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Jornada Mundial de la Vida Consagrada 2016

2 de febrero 2016

El próximo martes 2 de febrero, festividad de la Presentación del Señor, se celebrará la Jornada Mundial de la Vida Consagrada con el lema,

La vida consagrada, profecía de la misericordia

Este mismo día se clausurará el Año de la Vida Consagrada que se celebra desde el mes de febrero de 2015.

La vida consagrada, profecía de la misericordia

El día 2 de febrero celebramos litúrgicamente la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo de Jerusalén (cf. Lc 2, 22-40). San Juan Pablo II celebró la primera Jornada Mundial de la Vida Consagrada (1997) y, desde entonces, la Madre Iglesia, cada dos de febrero, pone en el candelero de la gratitud y de la oración a todos aquellos cristianos que han sido llamados a una vida de especial consagración.

Con el seguimiento del Señor, lux mundi, que nuestros hermanos y hermanas de vida consagrada realizan hasta la imitación y progresiva identificación con Cristo, se convierten ellos mismos en luz del mundo, peregrinos de la fe y habitantes de esa ciudad que, puesta en lo alto de un monte, no se puede ocultar (cf. Mt 5, 14-16).

Del 30 de noviembre de 2015 al 2 de febrero de 2016 hemos vivido con gozo y comunión eclesial el fecundo Año de la Vida Consagrada, el cual nos disponemos a clausurar en este mismo día en que celebramos la Jornada Mundial de la Vida Consagrada bajo el lema: La vida consagrada, profecía de la misericordia.

Si hacemos balance de este Año de la Vida Consagrada, bien podemos mirar atrás con profunda gratitud a Dios por todo lo acontecido al respecto, y le rogamos nos conceda la gracia de seguir viviendo el presente con una entrega verdaderamente apasionada por el Reino y de mirar al futuro en la confianza de la Providencia divina, que nunca nos ha de faltar. Le pedimos también que nos conceda la gracia de la radicalidad evangélica siendo profetas de esperanza.

En diversas ocasiones el papa Francisco nos ha recordado que la llamada a la radicalidad evangélica no es solo de los consagrados, sino que es propia de todos los bautizados, pues todos hemos recibido la común llamada a la santidad. Lo propio de los consagrados es un seguimiento de Cristo de modo profético; y «esta es la prioridad que ahora se nos pide: ser profetas como Jesús…

Un religioso nunca debe renunciar a la profecía» . Pero no profetas de desventuras, sino profetas que saben revestirse de Jesucristo y que saben, igualmente, portar las armas de la luz permaneciendo humildes al tiempo que diligentes, despiertos y vigilantes.

¿Qué significa que los consagrados acentúan en su particular seguimiento del Señor la dimensión profética hasta ser profetas del amor de Dios, y que la misma vida consagrada es profecía de la misericordia?

El papa Francisco, en la carta apostólica que dirigió a todos los consagrados el pasado 30 de noviembre de 2015, explica las características esenciales del verdadero profeta en relación con los consagrados: «El profeta recibe de Dios la capacidad de observar la historia en la que vive y de interpretar los acontecimientos: es como un centinela que vigila por la noche y sabe cuándo llega el alba (cf. Is 21, 11-12). Conoce a Dios y conoce a los hombres y mujeres, sus hermanos y hermanas. Es capaz de discernir, y también de denunciar el mal del pecado y las injusticias, porque es libre; no debe rendir cuentas a más amos que a Dios; no tiene otros intereses sino los de Dios. El profeta está generalmente de parte de los pobres y los indefensos, porque sabe que Dios mismo está de su parte».

Y antes, el papa san Juan Pablo II, en la exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata (1996) –de cuya publicación celebramos este año 2016 su vigé- simo aniversario– indicaba luminosamente en qué consiste el profetismo en la vida consagrada: «Los padres sinodales han destacado el carácter profético de la vida consagrada, como una forma de especial participación en la función profética de Cristo, comunicada por el Espíritu Santo a todo el Pueblo de Dios. Es un profetismo inherente a la vida consagrada en cuanto tal […] en el testimonio de la primacía de Dios y de los valores evangélicos de la vida cristiana […], sin anteponer nada al amor personal por Cristo y por los pobres en los que Él vive. […] La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su Palabra en las diversas circunstancias de la historia. El profeta siente arder en su corazón la pasión por la santidad de Dios y, tras haber acogido la palabra en el diálogo de la oración, la proclama con la vida, con los labios y con los hechos, haciéndose portavoz de Dios contra el mal y contra el pecado. El testimonio profético exige la búsqueda apasionada y constante de la voluntad de Dios, la generosa e imprescindible comunión eclesial, el ejercicio del discernimiento espiritual y el amor por la verdad».

