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“Fui al claustro por ver si allí te encontraba”

       El  23 de octubre de 1832 Francisco Palau entraba a formar parte del  noviciado de San José de Barcelona, de la Provincia catalana de Carmelitas Descalzos.

         El  móvil de su vocación,  no fue resultado de una decisión pasajera, sino fruto de  un reclamo interno, una resolución orada y abrazada con total entrega.  Él mismo define este proceso, como un camino vivido a oscuras, iluminado por la fe que le impulsaba a la incesante búsqueda  de su ‘cosa amada’, anhelo espiritual capaz de llenar la inmensa  ansia de infinitud que reclamaba su corazón.

         Según la normativa vigente en el Carmelo Teresiano, el candidato no podía ser admitido al noviciado sin  consentimiento del Provincial y sin que antes se hubiera probado “ante todas las cosas, si el espíritu de los que se han de recibir es de Dios”.  Debía ser explorada diligentemente la causa y el motivo de su vocación, contar con salud suficiente para tolerar las asperezas de la Orden. A tal fin, el novicio, antes de ser recibido al hábito, debía  vivir durante un mes en el convento, siguiendo los actos de comunidad y la regular observancia” (Regla Primitiva)

            La austeridad del  Carmelo  no intimidó a Francisco.  Sabía que el fin fundamental del Carmelita es el amor y que para vivir de amor nada ayuda tanto como la soledad y la mortificación. Ya desde su entrada en el convento pudo  comprobar que  cuanto le rodeaba  rezumaba austeridad.

         “El edificio, en si mismo, favorecía el retraimiento de manera un tanto severa. Las ventanas de las celdas eran pequeñas y altas, con el fin  de aislar y alejar del ruido de las Ramblas,  evitando miradas indiscretas. Con ello cobraba  un aire carcelario, que si no favorecía a la salud, ayudaba al recogimiento.

         “El hábito, de burdísima lana de color marrón subido; llevaban la túnica ceñida por una correa. Se usaba, además, la capilla y el escapulario, y para las solemnidades, se cubría todo con una capa blanca, también de lana muy burda. La cabeza, afeitada menos en el cerquillo, los pies descalzos, o sea, sin medias y con sólo unas muy tenues alpargatas, atadas por un cordelito.

         “La celda, por sus reducidas dimensiones, revelaban extrema pobreza y ascesis.  Duras tablas con tres mantas de lana que suplían a los colchones constituían la cama,  bien que si faltaba una manta, era suplida por un jergón de paja. Todo el ajuar de la celda consistía en dos banquillos y una cruz de madera.

         “En el refectorio no usaban manteles, suplidos por la mitad de la servilleta. Los platos y demás vajilla pertenecían a la clase más ínfima.  Los manjares eran de vigilia todo el año, o sea, sin carne, bien que estaban permitidos los lacticinios. “Los ayunos  duraban desde el 14 de septiembre hasta Pascua de Resurrección;  además, se ayunaba todos los viernes y vigilias del año y por costumbre, los sábados. Donde resulta que el Carmelita ayunaba unos nueve meses al año.

         “Los jóvenes coristas no desayunaban hasta las once y media, o sea hasta la comida, a menos que  tuviesen algún regalito de chocolate, que  podían usarlo… Los enfermos, empero, comían carnes, tenían colchón y eran objeto de todo cuidado. Las flagelaciones o disciplinas se contaban tres por semana. “Por la mañana dedicaban una hora entera a la oración mental, seguida de un cuarto de examen de ella, y por la tarde efectuaban otro tanto, de modo, que la meditación diaria se extendía a dos y media horas…

         .Provechosamente debió vivir Francisco este tiempo de prueba,  pues el: “Día 14 de Noviembre de 1832, en el coro, entre 3 y 4 de la tarde, vistió el hábito, en presencia de la comunidad... Había estado  en el  Noviciado, en hábito de seglar, un mes menos nueve días El nuevo novicio se llamó Fr. Francisco de Jesús, María y José. El mismo día tomaron el hábito otros cuatro novicios más.”

         Francisco, fue admitido como novicio corista, de donde se colige que, debía dominar bien el latín,  por ser esta normativa  condición indispensable para acceder a esta condición.  (P. Alejo)

            Francisco,  se esforzó en practicar a la perfección las exigencias claustrales y demás motivaciones que le llevarían a lograr el deseo de una total consagración a  Dios: “Ni un momento vacilé en contraer obligaciones que estaba bien persuadido podría cumplir fielmente hasta la muerte; si por un instante hubiera yo dudado sobre un punto tan esencial para abrazar mi estado, oh  ¡no!  ¡ciertamente! no sería yo religioso”  VS, 11

                                     Mª Consuelo Orella  cm

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