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ESTUVE EN LA CÁRCEL Y ME VISITASTEIS

Testimonio de Hna. Candelas Juárez CM

Tenemos el testimonio muy bonito e impresionante de Hna Candelas Juárez, Carmelita Misionera. Actualmente en la Comunidad «Mont Tabor» de Perpignan. Ella desarrolla una bonita misión en la Prisión y nos hace llegar su testimonio muy emocionante. Te invitamos a leerlo y dejarte cuestionar por el. ¡¡Gracias Candelas por compartirnos desde dentro tu testimonio del Dios Vivo!!. 

Descubrí el ambiente carcelario hace casi 8 años gracias a la invitación de Mons. Turini, obispo de Perpiñán, que me invitó a una celebración del Sábado Santo en el Centro Penitenciario. Después de un breve tiempo de reflexión, me pareció obvio comprometerme más plenamente como capellán del centro penitenciario de Perpignan.

Porque creo profundamente a la «compasión de Dios, sin condición», cada lunes y cada jueves paso toda la tarde, de 13:00 a 18:00 h,  y los sábados de 7:30 a 12:00 h en la celebración de la Eucaristía, al lado de todos esos y esas personas detenidas en el centro de la prisión de Perpignan, desde hace casi  8 años.  Para que os situéis, la cárcel, o centro de detención como lo llaman aquí, acoge unos 800 detenidos (hombres), 190 mujeres y unos 60 menores (adolescentes a partir de 15 años)

Me motiva el evangelio y una convicción fuerte: la persona no se reduce a sus actos, por muy graves que sean, Dios mira el corazón y nos ama a cada uno como somos. ¡Cada persona es una maravilla de Dios, una historia sagrada, un misterio para mi!

Mi presencia, y la de todos los capellanes, es del orden de un signo, del sacramento: en este mundo de violencia, de sufrimiento, de heridas, junto y gracias al Dios de la Vida, somos puertas abiertas a la escucha, a la apertura al futuro, a pesar de todo, a la misericordia y al perdón.

servir  la Palabra… en silencio primero, escuchando, acogiendo esa palabra que necesita ser liberada, pero escuchar el silencio es muy importante aunque a veces es muy desestabilizador para mí.

A veces se necesitan largos silencios…

Y hay lenguajes distintos al verbal: el cuerpo, la mirada, las fotos en la celda, el orden o el desorden, la música…

Qué regalo de Dios en mi vida cuando la persona detenida puede poner palabras, gracias a nuestra escucha, sobre el trasfondo de su vida, de su infancia, de sus heridas, de sus acciones.

Es una liberación interior: “¡Es la primera vez que hablo de esto!’ – me dicen a veces-   Qué regalo me haces Señor cuando alguien puede formular algo hermoso en su vida, mientras hasta ahora solo veía fracaso y oscuridad; cuando puede ver un futuro con algunos puntos de apoyo que le ayudamos a descubrir!

Ofrecer recibiendo y dando, Servir la Palabra es también ofrecerla a los presos. De dos maneras: recibiéndolo de ellos y también ofreciéndolo. ¿Dar mientras se recibe? Aquí tocamos un punto crucial relacionado con la evangelización.

Dios nos precede en el corazón de todo hombre, incluidos los que han cometido lo inefable. Evangelizar no es derramar algo que se tiene, el conocimiento de Cristo, en alguien que está vacío: no, primero es ver en esa persona que ha cometido un crimen horrible, que también el está lleno de humanidad, por más herida que esté, y es la humanidad misma de Cristo la que primero debo contemplar en él.

«Son los pobres quienes nos evangelizan», a través de ellos se me hacen patentes los signos de la presencia de Cristo en la detención, son muy fuertes, el Cristo de la Navidad, del Viernes Santo y de la Pascua. ¡Cristo presente para que esas vidas heridas, rotas puedan transformarse en oración y hacerlos Eucaristía!

Aquí mi ministerio diaconal encuentra su plena dimensión. ¡Servir a la Palabra proponiéndola! En encuentros individuales, en intercambios bíblicos grupales, en las eucaristías celebradas cada sábado, proponer la palabra de Dios.

A menudo me preguntan: “Me gustaría una Biblia “. Hay que descifrar tal petición, pero la sed de la Palabra es real. Cuando abro una puerta, no sé si entro cinco minutos o dos horas, cómo se encuentra la persona que estoy visitando. Estar abiertos a lo que viene, centrados en el otro, dejar mis problemas en la puerta de la cárcel.

Cuando atravieso la puerta de la cárcel mi deseo es  Dios, poner la misión en sus manos y dejarle que sea El quien actúe, escuche, hable a través de mi vida. ¡¡Y como dicen aquí, ‘ça marche’!!Y comenzamos (el Señor y yo misma) a acoger, a escuchar historias de vidas desgarradas, insoportables, cuerpos dañados por la violencia, la calle y las adicciones de todo tipo.

