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Sábado Santo

La Soledad de María, María de la Soledad

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SIENDO RICO SE HIZO POBRE.

Ante ti cuelga el Salvador en la Cruz porque se hizo obediente hasta la muerte en la Cruz. Él vino al mundo no para hacer su voluntad sino la voluntad del Padre.

Tu Salvador cuelga ante ti en la Cruz, desnudo y solo, porque él ha escogido la pobreza. El que quiera seguirlo tiene que renunciar a todos los bienes de la tierra.

Tu Salvador cuelga ante ti con el corazón abierto. Él ha derramado la sangre de su corazón para ganar el tuyo. ¿Quieres seguirla en santa pureza? Entonces tu corazón tiene que estar libre de todo deseo terreno: Jesús, el Crucificado, será el único objeto de tus anhelos, de tus deseos, de tus pensamientos. Él quiere tu vida para regalarte la suya. (Edith Stein)

Así de sencillo lo dice esta santa carmelita judía, que vive la pobreza como sinónimo de humildad, de desprendimiento, de vacío interior, de renuncia a toda actitud de autosuficiencia, para hacer de la causa de Jesús la fuente absoluta de la seguridad. Y así logra vivir en solidaridad profunda y permanente con los crucificados de la historia, ella misma gaseada en un campo de concentración.

Yo no quisiera ser una pobre de palabra, obligada por el voto de pobreza. Si algo me obliga que sea como expresión en la vida del amor gratuito y el cuidado de Dios para con los crucificados de cada día.

Juntos andemos, Señor: por donde fuereis tengo de ir. Tomemos, su cruz. No hagáis caso de lo que dijeren. Tropezando, y aun cayendo como Él, no os apartéis de la cruz ni la dejéis. Ya se sabe: quien quiera gozar del Crucificado, ha de pasar cruz (Camino 26, 7; Carta S.233, 7).

Poned los ojos en el Crucificado, y todo se os hará poco. Si el Señor nos mostró el amor con tan espantables obras y tormentos. ¿Cómo queréis contentarle con solo palabras? Adonde hay amor, es imposible estarse sin trabajar (VII Moradas 4, 8-9).

Tampoco quisiera ser pobre de boquilla, disfrutando de algunas cosas con moderación, renunciando sólo a algunos bienes, sin llegar nunca a la situación dramática de tantos hermanos nuestros.

¿Oyes el gemir de los heridos en los campos de batalla del Este y del Oeste? Tú no eres médico, ni enfermera, y no puedes vendar sus heridas. Tú estás sentada en tu oficina y no puedes alcanzarlos. ¿Oyes la llamada agónica de los moribundos? Tú quisieras ser sacerdote y estar a su lado. ¿te conmueve el llanto de las viudas y de los huérfanos? Tú quisieras ser un ángel consolador y ayudarles. Mira al Crucificado. Si estás unida a él en el auténtico cumplimiento de tus votos, es tu sangre su sangre preciosa. Unida a Él eres omnipresente como Él. Tú no puedes ayudar como el médico, la enfermera o el sacerdote aquí o allí. En el poder de la Cruz puedes estar en todos los frentes, en todos los lugares de aflicción; a todas partes te llevará tu amor misericordioso, el amor del corazón divino, que en todas partes derrama su preciosísima sangre, sangre que alivia, santifica y salva.

Y mucho menos hice voto de clase media. Quiero dejarlo todo para seguir a Jesús allí donde está. Y está en los pobres, los marginados, los enfermos, los hambrientos, los que sufren de soledad y de falta de amor. No se trata de idealizar la pobreza. La pobreza es un mal. Y lo único que justifica asumirla y abrazarla es la solidaridad con los pobres y la lucha contra la pobreza.

Por eso no pongo el acento en lo que tengo que “renunciar”, en lo que tengo que dejar, en todo lo que me pierdo... más importante es “dar” y “darme” de lo que recibo del mismo Dios para los demás, en beneficio de los pobres, luchando contra la pobreza: jugad a cuál puede ser más pobre… sed pobres si queréis ser ricas, sed pobres de propia voluntad… sed pobres en el vestir (pobres pero limpias)… pobres en el comer… pobres en el dormir… pobres en todo cuanto podáis tener; pobres en casa y pobres fuera de casa… cuidado que alguna se queje de la pobreza. Francisco Palau. Ct 7, 2, 3ª.

