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¡Oh Dios, Tú eres mi Dios!

¡Dios de mi vida!
¿Serías Tú el Dios de mi vida si no fueras
algo más que el  Dios de mi vida? K. Rahner 

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Francisco, desde que comenzó a sentir que en su alma bullía el amor, desde ese momento buscaba ansioso en quien derramar el  incontenido volcán de su pecho.  Puso ardientemente en Dios su amor y deseó llegar hasta la inmolación de su vida. Su tensión interior  le hacía aspirar lejanías inalcanzables.  Cualquier meta le dejaba insatisfecho. Siempre el móvil de su vida fue la búsqueda interminable de plenitud.

Y a  Dios sólo se le encuentra buscándole. Cuanto más se le busca, tanto más se le ama, y más palpable y creciente es el imperativo de sus exigencias. Francisco estaba convencido de que nada podía ser su “Todo” porque su “Todo absoluto era Dios.

Dios es el sólo objeto que puede  saciar y satisfacer el corazón del hombre de un modo mucho más sublime y perfecto de lo que él  puede desear, creer y esperar…  Donde está el amor está el corazón; donde está el corazón está la plenitud y fuerza de sus afectos: donde están éstos está tu alma, tus pensamientos, tus potencias y sentidos” MR,

Lo que hace evidente nuestra finitud y limitación es el ansia de absoluto e infinito que se esconde en nuestro corazón. Nuestra reducida bondad reclama la Bondad infinita; nuestra impotencia, la Omnipotencia; nuestras miras humanas sólo se plenifican con lo divino. “Nuestro corazón está fabricado para amar, y amar  un objeto infinito, inmenso y eterno. El amor está en Dios como un fuego inmenso”  MR

Francisco afirma que amó con pasión pero su corazón quedaba insatisfecho: “A los 21 años de edad. Al desprenderse el corazón de los objetos extraños al verdadero amor, al dejar las cosas que no merecen los afectos del corazón, me hallé en una situación horrible: impulsado por el amor,  buscaba en Dios mi cosa amada”

No pudiendo soportar la llama del amor que ardía dentro de mi pecho viviendo entre los hombres, me resolví en mi edad viril vivir solitario en los desiertos. Te llamé y no me respondiste; te busqué dentro del seno de los montes, en medio de los bosques, sobre la cima de las peñas solitarias, y no te hallé. En la soledad del monte marchité mi virilidad en busca de ti; en las bellas mañanas de primavera, en las tardes quietas del verano, en las noches frías y heladas del invierno, dentro de las cuevas; en las noches serenas del verano, sobre las cimas de los montes, te busqué y no te hallé. ¿Dónde estabas entonces? ¡Ah, estabas tan cerca y yo no lo sabía, estabas dentro de mí mismo y yo te buscaba tan lejos”  MR

Dios: nombre que encierra en sí lo indecible, inalcanzable e inasequible. Dios, al que el hombre reclama desde las hendiduras más profundas del hondón de su ser. Dios, que penetra más y más hasta el centro íntimo de nuestra  persona. Dios, al que aspiramos como encuentro definitivo; Dios,  meta de nuestra fidelidad, anhelos y amor:  “Sin él y fuera de Él,  nada quiero amar. Yo quiero lo que Dios quiere, yo aborrezco lo que Dios aborrece; la voluntad de Dios será la mía de hoy en adelante… Dios infinitamente perfecto, atrae y roba la vida espiritual del alma” MR

¡Dios de mi vida! Pero qué es lo que digo en realidad cuando llamo a Dios, mi Dios, el Dios de mi vida?  ¿Sentido de mi vida, meta de mis caminos, juicio de mis pecados, fuerza que colma mis desmayos? ¿Incomprensible?  ¡Dios!, ¡Dios de mi vida! ¡Infinitud de mi finitud!  K.Rahner

Mª Consuelo Orella cm



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