I Domingo de Cuaresma

Del Evangelio de Marcos 1, 12-15

– Se ha cumplido el plazo. Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia.

El Espíritu empujó a Jesús al desierto.

Y estaba en el desierto cuarenta días, siendo tentado por el Adversario; y estaba entre fieras pero los ángeles le asistían.

Después que Juan fue arrestado, Jesús fue a Galilea, predicadndo el Evangelio de Dios con estas palabras:

– Se ha cumplido el tiempo y ha llegado el Reino de Dios! Arrepentíos y creed al Evangelio.

Lectura orante del Evangelio en clave teresiana

“Este Padre… me dijo que rezase el himno de Veni, Creator, porque me diese luz de cuál era lo mejor” (Vida 24,5).  

El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Nuestros ojos están fijos en Jesús. El Espíritu nos empuja a ir con Él. La conciencia de sabernos amados –“el Espíritu Santo te ama” (R 13)-, es la música que suena en nuestra interioridad y nos alienta a caminar. El Espíritu sabe lo que nos hace falta y nos da ánimo, “libertad y fuerza para ponerlo por obra” (V 24,7). Es Él quien nos mete en experiencias de silencio y soledad, nos hace ver de cerca el dolor de los que más sufren. La oración es la estrategia para dejarnos guiar por el Espíritu. Nosotros preferiríamos vivir en la superficie de todo, pero Él habla al corazón, se insinúa con profundo respeto en la hondura –“muy en el espíritu se me dijeron estas palabras” (V 24,5), orienta a la verdad completa, “causa la novedad” (V 24,5)“es poderoso y Señor verdadero de todo” (V 24,8). Lo invocamos para dejarnos llevar al aire de su vuelo. Ven, Espíritu Santo. Ven.  

Se quedó en el desierto, cuarenta días, dejándose tentar por Satanás. El Espíritu nunca nos deja solos, en medio de las pruebas siempre nos acompaña. La mejor forma de hablar del Espíritu es invocarlo. El Espíritu, fuente de gracia y santidad, es el regalo del Padre: “Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen” (R 25,2). Cuando la mentira, fácil y halagadora, ronda nuestra vida queriéndola malgastar, cuando quiere secar las fuentes de la alegría y adormecer los sueños más hermosos, el Espíritu está en nosotros como fortaleza, abre nuestro corazón a la verdad de Dios. “Sea Dios bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo” (V 24,8).

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Viendo cómo Jesús sale a los caminos de Galilea, con qué alegría y libertad, con qué fortaleza, sin miedo al mal, descubrimos, asombrados, la obra del Espíritu. “Estándole alabando” (V 38,9), descubrimos que “por la bondad de Dios, no deja de estar con nosotros” (V 38,9). ¡Qué importante es “entender está con nosotros el Espíritu Santo”! (V 38,9). Cuando todo parecía terminar estrena novedad, alumbra primaveras cuando el invierno creía tener la única palabra, adelanta el reino. ¡Qué alegría! “Se sosiega el espíritu con tan gran huésped, quita los miedos” (V 38,10).    

Decía: ‘Está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio’. La vida, atenazada, comienza a danzar al son de la gracia que el Espíritu nos regala. “Entonces comienza a tener vida este gusano, cuando con el calor del Espíritu Santo se comienza a aprovechar” (5M 2,3). El Espíritu Santo que “mora en el alma que lo ama” (7M 1,6), nos deja “con grandísimo aprovechamiento en más subido amor de Dios y las virtudes muy más fortalecidas” (V 38,11). “Que el Espíritu Santo enamore vuestra voluntad y os la ate tan grandísimo amor” (C 27,7).

Equipo CIPE

EMPUJADOS AL DESIERTO

Marcos presenta la escena de Jesús en el desierto como un resumen de su vida. Señalo algunas claves. Según el evangelista, «el Espíritu empuja a Jesús al desierto». No es una iniciativa suya. Es el Espíritu de Dios el que lo desplaza hasta colocarlo en el desierto: la vida de Jesús no va a ser un camino de éxito fácil; más bien le esperan pruebas, inseguridad y amenazas.

Pero el «desierto» es, al mismo tiempo, el mejor lugar para escuchar, en silencio y soledad, la voz de Dios. El lugar al que hay que volver en tiempos de crisis para abrirle caminos al Señor en el corazón del pueblo. Así se pensaba en la época de Jesús.

En el desierto, Jesús «es tentado por Satanás». Nada se dice del contenido de las tentaciones. Solo que provienen de «Satanás», el Adversario que busca la ruina del ser humano destruyendo el plan de Dios. Ya no volverá a aparecer en todo el evangelio de Marcos. Jesús lo ve actuando en todos aquellos que lo quieren desviar de su misión, incluido Pedro.

