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Sábado Santo

La Soledad de María, María de la Soledad

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Hoy la Iglesia no se separa del sepulcro del Señor. No hay celebración. No hay Palabra de Dios. Hoy es día de silencio y de vacío, de reflexión y de serena espera. No de un modo artificial y forzado. Nos preparamos para la Resurrección, pero no la anticipamos... Es la pedagogía paciente de Dios: sus caminos no son los nuestros, nuestras prisas no son su tiempo.

A menudo pasamos del Viernes Santo al Domingo de Resurrección directamente, sin palpar heridas, sin dejar que curen, queriendo eliminarlas del mapa personal, comunitario, humano... Acortamos el Sábado Santo de nuestra vida, de nuestras relaciones, de nuestra fe, o lo convertimos en un día “de campo” sin más. Y sin embargo, la mayoría de nuestra vida, creo yo, es un Sábado Santo.

Supongo que aquel primero todo parecía perdido. Parte del silencio y el vacío de este día no es más que abandono y huida. Nuestros abandonos y huidas, nuestras desesperanzas, nuestros “tirar la toalla”. Solamente María esperaba, seguía esperando y convocando. El dolor no le arrancó la capacidad de descansar en Dios. Por lo que sabemos no parece que fuera a buscar a los discípulos escondidos, ni les pidió que volvieran, ni les recriminó nada. Parece que simplemente permaneció.

El silencio, el vacío y este no-saber, es nuestro. No de Dios. Él sigue actuando. Mientras nosotros aguardamos y pedimos a Dios que acreciente nuestra esperanza y nuestro deseo de Vida, Él sigue actuando.

Y así es la mayoría de nuestro tiempo. Ni grandes tormentos, ni espectaculares alegrías. Hay mucho más de espera, de silencio, de apostar por la esperanza, de memoria agradecida. Ojalá no olvidemos que la Resurrección, como todo lo importante en la vida, es un regalo, pero no es automático. Creemos que Jesús está vivo y ha resucitado para siempre. Pero nosotros, aquí y ahora, solo somos semillas de Resurrección. Lo demás está por venir. Y si aprendemos a permanecer, también en silencios y vacíos, sin duda llegaremos al domingo plenamente, sin guardarnos nada. Como Él. Y con Él.

Rosa Ruiz, Misionera Claretiana

 

 

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¡¡ENSEÑANOS A ORAR!!

Jesús, como el junco azotado por la tormenta, yace en su tumba y los apóstoles creen que todo se acabó. Todo el día del sábado su cuerpo descansa en el sepulcro.

Es un día de luto inmenso, de silencio y de espera.

En medio del dolor, del desconcierto, del silencio, de la espera somos invitados a cultivar nuestra vida espiritual, a reavivar nuestra fe, a poner los cimientos imprescindibles para que podamos experimentar la íntima presencia de Dios Padre y percibir que él obra en nuestra vida personal y conduce con amor la historia de la humanidad.

La oración, la experiencia de desierto, la introspección... son hoy más necesarios que nunca para poder sustentar la vida de fe, esperanza y caridad.

Como en tantas ocasiones hoy le pediríamos al Maestro “Enséñanos a orar”, le gritaríamos “¿no ves que nos hundimos?”, Maestro, Maestro,… pero el Maestro yace en su tumba y parece que todo se acabo.

¡Enséñanos a orar!

Y ahí está María, en aquel rincón, acompañada de las mujeres. Sus ojos llorosos, su semblante de dolor, las manos temblorosas, pero hay algo, algo que nos transmite paz, ¿pero, qué es?

Me voy acercando al grupo de las mujeres, me voy acercando a María, a su dolor, a su soledad. María ¡Enséñanos a orar!, enséñanos a confiar en el Padre, a sufrir con paz, a seguir adelante aunque no entendamos, a guardar sus palabras, la voluntad del Padre, en nuestro corazón. María ahoga nuestra sed de venganza y aviva nuestra fe, nuestra esperanza, reanima este amor que aparece agotado.

Cuando hablamos de la soledad de María estamos hablando de una soledad provocada por la ausencia, como la de la Esposa del Cantar de los Cantares, del “Primogénito del Padre”, de su Hijo según la carne. Es una soledad fecunda, la soledad fecunda de la fe.

El silencio de María está desbordado por la gracia, ella es “la llena de gracia”.

Es la hora de la “madre”. Ella mira el sepulcro de su Hijo muerto a la espera de la luz, de la vida de sus palabras, del grano de trigo que se pudre en la tierra y… del que brotará la VIDA.

“Una espada de dolor atravesará tu corazón” María del amor, del dolor, de la esperanza, dame tu fuerza, tu sencillez, tu confianza. María, enséñanos a orar.

Mª Victoria (Charo) Alonso

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EL DÍA DEL SILENCIO DE DIOS

EL PUEBLO DE ISRAEL

Ha reducido al silencio y a la muerte a su Mesías verdadero. este es el centro del drama de Israel. Guarda silencio, sumido en las tinieblas. El pueblo de la promesa, de la revelación de Dios y de la esperanza, descansa en el silencio y en la oscuridad. Ha rechazado la oferta de salvación. Situación dramática y trágica de Israel: ¿cuál es su destino? (Romanos 9-11)

El mundo y la humanidad:

Está ajena al acontecimiento pero es la destinataria del mismo. El mundo acaba de recibir el don más grande de Dios: la donación total de la vida del Mesías, del único que puede dar sentido a su historia. Dios mantiene su oferta amorosa de salvación: "Tanto amó Dios al mundo..."

