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XXXII Domingo del Tiempo Ordinario. Dedicación de la Basílica de Letrán.

Del Evangelio de Juan 2, 13-25

“No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.

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En aquel tiempo se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:

- Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”.

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:

- ¿Qué signos nos muestras para obrar así?

Jesús contestó:

- Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

Los judíos replicaron:

- Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús.

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

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Lectura orante del Evangelio en clave teresiana

“No engañar en las cosas de Dios” (Prólogo de Fundaciones 3).  

Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas.

¿Puede la sal perder su sabor? ¿Puede nuestra práctica orante perder su sentido? ¿Podemos engañar en las cosas de Dios y en vez de ser alabado Dios por ellas, ser ofendido? Jesús fue al templo y se sintió extraño en aquel lugar. No vio ni justicia ni amor y sí vio pobres y enfermos abandonados en las orillas. Aquel ambiente no hablaba del rostro amoroso de su Padre. La gloria estaba oculta, la santidad ya no adornaba aquel espacio, las fuentes de agua viva habían desaparecido. Así lo dice Teresa de Jesús: “Quiero que consideréis qué será ver este castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este árbol de vida que está plantado en las mismas aguas vivas de la vida, que es Dios, cuando cae en un pecado mortal” (1M 2,1).

 ‘Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’.

Dejamos que el grito de Jesús llegue a nuestro corazón y nos purifique: ‘La casa de mi Padre no puede ser un mercado, es casa de oración’. “El alma del justo… un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites” (1M1,1) no puede ser una realidad olvidada. “La gran dignidad y hermosura del ánima” (1M 1,1) no puede quedar marginada de la conciencia. “El centro y mitad de todas estas moradas…, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma” (1M 1,3) no puede ser terreno inexplorado. En nuestra interioridad, “es posible… comunicarse un tan gran Dios con (nosotros)” (1M 1,3).

‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’.

Jesús se levanta como signo nuevo. Su propuesta es liberadora. Jesús desvela cómo es el corazón de Dios, “una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa” (1M 1,3), para que comience una interminable historia de ternura y bienaventuranza con el abrazo a los últimos, que son los preferidos de Dios. Jesús es pozo inagotable del que brotan las aguas vivificantes que sacian a los que anhelan el encuentro con Dios. “Con tan buen amigo presente… todo se puede sufrir: él ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero” (V 22,6). “Se nos da a entender cómo es Dios y poderoso y que todo lo puede y todo lo manda y todo lo gobierna y todo lo hinche su amor” (V 28,9). “Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes” (V 22,7).

Hablaba del templo de su cuerpo.

El cuerpo de Jesús, su humanidad, es el nuevo templo anunciado por los profetas, la morada de Dios entre los hombres. Gracias a Él podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu. “Veo yo claro que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita. Muy muy muchas veces lo he visto por experiencia. Hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos” (V 22,6). Jesús es el nuevo templo, novedad que nos renueva. El fruto del encuentro con Él: dar la vida unos por otros. “¡Oh grandeza de Dios!, y cuál sale una alma de aquí, de haber estado un poquito metida en la grandeza de Dios y tan junta con El… Yo os digo de verdad que la misma alma no se conoce a sí… vese con un deseo de alabar al Señor, que se querría deshacer, y de morir por Él mil muertes” (5M 2,7).

Equipo CIPE

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¿CÓMO ES NUESTRA RELIGIÓN?

El episodio de la intervención de Jesús en el templo de Jerusalén ha sido recogido por los cuatro evangelios. Es Juan quien describe su reacción de manera más gráfica: con un látigo Jesús expulsa del recinto sagrado a los animales que se están vendiendo para ser sacrificados, vuelca las mesas de los cambistas y echa por tierra sus monedas. De sus labios sale un grito: “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.

Este gesto fue el que desencadenó su detención y rápida ejecución. Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío: el centro de su vida religiosa, social y económica. El templo era intocable. Allí habitaba el Dios de Israel. Jesús, sin embargo, se siente un extraño en aquel lugar: aquel templo no es la casa de su Padre sino un mercado.

A veces, se ha visto en esta intervención de Jesús su esfuerzo por “purificar” una religión demasiado primitiva, para sustituirla por un culto más digno y unos ritos menos sangrientos. Sin embargo, su gesto profético tiene un contenido más radical: Dios no puede ser el encubridor de una religión en la que cada uno busca su propio interés. Jesús no puede ver allí esa “familia de Dios” que ha comenzado a formar con sus primeros discípulos y discípulas.

En aquel templo, nadie se acuerda de los campesinos pobres y desnutridos que ha dejado en las aldeas de Galilea. El Padre de los pobres no puede reinar desde este templo. Con su gesto profético, Jesús está denunciando de raíz un sistema religioso, político y económico que se olvida de los últimos, los preferidos de Dios.

