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Ofrecimiento como víctima

 

“¡Ah! cuando el amor es verdadero no queda paso por dar… 
se emplean todos los recursos y se expone hasta la misma vida”Lucha        

            En medio del caos político y religioso de España, la vocación de Francisco, se afianzaba. Los escasos años vividos en el claustro ensancharon su horizonte vocacional. Poseía, ante todo,  una visión sobrenatural  por la que juzgaba los acontecimientos que iba viviendo.

         .Los sangrientos y dolorosos momentos por los que atravesaba la Iglesia en España le llevaban, aún sin haber descubierto, plenamente, que ella era  “la Cosa amada’, a ofrecerse como “victima propiciatoria”.  Desde joven bullían en su alma estos deseos. La fórmula escrita, expresión externa de su ofrecimiento total íntimo, realizado años después, no es sino la rubricación de pequeñas ofrendas diarias quemadas en la llama de su corazón

         Francisco tenía presente las palabras del Señor: “Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” Mc 8,35 y entendía que quien es capaz de dar su vida, ‘morir por’ y renunciar a sus propios valores e intereses, ha entrado en la madurez cristiana.  Por eso, porque deseaba la vida verdadera, como expresión de amor, la ofreció en sacrificio:

                     “Yo aunque muy a obscuras, te buscaba a ti, estaba persuadido de que sólo una belleza infinita podía saciar y calmar los ardores de mi corazón. ¡Cuan lejos estaba entonces de creer fueses lo que eres!

                   “La soledad, sin ti, lejos de calmar la pasión del amor, la   fomenta: y el claustro ensanchó mi corazón, encendió mayor llama en el amor. Pero no conociéndote sino como se conoce una persona extranjera, el tormento era sin comparación más cruel en la soledad   del claustro que en el bullicio del mundo. ¿No eras tú entonces la    misma que ahora? ¿Cómo sufrías que mi ayes y suspiros se perdieran     sin hallar eco ni en las bóvedas del templo ni en la soledad y silencio    de las celdas?

                   “Desde entonces una sola cosa aliviaba mis penas, y era la esperanza de ‘morir víctima’ entre las llamas voraces de la revolución.  de la época, siéndome menos horrible el fuego material, el puñal deverdugo y la espada del hombre malo, que el fuego interno del amor que devoraba mi corazón.  Me ofrecí, aunque sin conocerte, por víctima propiciatoria en tiempo de ira y de venganza; y tú me salvaste la vida mil veces, porque me tenías preparado otro martirio mil veces  más cruel” MR

 

         ¡Almas víctimas! ¿Qué sabemos nosotros los designios redentores que el Padre puede cargar sobre nuestros hombros? ¿Qué sabemos nosotros del misterio de las almas que se ofrecen como víctimas, misterio por el que unos sufren en vez de otros, y unos mueren en lugar de otros? ¿Acaso no murió Cristo en lugar de los demás? ¡Cómo no aceptar del Padre ciertos actos, verdaderos holocaustos de sí mismos!  (I. Larrañaga)

         El ofrecimiento de Francisco como víctima, no fue fervor de un momento, acuciado por las circunstancias políticas antirreligiosas, sino nacido de un ardiente amor a la Iglesia perseguida y ultrajada. A lo largo de su existencia, cuando tuvo que aconsejar fidelidad eclesial, insistió en este acto heroico de ‘dar la vida’:

                “Ofrézcase por ellos a Dios una y mil veces como  víctima de    propiciación“ “¡Oh! ¡quien me diera poder aliviar las angustias, de la Iglesia, aunque fuera con mi propia sangre; cuán gustoso la daría! ¡Oh Iglesia! te amo, tú lo sabes: mi vida es lo menos que puedo ofrecerte en correspondencia a tu amor” “Yo ya no soy cosa  mía, sino propiedad     tuya; porque te amo, dispón de mi vida… “Venga, ¡oh Virgen bella, inmoladme sobre este altar, degollad la víctima, sacrificadla por el bien de los pueblos…en el sacrificio la víctima no abrirá su boca” MR ; Lu 

         Ofrecerse como víctima no es cosa ajena al Carmelo. Isabel de la Trinidad decía: “Una carmelita es un alma  que ha clavado su mirada en el divino Crucificado, contemplándole en el acto de ofrecerse al Padre como víctima, y que, recogiéndose en la luz de tan sublime  visión de la caridad de Cristo, llega a comprender su pasión de amor, de ofrecerse a Él,

           ¡Y…  Francisco vivía su ser carmelita, con ‘pasión de amor!

                                            Maria Consuelo Orella  cm

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