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Viernes Santo

Del Evangelio de San Juan 18,1 – 19,41

Hoy la comunidad cristiana se reúne en todas las partes del mundo con inmenso respeto.

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Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. También Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llegó allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó:

«¿A quién buscáis?»

Le contestaron:

«A Jesús el Nazareno.»

Jesús les dijo

«Yo soy.»

Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra.

Les preguntó de nuevo:

«¿A quién buscáis?»

Le contestaron:

«A Jesús el Nazareno».

Jesús respondió:

«Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos.»

Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno.»

Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco.

Jesús dijo a Pedro:

«Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?»

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo  ataron  y lo llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el sumo sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo.

Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el atrio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro.

La muchacha portera dijo a Pedro:

«¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?»

Él respondió:

«No lo soy.»

Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose.

El sumo sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina.

Jesús le respondió:

«He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho.»

Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí dio una bofetada a Jesús, diciendo:

«¿Así contestas al sumo sacerdote?»

Jesús le respondió:

«Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»

Entonces Anás lo envió atado al sumo sacerdote Caifás.

Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron:

«¿No eres tú también de sus discípulos?»

Él lo negó diciendo:

«No lo soy.»

Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo:

«¿No te vi yo en el huerto con él?»

Pedro volvió a negar y al instante cantó un gallo.

De la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua.

Salió entonces Pilato fuera hacia ellos y les dijo:

«¿Qué acusación traéis contra este hombre?»

Ellos le respondieron:

«Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado.»

Pilato replicó:

«Tomadlo vosotros y juzgadlo según vuestra Ley.»

Los judíos replicaron:

«Nosotros no podemos dar muerte a nadie.»

Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir.

Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo:

«¿Eres tú el rey de los judíos?»

Jesús respondió:

«¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?»

Pilato respondió:

«¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?»

Jesús respondió:

«Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí.»

Entonces Pilato le dijo:

«¿Luego tú eres rey?»

Jesús le respondió:

«Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»

Pilato le dijo:

«¿Qué es la verdad?»

Y, dicho esto, volvió a salir hacia los judíos y les dijo:

«Yo no encuentro ningún delito en él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al rey de los judíos?»

Ellos volvieron a gritar diciendo:

«¡A ése, no; a Barrabás!»

Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarlo. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y lo vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían:

«Salve, rey de los judíos.»

Y le daban bofetadas.

Volvió a salir Pilato y les dijo:

«Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él.»

Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura.

Pilato les dijo:

«Aquí tenéis al hombre.»

Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:

«¡Crucifícalo, crucifícalo!»

Pilato les dijo:

«Tomadlo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro en él ningún delito.»

Los judíos le replicaron:

«Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios.»

Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús:

«¿De dónde eres tú?»

Pero Jesús no le dio respuesta. Pilato le dijo:

«¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?»

Jesús le respondió:

No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado.

Desde entonces Pilato trataba de librarlo. Pero los judíos gritaron:

«Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César.»

Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbata. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta.

Pilato dijo a los judíos:

«Aquí tenéis a vuestro rey.»

Ellos gritaron:

«¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!»

Pilato les dijo:

«¿A vuestro rey voy a crucificar?»

Los sumos sacerdotes replicaron:

«No tenemos más rey que el César.»

Entonces Pilato lo entregó a los judíos para que lo crucificaran.

Tomaron, pues, a Jesús. Y él, cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.

Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: Jesús el Nazareno, el rey de los judíos.

Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego.

Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: No escribas:

`El rey de los judíos', sino: `Éste ha dicho: Yo soy rey de los judíos'.

Pilato respondió:

Lo escrito, escrito está.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.

Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre:

«Mujer, ahí tienes a tu hijo.»

Luego dijo al discípulo:

«Ahí tienes a tu madre.»

Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:

«Tengo sed.»

Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca.

Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo:

«Todo está cumplido.»

E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado -porque aquel sábado era muy solemne- rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de allí. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis.

Todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

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OBEDIENTE HASTA LA MUERTE

Afronto el Viernes Santo desde el voto de obediencia porque a través de él quisiera vivir disponible para la misión y mucho me queda aún para lograr vivir de una manera más transparente y significativa tu proyecto del Reino para la vida de los hombres… ¡y cuántas veces hago proyectos en el vivir diario sin contar contigo!

