Evangelio de San Mateo 10, 37-42
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.
Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.
LA PRIMERA LEALTAD PARA JESÚS
¿A qué o a quién has sido leal los últimos 25 años? ¿Qué ha caracterizado esa lealtad? ¿Ha sido muy duro? ¿En qué estaba basada?
¡Vaya! pensé cuando leí el evangelio para este domingo, pues ¡qué poca gracia tener que explicar algo que produce rechazo desde el primer momento! “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. (Mt 10: 37-38).
Es increíble cómo después de más de veinte siglos de cristianismo y de haber escuchado y leído tantos comentarios a este evangelio seguimos diciendo que este tipo de exigencia es inhumana y que no podemos llevar adelante este “requisito” de Jesús. Pero ¿qué nos está pidiendo? ¿Cuál es su verdadera invitación o mejor dicho la de la comunidad cristiana detrás de este mensaje?
Al principio del capítulo 10 de este evangelio nos relatan la llamada de Jesús a sus doce discípulos dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y curar todo achaque y enfermedad. El envío con toda una serie de instrucciones es un mensaje transformador, primero para ellos cambiándoles sus valores, sus preferencias, sus preocupaciones y dotándoles de un amor universal que con el tiempo será capaz de traspasar todo tipo de fronteras, razas, religión, etc…Un mensaje liberador que solo puede proclamar quien antes ha sido liberado.

Por tanto, la lealtad a Jesús, a su mensaje, a su proyecto, es lo primero para quienes dicen seguirle. Eso no exige la renuncia al amor a nuestros seres queridos, a los más cercanos, todo lo contrario, pero sí se nos invita a amarles bien a no dejarnos atrapar por sus “chantajes emocionales” dándoles lo que nos piden, sino lo que sabemos que es mejor para ellos. Amar a Jesús no descarta amar al prójimo, nada más lejos de su mensaje, sino discernir de qué manera podemos expresar nuestro amor de una forma práctica y real.
En el pasado, muchas personas religiosas, consideradas llamadas por Dios de una manera especial, renunciaban al amor de sus padres, alejándose de ellos hasta el punto de no estar presentes en sus últimos momentos o en tiempos de enfermedad, bajo capa de una mayor fidelidad a su compromiso con Jesús.
Hoy, entendemos que la fidelidad al mensaje de Jesús es para todos, no para unos cuantos “escogidos” de manera especial. Entendemos que ser fiel a Jesús es estar ahí donde se nos necesita y tanto puede ser en nuestra propia familia como en países lejanos. (A veces es más difícil estar con la propia familia que en tierras lejanas donde se aplaude nuestro trabajo).
No es más misionero quien vive en un país de Tercer Mundo ayudando al desarrollo de un pueblo, que quien permanece en el suyo haciendo una labor poco valorada; porque la misión es vivir y comunicar los valores de Jesús y eso suscita una gran oposición sobre todo en las sociedades capitalistas. La lealtad a Jesús significa, en segundo lugar, no sólo división y rechazo dentro de la familia, sino también en el seno de la sociedad: y quien no toma la cruz y me sigue no es digno de mí.
¿Hasta dónde hay que llegar? Hasta dar la vida como él: ese es el distintivo del discípulo, de la discípula. Con pasión, con gozo, con fidelidad, no sin momentos de desaliento y de dificultad. Es escoger un camino de marginación porque supone identificarse con quienes se oponen al “control imperial” como Jesús; y eso nunca resulta fácil: ni entonces ni ahora.
En tercer lugar, esa fidelidad nos habla de perder la vida por Jesús para encontrarla. Por el contrario, se entiende “encontrar la vida” por nuestra propia cuenta como optar por lo seguro, por el propio interés, es dejarse llevar por la amenaza de la élite de crucificar a quienes ofrezcan resistencia. Sin embargo, la muerte no es el final.
¿Y quién y cómo escucha y recibe este mensaje? No está en nosotros medir los resultados, no vamos en nombre propio y el camino ya se encarga de proveernos con momentos de un gozo indescriptible cuando vemos que lo que nos ha sanado, cambiado la vida, liberado, también lo hace con muchos otros.
Quien recibe a Jesús recibe a quien le ha enviado. Profeta, justo, pobrecillo representan las actitudes de aquellos que ya han asumido el reino en sus vidas. Acogerles a ellos es acoger a Jesús y su mensaje y cualquier gesto, por pequeño que sea, incluso dar de beber un vaso de agua fresca, no quedará sin recompensa.