¿Y hay más pobreza que verte muerto, enterrado, despojado de todo? Oí a un niño pequeño decirle a su madre, ante la preciosa imagen de un bello Cristo crucificado: mamá, que pobrecito es este que ni siquiera lleva zapatos… Los pies del crucificado, era todo lo que sus ojos podían ver. Lo demás, el bello rostro inclinado, estaba demasiado alto. Los pies descalzos identificaban la pobreza.

Desnudo y sólo, porque Él ha escogido la pobreza. El que quiera seguirlo tiene que renunciar a todos los bienes de la tierra. El Salvador nos ha precedido en el camino de la pobreza. A Él le pertenecen todos los bienes del cielo y de la tierra. Estos no eran ningún peligro para Él; Él podía hacer uso de ellos y a la vez mantener el corazón perfectamente libre. Pero Él sabía, sin embargo, que los hombres difícilmente habrían sido capaces de poseer bienes sin apegarse y dejarse esclavizar. Por eso, renunciando a todo nos ha enseñado, más con el ejemplo que con palabras, que todo lo posee quien no posee nada.

Yo soy tu Dios que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo: tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: Salid; y a los que se encuentran en las tinieblas: iluminaos; y a los que dormís: levantaos.

A ti te mando: «despierta tú que duermes», pues no te creé para que permanezcas cautivo en el Abismo; «levántate de entre los muertos», pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.

Os cuento una anécdota del primer año como carmelita misionera. En el trajín de estar pendiente de mil cosas en una pascua joven en un pueblo de Cáceres, un día de Sábado Santo, en un momento en que los chicos estaban ocupados y yo buscaba un rincón para orar… los pasos me llevaron a la capilla de las hermanitas de Jesús. Nada. Me fui a la parroquia. Nada. Me fui a la ermita. Nada. Me movía de un sitio para otro y no encontraba razón a lo que me sentía. Me faltaba algo y encontraba nada. Buscaba y no encontraba. Disfrutaba del silencio y nada. Se pasó el rato que tenía para mí y nada. Qué cara no tendría cuando volví, que me preguntaron ¿qué te pasa? Y les conté: “me encuentro con la pobreza de las hermanitas, con la paz en la parroquia, con el silencio en la ermita, me encuentro con la ternura de la gente, me encuentro conmigo misma… pero nada. Me falta algo que no puedo identificar”. Todavía recuerdo las risas: “no te das cuentas que buscas al Señor y hoy no está. Hoy está muerto y por eso nada de nada. Sólo el abandono es lo que nos entrega a Dios. Nos miramos demasiado, querríamos ver y comprender, no tenemos suficiente confianza en Aquel que nos envuelve en su caridad. Vete a la Virgen y en Ella encontrarás”. Desde entonces, cada Sábado Santo sin Señor (entenderme, por Dios, son palabras), María me acompaña y me enseña a esperar.

Hagamos callar todo, para no oírle más que a Él ¡Es tan bueno el silencio junto al Crucificado! Él es siempre el mismo, da siempre. El Señor tiene un deseo inmenso de enriquecernos con sus gracias, pero nosotros le ponemos la medida en la proporción en que nos dejamos hacer por Él, en la alegría, en la acción de gracias.

Qué hermoso es contemplar a María, tan serena, envuelta en una especie de majestad que manifiesta juntamente la fortaleza y la dulzura... es que ella había aprendido del Verbo mismo cómo deben sufrir los que el Padre ha escogido como víctimas, los que ha determinado asociar a la gran obra de la redención, los que Él ha conocido y predestinado a ser conformes a su Cristo (Rm 8, 29), crucificado por amor. Ella está allí al pie de la cruz, de pie, llena de fortaleza y de valor, y he aquí que mi Maestro me dice: he aquí a tu madre (Jn 19, 27), Él me la da por madre... Y ahora que Él ha vuelto al Padre, que Él me ha colocado en su lugar sobre la cruz para que yo sufra en mi cuerpo lo que falta a la pasión por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24), la Virgen está todavía allí, para enseñarme a sufrir como Él, para decirme y hacerme escuchar estos últimos cantos de su alma que nadie, fuera de ella, su Madre, ha sabido percibir.