Mis ganas de cumplir la voluntad del Padre no puede tener otro ejemplo mejor que tú, su Hijo que aprendiste, sufriendo, a obedecer y esta obediencia te llevó a dar la vida en la Cruz. Creo en ti e intento organizar mi vida de cara a ti. Creo en tu Padre que es Dios de Vida, el garante de la vida humana y el que me protege. Y cuando atento contra la vida de cualquier hombre (personal, estructural e ideológicamente) y le doy muerte, atento contra El. Es verdad: no he matado a nadie, pero… ¿he dejado a alguien sufriendo, he marginado a quien me molesta, le he dado la espalda a quien me critica, le he levantado los pies a alguno? Todo eso es reducir a condición de no-hombre, no-vida, es atentar contra el hombre y contra Dios.

No puedo dar culto al Dios y Padre de Jesús, si voy levantando cruces para la humanidad, ya que Él sufre en la Cruz en la que crucificaron a su Único Hijo, y en las cruces actuales donde crucificamos a los hombres todos, que Él siendo todopoderoso se hace débil porque asume la debilidad y no interviene desde su poder para cambiar arrogantemente la historia.

Tengo claro que mi obediencia no es solo obediencia a mis superiores (esto sería solamente ascética de humildad), es obediencia de pasión por Dios y por su causa. Si renuncio a disponer de mis libertades, caprichos, voluntades, es para estar disponible para ser enviada a la construcción del Reino, ahora en Malagón.

¿Cómo hacerlo? Sirviendo a Dios desinteresadamente, considerándolo por completo como la única realidad que merece dedicación absoluta, como el único nombre que ha de ser incondicionalmente alabado, adorado, amado y servido.

Si logro al menos ser anuncio de Buena Noticia a las personas que me rodean, si consigo que todos juntos vivamos la solidaridad y fraternidad humana, entonces es que el Reino ha llegado ya aunque, no haya llegado en toda su plenitud.

¿Lo conseguiré? Todavía no veo el cartel de “meta” porque la obediencia de Jesús alcanzó su cumbre en la Pasión y en la Cruz Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la Tuya. Desde el momento en Getsemaní la disponibilidad de Jesús a hacer la voluntad del Padre se llena hasta el límite del sufrimiento, se convierte en aquella obediencia “hasta la muerte y muerte de cruz.

“Veía que, aunque era Dios, que era Hombre, que no se espantaba de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra miserable compostura, sujeta a muchas caídas por el primer pecado, que Él había venido a reparar. Puedo tratar como con amigo, aunque es Señor, porque entiendo no es como los que acá tenemos por señores, que todo el señorío ponen en autoridades postizas.” (Vida 37, 6)

Ya llegó la hora.

Se presentó Judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos, faroles, antorchas y armas, de parte de los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.

¡Venga ya, Judas! ¿Cómo se te ocurre presentarte así? ¿Estamos locos? ¿No te das cuenta que cuando te has ido de la cena, Jesús se ha ido a orar: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz”, para que pasara lejos de Él aquella hora? Ni te imaginas lo mal que lo está pasando, hasta el sudor y las lágrimas son de sangre… ni te imaginas todo lo que viene detrás de ese beso fuerte que le das en señal de traición…

¡Eeeeh! párate ahí. A mí no me pelees, tú no eres ni más ni mejor que yo…

Cierto, Judas. Me gustaría responder como Jesús: Abbá, todo te es posible. No lo que quiero yo, sino lo que quieres tú O como María: Hágase tu voluntad… Me conformo si reconociera al menos que el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. ¿Con cuánta gente me he aliado yo para no hacer el bien que debía? ¿Cuánta agresividad no sale de mi boca cuando me falta la razón en una conversación que siento perdida? ¿Cuántas traiciones en forma de besos? ¡Ojala y pudiera en cada hora resolverme a cumplir perfectamente la voluntad de Dios, de aceptar todo lo que me envía, sea a favor o en contra, proceda de mí misma o del ambiente donde me encuentre! ¡Ojala con serenidad y fortalezca obedezca la voz de Dios cuando me habla en el dolor y el sufrimiento!

