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Fiesta del Corpus Christi

Evangelio de Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
— Yo soy el pan que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Disputaban entonces los judíos entre sí:
— ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
Entonces Jesús les dijo:
— Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

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REAVIVAR LA MEMORIA DE JESÚS

          La crisis de la misa es, probablemente, el símbolo más expresivo de la crisis que se está viviendo en el cristianismo actual. Cada vez aparece con más evidencia que el cumplimiento fiel del ritual de la eucaristía, tal como ha quedado configurado a lo largo de los siglos, es insuficiente para alimentar el contacto vital con Cristo que necesita hoy la Iglesia.

         El alejamiento silencioso de tantos cristianos que abandonan la misa dominical, la ausencia generalizada de los jóvenes, incapaces de entender y gustar la celebración, las quejas y demandas de quienes siguen asistiendo con fidelidad ejemplar, nos están gritando a todos que la Iglesia necesita en el centro mismo de sus comunidades una experiencia sacramental mucho más viva y sentida.

         Sin embargo, nadie parece sentirse responsable de lo que está ocurriendo. Somos víctimas de la inercia, la cobardía ola pereza. Un día, quizás no tan lejano, una Iglesia más frágil y pobre, pero con más capacidad de renovación, emprenderá la transformación del ritual de la eucaristía, y la jerarquía asumirá su responsabilidad apostólica para tomar decisiones que hoy no nos atrevemos ni a plantear.

         Mientras tanto no podemos permanecer pasivos. Para que un día se produzca una renovación litúrgica de la Cena del Señor es necesario crear un nuevo clima en las comunidades cristianas. Hemos de sentir de manera mucho más viva la necesidad de recordar a Jesús y hacer de su memoria el principio de una transformación profunda de nuestra experiencia religiosa.

        La última Cena es el gesto privilegiado en el que Jesús, ante la proximidad de su muerte, recapitula lo que ha sido su vida y lo que va a ser su crucifixión. En esa Cena se concentra y revela de manera excepcional el contenido salvador de toda su existencia: su amor al Padre y su compasión hacia los humanos, llevado hasta el extremo.

         Por eso es tan importante una celebración viva de la eucaristía. En ella actualizamos la presencia de Jesús en medio de nosotros. Reproducir lo que él vivió al término de su vida, plena e intensamente fiel al proyecto de su Padre, es la experiencia privilegiada que necesitamos para alimentar nuestro seguimiento a Jesús y nuestro trabajo para abrir caminos al Reino.

         Hemos de escuchar con mas hondura el mandato de Jesús: "Haced esto en memoria mía". En medio de dificultades, obstáculos y resistencias, hemos de luchar contra el olvido. Necesitamos hacer memoria de Jesús con más verdad y autenticidad.

Necesitamos reavivar y renovar la celebración de la eucaristía.

 José Antonio Pagola 

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS

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EUCARISTÍA, INJUSTICIA PLANETARIA Y CONCIENCIA DE UNIDAD

         El autor del cuarto evangelio presenta a Jesús como alimento del pueblo, usando dos imágenes tomadas del libro del Éxodo: el pan (maná) y la carne (cordero pascual).

         Esto explica que, en el capítulo 6, encontremos en realidad dos discursos: el del “pan de vida” (6,33-50) y el de la “eucaristía” (6,51-58).

         El autor utiliza el término sarx (carne) y no soma (cuerpo), como si quisiera establecer un vínculo claro entre la eucaristía y la encarnación.

        Comer su carne” significa aceptar su persona plenamente. Si bien, como en las religiones de misterios, se puede aludir a la necesidad de “comer” la divinidad, en el marco de la liturgia, para así lograr la salvación. 

         De modo que la eucaristía tiene un doble trasfondo: por un lado, la experiencia del Éxodo, donde el pueblo fue alimentado “milagrosamente” con el maná. A su luz, el autor subraya que, a diferencia de aquel alimento que no impidió la muerte de quienes lo comieron, el que coma de éste vivirá para siempre.

         Por otro lado, la “comida sagrada” de los cultos mistéricos, por la que el fiel se unía personalmente con el dios.