LOS APÓSTOLES

Profundo desconcierto: a siete de ellos, dirigidos por Pedro y por el Discípulo Amado, los encontrará Jesús de nuevo en Galilea entregados a su primitiva tarea (Jn 21). El Pastor vuelve a reunir al grupo de su Apóstoles. Dos de los discípulos huyen, decepcionados, de Jerusalén y los encuentra Jesús por el camino (Lucas 24,13-35). Esperaban, pero no ha sucedido lo esperado.

María, la creyente, la probada, la Virgen Fiel, espera en silencio y en calma.

Se ha culminado su recio, curtido y probado camino de fe y de fidelidad. Ella, la única lámpara encendida en Israel, espera y aguarda en silencio cargado de dramatismo y seguridad."Dichosa tú que has creído, porque...". "Ellos no comprendieron (Lc 2,42ss), pero María no cesó de "darle vueltas" en su corazón". "Más bien dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen".

JESÚS MISMO

"Descendió a los infiernos" (=Sheol judío o Hades griego; el mundo de los muertos, pero no infierno en el sentido de separación eterna de Dios). Jesús desciende al Sheol para culminar la salvación despojando al enemigo de la vida y del hombre de su poder sobre el hombre. Algunos testimonios bíblicos nos permiten entender esta misión de Jesús en el Sheol:

Apocalipsis 1,17-18: "No temas; yo soy el primero y el último; yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del abismo".Hebreos 2,14-18: "Pues como los hijos participan en la sangre y en la carne, de igual manera Él participó en las mismas, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo, y librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre"

El SÁBADO SANTO es un día cargado de sentido. Es el momento de la espera ante el gran acontecimiento de la Resurrección. Es urgente que los creyentes profundicemos en este sentido y en este contenido del Sábado Santo. Nuestro mundo se debate entre duros interrogantes. Dios tiene la respuesta y la da a los hombres en su propio Hijos Jesús.

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

 

VIGILIA PASCUAL

ES LA FIESTA DE LA VIDA.

LA DE JESÚS Y LA MÍA

Decíamos al principio de la cuaresma que no se podía entender ese tiempo litúrgico sin tener presente la Pascua. Hoy al celebrar la resurrección de Jesús, damos sentido a todo ese tiempo de preparación para este acontecimiento. Naturalmente, no se puede resucitar si antes no se ha muerto. Tal vez sea este aspecto el más complicado para nosotros hoy. Por eso no podemos conformamos con celebrar externamente lo que sucedió a otra persona (Jesús) en una fecha histórica ya muy lejana.

El centro de esta vigilia es el fuego y el agua como principios de la vida biológica. Esta es la primera clave para entender lo que estamos celebrando en la liturgia más importante de todo el año. Del fuego surgen dos cualidades sin las cuales no hubiera podido surgir la vida que conocemos: luz y calor. El agua es el elemento fundamental para formar un ser vivo. El 80% de cualquier ser vivo, incluido el hombre, es agua. Recordar y renovar nuestro bautismo, es pieza clave para descubrir de qué Vida estamos hablando. Hoy el fuego y el agua simbolizan a Jesús porque le recordamos como Vida. En el prólogo del evangelio de Jn dice: “En la Palabra había Vida y la Vida era la luz de los hombres”.

La vida que hoy nos interesa, no es la física (bios), ni la psíquica (psiques), sino la espiritual y trascendente. Por no tener en cuenta la diferencia entre estas vidas, nos seguimos armado un lío con la resurrección. La vida biológica no tiene importancia en lo que estamos tratando. “El que cree en mí aunque haya muerto vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”. La biológica y la psíquica tienen importancia, solo porque son las que nos capacitan para alcanzar la espiritual. Solo el hombre que es capaz de conocer y de amar, puede acceder a la Vida divina. Nuestra conciencia individual tiene importancia solo como instrumento, como vehículo para alcanzar la Vida definitiva.

Lo que celebramos esta noche, es la llegada de Jesús a esa plenitud de Vida. Jesús, como hombre, alcanzó la más alta cota de esa Vida. Posee la Vida definitiva que es la misma Vida de Dios. Esa Vida ya no puede perderse porque es eterna. Podemos seguir empleando el término “resurrección”, pero debemos evitar el aplicarla inconscientemente a la vida biológica y psicológica, porque es lo que nosotros podemos descubrir por los sentidos. Pero lo que hay de Dios en Jesús no se puede descubrir mirando, oyendo o palpando. Ni vivo ni muerto ni resucitado, puede nadie descubrir su divinidad.

Tampoco puede ser el resultado de alguna demostración lógica. Lo divino no cae dentro del objeto de nuestra razón. A la convicción de que Jesús está vivo, no se puede llegar por razonamientos. Lo divino que hay en Jesús, y por lo tanto su resurrección, sólo puede ser objeto de experiencia pascual. Para los apóstoles como para nosotros se trata de una vivencia interior. A través del convencimiento de que Jesús les está dando VIDA, descubren los seguidores de Jesús, que tiene que estar él VIVO. Solo a través de la convicción personal podemos aceptar nosotras la resurrección.

Creer en la resurrección exige haber pasado de la muerte a la vida. Por eso en esta vigilia es tanta importancia el recuerdo de nuestro bautismo. El cristiano debe estar constantemente muriendo y resucitan­do. Muriendo a lo terreno y caduco, al egoísmo, y naciendo a la verdadera Vida. Tenemos del bautismo una concepción estática que nos impide vivirlo. En tal día a tal hora, han hecho el signo sobre mí, pero lo significado, es tarea de toda la vida. Todos los días tengo que estar haciendo mía esa Vida.

Fray Marcos

 

Documentación: Dame tu mano María

Documentación: Stabat Mater

Documentación: Pregón Pascual



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