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XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

La Iglesia celebra la IX Jornada Mundial de los Pobres el próximo domingo 16 de noviembre. En el contexto del Año Jubilar, el lema seleccionado para este año ha sido tomado del salmo 71 y ahonda en la idea de la esperanza: «Tú, Señor, eres mi esperanza» 

Evangelio según S. Lucas 21, 5-19

“ Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario ”

En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».

Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».

Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.

Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

NO TENGAIS MIEDO, APROVECHAD LA OCASIÓN PARA DAR TESTIMONIO

Escuchamos hoy un evangelio que puede removernos profundamente si somos capaces de ser salir de esas dos actitudes que tantas veces nos acechan: la del que ya lo conoce, “lo hemos oído tantas veces” y la del que “esto no va conmigo” ¿Cómo va a ir conmigo eso del templo o lo del fin del mundo? Os invito a salir de ellas y abrir nuestro corazón para escuchar, como si fuera la primera vez, un texto sorprendente que nos trae un mensaje de libertad y esperanza, válido para el presente y para el futuro. Porque en definitiva, ¿en qué momento estamos? ¿Cuál es nuestro tiempo final? ¿Cuál es el de nuestro mundo?

Lo primero que encontramos en este texto es un lenguaje que no nos puede dejar indiferentes. Empieza con una imagen terrible, el templo destruido. Para los judíos contemporáneos de Jesús el templo es el símbolo de la Alianza, la morada de Dios. Destruir el templo es destruir lo más sagrado, hacer que todo lo demás hablando en clave de fe se tambalee… Y después añade, en este mismo lenguaje, que habrá guerras, terremotos, danas, pandemias, persecuciones, pueblos contra pueblos…

Y además que en medio de esto nos veremos abandonados de los más cercanos, padres, hermanos, amigos… Pensemos ¿habla del pasado, de los habitantes de entonces, o tiene algo que ver con nosotros? ¿Podemos descubrir que hoy, a nosotros y a nuestro mundo, nos pasa algo parecido?  Y ante todo ello, y esto es quizá lo chocante, nos pide categóricamente dos cosas: “No tengáis miedo” y “Aprovechad la ocasión para dar testimonio”. Pero, ¿cómo no vamos a tener miedo? ¿No sería mejor que nos dijese qué tenemos que hacer para librarnos de todo esto? Y es que, ante el final de nuestra vida, de todo lo nuestro, de nuestro mundo, es fácil caer en el pánico.

Y, como tantas veces, es la última frase del texto la que nos da la clave: “Con vuestra perseverancia salvareis vuestras almas” Perseverancia que puede ser traducida por paciencia. O también por entereza, aguante, capacidad de mantenerse firme ante las dificultades.

Virtudes tan poco cotizadas hoy como necesarias. Porque no se nos habla de resignación, del resistir porque “no hay otra cosa” que tantas veces nos lleva al desaliento, o a la pérdida de sentido para vivir… Se nos habla de esa actitud calmada y serena de quien ha puesto su confianza en un Dios que está presente, amorosamente presente en nuestra historia. Que interviene para salvarnos y sostenernos en ella. Para que “nadie nos engañe” y acertemos a distinguir y descubrir toda la hondura de las realidades, que llevan el signo de su amor aunque no lo comprendamos muchas veces.

Y ahí viene lo de “que nos sirva de ocasión” para testimoniar nuestra fe. Sin que nos imaginemos grandes juicios o momentos súper especiales. El testimoniar nuestra fe es vivir apoyados en ella. Es hacer patente que nuestra confianza en Dios nos mantiene en calma, que no nos dejamos desquiciar por las injusticias, las violencias sin sentido, o la posibilidad de la muerte, porque aun después de ella nos sabemos en buenas manos. Es mirar la vida hasta en sus peores momentos como salida de las manos de Dios y animada por su presencia. 

Descubrir en medio del dolor, gestos de amor, de entrega, de ternura… Es hablar transmitiendo esta esperanza, esta benevolencia, sin juicios precipitados o duros, sin amargura, sin buscar la propia seguridad o defensa… Y todo esto lo podremos hacer porque “se nos dará una sabiduría y palabras tales a las que nadie podrá hacer frente” Por eso no tengamos miedo.

Se nos regalará esta forma de vivir tan solo si tenemos fe, si confiadamente nos ponemos en manos de Dios, sin plazos y sin cálculos… firmes aunque esta vida se nos desmorone porque tenemos nuestra esperanza puesta en el Dios Abbá, amigo de la vida.

