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XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

Del Evangelio de Mateo 23, 1-12

...haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen...

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En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo:

— En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen.

Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar.

Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencia por la calle y que la gente los llame “maestro”.

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.

Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro padre, el del cielo.

No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo.

El primero entre vosotros será vuestro servidor.

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

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EN ACTITUD DE CONVERSIÓN

Jesús habla con indignación profética. Su discurso dirigido a la gente y a sus discípulos es una dura crítica a los dirigentes religiosos de Israel. Mateo lo recoge hacia los años ochenta para que los dirigentes de la Iglesia cristiana no caigan en conductas parecidas.

¿Podremos recordar hoy las recriminaciones de Jesús con paz, en actitud de conversión, sin ánimo alguno de polémicas estériles? Sus palabras son una invitación para que obispos, presbíteros y cuantos tenemos alguna responsabilidad eclesial hagamos una revisión de nuestra actuación.

«No hacen lo que dicen».

Nuestro mayor pecado es la incoherencia.

No vivimos lo que predicamos.

Tenemos poder pero nos falta autoridad.

Nuestra conducta nos desacredita.

Nuestro ejemplo de vida más evangélica cambiaría el clima en muchas comunidades cristianas.

«Cargan fardos pesados sobre los hombros de la gente... pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar».

Es cierto.

Con frecuencia, somos exigentes y severos con los demás, comprensivos e indulgentes con nosotros.

Agobiamos a la gente sencilla con nuestras exigencias pero no les facilitamos la acogida del evangelio.

No somos como Jesús que se preocupaba de hacer ligera su carga pues era sencillo y humilde de corazón.

«Todo lo que hacen es para que los vea la gente».

No podemos negar que es muy fácil vivir pendientes de nuestra imagen, buscando casi siempre "quedar bien" ante los demás.

No vivimos ante ese Dios que ve en lo secreto.

Estamos más atentos a nuestro prestigio personal.

«Les gustan los primeros puestos y los asientos de honor... y que les hagan reverencias por la calle».

Nos da vergüenza confesarlo, pero nos gusta.

Buscamos ser tratados de manera especial, no como un hermano más.

¿Hay algo más ridículo que un testigo de Jesús buscando ser distinguido y reverenciado por la comunidad cristiana?

«No os dejéis llamar maestros... ni guías... porque uno solo es vuestro Maestro y vuestro Guía: Cristo».

El mandato evangélico no puede ser más claro: renunciad a los títulos para no hacer sombra a Cristo;

orientad la atención de los creyentes sólo hacia él.

¿Por qué la Iglesia no hace nada por suprimir tantos títulos, prerrogativas, honores y dignidades para mostrar mejor el rostro humilde y cercano de Jesús?

«No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra porque uno solo es vuestro Padre del cielo».

Para Jesús el título de Padre es tan único, profundo y entrañable que no ha de ser utilizado por nadie en la comunidad cristiana. ¿Por qué lo permitimos?

José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS

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UN EVANGELIO ANTICLERICAL

Sobre el capítulo 13 del evangelio de Mateo, cuyo comienzo (1-12) leemos en este domingo, Francesc Riera ha escrito que constituye “una página anticlerical como pocas” (F. RIERA, El evangelio de Mateo, vol.2, Sal Terrae, Santander 2010, p.45).

Ciertamente, es un capítulo que destaca por la dureza de sus juicios acerca de los fariseos –élite religiosa judía- y de los escribas o “teólogos oficiales”, pertenecientes también a aquel mismo grupo.

Trataremos de comprender el texto en sí mismo y, a continuación, nos preguntaremos hasta qué punto puede remontarse al Jesús histórico, o se trata más bien de descalificaciones surgidas en una polémica posterior.

La “cátedra de Moisés” hace referencia a la sede desde la que los escribas comentaban la Toráh. Las “filacterias” eran estuches de cuero que contenían textos bíblicos. Se llevaban, para la oración, en la frente y en el brazo izquierdo. De ese modo, creían observar literalmente aquel precepto bíblico de “tener siempre presente la Ley”. Las franjas adornaban ostentosamente el manto de la oración.

El capítulo se abre con una invectiva durísima contra los maestros “oficiales” de la religión. Se les acusa de incoherencia, falsedad o hipocresía: “no hacen lo que dicen”. Es, probablemente, la acusación que más hace tambalear a cualquier tipo de magisterio; el predicador se desacredita a sí mismo debido a su incoherencia.

Pero hay más. No contentos con ello, se empeñan en imponer cargas insoportables a la gente, mientras ellos no mueven un dedo. Es la misma incoherencia, con el añadido de la imposición severa sobre los otros: a la hipocresía se le añade el abuso de autoridad para, en nombre de la religión que ellos no viven, oprimir a quienes los siguen de buena fe.

Ellos viven para la imagen: buscan el reconocimiento social, los puestos de honor, las reverencias y los títulos.

En las líneas que siguen, parece claro que los destinatarios son ya los responsables de las jóvenes comunidades cristianas. Es a ellos a quienes se les insiste en que no se hagan llamar “maestro” (rabbí), ni “padre”, ni “guía” o instructor.

