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II Domingo de Adviento (Ciclo B)

Del Evangelio de San Mc 1, 1-8

¡PREPARAOS!

Comienzo del evangelio de Jesús, Cristo, Hijo de Dios.

Está escrito en el profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino.

Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos.

Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:

 – Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.

Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.

Lectura orante del Evangelio en clave teresiana

“¡Qué de caminos, por qué de maneras, por qué de modos nos mostráis el amor!” (Cp 3,14)

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. El Espíritu, con aires de fiesta, nos pone delante el Evangelio de Jesucristo, nos da a conocer el deseo que Dios tiene de comunicarse y tener amistad con nosotros. Poder tener con Cristo “conversación tan continua” (V 37,5) “es una dignidad tan grande que me regalo extrañamente en pensar en ella” (V 11,1). Teresa de Jesús nos invita a quitar de nosotros “el miedo de comenzar tan gran bien” (C 20,3), nos alienta a entrar con ánimo animoso en este tiempo de esperanza, porque “quien comienza a andar con determinación tiene andado gran parte del camino (V 11,13). No hay tiempo que perder, no hay tarea más urgente. “Ahora comenzamos y procuren ir comenzando siempre de bien en mejor” (F 29,32).

Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos. Teresa de Jesús, la mujer andariega de tantos caminos, nos alerta: “No me parece es otra cosa perder el camino sino dejar la oración. ¡Dios nos libre, por quien Él es! (V 19,12). Nos señala un amigo para recorrer, con él, el camino: “Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo (san José) por maestro y no errará en el camino” (V 6,8). Nos da consignas: “Con libertad se ha de andar este camino, puestos en las manos de Dios” (V 22,12); “la pobreza es el camino, el mismo por donde vino nuestro Emperador al suelo” (P 10), y nada de temores: “No puedo entender qué es lo que temen de ponerse en el camino de la perfección” (V 35,14). Lo resume todo, invitándonos a “poner los ojos en el verdadero camino (Jesús)” (C 16,11), “si no mirásemos otra cosa sino al camino, presto llegaríamos” (C 16,11). “El que os ama de verdad, Bien mío, seguro va por ancho camino y real; lejos está el despeñadero” (V 35,14).

Detrás de mí viene el que puede más que yo. Teresa de Jesús comparte con nosotros su alegría de caminar con Jesús, el que tiene poder “para que la gran mar se retire y el gran Jordán, y dejen pasar a los hijos de Israel” (6M 6,4). Repite muchas veces la expresión “cabe sí”, “cabe mí” para indicar que Jesús es la mejor compañía del orante. “En veros cabe mí, he visto todos los bienes” (V 22,6). “Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe sí” (V 22,7). “Si os acostumbráis a traerle cabe vos y Él ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis, como dicen, echar de vos” (C 26,1). Su pista de luz para el Adviento: “Juntaos cabe este buen Maestro muy determinados a deprender lo que os enseña” (C 26,10). 

Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo. No basta con renunciar al pasado, hay que abrir la puerta al Espíritu, como hace la Virgen María en el misterio de su Concepción Inmaculada. Con “el calor del Espíritu Santo” (5M 2,3)  recibimos y damos vida. “Me dijo el Señor: ‘Mi Padre se deleita contigo y el Espíritu Santo te ama” (R 13,1). Jesús, el Espíritu, María, son los grandes regalos que nos hace el Padre para mostrarnos su amor y despertar el nuestro. “Me dijo el Padre mostrándome lo que quería: ‘Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen, ¿Qué me puedes tú dar a mí? “ (R 25,2).

                                   Equipo CIPE

CONFESAR NUESTROS PECADOS

«Comienza la Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios». Este es el inicio solemne y gozoso del evangelio de Marcos. Pero, a continuación, de manera abrupta y sin advertencia alguna, comienza a hablar de la urgente conversión que necesita vivir todo el pueblo para acoger a su Mesías y Señor.

En el desierto aparece un profeta diferente. Viene a «preparar el camino del Señor». Este es su gran servicio a Jesús. Su llamada no se dirige solo a la conciencia individual de cada uno. Lo que busca Juan va más allá de la conversión moral de cada persona. Se trata de «preparar el camino del Señor», un camino concreto y bien definido, el camino que va a seguir Jesús defraudando las expectativas convencionales de muchos.

La reacción del pueblo es conmovedora. Según el evangelista, dejan Judea y Jerusalén y marchan al «desierto» para escuchar la voz que los llama. El desierto les recuerda su antigua fidelidad a Dios, su amigo y aliado, pero, sobre todo, es el mejor lugar para escuchar la llamada a la conversión.