María siempre ha sufrido bajo la separación de su hijo. En Caná se acentuaba esa separación y ahora de nuevo en la cruz. A gusto le hubiera ella seguido a todas partes como otras mujeres. Pero no era su vocación. Sólo en la Pasión tenía que estar cerca. Ella es la primera en ver el costado abierto y venerar el Corazón de Jesús. En el nacimiento de la cabeza de la Iglesia ella no sufrió dolores. Pero ahora, cuando se convierte en Madre de los miembros, ella grita de dolor (Ap 12,2). Con todo, ella es la mujer fuerte, apoyo de las demás mujeres, de los apóstoles, especialmente de Juan, que le es confiado como hijo. Ponen el cadáver en su regazo. En la Nochebuena ella gustó con todos los sentidos de la dulzura del niño. Ahora ve el cuerpo muerto, la boca enmudecida, pero el aroma del sacrificio asciende; y en la amargura del dolor ella siente que la amargura del pecado está superada.

"¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. «La tierra temió sobrecogida» porque Dios se durmió en la carne.

Del Pregón de Semana Santa, Malagón, 2017. Rosalía Fernández de Soto CM

 

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¡¡ENSEÑANOS A ORAR!!

Jesús, como el junco azotado por la tormenta, yace en su tumba y los apóstoles creen que todo se acabó. Todo el día del sábado su cuerpo descansa en el sepulcro.

Es un día de luto inmenso, de silencio y de espera.

En medio del dolor, del desconcierto, del silencio, de la espera somos invitados a cultivar nuestra vida espiritual, a reavivar nuestra fe, a poner los cimientos imprescindibles para que podamos experimentar la íntima presencia de Dios Padre y percibir que él obra en nuestra vida personal y conduce con amor la historia de la humanidad.

La oración, la experiencia de desierto, la introspección... son hoy más necesarios que nunca para poder sustentar la vida de fe, esperanza y caridad.

Como en tantas ocasiones hoy le pediríamos al Maestro “Enséñanos a orar”, le gritaríamos “¿no ves que nos hundimos?”, Maestro, Maestro,… pero el Maestro yace en su tumba y parece que todo se acabo.

¡Enséñanos a orar!

Y ahí está María, en aquel rincón, acompañada de las mujeres. Sus ojos llorosos, su semblante de dolor, las manos temblorosas, pero hay algo, algo que nos transmite paz, ¿pero, qué es?

Me voy acercando al grupo de las mujeres, me voy acercando a María, a su dolor, a su soledad. María ¡Enséñanos a orar!, enséñanos a confiar en el Padre, a sufrir con paz, a seguir adelante aunque no entendamos, a guardar sus palabras, la voluntad del Padre, en nuestro corazón. María ahoga nuestra sed de venganza y aviva nuestra fe, nuestra esperanza, reanima este amor que aparece agotado.

Cuando hablamos de la soledad de María estamos hablando de una soledad provocada por la ausencia, como la de la Esposa del Cantar de los Cantares, del “Primogénito del Padre”, de su Hijo según la carne. Es una soledad fecunda, la soledad fecunda de la fe.

El silencio de María está desbordado por la gracia, ella es “la llena de gracia”.

Es la hora de la “madre”. Ella mira el sepulcro de su Hijo muerto a la espera de la luz, de la vida de sus palabras, del grano de trigo que se pudre en la tierra y… del que brotará la VIDA.

“Una espada de dolor atravesará tu corazón” María del amor, del dolor, de la esperanza, dame tu fuerza, tu sencillez, tu confianza. María, enséñanos a orar.

Mª Victoria (Charo) Alonso

Sábado Santo es un día en el que la Iglesia nos invita a permanecer junto al sepulcro del Señor en silencio, recordando contemplativamente su pasión y muerte, esperando la resurrección.

Hay acontecimientos en la vida que sólo pueden vivirse en el silencio. Toda palabra está de más.

Es el día del gran silencio de la Iglesia, del gran temblor del corazón del mundo. Iglesia y mundo, quieren escuchar a Dios.

La resurrección de Jesús transforma la historia entera. La resurrección es un hecho esperado e intensamente deseado.

He aquí el Misterio de nuestra fe. He aquí el deber de todo cristiano: Vivir y anunciar al resucitado en nuestra vida, con nuestra vida, desde nuestra vida.

