Sábado Santo

… descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos…

Homilía antigua sobre el Sábado Santo escrita por S. Epifanio (Liturgia de las Horas).

“¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está sobrecogida, porque Dios se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios hecho hombre ha muerto y ha conmovido la región de los muertos.

En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a oveja perdida. Quiere visitar a «los que yacen en las tinieblas y en las sombras de la muerte» (Is 9,1;Mt 4,16). El, Dios e Hijo de Dios, va a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.

El Señor se acerca a ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor esté con todos vosotros». Y Cristo responde a Adán: « Y con tu espíritu». Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz» (Ef 5,14).

Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho hijo tuyo. Y ahora te digo que tengo poder de anunciar a todos los que están encadenados: «Salid», y a los que están en tinieblas: «Sed iluminados», y a los que duermen: «Levantaos».

Y a ti te mando: «¡Despierta, tú que duermes!», pues no te creé para que permanezcas cautivo del abismo. ¡Levántate de entre los muertos!, pues yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza (Gén 1,26-27; 5,1). Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí y yo en ti formamos una sola e indivisible persona.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo. Por ti, yo, tu Dios, me revestí de tu condición de siervo (Filp 2,7); por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aún bajo tierra. Por ti, hombre, me hice hombre, semejante a un inválido que tiene su lecho entre los muertos (Sal 88,4); por ti, que fuiste expulsado del huerto del paraíso (Gén 3,23-24), fui entregado a los judíos en el huerto y sepultado en un huerto (Jn 18,1-12; 19,41).

Mira los salivazos de mi cara, que recibí por ti, para restituirte tu primer aliento de vida que inspiré en tu rostro (Gén 2,7). Contempla los golpes de mis mejillas, que soporté para reformar, según mi imagen, tu imagen deformada (Rom 8,29; Col 3,10). Mira los azotes de mi espalda, que acepté para aliviarte del peso de tus pecados, cargados sobre tus espaldas; contempla los clavos que me sujetaron fuertemente al madero de la cruz, pues los acepté por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos al árbol prohibido (Gén 3,6).

Me dormí en la cruz y la lanza penetró en mi costado (Jn 19,34), por ti, que en el paraíso dormiste y de tu costado salió Eva (Gén 2,21-22). Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño de la muerte. Mi lanza ha eliminado la espada de fuego que se alzaba contra ti (Gén 3,24).

¡Levántate, salgamos de aquí! El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí que comieras «del árbol de la vida» (Gén 3,22), símbolo del árbol verdadero: «¡Yo soy el verdadero árbol de la vida!» (Jn 11,25; 14,6) y estoy unido a ti. Coloqué un querubín, que fielmente te vigilara, ahora te concedo que los ángeles, reconociendo tu dignidad, te sirvan.

Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y desde toda la eternidad preparado el Reino de los cielos”.

SOLEDAD ESPERANZADA

En el Sábado Santo la comunidad cristiana vela junto al sepulcro.

Callan las campanas y los instrumentos. Es día para profundizar. Para contemplar. Un día de meditación y silencio. El dolor es, muy grande. Es el día de la ausencia, del reposo, de la esperanza, de la soledad. El día del silencio lleno de esperanza.

Dios ha muerto. Ha vencido con su propio dolor el mal de la humanidad.

El mismo Cristo está callado. Él, que es el Verbo, la Palabra, está callado.

No es un día vacío en el que «no pasa nada». Cristo está en el sepulcro, ha bajado al lugar de los muertos, a lo más profundo donde puede bajar una persona.

Y allí junto a Él, como su Madre María, como la Iglesia, como la esposa,… entre el Viernes y el Domingo, nos detenemos en el sepulcro. Callados, como Él.

Es el desamparo, la pequeñez, la desolación quien habla hoy. En el sepulcro encuentro a la madre, al padre sin trabajo, al joven sin futuro, al abuelo abandonado, a las jóvenes engañadas y explotadas sexualmente tras la promesa de un trabajo, de un futuro mejor, al niño soldado, al explotado por las grandes multinacionales, que no le ven, que no tienen mirada, ni tampoco corazón,…

Jesús al pasar por el sepulcro asume todo lo humano, hasta el misterio de la muerte que nos hace temblar. “NO TIEMBLE VUESTRO CORAZÓN, VOY A PREPARAROS UN LUGAR”.