En la comunidad cristiana, no cabe ninguna otra jerarquía que no sea la del servicio. Indudablemente, la organización es imprescindible en cualquier grupo humano que quiera asegurar una continuidad. Pero no es menos cierto que la organización necesaria fácilmente desemboca en una jerarquización desmesurada, a la que pueden aplicarse las palabras que comentábamos.

Críticas que pueden dirigirse a cualquier autoridad religiosa que muestra preferencias por el reconocimiento social, los primeros puestos, las reverencias, las denominaciones, los títulos… o incluso la ropa. Pero que han de tener, lógicamente, una incidencia mayor cuando esa autoridad se remite al propio evangelio. Por eso, no debería extrañarnos el recelo de tanta gente sencilla cuando ve gestos, actitudes y comportamientos de autoridades religiosas cristianas.

La segunda cuestión a abordar en este comentario es la referida a la autoría de todas estas denuncias. ¿Son palabras de Jesús… o de cristianos de la segunda generación, que han puesto en su boca? ¿Fueron pronunciadas en los años 30… o en los 80, cuando los judeocristianos fueron expulsados de la sinagoga?

Aunque no es fácil tener certeza absoluta, lo más probable es que la segunda posibilidad sea la más cierta. Es innegable el conflicto que Jesús vivió con la autoridad religiosa de su pueblo. Puede admitirse, incluso, que tuviera sus discrepancias con los grupos fariseos o algunos escribas (aunque sin negar grandes sintonías entre el maestro de Nazaret y el grupo fariseo). Lo que después nos ha llegado habría sido filtrado por unas comunidades cristianas que se encontraron en medio de una polémica fratricida con el fariseísmo surgido de Jamnia, empeñado en excluir de la sinagoga a los seguidores de Jesús. Como reacción, las comunidades cristianas, reconociéndose a sí mismas como “el nuevo y verdadero Israel”, cargaron las tintas contra el grupo fariseo, al que acusaban de pervertir la tradición de su pueblo.

Es conocido que, hasta la destrucción del Templo de Jerusalén, en el año 70, dentro del judaísmo convivían, mejor o peor, distintos grupos: fariseos, saduceos, esenios, baptistas, cristianos…

A partir del año 70, quedan únicamente dos grupos: uno mayoritario, reconstruido por los fariseos en la asamblea de Jamnia, y el minoritario de los “cristianos”. Cuando aquéllos, en su afán de preservar el judaísmo ortodoxo tras la catástrofe de la destrucción, deciden excomulgar a los discípulos de Jesús, éstos reaccionan del mismo modo.

Pues bien, en esta agria polémica –de la que encontramos también testimonios en el Libro de los Hechos de los Apóstoles-, es donde nacieron, probablemente, las acusaciones antifariseas, como las que se contienen en el capítulo 13 de Mateo. El evangelista, al redactar su texto, no duda en poner en labios de Jesús las descalificaciones que, en realidad, eran posteriores.

Este modo de hacer, que a nosotros no sólo nos sorprende, sino que nos parece gravemente “falsificador”, no resultaba inhabitual en aquel contexto. Y sólo desde aquella perspectiva podremos comprenderlo.

Finalmente, por más que el texto, tal como nos ha llegado, recoja los juicios de la comunidad cristiana, con ello no se niega que alguna de las denuncias no perteneciera propiamente al Jesús histórico. Pero no parece posible establecer una delimitación ni siquiera aproximada.

Lo que podemos aprender de toda esta “peripecia histórica” no es poco:

Las luchas fratricidas en nombre de la religión han sido una constante en la historia de la humanidad. Judíos todos ellos, fariseos y cristianos vivieron la separación (legítima) en forma de desgarro violento, en el que se buscaba directamente la eliminación del contrario. ¿Qué religión es ésa que antepone sus “intereses” al bien de las personas? Si miramos hacia atrás, en nuestra “historia cristiana”, aceptaremos que lo ocurrido en ella, a nivel de la institución religiosa, ha dejado cortas las denuncias que el capítulo 13 de Mateo dirige contra los fariseos y escribas. ¿Qué religión es ésa que persigue la imagen, busca el poder y oprime la conciencia de sus seguidores? El anticlericalismo es la reacción pendular a una situación anterior de clericalismo. Por eso, ante cualquier brote anticlerical, sería bueno que, en lugar de alimentar la espiral de acusaciones y descalificaciones, nos preguntáramos si, como institución, hemos dado algún motivo para el mismo. Si Jesús era “anticlerical”, ¿por qué la religión llegó a “clericalizarse” hasta el extremo? Las acusaciones dirigidas a los fariseos, en ese capítulo, constituyen una magistral descripción de lo que es el ego y su forma de funcionar. Religioso o no, el ego vive para el reconocimiento –de hecho, “ego”, “imagen” o “personaje” son sinónimos- en todas sus formas. ¿Qué religión es ésa que se deja atrapar por el ego y que incluso lo potencia?

Enrique Martinez Lozano



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