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XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Del Evangelio de San Mateo 11, 25-30

Mi yugo es llevadero y me carga ligera

En aquel tiempo, Jesús exclamó:

Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla.

Sí, Padre, así te ha parecido mejor.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré.

Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

OCULTAR Y REVELAR

Seguimos recorriendo el camino litúrgico de la mano de Mateo; este es un evangelio muy eclesial, elaborado en un momento conflictivo para recuperar la tradición de una iglesia judeo-cristiana. El peligro más potencial de la Iglesia era encerrar a Jesús en un espacio religioso centrado en Jerusalén. Posiblemente, después de tantos siglos, nos sigue resultando conocido este intento de exclusivismo religioso. Ahora bien, la gran contribución de Mateo es este relato decisivo que aporta pruebas incuestionables para mostrar y demostrar que Jesús es el Mesías; un mesianismo que recrea una nueva imagen de Dios y de ser humano. Desde esta clave, el texto que hoy nos ocupa, es una clara evidencia de este propósito.

Os invito a refrescar los versículos anteriores en los que Jesús no parece haber tenido mucho éxito con su predicación; es muy directo al expresar incomodidad porque su generación no ha aceptado el mensaje del Bautista, tampoco el suyo.  Por ello, se atreve a comenzar el relato con una plegaria de bendición, típica del judaísmo, para dejar claro cómo hay que situarse para poder aceptar y comprender su misión. No es precisamente una plegaria reconciliadora sino llena de valentía y con cierto tono provocador y polémico. Contrapone los “sabios y entendidos” frente a los “sencillos y pequeños”, es decir, las élites religiosas de Israel, rabinos y fariseos, que se indignaban por su predicación en favor de los olvidados de la sociedad y de los que buscan vivir la fe desde la simplicidad y la libertad. “Pequeño, sencillo, niño” no es lo opuesto a adulto sino a una mente compleja, racional, rígida, frente a la docilidad, naturalidad y libertad de quien vive desde lo más profundo su existencia.

Parece que Jesús maneja esta frustración conectando con su identidad más profunda, la de ser Hijo. Así continúa el relato de este evangelio. Sin la consciencia de este vínculo, Jesús sería un profeta más, un rabino, un líder socio-religioso que busca arreglar la vida de las personas. Sin embargo, la pretensión no es arreglar la vida de nadie sino revelar el espacio divino de cada ser humano, ese espacio en el que somos en autenticidad, donde la única ley es la libertad frente al yugo pesado que los maestros de la ley imponían al pueblo sencillo. La sensación que va dejando este discurso de Jesús es toda una danza entre dos acciones: ocultar y revelar.

Jesús avanza en su valentía y concluye con una invitación definiendo su liderazgo que parece ser diferente al de los “expertos”. Su liderazgo,  a diferencia de los maestros de la Ley, es más guía que no impone un yugo que aplasta sino una nueva relación que libera y conduce a una plenitud que nada tiene que ver con el fundamentalismo: Venid conmigo aquellos que os agobia vivir la fe y la vida de una manera dogmática y fanática, basada en el miedo, el pecado, la superficialidad, el concepto religioso, la ideología, las creencias impositivas,  sino una fe y una vida basada en un vínculo de filiación que no se destruye ni por el mal, ni el sufrimiento, ni la muerte, ni el pecado. Un vínculo que es descanso en medio de la montaña rusa que es la vida.

Y, por último, Jesús recupera una de las Bienaventuranzas que más evidencia una vida conectada a lo esencial: la mansedumbre. Jesús se autodefine como manso y nos aconseja vivir así. Nada tiene que ver con ser flojos, débiles, ingenuos, silenciosos. La mansedumbre no es perder el derecho a la disensión y al desacuerdo, sino vivir desde la madurez, el equilibrio, la coherencia, la fuerza interior, el ser de una pieza, pero sin violentar, sin imponer, sin pactar con lo que oculta el verdadero sentido de la vida y los verdaderos lazos que nos humanizan.

Rosario Ramos

DIOS SE REVELA A LOS SENCILLOS

Un día, Jesús sorprendió a todos dando gracias a Dios por su éxito con la gente sencilla de Galilea y por su fracaso entre los maestros de la ley, escribas y sacerdotes. «Te doy gracias, Padre… porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». A Jesús se le ve contento. «Sí, Padre, así te ha parecido mejor». Esa es la manera que tiene Dios de revelar sus «cosas».

La gente sencilla e ignorante, los que no tienen acceso a grandes conocimientos, los que no cuentan en la religión del templo, se están abriendo a Dios con corazón limpio. Están dispuestos a dejarse enseñar por Jesús. El Padre les está revelando su amor a través de él. Entienden a Jesús como nadie.

Sin embargo, los «sabios y entendidos» no entienden nada. Tienen su propia visión docta de Dios y de la religión. Creen saberlo todo. No aprenden nada nuevo de Jesús. Su visión cerrada y su corazón endurecido les impiden abrirse a la revelación del Padre a través de su Hijo.

