Jueves Santo

Día del Amor de Caridad, institución de la Eucaristía y del Sacerdocio.

El Jueves Santo es el nombre que damos al día en que recordamos que Jesús celebró la Pascua Judía con sus discípulos.

Con la celebración de la Última Cena Jesús instituye la Eucaristía. En esta cena Jesús lavó los pies a sus discípulos enseñándonos qué tipo de amor tiene que haber entre los que le siguen: AMOR DE CARIDAD, AMOR QUE SIRVE. No vale cualquier tipo de amor. No vale un amor que no mira al otro, que no le mira a los ojos, un amor ciego.

La Iglesia, a través de la liturgia de este día nos invita a profundizar en el misterio de la Pasión de Cristo celebrando la alegría de saber que la muerte del Señor no terminó en fracaso sino en el éxito. Tuvo un por qué y un para qué: fue una «entrega», un «darse»; fue «por algo» o, mejor dicho, «por alguien» y nada menos que por «nosotros y por nuestra salvación» como recitamos en el Credo.

Hoy es una fiesta grande, un día alegre, rezaremos el Gloria que ha sido suprimido durante toda la cuaresma.

Hoy Jesús me pide mi casa para celebrar la Cena de Pascua con sus amigos, y con él viene el regalo más preciado, el don del AMOR TOTAL E INCONDICIONAL que le lleva a dar su vida por mí.

 Mª Victoria (Charo) Alonso CM

MULTITUD DE ÚNICOS

El ambiente se estaba caldeando por momentos. Apareces y desapareces procurando no comprometer y al mismo tiempo dando testimonio una y otra vez de quién eres y quién te envía.

La crispación de los que mandan, los interrogantes del pueblo sobre tu identidad y los que se rinden ante tus palabras y dicen “jamás ha hablado nadie como ese hombre” (1) están acelerando la comprensión de que estaba llegando tu hora.

Reúnes a los tuyos en una cena que parece un final pero que tiene los ingredientes de un principio para quien no pierda detalle: “Se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en una jofaina y se pone a lavarles los pues a los discípulos, secándoselos con la toalla que se hacía ceñido” (2).

Me impresiona el hecho mismo de lavar los pies a otro. Es una posición de abajamiento, de curvatura, de humildad física; tanto del que lava como de quien es lavado. Dura poco, apenas unos instantes, dejando la sensación de que algo se escapa, dejando una amorosa experiencia de exclusividad.

Hay alguien que me cuenta el momento de intimidad de lavar los pies a los discípulos, mucho mejor de lo que yo me atrevo a expresar: “El amor se desenmascaraba, y ya se me escapaba. Estaba allí a mis pies, todo para mí. No pude retenerlo. Pasa en los pies del vecino y en los de Judas mismo, de todos aquellos de quienes no sabemos si son discípulos verdaderos, y a quienes me ha sido necesario aceptar día tras día: era el precio para quedarme con Él y, al atardecer, tener derecho al pan y a la copa. Él amó a los suyos hasta el extremo, todos los suyos le pertenecen, cada uno como único, multitud de únicos”. (3)   

Así se explica Christian de Chergé, prior del monasterio de Tibhirine, el 13 de abril de 1995, su último Jueves Santo, fue asesinado con otros seis hermanos de comunidad en mayo del siguiente año. Agradezco que lo dejara escrito y quedo preguntándome:

¿Cuánta agua has de desperdiciar año tras año, Tú… el Maestro, el Señor… para que  entendamos qué significa ser multitud de únicos?

Pongamos en la Mesa del Jueves Santo hechos que muestren que algo hemos entendido de cuidado, de servicio, de paciencia, de sencillez, de cercanía, de perdón, de paz… en definitiva, que sabemos del Amor que nos muestras y estamos dispuestos de salir a hacer lo que haces con cada uno, siguiendo tu ejemplo, reconociendo al otro como único.

Al enderezarnos, si Dios quiere y vaya que sí quiere, veremos una multitud de únicos, sinónimo de fraternidad universal.

Mari Paz López Santos

(1y2)  Jn, 13, 1-15

(3)     “La esperanza invencible”, Christian de Chergé, Ed. Lumen, pág. 70)

EL AMOR SE ENSEÑA A TRAVÉS DEL EJEMPLO

Muchas veces queremos enseñar el amor por medio de palabras. No nos damos cuenta que Jesús propone otro camino. Más difícil y comprometido, pero también más efectivo y cercano al sentir de Dios.