El breve relato termina con dos imágenes en fuerte contraste: Jesús «vive entre fieras», pero «los ángeles le sirven»Las «fieras»los seres más violentos de la creación, evocan los peligros que amenazarán siempre a Jesús y su proyecto. Los «ángeles», los seres más buenos de la creación, evocan la cercanía de Dios que bendice, cuida y defiende a Jesús y su misión.

El cristianismo está viviendo momentos difíciles. Siguiendo los estudios sociológicos, nosotros hablamos de crisis, secularización, rechazo por parte del mundo moderno… Pero tal vez, desde una lectura de fe, hemos de decir algo más: ¿No será Dios quien nos está empujando a este «desierto»? ¿No necesitábamos algo de esto para liberarnos de tanta vanagloria, poder mundano, vanidad y falsos éxitos acumulados inconscientemente durante tantos siglos? Nunca habríamos elegido nosotros estos caminos.

Esta experiencia de desierto, que irá creciendo en los próximos años, es un tiempo inesperado de gracia y purificación que hemos de agradecer a Dios. Él seguirá cuidando su proyecto. Solo se nos pide rechazar con lucidez las tentaciones que nos pueden desviar una vez más de la conversión a Jesucristo.

José Antonio Pagola

SIN LUCHA NO PUEDE HABER VICTORIA

«Perdona a tu pueblo Señor; no estés eternamente enojado, perdónalo Señor». ¿Lo recordáis? Esta idea de Dios está en las antípodas del evangelio. Durante siglos, hemos puesto en el perdón de Dios la meta de nuestras relaciones con Él. Jesús nos dice que el perdón es el punto de partida. Nuestro concepto de pecado se basa en el mito de la ruptura. A partir de ahí, la religiosidad consistirá en una recuperación de lo perdido. Hoy tenemos datos para intentar otras explicaciones. Somos fruto de la evolución y seguimos avanzando.

Esto no quiere decir que no falle. El pecado es una de las experiencias más dolorosas y humillantes del ser humano. Lo que tenemos que superar es una explicación demasiado primitiva de fallo y descubrir un modo de afrontarlo que pueda ser útil para superarlo eficazmente. El mal no tiene nada de misterio. Es consecuencia inevitable de nuestra condición de criaturas limitadas. Una inercia de tres mil ochocientos millones de años de evolución, que nos empuja hacia el individualismo, no puede ser contrarrestada por medio millón de años de trayectoria humana, durante la cual la mayoría se limitan a vegetar.

El primer objetivo de todo ser vivo, fue mantener esa vida contra todas las agresiones externas e internas. Esta experiencia se va almacenando en el ADN. Gracias a él, la vida no solo se conservó sino que fue alcanzando cotas más altas de perfección,  hasta llegar al «homo sapiens». Su relativa perfección permite al hombre unas relaciones con lo que no es él completamente distintas; ahora fundadas en la armonía con todo ser. Pero permanece el instinto de conservación que le lleva al individualismo egoísta. La lucha está servida. La visión miope tiene que ser superado por un apropiado conocimiento de sus posibilidades.

Fijaros bien que los tres temas clásicos de la cuaresma son: Oración, ayuno, limosna. En ellos quedan resumidas todas las posibles relaciones humanas: con Dios, con uno mismo, con los demás. La calidad humana del hombre depende de la calidad de sus relaciones. Si no sobrepasan lo puramente instintivo, esas relaciones estarán basadas en un individualismo feroz, buscando el provecho biológico inmediato. Si esas relaciones están basadas en el conocimiento de tu auténtico ser, te llevarán a la armonía con todos los seres.

En los tres ciclos litúrgicos, se lee, el primer domingo de cuaresma, el relato de las tentaciones. Este año leemos a Mc. Es tan breve, que han tenido que añadir unos versículos de relleno. Sin embargo, la concisión no vacía de contenido la narración, sino todo lo contrario. Es impresionante la riqueza del mensaje encerrado en apenas dos líneas.

El hecho de que Mc sea tan breve, siendo el primero que escribió, nos está diciendo que en Mt y Lc, se trata de una elaboración progresiva, y no de un olvido de los detalles por parte de Mc. También pudiera ser que Mt y Lc encontraran ya el relato ampliado en la fuente Q, anterior a Mc. En todo caso, esas diferencias nos estarían demostrando el carácter simbólico del relato, más allá de las limitaciones de tiempo y lugar. Mc está planteando en tres líneas toda la trayectoria human de Jesús.

