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ERMITAÑA URBANA DESDE MI COMUNIDAD

SINODALIDAD – CARISMA VI

El sueño de Francisco Palau es la fraternidad universal, una Iglesia en comunión.

La unión en la diferencia es la forma de parecernos a Dios uno y trino.

Dice Francisco Palau: “Amarás a Dios, amarás a los prójimos… El amor de Dios trae al alma al desierto, a la soledad… a la oración continua y presencia de Dios… El amor a los prójimos… trae el alma de la soledad y la vuelve al mundo, para salvar al mundo… Para marchar en cuerpo y sociedad habéis de hacer una cosa y otra” (Ct. 99, 3-4)

En este sueño están incluidos los inmigrantes, los refugiados, los desplazados, las víctimas de la trata de personas… Son nuestros prójimos, hombres y mujeres.

Somos peregrinos en búsqueda de un mundo y un futuro mejor hacia la Jerusalén del cielo.

El P. Palau se hace eco de este deseo, poniéndose en camino hacia el destino que esperamos. “¡Iglesia santa, abre tu pecho y recibe en tu corazón a este mortal que suspira por ti y te ama! ¡Feliz la hora que te veré sin velos tu cara!” (M. Rel. 4, 28).

Para Francisco Palau la Iglesia en la misión es reposo en sus fatigas: “Había yo terminado la misión del primer pueblo y me iba a marchar seguido de éste hacia el encuentro del vecino. Estaba para tomar un poco de reposo a la siesta de mediodía y necesitaba dormir. No obstante, mi alma, despierta por la presencia de la hija de Labán tenía también el cuerpo en vigilia. Tengo, Hija mía, necesidad de reposo, porque esta tarde, sabes, vamos en procesión dos leguas de camino. ¿Quién? Yo y tú. Sí, los dos. Yo soy estas parroquias unidas en Cristo mi cabeza; yo vengo contigo, yo soy tu reposo. Sí, Hija mía, tú eres mi reposo en mis fatigas. También soy tus fatigas y por ellas voy a darte las gracias”  (M. Rel. 7, 5).

Francisco Palau nos hace una llamada a la unidad, a la fraternidad universal que nace de sentirse abrazado por el amor divino, que es único.

Caminamos juntos en el único Pueblo de Dios, para hacer experiencia de una Iglesia que recibe y vive el don de la unidad, y que se abre a la voz del Espíritu compartiendo el compromiso de una misión viva, él pide la luz del Espíritu: “Enviad a mi corazón este divino Espíritu y él pedirá en mí, él me enseñará lo que he de pedir, cómo y cuándo he de pedir, y a más él me dará fuerzas para perseverar en la demanda hasta haber alcanzado lo que quería pedir… Sólo alcanzamos cuando Vos sois el que pedís en nosotros… Vivificad mi corazón. Dirigid Vos mi voluntad y deseos” (Lucha, 137).

Un bello testimonio en misión es una invitación para dar a conocer la hermosura que se le ha manifestado en la Iglesia. Anunciar su belleza es la sublime misión que le ha revelado ella misma en la figura de Ester. La reina bella. Una mujer que se caracteriza por su fe, valentía, preocupación por los demás, autodominio, sabiduría y determinación.

La que le ha pedido bajo juramento amor, lealtad y fidelidad. Hoy diríamos compromiso. “Recibe mis juramentos de amor, fidelidad y obediencia. Los acepto. ¿A dónde vas? Mi misión se reduce a anunciar a los pueblos que tú eres infinitamente bella y amable y a predicarles que te amen. Amor a Dios, amor a los prójimos: este es el objeto de mi misión” (M. Rel. 12, 2).

La contemplación de la belleza de la Iglesia se hace urgencia, y servicio, haciendo más significativa la vida de las personas.

El Sínodo nos está ofreciendo una oportunidad para ser y trabajar por esta Iglesia abierta a la novedad, experiencia palautiana, Iglesia de la cercanía, de la compasión y misericordia, espacio de comunión, de un solo corazón.

La cosa amada que también buscamos nosotros y nos esforzamos por construirla.

Desde el espíritu de la sinodalidad se hace más nítida, más clara, la misión de las mujeres en la Iglesia.

Y el P. Palau nos confirma que estamos llamadas a ser en el tejido eclesial sacramento de comunión, de diálogo, puente que favorece el encuentro, seno en el cual se fecunda una nueva manera de relacionarse y se prioriza el arte de la sanación, escucha y el acompañamiento, de ser voz profética en el mundo de hoy.

                                                                     Francisca Mª Esquius C. M.

    

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