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XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Del Evangelio de San Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo Jesús exclamó

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En aquel tiempo, Jesús exclamó:

Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla.

Sí, Padre, así te ha parecido mejor.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré.

Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

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EL CORAZÓN DE JESÚS PARA LOS SENCILLOS

Escuchamos la llamada muchas veces: “¡Venid!”. Venid a Mí cuando estéis cansados, agobiados, cuando no encontréis el sentido de la vida, cuando la fatiga os envuelva… Venid, venid, siempre.

Para ir al Señor hemos de ser sencillos: “Te doy gracias, Padre… porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. Dios se revela a los humildes y les regala su Corazón. No olvidemos: a los sencillos. No hace falta tener medallas, ni títulos, ni poder… Al contrario, a los sencillos.

¡Jesús nos descoloca! Altera todo para estar con todos. La manera de actuar de Dios es única y reside en su ser todo donación y Amor. Cuando el Amor llega a los últimos, llega en realidad a todos. Dios quiere que su Corazón bombee junto a todos y que los que no cuentan sean los más “contables” desde su Corazón.

Amigos, ¡adelante! Vayamos al Corazón de Jesús… por la vía de la sencillez.

Dibu: Patxi Velasco FANO

Texto: Fernando Cordero ss.cc.

 

 

APRENDER DE LOS SENCILLOS

Jesús no tuvo problemas con las gentes sencillas del pueblo. Sabía que le entendían. Lo que le preocupaba era si algún día llegarían a captar su mensaje los líderes religiosos, los especialistas de la ley, los grandes maestros de Israel. Cada día era más evidente: lo que al pueblo sencillo le llenaba de alegría, a ellos los dejaba indiferentes.

Aquellos campesinos que vivían defendiéndose del hambre y de los grandes terratenientes le entendían muy bien: Dios los quería ver felices, sin hambre ni opresores. Los enfermos se fiaban de él y, animados por su fe, volvían a creer en el Dios de la vida. Las mujeres que se atrevían a salir de su casa para escucharle intuían que Dios tenía que amar como decía Jesús: con entrañas de madre. La gente sencilla del pueblo sintonizaba con él. El Dios que les anunciaba era el que anhelaban y necesitaban.

La actitud de los «entendidos» era diferente. Caifás y los sacerdotes de Jerusalén lo veían como un peligro. Los maestros de la ley no entendían que se preocupara tanto del sufrimiento de la gente y se olvidara de las exigencias de la religión. Por eso, entre los seguidores más cercanos de Jesús no hubo sacerdotes, escribas o maestros de la ley.

Un día, Jesús descubrió a todos lo que sentía en su corazón. Lleno de alegría le rezó así a Dios: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».

Siempre es igual. La mirada de la gente sencilla es, de ordinario, más limpia. No hay en su corazón tanto interés torcido. Van a lo esencial. Saben lo que es sufrir, sentirse mal y vivir sin seguridad. Son los primeros que entienden el evangelio.

Esta gente sencilla es lo mejor que tenemos en la Iglesia. De ellos tenemos que aprender obispos, teólogos, moralistas y entendidos en religión. A ellos les descubre Dios algo que a nosotros se nos escapa. Los eclesiásticos tenemos el riesgo de racionalizar, teorizar y «complicar» demasiado la fe. Solo dos preguntas: ¿por qué hay tanta distancia entre nuestra palabra y la vida de la gente? ¿Por qué nuestro mensaje resulta casi siempre más oscuro y complicado que el de Jesús?

José Antonio Pagola

Publicado en www.gruposdejesus.com  

 

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VENID A MÍ QUIENES ESTÁIS CANSADAS/OS Y AGOBIADAS/OS

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Para entender estas palabras de Jesús hay que retomar lo que Mateo narra en los versículos anteriores. Al comienzo del capítulo 11 (11, 1,7) los discípulos de Juan el Bautista se acercan al Maestro para preguntarle si él es el Mesías. Jesús no responde directamente, sino que los remite a su actividad y a su palabra y los invita a discernir si lo que él hace responde a lo que la Escritura dice sobre los signos que acompañan a quien es enviado de Dios. (Is 35, 5-6; 42, 18). A continuación, se dirige a las personas que se ha congregado en torno a él y las confronta sobre sus expectativas frente a Juan el Bautista y frente a él mismo. Para Jesús el pueblo está ciego y busca a tientas esperanza, pero no sabe leer los signos de los tiempos (11, 8, 19).

Jesús está experimentando con fuerza la incomprensión de su mensaje. En algunas ciudades de Galilea no han creído en su palabra y no han acogido los signos que ha realizado para hacer visible el reino de Dios. Esta experiencia le lleva a pronunciar palabras muy duras contra dos de ellas: Corazaín y Betsaina porque han tenido la oportunidad de creer y la han rechazado (11, 20-24). 