El día en que Dios tenga poder ilimitado sobre mi corazón, tendré también poder ilimitado sobre el suyo. Si tengo esto presente, nunca tendré el valor de condenar a hombre alguno, por muy Judas que sea. Tampoco debo desanimarme si después de tanto tiempo tengo que decir que soy aprendiz e inexperta en el tema de abandonarme en las manos de Dios. (Edith Stein)

Yo estaba allí, entre la cohorte y los alguaciles, entre el gentío exaltado y cobarde que al sentir la primera pregunta directa de Jesús, nos caemos para atrás. Y es que la iniciativa de todo esto no es ni mía ni de Judas. Es Jesús quien domina la escena. Que no nos enteramos de casi nada, que no fuimos a prenderle, que Él se entregaba por propia voluntad; imperativamente, y haciéndose él responsable único, manda respetar a sus discípulos. SOY YO. Así que si me buscáis a mí, dejad a estos que se vayan.

Y qué valiente Pedro, saca la espada y zas ¡oreja fuera! ¿lo ves?, no nos enteramos de nada. Si ya nada ni nadie te va a separar de hacer la voluntad de Dios: El cáliz que me ha dado el Padre ¿no voy a beberlo?

Ya llegó la hora.

¿Cuántas veces te llevo arrestado a Anás, aunque a éste ya no le corresponda juzgar, y que seguía siendo influyente sólo porque tiene un suegro importante, Caifás?

¿Cuántas veces, como Juan, tengo una amiga portera y meto a Pedro dentro del Palacio del sumo sacerdote? Y si es necesario, le enciendo una candela y lo siento junto a esclavos del poder y alguaciles del orden establecido.

¿Cuántas veces, Señor, te tengo que negar, una?

¿Cuántas veces soy Anás y te interrogo por si te pillo en un renuncio?

¿Cuántas bofetadas te doy en aquel que no me contesta como yo quiero? Jesús no ha faltado a la verdad (Él es la Verdad); un pobre alguacil, representante de la Mentira acaba de emplear la violencia para sofocar la Verdad.

¿Cuántas veces, Señor, te tengo que negar, dos?

Señor, pero cuántas veces te tengo que negar, tres? No habrá más, mi Señor, ya ha cantado el gallo y las lágrimas mojan mi cara y lavan mi corazón.

¿Cuántas veces soy Caifás, y más que sumo sacerdote soy saduceo que no creo en la resurrección de Lázaro porque no creo que tú eres la Vida?

¿Cuánto de hipócrita tengo que llegar a ser para decir “trae más cuenta que muera uno por el pueblo” y no tener autoridad para ordenar la pena de muerte a nadie?

¿Cuántas veces no hace falta relatar la conversación con Caifás, porque ya te había sentenciado en mil enfrentamientos siendo jefe religioso del pueblo?

¿Cuántas veces te llevo cautivo, atado de manos, de pies, de boca, al siguiente pretorio?

¿Cuántas madrugadas, al frío, por no contaminarme y poder cumplir la ley?

¿Cuántas veces soy Poncio Pilato, acertando con la pregunta esencial: Qué significa esa palabra VERDAD? ¿Qué quieres decir con esto? Y, escéptico, no esperar la respuesta. ¿Qué son cuatro judíos de nada frente al poder de Roma?

Que no, Señor, que no he acabado de negarte, todavía soy multitud que grita “¡A ese no, a Barrabás!”. Todavía, como Pilato, afirmando tu total inocencia compruebo la tremenda inconsecuencia de mi conducta al condenarte.

Ya llegó la hora.

Azotes, corona de espinas, bofetadas. Muchos gritos de bocazas ¡crucifícalo, crucifícalo! Unos cobardes, otros exaltados. Inútil hablar con quienes se cierran a la Luz. Y mientras unos dicen y otro contesta, unos provocan y otro se asusta, Tú ni una palabra contra Dios ni contra tus verdugos.

Quien pertenece a Cristo, tiene que vivir toda la vida de Cristo. Tiene que alcanzar la madurez de Cristo y recorrer el camino de la Cruz, hasta Getsemaní y el Gólgota...

Cristo es Dios y hombre, y quien toma parte en su vida, tiene que participar de su vida divina y humana. La naturaleza humana, que él asumió, le dio la posibilidad de padecer y morir. La naturaleza divina que Él poseía desde la eternidad, dio a su pasión y muerte un valor infinito y una fuerza redentora.