         En la unión de las imágenes del maná y de la carne del cordero pascual, el autor del evangelio presenta la eucaristía como “alimento” de los creyentes y como “comunión” (a nivel físico) con la misma persona de Jesús.

         Durante siglos, la doctrina de la Iglesia ha enseñado que, en la consagración, se hacía presente la propia carne y sangre de Cristo (transubstanciación), que los fieles comulgaban.

         En cierto sentido puede decirse que esa doctrina insistió en la presencia corporal o física de Cristo en el pan y en vino consagrados, desde su interés manifiesto por asegurar la presencia real. En aquella mentalidad mítica, eso no creaba más problemas y, ciertamente, era el modo más eficaz de sostener la certeza.

         Desde nuestra perspectiva, se ha producido un doble cambio. En primer lugar, no necesitamos afirmar la forma física para sostener la presencia real de Jesús en la eucaristía. Y, en segundo lugar, desde un modelo no-dual, aun reconociendo el valor propio de la eucaristía, en su propio nivel, vemos con claridad que, dado que nada se halla separado de nada, no hay nada que no sea “cuerpo de Cristo”.

         Eso significa que, cuando en la eucaristía, se pronuncian las palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo” (probablemente, él habría dicho: Esto soy yo), lo que hacemos es reconocer que todo es su cuerpo, en la no-dualidad que somos.

         Desde este punto de vista, es cierto que cae la doctrina “tradicional”, en cuanto era un modo concreto y relativo de afirmar el misterio eucarístico, pero se enriquece infinitamente el contenido. La eucaristía deja de ser un rito particular, perteneciente a una religión, para verse como la celebración de una presencia en la que todos nos reconocemos. Una vez más, Jesús es el espejo en el que vemos lo que somos.

          En el texto que venimos comentando, la eucaristía aparece prioritariamente vinculada a dos realidades: a la vida y a la unidad con Jesús.

          De una forma u otra, como sustantivo o como verbo, el término vida o vivir aparece ocho veces en esas pocas líneas. De eso se trata: de vivir en plenitud. No es nada nuevo. El lector del cuarto evangelio sabe que ésa es la misión de Jesús: que tengan vida y vida en abundancia (evangelio de Juan 10,10).

          Pero “vivir” no significa perpetuar el yo, sino experimentar que la Vida es nuestra identidad más profunda. Por eso, tampoco consiste en algo mágico: como si quien comiera el pan consagrado se “asegurara” la vida. Cuando accedemos a la experiencia que vivió Jesús, caemos en la cuenta –como él- de que somos Vida, una vida que no muere jamás. Desaparecen, se modifican, mueren las formas que palpamos y tenemos; permanece la Vida que somos.

         Eso se produce simultáneamente a la experiencia de sabernos y sentirnos uno con Jesús y con el Padre, habitando (morando) en ellos, en la Unidad sin costuras que somos.

         La expresión “vivir (morar) en Cristo” es típica de Juan: se trata de una fórmula para indicar la unidad entre el Padre y el Hijo (10,38; 14,10-11), entre Cristo y el creyente (6,56; 15,4-10), entre el Padre, el Hijo y el creyente (17,21-23).

         Como decía, esa doble experiencia ocurre a la vez: nos experimentamos, al mismo tiempo, como Vida y como Unidad. Hemos visto nuestra Identidad profunda, que es una Identidad compartida.

         En esta jornada del “Corpus Christi”, la Iglesia celebra también el “Día Mundial de la Caridad”. A pesar de lo raquítico que parece dedicar “un día” a una cuestión que debería ocuparnos los 365 días del año, la fecha está bien elegida. Caridad es otro nombre de Unidad. El amor y la compasión brotan de la comprensión de quienes somos.

         Al experimentar nuestra Identidad, duelen más las terribles diferencias que hemos llegado a establecer entre nosotros en el reparto de los bienes de la tierra. Nos hallamos, tanto a nivel individual como colectivo, en el apogeo del yo, que lo quiere todo para sí y nunca tiene bastante. La apropiación y la insatisfacción son sus notas características. El es el que bloquea el amor y nos mantiene atrapados en esta estructura socioeconómica tan injusta.