Entre el Viernes y el Domingo, Jesús baja al Sheol, a nuestras heridas, a nuestras soledades, a nuestras muertes.

La soledad de Jesús ilumina nuestra soledad, si nos dejamos. Toda desolación puede ser lugar de posibilidad, toda crisis, puede hacernos crecer. Reconocer y acoger nuestras dudas, fracasos, opacidades, soledades.

Hace falta mucha fe para creer, después de haber visto la sangre y el agua brotando de su costado, de haberle descendido de la cruz, de haberle depositado en el sepulcro, hace falta mucha fe para creer que RESUCITARÁ. Que a estas certezas de muerte les seguirá la VIDA.

Tienen que trascurrir paso a paso, minuto a minuto, las horas del viernes, el día y la noche del sábado, antes del amanecer del tercer día. Sentir la soledad, que no la desesperación; saber que ese sentimiento de soledad es por amor al Padre, y no importar por ello, ni el tiempo ni la intensidad, porque lo que importa es el AMOR. Amor solidario y obediente.

En el descenso a los Infiernos no hay actividad alguna, entre los muertos no hay comunicación viva, hay… muerte, es una auténtica soledad, un abandono extremo, una gran impotencia.

En la mañana del Sábado Santo estamos invitados a “bajar a los infiernos”, la Iglesia está invitada a “bajar a los infiernos” para encontrar al Dios de la VIDA.

Si el grano de trigo, no muere en la tierra
es imposible que nazca fruto
aquel que da, su vida para los demás
tendrá siempre al Señor.

Mª Victoria Alonso CM

CON MARÍA FIRMES EN LA FE Y EN LA ESPERANZA

Hoy no meditamos un evangelio en particular, puesto que es un día que carece de liturgia. Pero, con María, la única que ha permanecido firme en la fe y en la esperanza después de la trágica muerte de su Hijo, nos preparamos, en el silencio y en la oración, para celebrar la fiesta de nuestra liberación en Cristo, que es el cumplimiento del Evangelio.
La coincidencia temporal de los acontecimientos entre la muerte y la resurrección del Señor y la fiesta judía anual de la Pascua, memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto, permite comprender el sentido liberador de la cruz de Jesús, nuevo cordero pascual cuya sangre nos preserva de la muerte.
Otra coincidencia en el tiempo, menos señalada pero sin embargo muy rica en significado, es la que hay con la fiesta judía semanal del “Sabbat”. Ésta empieza el viernes por la tarde, cuando la madre de familia enciende las luces en cada casa judía, terminando el sábado por la tarde. Esto recuerda que después del trabajo de la creación, después de haber hecho el mundo de la nada, Dios descansó el séptimo día. Él ha querido que también el hombre descanse el séptimo día, en acción de gracias por la belleza de la obra del Creador, y como señal de la alianza de amor entre Dios e Israel, siendo Dios invocado en la liturgia judía del Sabbat como el esposo de Israel. El Sabbat es el día en que se invita a cada uno a acoger la paz de Dios, su “Shalom”.
De este modo, después del doloroso trabajo de la cruz, «retoque en que el hombre es forjado de nuevo» según la expresión de Catalina de Siena, Jesús entra en su descanso en el mismo momento en que se encienden las primeras luces del Sabbat: “Todo se ha cumplido” (Jn 19,3). Ahora se ha terminado la obra de la nueva creación: el hombre prisionero antaño de la nada del pecado se convierte en una nueva criatura en Cristo. Una nueva alianza entre Dios y la humanidad, que nada podrá jamás romper, acaba de ser sellada, ya que en adelante toda infidelidad puede ser lavada en la sangre y en el agua que brotan de la cruz.
La carta a los Hebreos dice: «Un descanso, el del séptimo día, queda para el pueblo de Dios» (Heb 4,9). La fe en Cristo nos da acceso a ello. Que nuestro verdadero descanso, nuestra paz profunda, no la de un solo día, sino para toda la vida, sea una total esperanza en la infinita misericordia de Dios, según la invitación del Salmo 16: «Mi carne descansará en la esperanza, pues tu no entregarás mi alma al abismo». Que con un corazón nuevo nos preparemos para celebrar en la alegría las bodas del Cordero y nos dejemos desposar plenamente por el amor de Dios manifestado en Cristo.

P. Jacques PHILIPPE

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