Dios vino al mundo para salvarnos, para unirnos con Él, para unirnos entre nosotros y para hacer nuestra voluntad semejante a la suya. Él conoce nuestra naturaleza y cuenta con ella y por eso nos ha traído todo aquello que nos pueda ayudar para llegar a la meta...

El Salvador, que sabe muy bien que somos hombres y que permanecemos hombres, que cada día tenemos que luchar con debilidades humanas, viene en ayuda de nuestra humanidad de manera verdaderamente divina. Quien hace de Él su pan cotidiano deja que se haga realidad cotidiana en sí mismo el misterio de la Encarnación del Verbo. Y ese es el camino seguro para alcanzar el ser uno con Dios y para crecer cada día con mayor fuerza y profundidad en el Cuerpo Místico de Cristo. En nuestra vida tenemos que hacer sitio para el Salvador. (Edith Stein)

Así, pues, cogieron a Jesús, y salió llevando a cuestas su cruz, hacia el sitio llamado de la “Calavera” (que en arameo se dice Gólgota).

Nuestro Padre Jesús Nazareno sale y sale la Virgen de los Dolores. El, bajo Cruz. Ella, bajo palio. El, pie por delante. Ella, manos ofrecidas. El, al descubierto. Ella, entre varales y bambalinas… ¡No confundirse, por Dios! El va a la muerte y Ella lo acompaña. ¡Quién pudiera ser madero! ¡Quién pañuelo para tanta lágrima! Salen por separado, en el Santo se encuentran. No hay Hijo que más se alegre al ver a su Madre. No hay Madre que más busque a su Hijo. Vuelven juntos, este momento no se lo quita nadie. No vale el recuerdo, no vale la añoranza. Los años de Nazaret quedan muy lejos, el Gólgota muy cerca. Vámonos, Madre. Vámonos, mi Hijo. Los dos hemos dicho Si y nos esperan.

Era hacia la hora sexta (mediodía) cuando Pilato dijo “Ahí tenéis a vuestro rey”, e hizo escribir un letrero a modo de burla continua: éste que se la da de reyezuelo local de un rincón perdido del Imperio, merece tener grabado que lo es. Y resulta que solo pasaron 40 años cuando el Imperio destruyó Jerusalén y el templo y sin embargo en la mente de todos, siglos después, sigue escrito en arameo, latín y griego JESÚS DE NAZARET, REY DE LOS JUDIOS.

Mientras Jesús está en la cruz muriendo, agonizando, todavía tenemos cosas que aprender, es todo muy simbólico:

Los soldados se echan a suerte la túnica que era sin costura, tejida toda ella de arriba abajo. Desde muy antiguo se ha visto un símbolo de la unidad de la iglesia en la túnica de Jesús, respetada hasta por los verdugos paganos.

Junto a la cruz permanecen varias mujeres, el discípulo amado y su Madre.

a) El discípulo amado es símbolo perfecto de todo verdadero seguidor de Cristo. Y a Jesús le preocupa dejar una Madre al discípulo.

b) Jesús piensa en la soledad de su propia Madre. Y María recibe una nueva “anunciación”: no termina su misión maternal, sino que deberá cuidar, como Madre, a la Iglesia naciente.

No se olvida que ha venido a un pueblo concreto que tiene una Escritura que tiene que cumplir.

Sólo entonces, inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Nosotros veremos por las calles de Malagón todo un cortejo fúnebre. Mejor, si como se ha hecho siempre, vamos dentro de la procesión en silencio, sin correr. La historia natural y la tradición mandan el orden:

Primero el Niño Jesús de Praga, desde la cuna con su carita divina y aunque este Niño es un poco más grande va de pie y ya lleva corona, de Rey (vamos despacio, no corráis), el mundo en una mano y en la otra bendición. Eso sí, el Niño que estaba en la cuna morirá en una cruz.

Después, el Niño ya hombre, Dulce Nombre de Jesús, ejemplo de caridad cristiana, cautivo de mirada triste, prendido de amor por las manos. Humilde, nacido para la elegancia en el compás costalero. Que nadie se asome al balcón, que no salga nadie a la calle sino es para oír hablar al amor que con amor habla.

