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En el Seminario de Lérida

“Yo  deseo  vivamente  ser  tan  amante como un serafín  y si no te doy más es porque no soy ni tengo”
Francisco Palau   

          Para conocer el ambiente del Seminario en el que vivió Francisco, nos apoyamos en datos entresacados de documentos que describen la necesidad  de una reforma a fondo que aspiraba dicha Institución:  “A pesar de los grandes esfuerzos realizados por diversos prelados en orden a crear un ambiente propicio que favoreciera la formación de los seminaristas, el clima allí reinante no era el más apropiado para un aspirante que buscara la perfección, no precisamente por falta de normas o leyes, pues las había, y quizá demasiado rígidas, sino por el incumplimiento de quienes deberían servir de estímulo a los jóvenes, no tanto en sabiduría cuanto en  virtud”    

         Ninguna noticia de carácter personal sobre Francisco ha quedado registrada en los escasos libros conservados en el seminario. No es posible precisar  cómo fue su proceder. “Sólo una declaración del testigo Rosa Benet Lluch nos presenta a Francisco como joven fervoroso, penitente y amante del recogimiento, afirmando que  Rosa Palau había encontrado ramas y pedazos de leño en la cama de su hermano, habiéndolo declarado al rector, y que el muchacho en sus horas de soledad nunca estuvo ocioso, dedicándose a la oración, meditación y   escritura”  Positio

         Qué resorte anidaba en el alma de Francisco para no  verse afectado por influencias externas poco edificantes, lo podemos atribuir a  una exigencia vital sublime, que había comenzado a sentir desde niño y que en su  juventud le urgía  desde lo más profundo del hondón de su alma.  Ansia de infinitud, que le reclamaba una entrega total, una búsqueda  sin tregua, hasta llegar a  descubrir el  anhelante reclamo que él denominaba mi “cosa amada”

         Años más tarde al narrar su vida, confidencialmente, escribía:  “Mi corazón, semejante  a una débil barquichuela, había extendido sus velas ya desde la niñez, y agitado por todos los vientos opuestos, carecía de dirección.. ¡Oh, por qué entonces no te revelaste, belleza increada! Pasé mi niñez sin conocerte. Y al desplegar sus alas la mocedad, aumentó la pasión, y, por consiguiente, el tormento. ¡Qué infeliz era yo sin ti… Se hacía sentir en el corazón un vacío inmenso: faltabas tú en él y nada podía sustituirte, ni las bellezas materiales podían llenar ni el más pequeño rincón,  aumentando  la sed y el ardor del fuego del amor”  MR 22,13

                Frases análogas a las emanadas por el espíritu del  gran San Agustín: ” Sólo a ti te amo;  es a ti a quien busco, a ti a quien quiero servir, porque sólo tú eres mi Señor, y yo quiero pertenecerte sólo a ti “

 M. Consuelo Orella  cm

                                  

 

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