que me ama, éste es mi padre, mi madre, mi esposo, y mi hermano… Y cuando bendices a los pueblos, me bendices a mí, porque los pueblos soy yo y yo soy ellos unidos a Cristo mi Cabeza. Cuando predicas a los pueblos me das a mí la palabra del Padre, que es el Verbo eterno, y es a mi corazón vida, fuerza, calor y virtud, pan, leche y vino y mi alimento” (M. Rel. 8, 12).

Vengo a ti, esta vez, le dirá la Iglesia, no para tratar de amores, sino de mis intereses sobre la tierra.

¿Cuáles son sus intereses?: La misión.”¿Eres tú la misma que me acompañabas en la misión no ha mucho? Soy yo, sí, soy la misma. En la soledad seré tu compañera y en medio de los pueblos yo no te dejaré” (M. Rel. 8, 13).

Experiencia de Dios y misión es una única realidad.

Dios y los prójimos es la misma realidad. “A mí me hallarás solitaria en los claustros, desiertos y ermitas, y pastora en medio de los pueblos, peregrina en los caminos, y toda en todos y en todas partes donde la caridad ejerce sus actos y funciones” ( M. Rel. 19, 11).

La misión es testimoniar el amor de Dios en el mundo, el misterio de comunión en todas las culturas, y con todos sus miembros, especialmente con aquellos que viven las periferias sociales y existenciales de nuestro mundo, que a menudo, son excluidas y olvidadas. “Ocupándote del bien de los otros, ordenarás tus fuerzas, tus virtudes, tu tiempo, tu vida, a la salvación del prójimo” (Ct.6).

El servicio a los hermanos es un rasgo esencial de la relación con Dios.

No hay camino de unión con Dios que no sea camino de entrega a los hermanos.

Es un solo proceso en el Padre Palau. Ahí en el camino se descubre la presencia de Dios, si se camina en fe. “Sentí la presencia de mi Amada, que en el camino me comunicó muchas cosas” (M. Rel. 12, 1).

Caminar juntos es la forma más clara de testimoniar y poner en práctica la naturaleza de la Iglesia como pueblo de Dios peregrino y misionero.

La misma Iglesia contemplando su belleza es la que le lanza al servicio, a la entrega, a descubrir las necesidades de sus prójimos.

La contemplación se hace urgencia, pasión y servicio incansable. “Yo muero de amor por ella. Vos lo sabéis, la llamo, la busco, la veo, pero muy en oscuras. Estoy a su servicio: Señor Dios mío, mandadme, reveladme lo que queréis que haga para agradarla y complacerla. Vos sabéis que sobre el altar de la cruz tengo por ella sacrificada mi vida, mi reposo y todo cuanto tengo de más caro” (M. Rel. VII, 5).

Nada suyo cuenta. Ha entregado su vida, está centrada en su vocación. “Dios sabe cuan bien dispuesto estoy para servir a su Iglesia y que, en asuntos de su gloria, todo lo veo llano y fácil. Él sabe en cuan poco tengo mi vida y mi reposo y cuan desprendido estoy de todo consuelo humano y celestial” (Ct. 56, 1).

Sentirse envuelto en la ternura y fidelidad de Dios es su entrega.

Su amor y su gracia le bastan. “Yo te doy lo que soy, lo que tengo y quiero y cuanto puedo tener. Yo me doy a ti oh Iglesia santa…” (M. Rel. 21, 13). “Marcha, yo te envío -le dirá la Iglesia- y en medio del choque te diré lo que tengas que hacer” (M. Rel. 8, 31).

Expresiones típicamente proféticas, el envío parte de la conciencia de elección. “Pues que crees en mí, yo te he escogido a ti para revelarme al mundo” (M. Rel. 6, 2).

Los encuentros, los acontecimientos de la historia son reclamo para la entrega.

Actualmente tiene un gran eco social y político la cultura del encuentro, cultura integradora y no excluyente, también palautiana que contrarrestan con la cultura de la indiferencia y la desigualdad de oportunidades.

Un grupo innumerable de mujeres ha contribuido y contribuye a animar y nutrir la vida eclesial con compromisos y tareas de todo tipo, formando parte del pueblo que peregrina.

El amor de Francisco Palau es universal. “Yo me vuelvo loco; ese amor para contigo oh Iglesia santa, me quita el juicio. Ando como un padre que viendo su hija adorada entre las uñas del león, sin calcular sus fuerzas se echa sobre él para salvarla; soy un pobre padre de familia que anda sobre las llamas, que se precipita sobre lo profundo de las aguas para salvar a su hija; y como el amor todo lo cree posible sin mirar si tiene o no medios de salvación, se mata, se arruina, se precipita” (M. Rel. 9, 29). “Dar por su servicio mil vidas fuera para mí poca cosa… ¿qué puedo hacer por ti?”. (M. Rel. II, 2). “Tú me conoces, sabes de qué soy capaz; tú sabes muy bien que no temo ni vida ni muerte, ni cárcel ni destierro, ni hambre ni sed y que el mundo no me hará torcer mis caminos” (M. Rel. 8, 28).

Continuará…                                                                         

                                                                  Francisca Mª Esquius C.M.

     

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