         No sorprende que quienes “han visto”, sean más lúcidos de las trampas en las que, como en una cadena, el ego nos atrapa. En el precioso librito “Sabiduría de un pobre”, en el que el franciscano Eloi Leclerc narra, con tanta finura como sabiduría y hasta encanto, la crisis que sufrió Francisco de Asís, se afirma que

          “allí donde cada uno se esfuerza en hacerse un haber ya se ha acabado la verdadera comunidad de hermanos y amigos. Y que no se podrá nunca hacer que el hombre que tiene algunos bienes a la vista no tome espontáneamente una actitud defensiva respecto a los otros hombres. Es eso lo que [Francisco] había explicado en otro tiempo al obispo de Asís, que se asombraba de la excesiva pobreza de los hermanos.

         — «Señor obispo –le había dicho entonces-, si tenemos posesiones, nos harán falta armas para defenderlas».

         El obispo lo había comprendido. Lo sabía por experiencia. Demasiado a menudo entonces los hombres de Iglesia tenían que hacerse hombres de armas para defender sus bienes”. (Eloi LECLERC, Sabiduría de un pobre, Marova, Barcelona 121992, p.59).

         Necesitamos mucha lucidez, para que no nos ocurra como al asceta indio del siguiente cuento, que recoge Eugene DREWERMANN, en Sendas de salvación, Desclée de Brouwer, Bilbao 2010, p.106:

         Había una vez un asceta indio que acudió a una buena escuela y aprendió lo poco que necesita el que lleva la humilde vida de los monjes. Tras terminar su formación, regresó al mundo. Pasado un tiempo, advirtió que por la noche, mientras dormía, los ratones se comían su taparrabos.

         Para conservar su taparrabos, mendigó un gato que ahuyentara a los ratones. Pero el gato necesitaba leche, así que mendigó leche para el gato que expulsaba a los ratones que se comían su taparrabos. Con todo, resultaba demasiado fatigoso mendigar a diario leche para el gato.

         El asceta cayó en la cuenta de que sería mucho más ventajoso mendigar una vaca que le diera la leche que necesitaba pata alimentar al gato que asustaba a los ratones que roían su taparrabos. Pero como las vacas necesitan mucho alimento, también tendría que mendigarlo.

         Era más práctico mendigar una pradera para que pastara la vaca que daría la leche que necesitaba el gato que espantaba a los ratones que se comían su taparrabos.

         Después necesitó gente que cuidara de su pradera, y comida y alojamiento para las personas que trabajaban en ella. También necesitó hombres que mantuvieran el orden en la casa en la que trabajaban las personas que cuidaban la pradera… Así pasó el tiempo.

         Un día su maestro decidió hacerle una visita, y lo que vio lo dejó boquiabierto. «Pero, ¿qué has hecho con tu vida?», le preguntó. «Maestro, le explicó el discípulo, no te lo vas a creer: éste es el único modo que había de conservar mi taparrabos».

         Así es. El mecanismo de la justificación puede introducirnos en una interminable espiral egocéntrica…, haciéndonos creer que no buscamos sino conservar el “taparrabos”.

         Hemos dicho muchas veces que una de las características más destacadas del ego es la insatisfacción. Cuando el ego tiene mucho poder, la codicia y la ambición pueden llegar a extremos inimaginables.

         «“Todo para nosotros y nada para los demás” parece haber sido la ruin máxima de los amos de la humanidad en las diversas épocas de la historia». Esta frase no es de Karl Marx ni de un izquierdista radical, sino del padre de la economía líberal, Adam Smith, y aparece en su obra más famosa La riqueza de las naciones, escrita en 1776.

         Ese ego insaciable, dejado a su arbitrio, sin una “regulación” adecuada de los medios a su alcance, es quien nos ha conducido y nos mantiene en esta aguda crisis que, como siempre, pagan más quienes menos tienen, y la soportan quienes no la han provocado.

         Os sugiero una lectura: Susan GEORGE, Sus crisis, nuestras soluciones, Icaria / Intermón Oxfam, Barcelona 2010 (3ª edición), 271 pags., 19 €.