A través de estas relaciones en prisión, movida por la compasión, me  toca y me remite  también a mi propia condición humana débil y de pecado. Es compartiendo, como una hermana, esta humanidad que puedo acoger plenamente a Cristo, nuestro Salvador. Considerar a estas mujeres, a estos hombres, a estas madres, a estos padres, como hermanos en Cristo, es acoger con ellos nuestra dignidad de hijos de Dios.

Acompañar a las personas en prisión es ser testigo de caminos profundamente dolorosos, pero también de la fuerza de vida que todos llevamos dentro, y esto nos devuelve al origen de los orígenes: La vida es un don de Dios. . “Estuve en la cárcel y me visitasteis… Lo que hicisteis con los más pequeños de los míos, conmigo lo hicisteis”, Mateo 25.

Es una realidad de fe, que me anima, pero también una realidad tangible en las relaciones que establezco dentro de la prisión: Jesús está allí, escondido, pobre y pidiendo reconocimiento. Una pequeña contribución al gran plan de Dios “El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz” (Is 9), mi “misión” es sacar esa luz de vida que llevamos dentro.

Es increíble como un pequeño gesto ofrecido, como un “hola”, una atención, una lectura compartida, una mirada a las fotos en las paredes de la celda u otras, pueden revivir la vida escondida bajo múltiples humillaciones, embellecer e iluminar un rostro oscurecido.

Intento aportar mi pequeña contribución al gran proyecto de Dios que es la salvación de todos. Suena pretencioso, pero es creer y testificar que no hay culpa que Dios no pueda perdonar, ni condición humana a la que no pueda unirse. Sí, intento acoger el sufrimiento de estas personas en prisión, sus angustias, acojo lo mejor que puedo sus humillaciones y sus expectativas, también con sus alegrías, que también las hay – y – lo sepan o no – comparto, en la Iglesia y en la comunidad, mi amor a Cristo, mi alegría, mi oración y mi esperanza por ellos. “La pobre llora, el Señor lo escucha” (Sal 33), esta es la respuesta misma al grito de Cristo en la cruz.

Se podría pensar que la esperanza en la cárcel se limita a recibir la mayor remisión posible con vistas a recuperar la libertad más rápidamente. Por supuesto, eso es en parte cierto. Pero no es la única esperanza que les ayuda a vivir, la verdadera esperanza es el Perdón: perdón a dar y a recibir. Perdón a los padres que estuvieron ausentes durante la infancia, o a su pareja que causó sufrimiento, o a los amigos que traicionaron… Perdón para pedir y recibir de aquellos que han sido ofendidos, heridos, a veces asesinados. ¿Y Dios lo perdona? Ahí entra en juego el Espíritu, que creo está muy presente en la fe naciente de los presos, creen firmemente que el Espíritu de Dios puede acompañarlos en su lucha: “Quiero poder ser más fuerte que el mal, vencedor del mal, de mis malas inclinaciones, de mis adicciones.’ (Edith)

‘soy un monstruo, y usted viene a visitarme por qué?’ (Rudy), mi respuesta, Rudy lo que ha hecho es grave, pero Dios le ama, Dios sufre con usted, con las víctimas, Dios le ama’. Por muy monstruos que nos parezcan, la gracia de Dios está ahí y ellos y ellas se dejan tocar, transformar, desde su pobreza, desde sus vidas detrás de esas terribles rejas.

Georges me decía: ‘gracias por venir a verme, es la primera vez que alguien me escucha sin juzgarme. Al principio de entrar aquí estaba muy en cólera, me veía como un deshecho de la sociedad, menos que nada. Gracias a mi participación a los encuentros de la capellanía, del grupo de oración, a la misa, a vuestra capacidad de escucha sin juzgar, a vuestra comprensión…  he descubierto que Dios condena los actos, pero no a la persona, por primera vez en mi vida soy capaz de mirarme con ternura, como una persona.

Usted me ha ayudado a descubrir el amor de Dios sobre mí, yo que me veía como una basura, he podido gustar por primera vez de mi vida la misericordia de Dios.’  

Poco a poco he descubierto que, porque Dios me ama, yo también tengo que amarme. Este camino espiritual me ha permitido amarme un poco más, ser un poco más libre en mi corazón.

Me está ayudando aceptar   mi terrible pasado, a poder ‘nombrar’ mis sufrimientos y ahora los veo, no como algo que me pudre en lo más íntimo de mí, si no como una tabla de salvación para mi vida. Tengo la impresión de estar en paz conmigo mismo, con Dios e incluso con ‘mi victima’.

La primera vez en mi vida que siento esta paz, esta paz que viene de Dios y que ni las rejas, ni nada puede quitarme, porque siento que Dios me ha perdonado y gracias a Él he encontrado un poco de estima hacia mí.