Detrás, otro momento de sentimiento y emoción, llega el Jesús Nazareno y ya estoy viendo en la cara de mi Dios una corona de espinas. Y una Cruz que pesa más que nunca porque viene llena de nuestras miserias y debilidades, de sueños sin cumplir, de desesperanza sin fin. ¡Silencio! Deja oír el suave deslizamiento interrumpido por cada piedra del camino, por cada piedra que soy para sus pies heridos.

Miraros ha Él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, sólo porque os vayáis vos con Él a consolar y volváis la cabeza a mirarle. (Camino de perfección 26, 5).

Crucificado viene Cristo de la Misericordia. Muerto viene ya, ¡qué dolor! Arrodíllate ante la Cruz con devoción, en señal de penitencia. Déjate inundar de piedad con solo verle, aguanta el aliento si puedes. Una lanzada a la derecha le desangra, dos a la izquierda le matan, la espalda llena de heridas, las rodillas destrozadas ¿le falta carne? No, le falta la vida. No respires siquiera, eres culpable de su muerte.

Un conocido le ha cedido la tumba. Mientras Jesús moría (nacía a otra vida), Nicodemo nace de lo alto y de lo nuevo como una criatura nueva. Envuelto en lienzos perfumado de mirra y áloe, le deposita en el Sepulcro nuevo, que rueda y rueda por nuestras calles. Silencio por nuestras penas.

La Virgen detrás. No va sola. Va acompañada de Dolores. Siete espadas acaban de traspasar su corazón. Tanto dolor no cabe en tu pecho. Si la muerte de una madre duele tanto, ¿qué será la muerte del hijo de sus entrañas?

Cuando sufra, mire a su Madre Dolorosa con Jesús muerto entre sus brazos. Compare su dolor. Nada hay que se le asemeje. Es su único Hijo, muerto, destrozado por los pecadores. Y a la vista del cuerpo ensangrentado de su Dios, de las lágrimas de su Madre María, aprenda a sufrir, aprenda a consolar a la Santísima Virgen, llorando sus pecados... Dígale “María, muéstrame que eres mi Madre”. Invóquela cuando luche para cumplir sus deberes de cristiano. Pídale a Ella lo haga ser su verdadero hijo; que extinga en su alma el fuego de las pasiones con su mirada de suavidad.

El Salvador no está solo en el camino de la Cruz y no son sólo enemigos los que le acosan, sino también hombres que le apoyan: como modelo de los seguidores de la cruz de todos los tiempos tenemos a la Madre de Dios; como tipo de aquellos que asumen el peso del sufrimiento impuesto y soportándolo reciben su bendición, tenemos a Simón de Cirene; como representante de aquellos que aman y se sienten impulsados a servir al Señor está Verónica.

Cualquiera que a lo largo del tiempo haya aceptado un duro destino en memoria del Salvador sufriente, o haya asumido libremente sobre sí la expiación del pecado, ha expiado, en parte, el inmenso peso de la culpa de la humanidad y ha ayudado con ello al Señor a llevar esta carga; o mejor dicho, es Cristo-Cabeza quien expía el pecado en estos miembros de su cuerpo místico que se ponen a disposición de su obra de redención en cuerpo y alma. (Edith Stein)

El silencio inunda las calles de Malagón. Eres Madre de los Dolores, que lloras en silencio lágrimas de hiel. Herida en el corazón, llevas grabada a fuego en el alma las palabras del viejo Simeón. Ahora eres Madre del desconsuelo por un dolor que te desgarra ¡qué tristeza verte en esta situación de tanta pena! La pena se convierte en llanto y el silencio en amargura. Soledad.

Del Pregón de Semana Santa, Malagón, 2017. Rosalía Fernández de Soto CM

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JESÚS NO NOS SALVÓ CON SU MUERTE SINO CON SU VIDA

La celebración ayer de la última cena, la celebración hoy de la muerte y la celebración mañana de la resurrección, son tres aspectos de una misma realidad: La plenitud de un ser humano que llegó a identificarse con Dios que es Amor. Este es el punto de partida para que cualquier ser humano pueda desarrollar su verdadera humanidad. Pero el amor es la meta a la que llegó Jesús y a la que tenemos que llegar nosotros. Ese amor es lo más dinámico que podemos imaginar, porque es el motor de toda acción humana.