Junto con la vocación profética está, de modo inseparable, la vivencia y experiencia de la Misericordia de Dios. Solo puede anunciar la misericordia divina quien la ha experimentado; y entonces la anuncia, la proclama y la ofrece como testigo. Si el testimonio es veraz y viene refrendado por la propia vida, íntegra, coherente y fiel, dicho testigo llega a ser más creíble que los maestros. Precisamente porque es testigo convincente se convierte en maestro de aquello mismo que testifica.

«El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de misión». «Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo; en una palabra: de santidad».

Cierto que tanto los consagrados como los ministros ordenados y todos los fieles laicos llevamos este tesoro de la Misericordia de Dios en vasijas de barro (cf. 2 Cor 4, 7). Por eso necesitamos recibir constantemente la misericordia de Dios para poder ofrecerla y repartirla con la misma magnanimidad como se nos ofrece a diario.

Roguemos al Señor para que en este Año Santo de la Misericordia, especialmente, todos los consagrados y consagradas de nuestra amada Iglesia sean testigos infatigables de ese Amor que el mundo olvida y que, en cambio, tanto necesita. Que sean profetas de misericordia y profecía del amor de Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo, el primer consagrado al Padre, y con el que los consagrados se identifican en su forma de vida y en sus gestos inconfundibles, llenos de caridad, dando de comer al hambriento, de beber al sediento, vistiendo al desnudo sin cerrarse a la propia carne, acogiendo al forastero y asistiendo a los enfermos, visitando a los presos de múltiples cárceles existenciales y dando sepultura a los que mueren y pasan de este mundo al Padre.

Profetas y profecía de ese amor misericordioso y tierno, lleno de compasión que sabe dar consejo a quien lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir a quien se equivoca, consolar al triste, perdonar siempre las ofensas recibidas, soportar con paciencia a las personas molestas, y orantes que no desfallecen en la intercesión ante Dios por los vivos y por los difuntos.

Que las santísima Virgen María, mujer que contempla el Misterio de Dios en el mundo y en la historia, mujer diligente que ayuda con prontitud a los otros, y modelo de cada discípulo-misionero, acompañe siempre a todos nuestros hermanos y hermanas de la vida consagrada y a toda la Iglesia. Y así como la Virgen Inmaculada presentó a su pequeño Jesús en el Templo para la ofrenda al Altísimo, también nosotros, en este día, ponemos la vida consagrada en el altar de Dios y bajo la protección materna de la Virgen, Madre de Misericordia.

✠ VICENTE JIMÉNEZ ZAMORA
Arzobispo de Zaragoza
Presidente de la C.E. para la Vida Consagrada

TESTIMONIO VIDA RELIGIOSA

«El rostro de la misercordia»

Al escribir las primeras palabras de este texto, me vienen las de la petición de Moisés a Yahvé: Déjame ver tu gloria (Éx 33, 18). Y el Señor viene a responderle: Mi rostro no puedes verlo, pero veras la inmensa riqueza de mi bondad y de mi misericordia con la que voy agraciar a este pueblo en camino. Y estas palabras del Padre se han hecho carne en el rostro de misercordia del Hijo, Jesucristo. Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios (MV, n. 2).

Recuerdo un día que, pocas horas después de llegar a un país sudamericano, fui con las hermanas de mi Congregación a visitar un lugar muy pobre para una futura inserción apostólica. Y nos detuvimos en una casita en pleno campo y saludamos a la familia. Había dos pequeños −ninguno de ellos superaban los cuatro años− que, como todos los niños, al ver a alguien desconocido le miran fijamente. Y hubo un cruce de miradas. Y con mi mirada fija en ellos −creo que era la mirada del corazón− oí al niño que sin pestañear me decía: Cógeme, que no voy a mancharte. Estas seis palabras han quedado grabadas en mí. Ese pequeño se sabía pobre y sabía de alguna manera lo que la pobreza lleva muchas veces consigo, entre otras cosas lo que le podía alejar de las personas que son diferentes. Y solicitaba un gesto de amor, solicitaba mi atención, mi cariño. Y lo cogí. La alegría del pequeño era tan grande que también su hermanita quiso experimentarla.