Allí el pueblo toma conciencia de la situación en que viven; experimentan la necesidad de cambiar; reconocen sus pecados sin echarse las culpas unos a otros; sienten necesidad de salvación. Según Marcos, «confesaban sus pecados» y Juan «los bautizaba».

La conversión que necesita nuestro modo de vivir el cristianismo no se puede improvisar. Requiere un tiempo largo de recogimiento y trabajo interior. Pasarán años hasta que hagamos más verdad en la Iglesia y reconozcamos la conversión que necesitamos para acoger más fielmente a Jesucristo en el centro de nuestro cristianismo.

Esta puede ser hoy nuestra tentación. No ir al «desierto». Eludir la necesidad de conversión. No escuchar ninguna voz que nos invite a cambiar. Distraernos con cualquier cosa, para olvidar nuestros miedos y disimular nuestra falta de coraje para acoger la verdad de Jesucristo.

La imagen del pueblo judío «confesando sus pecados» es admirable. ¿No necesitamos los cristianos de hoy hacer un examen de conciencia colectivo, a todos los niveles, para reconocer nuestros errores y pecados? Sin este reconocimiento, ¿es posible «preparar el camino del Señor»?

José Antonio Pagola

SIEMPRE HAY PROFETAS QUE VEN ANTES EL CAMINO

El evangelio del domingo pasado nos hablaba de estar despierto. Hoy hablan los que han estado en esa actitud de centinelas: los profetas. El profeta es la figura clave de este tiempo de adviento. No se trata de un adivinador del porvenir. Tampoco se trata de un ser humano separado y elegido por Dios, que le va indicando lo que tiene que decir a los demás. Profeta es todo aquel que está despierto. La principal característica de los profetas es precisamente su inserción en el pueblo y su preocupación por la suerte de los más humildes. Por eso su principal objetivo ha sido siempre denunciar la injusticia.

Verdadero profeta sería el que ha llegado a una experiencia de su verdadero ser y, fiel a ella, ayuda a los demás a descubrir el camino de lo humano. Falso sería el que conduce al hombre a mayor egoísmo. El problema está en que lo «humano» solo se puede valorar desde lo humano. Por eso no hay manera de distinguir lo falso de lo verdadero mientras no se tenga una mínima experiencia de humanidad.

No debemos extrañarnos de encontrar tantos y tan expresivos textos para este tiempo litúrgico. Lo que el segundo Isaías anuncia es un evangelio (buena noticia). El destierro había acabado con toda una teología triunfalista que invitaba a dormirse en los laureles de sentirse elegidos, sin aceptar ninguna responsabilidad para con Dios ni para con los demás. Las denuncias de todos los profetas advertían de que no se puede confiar en Dios mientras se practica toda clase de atropellos e injusticias.

Leemos hoy el comienzo del evangelio de Marcos. La primera palabra de este evangelio es «arje», que en griego designan el comienzo de un texto, pero  también algo mucho más profundo. El evangelio de Juan comienza también con esta palabra y lo traducimos: «en el principio» = origen. «Arje» significa origen y fundamento; es decir, aquello que ha sido la causa de que otra cosa surja. La Vulgata lo ha traducido por «Initium» que también significa «origen». El texto no se debería traducir: «comienzo del evangelio…», sino: «Éste es el origen de la alegre noticia de Jesús el Ungido, el Hijo de Dios.

Tampoco «euanggelion» debemos traducirlo por evangelio que es un concepto muy elaborado. «euanggelion» aquí hay que traducirlo por buena noticia. El comienzo del evangelio de Marcos quiere decir que todo lo que atañe a Jesús, es una buena noticia.

Lo mismo tenemos que decir de «Jesous» y  «Christos»  que en griego están separados y significan simplemente, Jesús el ungido. Con el tiempo los cristianos unieron el nombre con el adjetivo y confesaron al Jesucristo que ha llegado hasta nuestros días. El texto con que comienza este evangelio es un resumen de todo lo que en él se va a proponer.

Este evangelio, a pesar de ser el primero que se escribió, no sabe nada de la infancia de Jesús. Esto es muy interesante a la hora de interpretar los textos de Lucas y Mateo, que vamos a leer en todo el tiempo de Navidad. Estos relatos se fueron elaborando a través de los primeros años de cristianismo y no tienen nada que ver con la historia. Son relatos míticos y leyendas casi todas anteriores al cristianismo que se han cristianizado para darnos un mensaje teológico, no para informarnos de lo que pasó.