El recuerdo puramente litúrgico de la muerte de Jesús, sin un compromiso de mantener en nuestra vida las mismas actitudes que le llevaron a la muerte, es un folclore vació de contenido. Otro peligro que nos acecha en esta celebración, es caer en la sensiblería. Tal vez no podamos sustraernos a los sentimientos ante la descripción de una muerte tan brutal. El peligro estaría en quedarnos ahí y no tratar de vivir lo que estamos celebrando. Nos importan los datos históricos, pero solo como medio de descubrir la cristología que en ellos se encierra: Jesús es para nosotros el modelo de lo humano y de lo divino.

No podemos presentar la muerte de Jesús como el colmo del sufri­miento. La vida de Jesús se desarrolló con relativa normalidad y con una cierta comodidad. Los sufrimientos duraron solo unas horas. Millones de personas, antes y después de Jesús, han sufrido mucho más en cantidad y en intensidad. No podemos seguir hablando de sus sufrimientos como si fueran los únicos. Fue una muerte cruel, sin duda, pero no podemos presen­tarla como el paradigma del dolor humano. El valor de la muerte de Jesús no está en el dolor, sino en la motivación de esa muerte, en la actitud de Jesús y de los que lo mataron.

Tenemos que superar la idea de que “murió por nuestros pecados”. El autor de la carta a los hebreos, (que seguramente no es de Pablo) lo que intenta es hacer ver a los judíos, que ya no tenía sentido el repetir los sacrificios que habían sido la base del culto en el templo, porque ya estaba cumplida en Jesús toda la labor de mediación. Esta idea es posible, solo desde la perspectiva del Dios del AT que premia y castiga; y exige el pago por nuestros pecados. Este Dios no tiene nada que ver con el Dios de Jesús, que nos ama a todos, siempre e infinita­mente y que, si pudiera tener alguna preferencia, sería para con los débiles o los pecadores.

¿Por qué le mataron? ¿Por qué murió? Si no hacemos esta distinción, entraremos en un callejón sin salida. Le mataron porque la idea de Dios que él predicó no coincidía con la idea que los judíos tenían de su Dios. El Dios de Jesús, como veíamos ayer, no es el soberano que quiere ser servido, sino Amor absoluto que se pone al servicio del hombre. Esta idea de Dios es demoledora para todos aquellos que pretenden utilizarlo como instrumento de dominio y esclavitud de los demás. Ningún poder establecido puede aceptar ese Dios, porque no es manipulable ni se puede utilizar en provecho propio. Esta idea de Dios es la que no pudieron aceptar los jefes religiosos judíos. Este Dios nunca será aceptado por los jefes religiosos de ninguna época.

Jesús murió por ser fiel a sí mismo y a Dios. No se pueden separar las respuestas a las dos preguntas. Jesús como todo ser humano tenía que morir, pero resulta que no murió, sino que le mataron. Esto último, tampoco hace de su muerte un hecho singular. La singularidad de esa muerte hay que buscarla en otra parte. La muerte de Jesús no fue un accidente, sino consecuencia de su manera de ser y de actuar. Creo que en la aceptación de las consecuen­cias de su actuación está la clave de toda la vida de Jesús.

El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir, ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso le costaría la vida,es la clave para compren­der que la muerte no fue un accidente, sino un hecho fundamental en su vida. El hecho de que le mataran, podía no tener mayor importancia, pero el hecho de que le importara más la defensa de sus convicciones, que la vida, nos da la verdadera profundi­dad de su opción vital. Jesús fue mártir (testigo) en el sentido estricto de la palabra.

Las palabras y los gestos de Jesús en la última cena, sobre el servicio total a los demás, pueden significar la más elevada toma de conciencia de Jesús sobre el sentido de su vida. Tal vez en ese momento, cuando ya era inevitable su muerte, descubrió el verdadero sentido de una vida humana. Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás, está alcanzando su plena consumación. En ese instante manifiesta un amor semejante al amor de Dios y puede decir: "Yo y el Padre somos uno". Dios está allí donde hay verdadero amor, aunque sea con sufrimiento y muerte. Si seguimos pensando en un dios de “gloria”, será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús.