Este hecho nunca lo olvidaré. Fue como si el Padre de Misericordia se acercara a estos pequeños que no pedían mucho, solamente un gesto de amor. Ellos no saben ni sabrán, pienso, lo que esto significó en mi vida. Unos peque- ños me revelaban de una manera nueva, inesperada en ese momento, lo que es el corazón miseriordioso de Dios. Desde entonces mañana y tarde, en el cántico del Benedictus, con Zacarías, y en el cántico del Magnificat con María, canto con toda la Iglesia la entrañable misericordia de nuestro Dios, una miseriordia que llega a todos los hombres de generación en generación (cf. Lc 1, 50.78).

Al leer en la Bula Misericordiae Vultus −con la que se anuncia e inicia el Año de la Misericordia− que Misericordia es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro, vinieron a mi mente y a lo más profundo de mí misma los rostros de esos dos pequeños, sus palabras, sus miradas, su extrema sencillez al hacer esta petición. La misericordia, a la que nos invita el papa Francisco, tomó un rostro: Jesucristo presente en cada corazón. Y me llenó de gozo esas palabras del papa Francisco: «Misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al 8 hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre, no obstante el límite de nuestro pecado» (MV, n. 4).

Sí, la Misericordia la encontramos y la ofrecemos en el camino de la vida. Cuando estos pequeños me miraban, miraban también su propia realidad, mejor, miraban desde ella. Y nada les impidió hacer esa petición que se convirtió en una poderosa acción de Dios en mi vida. Ellos, en su extrema pobreza, me ofrecieron una comprensión nueva de la inmensa misericordia de Dios. Unos para otros podemos ser, más aún, somos misericordia desde nuestra debilidad, desde nuestro corazón pobre.

Estamos llamados a ser cauces de su misericordia. Misión grande la que se nos encomienda, pero misión que es sencillamente dar a los otros lo que nosotros recibimos gratuitamente de Dios.

El papa Francisco ha abierto la Puerta Santa de la Misericordia. Y cada cristiano en su propia diócesis, también ha visto abrir la Puerta de la Misericordia. Abrir una puerta… Antes de abrirla el mismo papa Francisco hablaba de esa puerta que es Dios mismo y de la puerta de nuestro propio interior. Y en su catequesis del domingo precedente a la apertura de la Puerta Santa, decía: «La puerta es generosamente abierta, pero nosotros debemos valerosamente cruzar el umbral. El Señor no fuerza jamás la puerta: El también pide permiso para entrar, como dice el Libro del Apocalipsis: “Yo estoy a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (3, 20). Y en la última gran visión de este libro, se profetiza de la Ciudad de Dios: “Sus puertas no se cerrarán durante el día”, lo que significa para siempre, porque no existirá la noche en ella».

La Puerta de la Misericordia no está fuera de nosotros. Está en nuestro propio corazón. Cada uno estamos llamados a ser puerta abierta para acoger al Padre rico en misericordia. En un diálogo amoroso con este Padre comprenderemos mejor que la historia, nuestra propia historia y la historia de cada hermano nuestro, sea cual sea su color, raza, pueblo o lengua es una historia marcada por el sello de la Misericordia. Él nos acoge y nosotros le acogemos. Le acogemos a Él y abrimos nuestra puerta a nuestros hermanos. Y en ese encuentro, nuestras vidas podrán ofrecer, compartir, dar gozosamente la misericordia que vive en nosotros, la que el Padre nos otorga generosa y gratuitamente.

Dios se hace Misericordia infinita para toda la humanidad, y desde entonces la Misericordia habita en nuestra tierra, en nuestro corazón. La Misericordia la encontraremos y la ofreceremos en los caminos de nuestra vida. Abriendo nuestra particular puerta de la misericordia nos convertimos, o mejor, Dios hace de nosotros, poco a poco, cauces de esa misericordia que recibimos. Damos lo que recibimos. A ello nos compromete este Año de la Misericordia. El mundo necesita esta gracia: el Dios que es Misericordia, el Dios que tiene entrañas de Misericordia, se hace Misericordia para cada ser humano.

Eterna es su misericordia: es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios a su Pueblo Israel. En razón de la Misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con Israel una historia de salvación. También nuestra propia historia está cargada de los gestos salvadores de Dios. También nosotros podemos repetir continuamente eterna es su misericordia, porque en nuestra propia historia hemos experimentado la gracia salvadora de Dios.

Aquellos dos niños pequeños me lo enseñaron: muy lejos de mi tierra, en un momento insospechado, en pura gratuidad, en un camino, me dieron una luz nueva que permanece imborrable. Así es Dios. Estamos siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre.

CRISTINA M. GONZÁLEZ CARRASCO 
Religiosa de la Asunción (Madrid)

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