La actuación de Jesús nos ha de poner en guardia a sus seguidores para preguntarnos qué religión estamos cultivando en nuestros templos. Si no está inspirada por Jesús, se puede convertir en una manera “santa” de cerrarnos al proyecto de Dios que él quería impulsar en el mundo. La religión de los que siguen a Jesús ha de estar siempre al servicio del reino de Dios y su justicia.

Por otra parte, hemos de revisar si nuestras comunidades son un espacio donde todos nos podemos sentir en “la casa del Padre”. Una comunidad acogedora donde a nadie se le cierran las puertas y donde a nadie se excluye ni discrimina. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los más desvalidos y no solo nuestro propio interés.

No olvidemos que el cristianismo es una religión profética nacida del Espíritu de Jesús para abrir caminos al reino de Dios construyendo un mundo más humano y fraterno, encaminado así hacia su salvación definitiva en Dios.

José Antonio Pagola

 

LA RELIGIÓN Y LA NOVEDAD DE JESÚS

Así como los evangelios sinópticos hablan de una única subida de Jesús a la Pascua –en la que será entregado y ejecutado-, Juan menciona tres. Tiene cuidado de nombrarlas como “fiestas judías” –es decir, ajenas a su propia comunidad-, siempre dentro de aquel conflicto que mantenían con la autoridad judía.

Lo que parece claro, en todo caso, es que esta actuación de Jesús tuvo mucho que ver con su muerte. De hecho, en el juicio ante el Sumo Sacerdote Caifás, constituirá una de las acusaciones más graves contra él: “Nosotros le hemos oído decir: «Yo derribaré este templo hecho por hombres y en tres días construiré otro no edificado por hombres»” (Mc 14,58). Incluso será un tema que aparezca como insulto dirigido al crucificado: “Tú, que destruías el templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz” (Mt 27,40).

La historicidad del relato –que se narra en los cuatro evangelios que han llegado hasta nosotros- parece innegable. Sin embargo, los tres sinópticos lo sitúan al final de la vida de Jesús, mientras que Juan lo coloca prácticamente al inicio mismo de su actividad.

Históricamente, parece más acorde con los hechos la primera de esas opciones. En un conflicto –entre Jesús y las autoridades religiosas- que fue in crescendo, el episodio del templo aparece como la gota que colma el vaso, haciendo de detonante que precipita la decisión que habría de acabar en la detención, condena y muerte del maestro de Nazaret.

El motivo por el que Juan lo coloca al inicio de su relato parece ser el siguiente: el autor del cuarto evangelio muestra una particular insistencia por subrayar la novedad que Jesús aporta. Por eso, empieza por mostrarlo como el que realiza la nueva alianza (bodas de Caná) y el nuevo culto (episodio del templo y diálogo con la samaritana), asentando con rotundidad la necesidad de “nacer de nuevo” (diálogo con Nicodemo) para poder comprender y vivir su propuesta.

Para entender la acción de Jesús hay que verla como un gesto profético, en la línea de los grandes profetas de Israel. Y así es como lo percibieron tanto la autoridad como los testigos que se hallaban presentes. Para aquella tradición, un “gesto profético” es una acción simbólica que busca transmitir, dramatizándolo, un mensaje de hondo calado. En cierto modo, podría decirse que se trata de una “parábola en acción”. En esta ocasión, el gran contador de parábolas que era Jesús recurre a la acción para escenificar una parábola más.

Por eso, la comprensión adecuada del gesto nos viene dada por la palabra del mismo Jesús: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Se refería –añade el autor del evangelio- al templo de su cuerpo. Se trata, lisa y llanamente, de una sustitución: el viejo templo de la religión ha de dejar paso al nuevo templo, la persona de Jesús. Y, por extensión, el ser humano y el conjunto de lo real.

La religión –por el propio nivel mítico de consciencia en que aparece- pretende encerrar a Dios en espacios separados (templo) y en fórmulas delimitadas (creencias), bajo la supervisión de una autoridad inapelable (jerarquía). Pero es precisamente esa religión la que constituirá el objeto de la crítica de Jesús. Una lectura desapasionada del evangelio conduce al lector imparcial a una conclusión evidente: Jesús es un crítico de la religión y de la autoridad religiosa, dando lugar, con ello, a un conflicto creciente que acabará con su vida.

Posteriormente, la imagen de Jesús sería más o menos “domesticada”, hasta convertirlo en un ser sumiso y obediente, primer garante de la propia religión. Con lo que se ha llegado a paradojas graves.

En cualquier caso, la postura de Jesús queda magníficamente reflejada en otro texto de este mismo cuarto evangelio. En el diálogo con la samaritana, a la pregunta de esta sobre las discusiones religiosas entre judíos y samaritanos, Jesús responderá: “Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte [Garizim] ni ir a Jerusalén… Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre, lo adoren en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Jn 4,21-24).

Enrique Martínez Lozano

Documentación: Liturgia de la Palabra



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