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Los laicos, al corazón de la Iglesia

De la experiencia del P Palau

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Imprescindibles, en la Iglesia, son los laicos. Hoy y ayer. Ellos conforman su inmensa mayoría. Su base y apoyo: el santo pueblo fiel de Dios.  Gracias a los laicos existen, tanto los ministros ordenados, como todo tipo de vocaciones a la vida consagrada. Y a su servicio se encuentra la minoría de unos y otros. Origen común: los sacramentos de la iniciación.

No compartía Palau muchos proyectos gestionados por el clericalismo. Sí valoraba a las personas por lo que eran. Confiaba en ellas. Como resultante se veía rodeado de laicos. Quienes deseaban tenerlo por guía. Permanecer en su compañía. Incorporar su estilo de vivir el evangelio.

Aquellos laicos -varones y mujeres- percibían la vida de Dios que alentaba la existencia de Palau. Unos y otras sabían que aquel hombre los conduciría al mejor puerto: Al del evangelio. Por el sendero del Carmelo de Teresa. Unos y otras deseaban que, entre ellos/as, se privilegiaran la acogida y la escucha. Un inconfundible clima de libertad y servicio. Un modo intenso de vivir la comunión: con Dios y con los demás. Saberse colectivo transeúnte. Hasta acceder a la frontera. Para desde allí atender a los más vulnerables.

Y Palau los acogía, los escuchaba y ayudaba a discernir. Los orientaba y acompañaba. Desde semejante disposición los convocaba a caminar en comunión. Contaba con ellos a la hora de vivir, opinar y decidir.

 

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Junto a Palau los laicos recorrieron un espléndido itinerario interior. Vivieron con generosidad y hondura la comunión con el Señor Jesús. Cultivaban sueños de fraternidad. Aceptaban las peculiaridades y diferencias ajenas. Como posibilidad para enriquecerse todos. Tropezaron, cayeron y se levantaron. Sí, se amaron, ayudaron y perdonaron. El estilo era el del amor concreto, aunque no vistoso. El que se propone, pero no se impone. Como el del Maestro. Y la alegría honda nacía de todo ello. Pues reproducían el proceder de Dios.

Pronto conectaron con su entorno. Ampliaron la mirada. Vivieron alerta a lo que el contexto les pedía. Mejoraban las penurias. Fueron colectivo de cercanía, humanismo y ternura. Aprendidos en la amistad con Jesús: la oración. Acentuaban la dignidad humana cuando era pisoteada. Y la denuncia no era polémica contra alguien. Sí, profecía para todos. Devenían, así, signo de esperanza.

Desde este modo de vivir, Palau los valoraba. Al ir asimilando el evangelio, los aupaba hasta el corazón de la Iglesia. Los reconocía incluidos en este corazón. Todo un referente para la Iglesia de hoy y para nosotros/as.

Hna Esther Díaz cm



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