¿Qué tuvo que ver Dios en la muerte de Jesús? El gran interrogante que se plantea sobre esa muerte recae sobre Dios. No podemos pensar que planeó su muerte, ni que la exigió como pago de un rescate por los pecados, ni que la permitió o la esperó. La paradoja está en que podemos decir que Dios no tuvo nada que ver en la muerte de Jesús, y podemos decir que fue precisamente Dios la causa de su muerte. Si pensamos en un Dios que actúa desde fuera, nada de lo que digamos en relación con esa muerte tiene sentido. Si pensamos que Dios era el motor de toda la vida de Jesús, de sus actitudes y de sus decisiones, entonces Él fue la causa de que Jesús fuera a la muerte.

La muerte de Jesús es una verdadero interrogante sobre Dios. Según todas las apariencias, Dios abandonó a Jesús a su suerte cuando le pedía a gritos que le ayudara. ¿Cómo podemos armonizar su silencio con la cercanía en el momento de morir? Aquí está la clave de comprensión del misterio Pascual. Dios no abandonó por un momento a Jesús para después reivindicarlo. Dios estuvo con Jesús en su muerte. Porque fue capaz de morir antes que fallarle, demuestra esa presencia de Dios como en ningún otro momento de su vida. En la entrega total se identificó totalmente con Dios y lo hizo presente. Cualquier otro intento de demostrar la presencia de Dios en Jesús (conocimientos, poder, milagros) es contrario a las enseñanzas más profundas de Jesús sobre Dios.

Creo que aún tenemos que reflexionar mucho sobre esa muerte para comprender el profundo significado que tuvo para él y para nosotros. Su muerte es el resumen de su actitud vital y por lo tanto, en ella podemos encontrar el verdadero sentido de su vida. Se trata de una muerte que manifiesta la verdadera Vida. Pero no se trata de la muerte física, sino de la muerte al “ego”, y por lo tanto a todo egoísmo, que hizo posible una entrega a los demás hasta la muerte. Este es el mensaje que no queremos aceptar, por eso preferimos salir por peteneras y buscar soluciones que no nos exijan entrar en esa dinámica. Si nuestro “yo” sigue siendo el centro de nuestra existencia, no tiene sentido celebrar la muerte de Jesús; y tampoco celebrar su “resurrección”.

Nosotros tenemos que separar la vida, la muerte y la resurrección de Jesús para intentar entenderlas, pero solamente las podremos entender si descubrimos la unidad de las tres realidades. La muerte fue consecuencia inevitable de su vida, pero en esa muerte ya estaba toda lo gloria que podía recibir Jesús. La trayectoria humana de Jesús terminó alcanzando la más alta meta: desplegar al máximo toda su humanidad, alcanzando y manifestando la plenitud de divinidad. Si no tenemos presente esto, podemos seguir echando balones fuera y sin descubrir lo que tiene de acicate para nosotros el darnos cuenta que un ser humano, en todo semejante a nosotros, pudo llegar a esa meta.

Fray Marcos

 

Viernes Santo es el día en que celebramos a Jesucristo, contemplándolo clavado en la cruz, ofreciendo su vida por cada ser humano.

La crucifixión era la ejecución más cruel y degradante que se conocía. Un ciudadano romano no podía ser crucificado. La muerte llegaba, por fin, después de una larga agonía.

Creemos en Jesús que se entregó a la muerte en la cruz para salvación de toda la humanidad.

Porque nos quería fue crucificado, murió y fue sepultado.

Porque nos sigue queriendo se sigue entregando y nos perdona cada día

Este Viernes Santo volvemos a vivir con Jesús su Pasión: el apresamiento, los interrogatorios de Herodes y Pilatos, la flagelación, la coronación de espinas y la crucifixión.

En oración releemos y acogemos, en silencio y amor, su testamento: El sermón de las siete palabras.

• Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

• En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.

• Mujer ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu Madre.

• Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

• ¡Tengo sed!

• Todo está cumplido.

• Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.


La entrega de Jesús en la cruz se vuelve a vivir en cada Eucaristía y en cada acto de amor y socorro al prójimo más próximo; Jesús sigue vivo y permanece con nosotros/as.

Mª Victoria (Charo) Alonso cm

Documentación: Liturgia de la Palabra

Documentación: Vía Crucis

Documentación: Plegaria



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