Marcos pasa directamente a hablarnos de Juan Bautista como último representante del profetismo. El Bautista es uno de los personajes claves en el tiempo de Adviento, porque se trata del último de los profetas del AT. Debemos recordar que hacía casi trescientos años que no se había conocido un verdadero profeta. Todos los evangelistas lo consideran el heraldo de Jesús, lo anuncia, lo propone al pueblo y es protagonista de su nacimiento en el Espíritu (bautismo). Aquí empieza Jesús a manifestar lo que es.

No podemos asegurar que este relato responda a una situación histórica. Es muy poco lo que sabemos sobre la relación de Jesús con Juan. De todos modos, es cierto que el primer dato histórico sobre Jesús, que encontramos en fuentes extrabíblicas es su bautismo por parte de Juan. No es descabellado suponer que Jesús, un buscador incansable, le llamara la atención un personaje como Juan que ya era famoso cuando él empezó a sacar los pies del tiesto. A Juan, como a Jesús no le gustaba el cariz que había tomado la religión judía. Seguramente se sintió atraído por su predicación y su autenticidad.

Los primeros cristianos dieron al Bautista un papel relevante en la aparición del cristianismo; seguramente mayor del que hoy le reconocemos. La prueba está en que, en un momento determinado, vieron la necesidad de marcar distancias entre Jesús y Juan para dejar claro quién era el más importante. Seguramente esa relevancia se deba más a la necesidad de justificar una figura tan desconcertante como la de Jesús, conectándole con el profetismo del AT, que a una real influencia de Juan en la doctrina de Jesús.

Preparadle el camino al Señor. Este grito es el mejor resumen del espíritu de Adviento. Pero fijaros que fuerza el sentido del texto, que habla de prepararle un camino a Yahvé, mientras Marcos habla de preparar un camino a Jesús. El texto está insinuando que si Dios no llega a nosotros es porque se lo impedimos con nuestra actitud vital, que orienta su preocupación en otras direcciones. Él viene, pero nosotros nos vamos.

Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo. Esta es la clave del relato y marca la diferencia abismal que existía, para aquellos cristianos, entre Jesús y el Bautista. Las primeras comunidades tenían muy clara la originalidad de Jesús con relación a cualquier otro personaje del pasado.

Toda la relación con Dios, hasta la fecha, era consideraba como externa al hombre y en relación desigual. Dios era el soberano y el ser humano el súbdito. Jesús manifiesta una relación con Dios muy distinta. Él está empapado del Espíritu y nos sumerge (bautiza) a todos en ese mismo Espíritu.

Los textos de este domingo nos hablan de utopía.

· Isaías dice: Aquí está vuestro Dios.

· Pedro: Nosotros esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia.

· El salmo: La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan.

· Marcos: Él bautizará con Espíritu Santo.

En un mundo tan poco propicio al optimismo, encontrarnos con esta oferta, puede ser impactante. Pero tampoco tenemos que caer en el triunfalismo. Derrotismo y triunfalismo son estrategias extremas que utiliza el yo para fortalecerse e impedir al hombre tomar conciencia de lo que el ser humano es y puede alcanzar.

Hoy la necesidad de estar alerta es más apremiante que nunca, porque jamás se han ofrecido al ser humano más caminos falsos de salvación. Las posibilidades de satisfacer nuestra necesidad de placer sensible son mayores que nunca. Hay toda una gama de productos disponibles en el mercado, desde las drogas hasta los gurus a medida. Por eso necesitamos más que nunca de la figura del profeta. Personas que por su experien­cia personal puedan arrojar alguna luz en esa maraña de senderos que se entrecruzan y que la inmensa mayoría son sendas perdidas que no llevan a ninguna parte.

Podemos volcarnos sobre lo sensible, buscando el placer inmediato. O descubrir las posibilidades de plenitud que todos tenemos. Lo que nos rodea nos empuja en dirección al hedonismo. El no tomar una decisión, es ya tomar partido por lo que nos pide el cuerpo. No despertar, es seguir dormidos. Decidirse por lo más difícil solo es posible después de una toma de conciencia, que tiene que ir más allá de los sentidos y de la razón. Es una iluminación que me empuja por un camino nuevo y fascinante, que ni siquiera sé a dónde me va a llevar, pero estoy convencido de que me hará más humano.

Fray Marcos

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Meditación

Documentación:  Oración de CONFER para el II Domingo de Adviento en el año de la Vida Consagrada

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