Jesús termina su oración, pero sigue pensando en la «gente sencilla». Viven oprimidos por los poderosos y no encuentran alivio en la religión del templo. Su vida es dura, y la doctrina que les ofrecen los «entendidos» la hacen todavía más dura y difícil. Jesús les hace tres llamadas.

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados». Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que sienten la religión como un peso y a los que viven agobiados por normas y doctrinas que les impiden captar la alegría de la salvación. Si se encuentran vitalmente con Jesús, experimentarán un alivio inmediato: «Yo os aliviaré».

«Cargad con mi yugo… porque es llevadero y mi carga, ligera». Es la segunda llamada. Hay que cambiar de yugo. Abandonar el de los «sabios y entendidos», pues no es ligero, y cargar con el de Jesús, que hace la vida más llevadera. No porque Jesús exija menos. Exige más, pero de otra manera. Exige lo esencial: el amor que libera y hace vivir.

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Es la tercera llamada. Hay que aprender a cumplir la ley y vivir la religión con su espíritu. Jesús no «complica» la vida, la hace más simple y humilde. No oprime, ayuda a vivir de manera más digna y humana. Es un «descanso» encontrarse con él.

José Antonio Pagola

Publicado en www.gruposdejesus.com

LOS SABIOS Y LOS SENCILLOS

«Te doy gracias Padre porque has ocultado estas cosas…»

A Jesús le siguieron los que sintieron necesidad de él… y solo ellos participaron de la buena Noticia. Le siguieron los que se sentían rechazados por la gente respetable y abandonados por un Dios que les enviaba calamidades por sus pecados. Le siguieron los pecadores públicos, los pobres, los enfermos y lisiados, los humildes y sencillos; los que no poseían tesoros en la Tierra y no podían sentir apego por ellos.

Lo rechazaron los que no sintieron esa necesidad… y se perdieron la buena Noticia. Lo rechazaron los doctores y letrados cuya soberbia intelectual les impedía admitir nada que dijese o hiciese aquel carpintero de la impía Galilea. Lo rechazaron los sacerdotes y los poderosos que no podían permitir que nadie pusiese en riesgo su poder, los acomodados que se sentían satisfechos tal como estaban, los santos que dedicaban su vida al cumplimiento de la Ley y lo consideraron desde el principio un impostor: «Éste no es de Dios, porque…» …

Y lo rechazamos nosotros, porque nuestro espíritu ilustrado nos empuja a dar mayor crédito a los dictados de nuestra razón que a las palabras de aquel carpintero que (al fin y al cabo) vivió y murió en un tiempo lejano y una región remota que nada tienen que ver con nosotros. No se trata de un rechazo generalizado, sino circunscrito a los ambientes más intelectualizados de la Iglesia. Tampoco es un rechazo frontal, sino más bien una evolución de la fe hacia posiciones selectivas, ahormadas a nuestra idiosincrasia, que poco o nada tiene que ver con aquella fe de nuestros mayores que se manifestaba en una confianza plena en Jesús. 

Ya no partimos del evangelio para buscar la verdad. Partimos de una verdad que previamente hemos elaborado por nuestra cuenta, y desde esa verdad interpretamos el evangelio. El resultado es que hemos acabado poniendo en tela de juicio al Dios de Jesús, sus referencias a la vida tras la muerte y otras muchas cosas que antes se daban por supuestas. Incluso sus criterios de vida han perdido parte de su vigor, pues hemos descubierto que los podemos encontrar en otros maestros que han ofrecido su sabiduría en muchos lugares de este mundo.

No es por tanto de extrañar que hoy pongamos a Jesús en cuarentena y nos afanemos en buscar nuevos modelos distintos del suyo; que nos acerquemos al evangelio, no como quien se siente necesitado de él, sino desde esa autosuficiencia tan propia de nuestro tiempo que, por una parte, nos incapacita para penetrar en él a través de una lectura desde la fe, y por otra, nos lleva a descalificar la fe de las personas sencillas capaces de creer en Jesús sin nuestro cúmulo de cortapisas.  

Es razonable pensar que son los “sabios” los que mejor conocen “la verdad”, pero leemos el texto de hoy, y vemos a Jesús dar gracias al Padre por haber revelado “estas cosas” a los sencillos y haberlas ocultado a los sabios… Y ante ello sólo tenemos dos opciones; ignorar sus palabras, o replantearnos la forma de acercarnos al evangelio, porque es probable que nos estemos perdiendo la buena Noticia; como se la perdieron los doctores de Israel.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer otro comentario sobre este evangelio publicado en fe adulta, pinche aquí

Documentación:  Liturgia de a Palabra

Documentación:  Jauregui – Venid a mí

Documentación:  F Ulibarri – Descansar en ti

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