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II Domingo de Cuaresma

Del santo evangelio de san Marcos 9, 2 – 10

Este es mi hijo, el Amado ¡ESCUCHADLO!

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.  Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:

«Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Estaban asustados, y no sabía lo que decía.

Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:

«Este es mi Hijo amado; escuchadlo.»

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

«No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

Como cada año, la liturgia del segundo domingo de Cuaresma nos acerca al relato de la Transfiguración de Jesús. En esta ocasión de la mano del evangelista Marcos y, por tanto, con sus toques redaccionales y sus claves teológicas. Por eso encontramos la prominencia de la figura escatológica de Elías (nombrado antes que Moisés en Mc 9, 4, a diferencia de Mt 17, 3 y Lc 9, 30) o el hincapié en el secreto mesiánico.

Pero, si hay algo que se repite en cada relato, más allá de la comunidad que subyazca tras su redacción final, es la expresión situada en el centro del texto como núcleo de la narración. Una afirmación puesta en boca de Dios mismo: “Este es mi Hijo amado”, que finaliza con un rotundo imperativo: “¡Escuchadlo!”.

La descripción de los discípulos muestra la complejidad del momento que viven. El evangelio nos dice que Pedro “no sabía que decir” porque todos “estaban asustados” (“aterrorizados” podría ser la traducción del término griego ἔκφοβοι). No hay que olvidar que este acontecimiento tiene lugar, según los evangelios, en pleno camino hacia Jerusalén, después de que Jesús les ha anunciado por primera vez que allí padecerá, será rechazado (por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley) y acabará muriendo. Aún más, les ha asegurado que “si alguno quiere venir detrás de mí”, ha de renunciar a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle (cf. Mc 8,34). Junto a ello también les ha anunciado su resurrección al tercer día, pero los discípulos, tal y como nos recuerda el final del evangelio de hoy, aún no están capacitados para entender eso.

Seguramente todos podemos sentirnos identificados con Pedro, Santiago y Juan. No resulta fácil el camino hacia Jerusalén al lado de Jesús. Humanamente huimos de la cruz, del dolor y el sufrimiento. Como a los discípulos, nos cuesta entender a fondo lo que esto significa. A quienes hoy le seguimos nos alienta la experiencia pascual, la certeza de que nuestro camino cuaresmal finaliza en una Pascua alegre y plena. Pero, aunque es esta experiencia la que nos posibilita reconocer que el Resucitado no es otro que el Crucificado y que sin Cruz no hay Vida, a nuestros ojos se les hace difícil distinguirlo, a nuestra mente entenderlo y a nuestros pies ahondar sobre unas huellas que atisbamos profundas por el peso de la cruz…

Es Dios mismo, cuya presencia es simbolizada en esa nube que nos recuerda que Él nunca nos abandona (cf. Ex 13, 21-22), quien nos posibilita reconocer en Jesús, -ese Jesús, el que camina hacia Jerusalén- al Hijo Amado y nos impele a escucharlo (audire), como paso previo y necesario para poder obedecerle (ob-audire). Escucharle es lo que posibilitará que su Palabra nos saque de nuestros “sustos” y nos transforme para vivir como hijas e hijos amados en el Hijo Amado.

Dice Marcos que “esto se les quedó grabado” a los discípulos. Graba, Señor, tu Palabra en nuestros corazones para que también nosotros, permaneciendo junto a ti en el camino, te escuchemos.

Inma Eibe, ccv

Cada vez tenemos menos tiempo para escuchar. No sabemos acercarnos con calma y sin prejuicios al corazón del otro. No acertamos a acoger el mensaje que todo ser humano nos puede comunicar. Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a las personas, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se nos está olvidando el arte de escuchar.

Por eso tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado, en buena parte, que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Sin embargo, solo desde esta escucha nace la verdadera fe cristiana.

Según el evangelista Marcos, cuando en la «montaña de la transfiguración» los discípulos se asustan al sentirse envueltos por las sombras de una nube, solo escuchan estas palabras: «¡Este es mi Hijo amado: escuchadle a él!».

La experiencia de escuchar a Jesús hasta el fondo puede ser dolorosa, pero es apasionante. No es el que nosotros habíamos imaginado desde nuestros esquemas y tópicos. Su misterio se nos escapa. Casi sin darnos cuenta nos va arrancando de seguridades que nos son muy queridas, para atraernos hacia una vida más auténtica.

Nos encontramos, por fin, con alguien que dice la verdad última. Alguien que sabe para qué vivir y por qué morir. Algo nos dice desde dentro que tiene razón. En su vida y en su mensaje hay verdad.

Si perseveramos en una escucha paciente y sincera, nuestra vida empieza a iluminarse con luz nueva. Comenzamos a verlo todo con más claridad. Vamos descubriendo cuál es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta de los grandes errores que podemos cometer los humanos y de las grandes infidelidades de los cristianos.

Hemos de cuidar más en nuestras comunidades cristianas la escucha fiel a Jesús. Escucharle a él nos puede curar de cegueras seculares, nos puede liberar de desalientos y cobardías casi inevitables, puede infundir nuevo vigor a nuestra fe.

José Antonio Pagola

Publicado en www.gruposdejesus.com

Tengo para mí que una persona únicamente puede decir “¡Qué bien se está aquí!” cuando, de manera consciente o inconsciente, se halla en conexión con lo que realmente somos.

En ocasiones, podemos decir que estamos bien, pero quizás queramos decir que no tenemos ningún malestar que nos agobie. Pero, ¿eso es estar bien? ¿Cómo decir que estoy bien cuando basta cualquier contratiempo para sentir que todo se derrumba?

Cuando el estar bien depende de circunstancias ajenas, eso es algo pasajero y, en cierto modo, superficial. Es un estar bien que se halla bajo la amenaza de lo efímero. Y resulta llamativo que, a pesar de ello, lo persigamos con todo nuestro afán. Sin embargo, mientras sea en esa dirección, habremos errado el camino porque buscamos el estar bien en un lugar equivocado, el lugar de las formas.

En ese lugar, estar bien es lo opuesto a estar mal. Y así como lo primero es ansiado con todas nuestras fuerzas, lo segundo es temido como la mayor amenaza. Nuestra mente cree trazar con exactitud la línea divisoria entre lo uno y lo otro. Y siempre que, según mis parámetros mentales, yo mismo o una persona querida “no está bien”, puedo entrar en pánico.

Sin embargo, más allá de ese «estar bien» siempre efímero y bajo amenaza, siempre perseguido y nunca totalmente atrapado, que buscamos aferrar pero se nos escurre entre los dedos, hay otro “estar bien” que no tiene opuesto ni es objeto de amenaza. Y únicamente lo experimentamos cuando vivimos en conexión con lo que somos en profundidad.

Hay un lugar en nosotros siempre disponible y siempre a salvo: es nuestra “casa”. En nuestra existencia habrá oleaje de todo tipo que nos envuelva emocionalmente, pero el fondo de lo que somos es siempre quietud, aun en las circunstancias más oscuras y dolorosas. Y aun en medio del dolor más oscuro, gracias al silencio de la mente, podremos escuchar la voz que clama en nuestro interior: “¡Qué bien se está aquí!”.

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  F Ulibarri – Quiero verte

Documentación:  JM Olaizola – Después del Tabor

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