Ante todo eso, Jesús se dirige a su Padre/Madre Dios agradeciéndole que los pequeños y sencillos hayan podido encontrar esperanza y salvación en su mensaje y en sus actuar. Los que aparecen como sabios y entendidos han puesto sus intereses por delante de la oferta de Dios y no han podido acogerla ni entender que él es su enviado (Is 29,9-24),

En medio del cuestionamiento Jesús experimenta con profunda emoción que Dios ha optado desde siempre por los/as más desvalidos/as, por los/as pobres, los/as marginados/as que no tienen a quien acudir, por eso sus curaciones, sus comidas con pecadores/as, su denuncia de la injusticia son expresión de esa preferencia de su Abba. Él se reconoce como hijo del Dios Padre/Madre que lo ha enviado e invita a quienes lo escuchan a reconocer esa filiación.

En el mundo antiguo el mayor orgullo de un hijo es parecerse a su Padre, es continuar su obra y aumentar su honorabilidad en su familia y en la sociedad. Con su conducta Jesús está imitando a su Padre y se está declarando digno hijo de tan buen Padre. No es por tanto su capricho actuar así, sino que porque conoce a su Padre/Madre sabe que su misión es restaurar, reconciliar, sanar y salvar.

Tradicionalmente en la religiosidad de Israel recitar y vivir el shema (Dt 6, 4-25) se interpretaba como llevar el yugo del reino de los cielos. Encontrarse con un Dios que acompaña, cuida y ama es no solo una experiencia liberadora sino una responsabilidad y un compromiso. Jesús evoca esta imagen del yugo para remitir a sus oyentes a la experiencia fundante de su fe pero también para ampliar la interpretación que hacen de ella.

Jesús sabe que en su sociedad (como en la nuestra) unos pocos oprimen, abusan y esclavizan a muchos y que la religión muchas veces se convierte en una carga que dobla la vida, que impide encontrase con ese Dios que consuela, perdona y salva. Por eso se indigna Jesús, porque muchos/as prefieren vivir de una religión que alivia pero que no pide grandes esfuerzos, escogen relacionarse con un Dios al que se le puede satisfacer con oraciones y ofrendas, pero olvidan que Dios es gratuidad, amor y perdón. Por eso Jesús los invita a llevar su yugo, a dejarse guiar por él porque Dios quiere aligerar nuestras cargas, consolarnos, animarnos…

“¿Cómo hacerles entender que de Ti nunca nacerá nada que les limite o les agobie, porque tú eres un Dios que quiere hacer ligeras sus cargas y que no les pides penosas ascensiones a montañas sagradas, ni templos en los que pagar diezmos, ni altares donde inmolar holocaustos? Por eso cuando los veo preguntándose cómo agradarte, les recuerdo las palabras de miqueas: lo que el Señor espera de vosotros no son humillaciones ni postraciones, sino que caminéis humildemente junto a Él aprendiendo de su ternura y su justicia.

Porque Tú no buscas criados que te sirvan, sino hijos con los que compartir el sueño de tu Reino, colaboradores entusiasmados por hacerlo llegar a todos los que están esperando, tirados en las cunetas de los caminos” (Dolores Aleixandre, Dame a conocer tu rostro (Gn 32, 30. Imágenes bíblicas para hablar de Dios, pág. 46)

Jesús finalmente invita a aprender de él, a ser sus discípulas/os y a ofrecer junto a él palabras y gestos de consuelo, caminos de liberación y perdón y experiencias de gratuidad y encuentro. Todo ello hoy cargado especialmente de sentido. En estos tiempos difíciles que seguimos viviendo no son ofrendas y holocaustos a Dios lo que el hermano o la hermana que sufre necesita, sino que cada una y cada uno de nosotros, discípulas/os de Jesús escuchemos su Palabra, imitemos su conducta y seamos consuelo, esperanza, reconciliación…cada día y con quien lo necesite.

Por eso te alabo Padre/Madre…

Carme Soto Varela, ssj

 

MEJOR SER SENCILLO QUE SABIO

El contexto del evangelio

En los tres domingos anteriores (11-13) hemos leído unos fragmentos del discurso de Jesús a los apóstoles cuando los envía de misión (Mt 10). No se cuenta la vuelta de los discípulos ni el resultado de su actividad. En los capítulos siguientes (Mt 11-12) tenemos episodios muy distintos que ayudan a definir la figura de Jesús y describen las distintas reacciones que provocan su persona y su actividad.