Sólo si conectamos con aquello que realmente nos llena la vida de pasión y de entusiasmo entenderemos la llamada de este evangelio; nada más lejos del deber moral o el sacrificio. Conecta con aquello o aquellos a quienes ofreces lealtad y verás como ya estás o puedes volver en cualquier momento al camino.
Carmen Notario Ajuria, SFCC
APRENDER A DAR
A veces no es tan fácil responder a las preguntas más sencillas. Hemos oído decir con frecuencia que amar es dar. Pero ¿qué es dar? Muchos suponen que dar es solo privarse de algo, renunciar a algo, «sacrificarse» desprendiéndose de algo. Estamos tan condicionados por nuestra sociedad del bienestar y tan inclinados a poseer, acumular y ganar, que «dar» nos parece algo improductivo. Un empobrecimiento que no estamos dispuestos a aceptar. En nuestra sociedad, quien da sin recibir es una persona poco práctica, sin sentido realista, poco inteligente.

Sin embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar es la expresión más rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor hace que la vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran alegría de vivir» (Karl Tillmann).
Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico.
Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás. Necesitamos todos escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión, aliento, esperanza, acogida o cercanía.
Muchas veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda parecer. Se llama Dios, nuestro Padre.
José Antonio Pagola
TOMAR LA CRUZ
Jesús me propone un código de felicidad totalmente distinto: ¿Quieres ser feliz…? –me dice–, pues confórmate con poco, comparte lo que tienes con los que no tienen, aprende a sufrir, di siempre la verdad, no seas violento, trabaja para que prevalezca la justicia, no trates de aprovecharte de nadie… y no te preocupes si te insultan y te persiguen por ello, pues a la larga serás mucho más dichoso.
No puede haber dos formas más distintas de encarar la vida, y por eso, quien decide abrazar los criterios de Jesús –y lo hace de verdad– debe estar dispuesto a nadar permanentemente contracorriente; a ser motivo de escándalo. Debe aceptar –si lo hace de verdad– el desprecio de una sociedad implacable con los disidentes; la censura sorda; la etiqueta de ridículo, trasnochado o pueril. Debe tomar su cruz.
Y esto sólo cuando su forma de vivir no se considera peligrosa, porque si molesta demasiado, la crucifixión puede ser más real. Sin tener que remontarnos casi nada en la historia, recordemos que Mohandas Gandhi, Martin Luther King, Ignacio Ellacuría, Cesar Arnulfo Romero y tantos otros, causaron escándalo y fueron crucificados.
¿Y por qué son tan peligrosos para el mundo si lo que promueven es el amor, el servicio, la paz y la concordia?… Pues porque la inhumanidad es tan poco consistente que no puede tolerar la luz de la humanidad; tiene que destruirla porque ante ella se siente ridiculizada y puesta en evidencia. Por eso Jesús produjo gran escándalo y fue crucificado en una cruz. Por eso los cristianos de las primeras comunidades fueron perseguidos y martirizados. Por eso otros muchos cristianos siguieron sus pasos a lo largo de la historia tanto en el testimonio como en el martirio.

La misión que tenemos encomendada quienes nos consideramos seguidores de Jesús consiste justamente en hacer patentes esos criterios con nuestra forma de vivir, es decir, en hacer patente que es posible otra forma de concebir la vida para encauzar a la humanidad con rumbo a la plenitud; al Reino. El problema es que trabajar por el Reino siempre ha producido escándalo, y si nosotros, los delegados de Jesús para promoverlo, no causamos escándalo ni somos perseguidos por ello, es que algo muy serio está fallando.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Documentación:
Liturgia de la Palabra
Documentación:
Vienes siempre – Salome Arricibitia
Documentación:
Descansar en ti – F Ulibarri

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