“Es verdad, Cristo ha resucitado y se ha aparecido a Simón (Lc 24, 34)

y, … ¿a quién has mostrado tú la vida del resucitado?

“Vete a mis hermanos y dile...”  (Ju 20, 17).

Vamos, ¿a qué estás esperando?

Mª Victoria (Charo) Alonso

 

VIGILIA PASCUAL

ES LA FIESTA DE LA VIDA. LA DE JESÚS Y LA MÍA

Decíamos al principio de la cuaresma que no se podía entender ese tiempo litúrgico sin tener presente la Pascua. Hoy al celebrar la resurrección de Jesús, damos sentido a todo ese tiempo de preparación para este acontecimiento. Naturalmente, no se puede resucitar si antes no se ha muerto. Tal vez sea este aspecto el más complicado para nosotros hoy. Por eso no podemos conformamos con celebrar externamente lo que sucedió a otra persona (Jesús) en una fecha histórica ya muy lejana.

El centro de esta vigilia es el fuego y el agua como principios de la vida biológica. Esta es la primera clave para entender lo que estamos celebrando en la liturgia más importante de todo el año. Del fuego surgen dos cualidades sin las cuales no hubiera podido surgir la vida que conocemos: luz y calor. El agua es el elemento fundamental para formar un ser vivo. El 80% de cualquier ser vivo, incluido el hombre, es agua. Recordar y renovar nuestro bautismo, es pieza clave para descubrir de qué Vida estamos hablando. Hoy el fuego y el agua simbolizan a Jesús porque le recordamos como Vida. En el prólogo del evangelio de Jn dice: “En la Palabra había Vida y la Vida era la luz de los hombres”.

La vida que hoy nos interesa, no es la física (bios), ni la psíquica (psiques), sino la espiritual y trascendente. Por no tener en cuenta la diferencia entre estas vidas, nos seguimos armado un lío con la resurrección. La vida biológica no tiene importancia en lo que estamos tratando. “El que cree en mí aunque haya muerto vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”. La biológica y la psíquica tienen importancia, solo porque son las que nos capacitan para alcanzar la espiritual. Solo el hombre que es capaz de conocer y de amar, puede acceder a la Vida divina. Nuestra conciencia individual tiene importancia solo como instrumento, como vehículo para alcanzar la Vida definitiva.

Lo que celebramos esta noche, es la llegada de Jesús a esa plenitud de Vida. Jesús, como hombre, alcanzó la más alta cota de esa Vida. Posee la Vida definitiva que es la misma Vida de Dios. Esa Vida ya no puede perderse porque es eterna. Podemos seguir empleando el término “resurrección”, pero debemos evitar el aplicarla inconscientemente a la vida biológica y psicológica, porque es lo que nosotros podemos descubrir por los sentidos. Pero lo que hay de Dios en Jesús no se puede descubrir mirando, oyendo o palpando. Ni vivo ni muerto ni resucitado, puede nadie descubrir su divinidad.

Tampoco puede ser el resultado de alguna demostración lógica. Lo divino no cae dentro del objeto de nuestra razón. A la convicción de que Jesús está vivo, no se puede llegar por razonamientos. Lo divino que hay en Jesús, y por lo tanto su resurrección, sólo puede ser objeto de experiencia pascual. Para los apóstoles como para nosotros se trata de una vivencia interior. A través del convencimiento de que Jesús les está dando VIDA, descubren los seguidores de Jesús, que tiene que estar él VIVO. Solo a través de la convicción personal podemos aceptar nosotras la resurrección.

Creer en la resurrección exige haber pasado de la muerte a la vida. Por eso en esta vigilia es tanta importancia el recuerdo de nuestro bautismo. El cristiano debe estar constantemente muriendo y resucitan­do. Muriendo a lo terreno y caduco, al egoísmo, y naciendo a la verdadera Vida. Tenemos del bautismo una concepción estática que nos impide vivirlo. En tal día a tal hora, han hecho el signo sobre mí, pero lo significado, es tarea de toda la vida. Todos los días tengo que estar haciendo mía esa Vida.

Fray Marcos

 

Documentación: Dame tu mano María

Documentación: Stabat Mater

Documentación: Plegarias



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