¿Es realmente el Mesías esperado? Juan Bautista duda, y envía a sus discípulos a preguntar si tienen que esperar a otro. Los de Corozaín y Betsaida no se dejan afectar por su predicación, se niegan a convertirse. Los fariseos lo acusan de infringir la ley y el sábado, deciden matarlo y dicen que está endemoniado.

Sin embargo, en medio de todos estos que desconfían, se desinteresan o se oponen a Jesús, hay un grupo que lo acepta por dos motivos muy distintos: por revelación de Dios, y porque, desde un punto de vista religioso, se sienten agobiados, cargados, y encuentran alivio en Jesús y su mensaje. Al final, este grupo aparecerá como la familia de Jesús, sus hermanos, sus hermanas y su madre.

Sabios y sencillos (Mateo 11,25-30)

El pasaje de este domingo contiene una acción de gracias, una enseñanza y una invitación.

Acción de gracias. Jesús ve que la gente se divide ante él, y las cataloga en dos grupos. El de los «sabios y entendidos», que tienen una sabiduría humana, y por eso se escandalizan de Jesús o lo rechazan. Son especialmente los escribas, que dominan las Escrituras tras muchos años de estudio; también los fariseos, muy unidos a los escribas, que siguen sus enseñanzas y se consideran perfectos conocedores de la voluntad de Dios. Pero están también los “sabios y entendidos” desde un punto de vista humano, los que se consideran capacitados para criticar a Juan Bautista y a Jesús, aunque no hayan estudiado teología.

Por otra parte, está el grupo de la «gente sencilla», sin prejuicios, a la que Dios puede revelarle algo nuevo porque no creen saberlo todo. Pescadores, un recaudador de impuestos, prostitutas, enfermos… Esta gente acepta que Jesús es el Mesías, aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios, aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.

EnseñanzaEn pocas palabras tenemos un tratadito de cristología, centrado en lo que tiene Jesús y en lo que puede revelarnos. Lo que tiene, se lo ha dado el Padre. El mejor comentario se encuentra en el cuarto evangelio, donde se dice que el Padre ha dado a Jesús los dos poderes más grandes: el de juzgar y el de dar la vida. A estos dos poderes se añade aquí el de revelar al Padre. Estas personas sencillas, a través de Jesús, van a conocer a Dios como Padre, no como un ser omnipotente o un juez inexorable. Él se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo.

Invitación. Pero esta revelación del Padre no es algo abstracto, teórico. Es un respiro para los rendidos y abrumados por el yugo de las leyes y normas que les imponen las autoridades religiosas. Los rabinos hablaban del “yugo de la Ley”, al que los israelitas debían someterse con gusto y con deseo de agradar a Dios. Pero ese yugo se volvía a veces insoportable por la cantidad de mandatos y prohibiciones, y por la idea tan cruel de Dios que transmitían. En cambio, el yugo de Jesús pone a la persona por delante de la Ley, como lo demostrarán los dos relatos inmediatamente posteriores, centrados en la observancia del sábado.

Resumen. Estos versículos contienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela al Hijo, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiado es el hombre que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana.

Un rey sencillo, pero de inmenso poder (Zacarías 9, 9-10)

El hecho de que Jesús se presente como «manso y humilde» trae a la memoria la promesa de un rey «modesto, montado en un asno», anunciado por el profeta Zacarías. Estamos, probablemente, a finales del siglo IV a.C., poco después de que Alejandro Magno haya pasado por Palestina camino de Egipto. A la imagen grandiosa del monarca macedonio, montado en su caballo Bucéfalo, contrapone el profeta la imagen de un rey de apariencia modesta, montado en un burro, pero de enorme poder, capaz de llevar a cabo lo que otros profetas habían atribuido al mismo Dios: sin necesidad de ejército (destruirá los carros de guerra de Efraín y la caballería de Jerusalén, romperá los arcos de los guerreros) instaurará la paz y dominará desde el Éufrates hasta el fin del mundo. Un rey excepcional, casi divino.

Los evangelistas relacionarán este texto con la entrada de Jesús en Jerusalén. En el contexto de este domingo, pretende reforzar la imagen de un Jesús manso y humilde, que no instaura la paz en las naciones sino en los corazones.

«Te ensalzaré, Dios mío, mi rey» (Sal 144)

El salmo elegido para este domingo reúne bien las dos lecturas. Recoge la imagen del rey, pero no destaca su poderío militar ni su dominio universal, sino su clemencia, misericordia, piedad, bondad. «Es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Igual que Jesús, que alivia a cansados y agobiados, el rey prometido «sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan». Por eso, la reacción que debemos tener al escuchar las palabras del evangelio es la de bendecir al Señor Jesús día tras día, por siempre.

José Luis Sicre

Documentación: Liturgia de a Palabra

Documentación: Jauregui - Venid a mí

Documentación: F Ulibarri - Descansar en ti



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