El amor se enseña a través del ejemplo. La vida pública de Jesús es una constante preocupación y actividad en bien de los demás. Jesús anuncia el Reino a través de gestos liberadores, haciendo presente el Reino en la vida de la gente de su tiempo, especialmente de los más sufridos, que son los preferidos de Dios.

Al acercarse el fin de su vida quiere enseñarles a sus discípulos que esto es lo más importante, lo que permite conocer a Dios, lo que lo anuncia y hace presente con fidelidad. El amor llevado a la vida práctica.

¿Seguimos el ejemplo de Jesús?

¿Por qué nos cuesta?

¿Dónde ponemos el acento en nuestro anuncio?

¿Seguimos los pasos de Jesús?

EL SERVIDOR DEL AMOR, CEÑIDO PARA LA LUCHA

Juan no nos ofrece la tradición de las palabras de la última cena, pero sí un relato asombroso, un gesto profético que está lleno de sentido como lo estaba la entrega de su vida en el pan y en la copa de aquella noche última de su vida. San Juan dice que había llegado su “hora”, la de pasar de este mundo al Padre… y esa hora no es otra que la del amor consumado. El lavatorio de los pies tiene toda la dimensión de entrega que la misma acción del pan partido y repartido y la copa de la alianza nueva. Son dos gestos que pueden perfectamente complementarse. No sabemos por qué los sinópticos no nos han ofrecido esta tradición, este gesto, ni podemos conocer su origen, aunque podríamos rastrear algunos aspectos bíblicos que lo llenan todo de un sentido especial, profético y creador. Es la escena inaugural de la pasión según San Juan, que si bien es la parte más semejante a la de los sinópticos, tienes varias cosas muy diferentes, y una es esta del lavatorio de los pies. Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre (¡que espléndida teología joánica de la muerte!). Esta muerte, pues, ya no es una tragedia, como lo es para muchos… sino un triunfo que se apunta desde este comienzo de la pasión joánica.

Jesús está dispuesto «a pasar de este mundo al Padre» y a vivir «su hora» (v. 1) con la clarividencia de su libertad divina (¡alta cristología joánica!). Para dar fuerza a su decisión personal inquebrantable, incluso a riesgo de no ser entendido por sus discípulos, va a poner en práctica una acción simbólica en tres actos, como los antiguos profetas: despojándose de su manto, ciñéndose un paño (léntion) y lavando los pies a sus discípulos secándoselos con el paño que se había ceñido. Todo esto se encierra apretadamente en los vv. 4-5. Normalmente se ha dado relevancia casi exclusivamente al lavatorio de los pies, porque además de ser el acto más humillante, culmina de forma escandalosa esta narración. Pero los otros signos no están ahí como adorno estético, sino que merecen nuestra atención, porque de lo contrario, la narración simbólica quedaría empobrecida. Juan quiere decirnos algo mucho más profundo cuando nos ofrece el dato de que Jesús «se ciñó un paño» (léntion) y cuando les seca los pies con el paño que se había ceñido (kai ekmássein tô lentíô ô ên diezôsménos). Como acción simbólica de la muerte que se quería significar hubiera bastado con que se hablara exclusivamente de que Jesús fue lavando los pies de sus discípulos uno a uno. Sin embargo, ¿por qué se vuelve a insistir en el léntion con que se había ceñido? Tampoco era necesario repetir esto cuando hubiera bastado con decir que se los fue secando, puesto que se supone que se los tenía que haber secado con un paño o toalla. Pero se vuelve a hablar del ceñimiento en el v. 5 en correspondencia con la acción del v. 4 entre las cuales se encierra el lavatorio. Si estamos ante una narración simbólica de carácter profético, entonces debemos desentrañar todas las acciones significantes. Y, sin duda, la acción de ceñirse es mucho más significante de lo que aparece a primera vista, aunque hasta ahora apenas se haya hecho notar.