Lo importante es aceptar ese perdón, me ha costado mucho tiempo para poder aceptarle, pero yo sé Señor, que Tú me has cogido de la mano, y contigo iré hasta el final del camino’

Mi misión, acercarme a tanto sufrimiento así, con las manos vacías para recoger y ofrecer al Dios de amor, de misericordia, ofrecerle también mi pobreza.  No tengo nada que dar, ni solución, mi presencia no alivia el dolor, sólo tengo mi escucha para ofrecer y mi deseo de que, en tanto dolor, Dios se haga presente y sobre todo que ellos, ellas puedan acoger este amor. Aceptar la palabra del otro sin juzgar. No se trata de tomarlo todo al pie de la letra, ni de sospecharlo todo, sino solo de acoger una historia para entablar una relación, dejando la puerta abierta a otras palabras que completarán o esclarecerán las de hoy.

El amor de Dios, una puerta abierta al futuro. Intento encontrar y acompañar a los presos que lo soliciten, para decirles que Dios no los abandona a pesar de los actos reprobables que hayan podido cometer. Una persona encarcelada no puede ser reducida a sus acciones. Jesús condena las acciones, nunca las personas.

“El hombre es creado a imagen de Dios. Así que la persona que está frente a mí tiene también ha sido creado a la imagen de Dios. Ayudarle a descubrir esa divinidad en ella, esa imagen de Dios, camino difícil pero no imposible. Lleva tiempo, por eso mi oración antes de cruzar esos terribles barrotes ¡Señor, ahora eres tú el que tiene que actuar. Somos instrumentos de la bondad de Dios al servicio de la angustia humana en espera de salvación.

En la prisión, la Palabra de Dios tiene un hecho muy particular. ¡Leer con las mujeres detenidas el Evangelio de la adúltera, la samaritana o la historia del hijo pródigo no es banal! Jesús viene a decirnos y viene a decirles: “¡Tú vales más de lo que has cometido! Eres más grande que tus actos “.

Un día, en el grupo de ‘Reflexión de la Palabra’, quise compartir en torno al Evangelio del día que eran las Bienaventuranzas… La reunión fue difícil de preparar. Cómo venir y decir a esos hombres: “Dichosos los pobres, felices los que lloran…” Así que simplemente, leímos el texto y después de unos minutos de silencio, un hombre, nos dijo que él siempre había vivido alejado de la Iglesia y por lo tanto era la primera vez que escuchaba ese texto, pero que le había emocionado mucho porque ese texto le hablaba mucho ‘tengo la impresión de que habla de mi vida’.

Finalmente, a través de situaciones muy dolorosas, el corazón del hombre se abre a la Palabra y a la presencia de Dios. No un Dios, todopoderoso de amor, que venga a perdonar todo como “pasando la esponja”. Sino en un Dios que cree en el hombre y le quiere ‘debout’, en camino. Es creer que todo hombre es capaz de levantarse y ponerse de pie.

El Papa Francisco decía a los presos de Milán (2007): ‘Sois el corazón herido de Jesús’. La prisión es un lugar terrible de sufrimiento, lo peor convive con lo mejor de la persona, donde la presencia de Jesús se hace también muy fuerte

Después de haberles escuchado, rezado juntos… y al momento de irme, cuando les digo: ‘Voy a rezar por usted’, yo me doy cuenta que ahí también el Señor hace su obra.

Para un preso, saber que alguien ora por el (ella), que alguien se interesa por su persona, le hace tomar conciencia de su existencia, y sobre todo que él existe para alguien. ¡¡¡Sí, el Señor trabaja!!! Y esto me ayuda, puedo decir que Él me da constantemente su gracia y su fuerza; todo me es dado.

Me decía una prisionera (Annette): Tu nos hablas de Dios misericordioso, quiero conocerle’.  Y Annette pidió el Bautismo (después de 2 años de preparación recibió el Bautismo el mes de agosto, rodeada de sus compañeras de la prisión.

El Señor sabe utilizar los caminos adecuados para conducirnos a Él. No hay camino perfecto. El se adapta “Je suis foutu! ¡estoy perdido! que va a decirme Dios, allá arriba cuando me vea llegar? “ (Nikell)

Hacerles comprender que la misericordia del Señor es para todos puede ayudarlos a levantarse… La persona que se encuentra perdonada por Dios puede comprender que todo es todavía posible. La Palabra se encarna en el corazón de esos hombres, de esas mujeres: esa PALABRA es para todos. Muchas veces he oído, cuando compartimos un texto del Evangelio: ¡‘Pero ese soy yo! ¡Eso es lo que me ha pasado a mí! Cuando compartimos la Palabra descubren como esta Palabra de Dios es, o corresponde a lo que ellos mismos están viviendo. El Espíritu actúa con mucha fuerza, y esos momentos me dan mucha alegría. La alegría de saber que el Señor está presente, en ellos y en esta misión al servicio de esos pobres en las periferias de nuestras existencias.

“Dios está bien presente en la cárcel, no tengo ninguna duda! Cristo viene a su encuentro y este a veces  pasa por una mirada y una mano tendida.

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