         Presidenta de honor de ATTAC y líder del movimiento altermundista, la autora se propone explicar, en ese libro, cómo y por qué caímos en el caos actual, y cómo podemos salir de él para el bien del planeta y de todos sus habitantes. Escribe este libro porque confiesa estar “enfadada, perpleja y asustada”. Y ofrece un diagnóstico lúcido (…y despiadado, hasta el punto de conseguir que el propio lector acabe también enfadado, perplejo y asustado), así como unas propuestas bien fundamentadas.

         En la misma línea, me parece lúcido también el texto de J.I. González Faus, titulado Alí Babá y los cuarenta mercados, y que se puede encontrar en:

http://blogs.periodistadigital.com/miradas-cristianas.php/2011/01/13/ali-baba-y-los-cuarenta-mercados-1

          Necesitamos crecer, a la vez, en comprensión de lo que nos está ocurriendo (de lo que estamos haciendo) y en conciencia de quienes realmente somos. Sólo una transformación de la conciencia hará posible la transformación eficaz de nuestros comportamientos.

                   Enrique Martinez Lozano

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EL QUINTO PAN

        El Dios que sacó de Egipto a Israel lo alimento en el desierto con un maná que no habían conocido sus padres. Por dos veces lo repite el texto bíblico que se lee en la primera lectura de esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo (Dt 2-3. 14-16). El maná no lo habían conocido los padres antiguos. Pero el pan de Cristo no lo reconocen muchas gentes de hoy.

“Todo fue así: tu voz, tu dulce aliento
sobre un trozo de pan que bendijiste,
que en humildad partiste y repartiste
haciendo despedida y testamento”

        Así comienza uno de los sonetos que Antonio y Carlos Murciano titularon como “Corpus Christi”. La voz, el aliento y la humildad de Jesús determinan el prodigio. Tres verbos lo describen: bendecir, partir y repartir. Y de pronto el pan se convierte en signo que significa y realiza para siempre la despedida del amante y el testamento del amor.

 EL MANÁ Y EL PAN

        Quienes han visitado la Tierra Santa recordarán la hermosa iglesia que, cerca de Cafarnaúm, recuerda que Jesús alimentó a una enorme multitud con unos panes y unos peces. A los pies del altar se encuentra un famoso mosaico de fines del siglo V. Dos peces flanquean un canastillo en el que pueden verse cuatro panes.

         ¿No eran cinco los panes multiplicados por Jesús? Siempre hay alguien que observa y pregunta. Ante el asombro de los peregrinos, el guía suele apuntar hacia la mesa del altar. No falta nada. El quinto pan es el cuerpo de Cristo,  que se parte y se reparte como alimento para el camino y como signo de su entrega. 

         Cerca de allí, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús explicó el signo.  Resultó escandaloso para todos escuchar que se presentaba a sí mismo usando la imagen del maná que alimentara a Israel en el desierto: “Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron. El que come este pan vivirá para siempre”.

 EL PAN Y LA VIDA

          Inmediatamente antes, Jesús se había presentado con una de esas frases que evocan la presentación de Dios a Moisés: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Un triple mensaje en el que se entrecruzan los tiempos y la historia.

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Una mirada a un pasado cercano. Como el antiguo mana también Jesús ha venido de Dios. Él es el pan definitivo. El don de Dios para el hambre de los hombres. Para esa hambruna de sentido y de armonía que no logra saciar ninguno de los bienes de este mundo.

• “El que come de este pan vivirá para siempre”. Una mirada a un futuro que se asoma al horizonte de la persona y de la historia. La vida es un tesoro. Como el amor y la alegría, la vida reclama duración y permanencia. El pan de Jesús es su palabra y es su cuerpo. En él se garantiza una vida sin ocaso.

• “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Una mirada que se detiene en el presente, en el que se fraguan las opciones. El pan del Señor nos alimenta y nos alienta. Nos une y nos reúne en familia de amor y de proyectos. Nos despierta a la vida y abre nuestros ojos a una fraternidad nueva y responsable.

- Señor Jesucristo, que te entregas a nosotros en los signos del pan y del vino, agradecemos tu entrega y tu presencia y te pedimos que nos ayudes a sentarnos a tu mesa con sincero ánimo de hermanos. Amén.

 

José-Román Flecha Andrés Universidad Pontificia de Salamanca   

Documentación: Corpus Christi



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