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Niñez: Mirada transparente de Dios

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“El niño es el padre del hombre”. Los niños son por completo, un potencial. Son principalmente, una copia de los otros en sus vidas. La transparencia del niño, su modo de ser radica en la esperanza que se manifiesta como tendencia hacia algo que todavía no se ha realizado.

El niño vive originariamente en el espacio existencial del ‘más’. Desde el comienzo el niño es un ‘esbozo creciente’ del ser, una tensión interior y una  ‘promesa palpable” (L.Boros). La grandeza de la pequeñez está escondida  en el misterio. 

Las aportaciones documentales sobre este tramo de vida de FRANCISCO son escasas: Solamente se conservan frases esporádicas,  misteriosas, escritas en su adultez, que recuerdan veladamente los años de su infancia, rememorados a la luz de la experiencia sobre el misterio de la Iglesia, la ‘Amada’.

            “Dios al criar mi corazón, sopló en él, y su soplo fue una ley que le impuso, y esa ley me dice ‘amarás’. Mi corazón fue fabricado por la mano e Dios para amar y ser amado, y sólo vive de amor. Yo no conocía este enigma. Mi corazón desarrolló su pasión ya desde niño… Mi corazón semejante a una débil barquichuela, había extendido sus velas ya desde la niñez, y agitado por todos los vientos opuestos, carecía de dirección. ¡Oh,  por qué entonces no te revelaste, belleza increada!”

            “Hasta la edad de siete años yo no conocí qué cosa era amar: el amor era un fuego entre cenizas. Pero bien pronto se encendió, y hasta los 21 años amé con pasión y sin conocimiento de mi Amada.

                “Pasé mi niñez sin conocerte… Se hacía sentir en el corazón un vacío inmenso: faltabas tú en él y nada podía sustituirte, ni las bellezas materiales podían llenar ni el más pequeño rincón”

            “Yo no tenía de ti la más remota noticia, no sabía existieras ni que fuera posible relacionarme contigo.  No conociéndote a ti, fui en pos de lo bello, bueno y amable que los sentidos presentaban; pero al adherirme a estas bellezas, el corazón hacía sentir su insuficiencia, y no hacían más que aumentar la sed y el ardor del fuego del amor” (MR  10,4; 22,13)

Romano Guardini nos alerta sabiamente “el riesgo de colorear demasiado el corazón del niño: Su corazón es grande ciertamente y sus raíces se extienden hasta lo más profundo de las relaciones metafísicas del mundo, de modo que no puede  empequeñecerse o minimizarse fácilmente. Pero en el ser del niño pueden ocurrir también cosas terribles porque, al estar abierto a la gloria que le promete la esperanza, al encuentro con Dios, queda expuesto  al mismo tiempo a muchos peligros”

                                                                   Consuelo Orella CM

 

                                     



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