El objetivo del relato es muy distinto en Mt y Lc, y en Mc. Este último no pretende ponernos en guardia sobre las clases de tentaciones que podemos experimentar. En Mc no hay tres tentaciones, porque plantea toda su vida como una constante lucha contra el mal. La clase de tentaciones que sufre y el resultado de la lucha será el tema de todo el evangelio, por eso no tiene sentido adelantar acontecimientos. En el evangelio de Mc, no vuelve a aparecer Satanás. Su lugar lo van a ocupar instituciones y personas de carne y hueso, que a través de toda la obra intentarán apartar a Jesús de su misión liberadora.

Inmediatamente. Comienza la lectura de hoy con la anodina frase de siempre «en aquel tiempo». Es interesante saber que en el versículo anterior nos habló de la bajada del Espíritu sobre Jesús en el bautismo. Es muy significativo que el Espíritu se ponga a trabajar, de inmediato. Toda la actuación de Jesús se realiza bajo la fuerza del Espíritu. Este Espíritu, no es todavía el «Espíritu Santo» según la idea que nosotros tenemos; se trata de la fuerza de Dios que le capacita para actuar.

El Espíritu le empujó. El verbo griego empleado es «ekballo» = Empujar, echar fuera. No se trata de una amable invitación, sino de una acción que supone una cierta violencia. El Espíritu no abandona a Jesús, pero le arrastra a otro lugar: el desierto. Al recibir el Espíritu en el bautismo, Jesús no queda inmunizado y apartado de la lucha contra el maligno. Como todo hijo de vecino (hijo de hombre), Jesús tiene que debatirse en la vida para alcanzar su plenitud. Precisamente por haber alcanzado la meta como ser humano, está capacitado para marcarnos el camino a nosotros.

Al desierto. No hace falta resaltar la importancia que tiene la figura del desierto en la espiritualidad del AT. El desierto es el lugar teológico de la lucha, de la prueba; y, superada la prueba, del encuentro con Dios. Es imposible el recordar todo el simbolismo del desierto para el pueblo judío. La clave de su historia religiosa se encuentra en el desierto. Jesús sufre las mismas tentaciones que Israel, pero las supera. No se trata del desierto físico, sino del símbolo de la lucha. Es muy significativo que todos los evangelios nos hagan ver cómo Jesús encontrará a Satanás en su mismo pueblo.

Se quedó en el desierto cuarenta días. El número cuarenta es otra clave simbólica para entender el relato: 40 días duró el diluvio, 40 años pasó el pueblo judío en el desierto. 40 días estuvo Moisés en el Sinaí. 40 días fueron necesarios para que se conviertan los ninivitas. 40 días camina Elías por el desierto. No se trata de señalar un tiempo cronológico, sino de evocar una serie de acontecimientos salvíficos en la historia del pueblo judío, que quedarán superados por la experiencia de Jesús.

Tentado por Satanás. «Peireo» indica más bien una prueba que hay que superar. No puede haber aprobado si no hay examen. ‘Satán’ significa el que acusa en el juicio, exactamente lo contrario que ‘paráclito’, el que defiende en un juicio. En Mt y Lc, las tentaciones tienen lugar al final de los cuarenta días de ayuno. En Mc no aparece el ayuno por ninguna parte, y la tentación abarca todo el tiempo que duró el retiro en el desierto. Mc no nos habla de penitencia, sino de lucha. En Mc todo sucede a la vez y durante los cuarenta días: tentación, presencia de las fieras y servicio de los ángeles.

Estaba entre las fieras. La traducción oficial de «alimañas», condiciona la interpretación. El texto griego y el latino dice: animales salvajes concretos, conocidos por todos. Puede entenderse como que Jesús está en la vida en medio de todas las fuerzas que condicionan al hombre, unas buenas (Espíritu, ángeles), otras malas (Satanás, fieras) Pero también podría aludir a los tiempos idílicos del paraíso, donde la armonía entre seres humanos y la naturaleza entera, era total. Recordemos que el tiempo mesiánico se había anunciado como una etapa de armonía entre hombres, naturaleza y fieras.

Y los ángeles le servían. Es difícil saber qué quería decir la palabra ángel, tenemos además, el problema de verbo «servir». El verbo que emplea es «diakoneô» que significa servir, pero con un matiz de afecto personal en el servicio. En el NT «diaconía» es un término técnico que expresa la actitud vital de servicio, de los seguidores de Jesús. Su primer significado era, «servir a la mesa». Pero aquí este significado iría en contra de todo el sentido del relato, porque indicaría que en vez de ayunar era alimentado por los ángeles. Podría significar las fuerzas del bien, o expresar que Dios estaba de su parte.

 Fray Marcos

Documentación:  Liturgia de la Palabra

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