La hora de Jesús, que es la hora del amor consumado, exige una lucha, una guerra con los que le quieren imponer el destino ciego del odio. Jesús no está dispuesto a que nadie le imponga su muerte, sino que es El quien impone su hora como voluntad y proyecto de Dios. El Padre se lo ha entregado todo en sus manos (v. 3) y no es posible que nadie se lo arrebate, porque la suya no es una muerte más, un asesinato de tantos como impone el odio sobre el mundo, sino que es la muerte soteriológica por excelencia. No vienen las cosas como si se tratara de una simple condena legal, como después aparecerá ante el juicio del procurador (Jn 19,7). Jesús, ciñéndose como los antiguos guerreros, debe ganar la batalla de la muerte; he ahí la paradoja, pero de la muerte redentora. Jesús no lucha para no morir, sino para que su muerte tenga sentido y no sea ciega y absurda como la muerte que da el mundo.

Si, como parece la mejor explicación, el lavatorio de los pies es una acción simbólica de la muerte de Jesús, entonces vemos cómo el Maestro se entrega a ellos, cuando deberían ser los discípulos los que deberían estar dispuestos a dar la vida por el maestro, como ocurre en las mentalidades pedagógicas de entonces, incluso de los fariseos. De ahí que en los vv. 6-11 se nos quiera explicar que Pedro no pueda entender que Jesús dé su vida por los suyos; sólo lo entenderá después (v. 7), tras la muerte y la resurrección. De ahí que podamos optar porque los vv. 6-10 representan la interpretación más antigua y acertada del lavatorio de los pies, según el recurso estilístico de las falsas interpretaciones joánicas. Esta debería ser la interpretación del diálogo entre Jesús y Pedro: «hay que aceptar la muerte de Jesús como una muerte salvífica». La interpretación posterior de un acto de humildad no es desacertada, porque en realidad la muerte de Jesús a los ojos del mundo es una humillación, un acto de humildad y un servicio de esclavo que hace el Hijo de Dios a los hombres. Pero la significación inmediata es la libertad de Jesús de morir por nosotros, tal como se pone de manifiesto en el lavatorio de los pies a sus discípulos, y para eso también era necesario que él se ciñera, porque era una guerra contra lo proyectado por el mundo. Por consiguiente, los tres gestos van unidos los unos a los otros, dando como resultado una acción profético-simbólica perfecta recogida en la narración de los vv. 4-5.

Es así como el lavatorio de los pies adquiere esa dimensión tan particular que representa su muerte, como signo del amor consumado a sus discípulos. Diríamos que Jesús se ciñe para no morir odiando, sino amando. Esta es la guerra, como hemos dicho, entre la luz y las tinieblas, entre el proyecto de Dios y el del mundo. Jesús va hacia su propia muerte, representada prolépticamente (adelantada proféticamenmte) en el lavatorio de los pies, luchando, ceñido con el cinturón de la paz. Va a morir por todos, por eso lava también los pies a Judas que está sentado a la mesa. Y Jesús les seca los pies con el paño ceñido, sin quitarlo, porque muere luchando; no le han impuesto la muerte desde fuera según la visión joánica. Ese cinturón no volverá a quitarlo, es una imagen más, como deja traslucir Jn 13,12, en el sentido de que lo llevará hasta el momento de la cruz en que se cumple real y teológicamente su hora (cf. Jn 7,30; 8,20), que es también la hora de la glorificación (cf. Jn 12,23). Jesús, pues, se ciñe para su muerte, para su hora, porque en su muerte está la victoria divina sobre el odio del mundo. En su muerte está su glorificación, porque no es una muerte absurda, sino que se la ha impuesto el mismo Jesús como una consecuencia de su vida entregada al amor de este mundo. Este mundo no deja que viva el amor. Jesús también va a ser sacrificado por el mundo, como tantos hombres, pero no dejará que le arrebaten el amor con que ha actuado en su vida. Por eso se ciñe antes del lavatorio de los pies que representa su muerte soteriológica. Toda esta explicación se deduce por haber optado en el ceñimiento de Jesús por la tradición del cinturón de la lucha, y de haber leído todo ello en la clave de Jn 13,1-3. Es posible que a algunos les parezca una exégesis rebuscada, pero se debe considerar que estamos ante uno de los relatos más simbólicos de todo el evangelio de Juan, que ya de por sí es bastante simbólico. Además, los gestos proféticos dan pie para ello y son ciertamente inagotables en algunos aspectos. En Juan siempre nos encontramos con posibilidades insospechadas. Con ello no ponemos en duda, aunque tampoco tratamos de excedernos, la tradición histórica recogida en Jn 13,4-5 sobre el lavatorio de los pies.

Fray Miguel de Burgos Núñez op

Documentación:  Liturgía de la Palabra

Documentación:  Meditación

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