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ERMITAÑA URBANA DESDE MI COMUNIDAD

PRIMAVERA LUZ, COLOR, INTERIORIDAD

La primavera es una estación de profunda transformación que combina la renovación externa de la naturaleza con una introspección o cambio de actitud interna, marcada por el aumento de la luz solar y una explosión de color. Tras el invierno, los días se alargan y la luz solar se extiende, suavizando el clima y reverdeciendo el paisaje. Este aumento de luz se asocia con un “laberinto luminoso” de símbolos y la contemplación de la belleza natural.

La estación se caracteriza por el florecimiento de margaritas, violetas y rosales, llenando los campos de tonos vibrantes. Los colores primaverales, como amarillos narciso y verdes, reflejan alegría, optimismo y un cambio de energía. La primavera simboliza una renovación interna, un cambio de actitud donde lo que estaba “mortecino” u oculto durante el invierno comienza a florecer. A menudo se asocia con la contemplación, la búsqueda de equilibrio interno y la conexión con el entorno natural.

Este periodo invita a la contemplación de la creación de espacios armónicos (tanto externos como internos) que reflejan el despertar de la vida. La primavera invita a “simbolizar la interioridad”, un concepto que vincula el paisaje externo con el alma. “Fomenta la luz interior, ella calentará tu corazón y dará fuerza a tus acciones” (Ct. 6, 7).

Renovación personal, así como la semilla rompe la tierra, la interioridad humana busca nuevas formas de expresión, tras periodos de “invierno personal”. Intentemos entrar y escuchar el silencio interior, donde Dios habla al corazón. Desde este lugar “Els Penitents”, donde está ubicada la Ermita Urbana “Nuestra Señora de las Virtudes” te invitamos a vivir unos días serenos, en silencio, mirar los árboles y como se mueven las hojas al compás de la brisa, los colores de la tarde.

Todos estos momentos de contemplación de la naturaleza, nos abren a la trascendencia.

En un cambio de época como el que estamos viviendo, con tanta incertidumbre y escepticismo, es urgente fortalecer la interioridad dejando espacio para Dios, esto es lo que da hondura, lucidez y creatividad, llevándonos a una experiencia de Dios transformante; esto nos da un despliegue en compromiso social.

Es muy reconfortante saber que “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rom. 8, 26). La interioridad posee un fuerte dinamismo, que transforma y restaura y compromete. Sentirnos habitados por dentro es fundamental para fortalecer nuestra vida; entrar en nuestro interior, es un viaje hacia la libertad, descubriendo que somos profetas atravesados por el Espíritu de Dios que nos envía…

“Veo en mí mismo a mi Amada sin necesidad de ir fuera de mi a mendigar noticia, ni de peregrinar buscándola fuera de mi mismo. ¡Qué consuelo!  (M. Rel. Pág. 465).

 

Nuestra riqueza interior no se construye con lo que exigimos de la vida, sino con lo que estamos dispuestos a dar.

                                                  Francisca Mª Esquius CM

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