Pero, ¿cómo es mi fe? ¿Está mi vida animada por la fe? La hondura de mi confianza en Dios ¿se trasluce en mis sentimientos, actitudes y hechos? ¿Qué trasmito cuando hablo sobre el presente y el futuro? ¿De qué tengo miedo?

Que ante tantas dudas que nos llegan cada día, abramos nuestro corazón para acoger esa sabiduría que se nos regala y así descubrir la acción salvadora de Dios en nosotros y en nuestro mundo, y saboreemos ya esa confianza y alegría que es posible aun en medio del dolor y el sin sentido que a veces nos envuelve, pero que no es el final. El final solo es Dios y su abrazo amoroso para siempre.

Mª Guadalupe Labrador Encinas, fmmdp

DAR POR TERMINADO

Es la última visita de Jesús a Jerusalén. Algunos de los que lo acompañan se admiran al contemplar «la belleza del templo». Jesús, por el contrario, siente algo muy diferente. Sus ojos de profeta ven el templo de manera más profunda: en aquel lugar grandioso no se está acogiendo el reino de Dios. Por eso Jesús lo da por acabado: «Esto que contempláis llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».

De pronto, sus palabras han roto el autoengaño que se vive en el entorno del templo. Aquel edificio espléndido está alimentando una ilusión falsa de eternidad. Aquella manera de vivir la religión sin acoger la justicia de Dios ni escuchar el clamor de los que sufren es engañosa y perecedera: «Todo eso será destruido».

Las palabras de Jesús no nacen de la ira. Menos aún del desprecio o el resentimiento. El mismo Lucas nos dice un poco antes que, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, Jesús «se echó a llorar». Su llanto es profético. Los poderosos no lloran. El profeta de la compasión sí. Jesús llora ante Jerusalén porque ama la ciudad más que nadie. Llora por una «religión vieja» que no se abre al reino de Dios.

Sus lágrimas expresan su solidaridad con el sufrimiento de su pueblo, y al mismo tiempo su crítica radical a aquel sistema religioso que obstaculiza la visita de Dios: Jerusalén –¡la ciudad de la paz!– «no conoce lo que conduce a la paz», porque «está oculto a sus ojos».

La actuación de Jesús arroja no poca luz sobre la situación actual. A veces, en tiempos de crisis, como los nuestros, la única manera de abrir caminos a la novedad creadora del reino de Dios es dar por terminado aquello que alimenta una religión caduca, sin generar la vida que Dios quiere introducir en el mundo.

Dar por terminado algo vivido de manera sacra durante siglos no es fácil. No se hace condenando a quienes lo quieren conservar como eterno y absoluto. Se hace «llorando», pues los cambios exigidos por la conversión al reino de Dios hacen sufrir a muchos. Los profetas denuncian el pecado de la Iglesia llorando.

José Antonio Pagola

CARPE DIEM

«Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá»

Es evidente que Lucas (y el resto de evangelistas) está describiendo unos hechos que ya han ocurrido cuando los están relatando: la destrucción del Templo, los falsos profetas, las persecuciones… y que los mezclan con expresiones genuinas de Jesús para ofrecernos un discurso escatológico de muy difícil interpretación. Pero, dentro su complejidad, hay en él un mensaje en el que queremos incidir: el fin de los tiempos.

A nosotros no nos interesa nada el fin del mundo porque dudamos que estemos aquí para verlo, pero nos interesa mucho el fin de nuestro propio tiempo. Sabemos que nuestro destino inmediato es la muerte y, siendo coherentes, debemos aprender a vivir con esa perspectiva.

Tradicionalmente, la forma de afrontar la muerte ha sido la esperanza de encontrar más vida tras ella, pero la cultura dominante convierte esa esperanza en superstición, y reduce al ser humano a un “ser para la muerte” (en expresión de Martin Heidegger) condenado a caminar hacia la nada desde el mismo momento de nacer: «Venimos de la nada de antes y vamos a la nada de después» –dice–. Triste destino y triste vida. Tan triste que invita a evadirse de semejante realidad. Para ello, es habitual tratar de soslayarla a través del trabajo compulsivo, el ocio compulsivo, el alcohol, las drogas o los infinitos mecanismos que la sociedad de consumo pone a nuestra disposición para que podamos pasar por la vida sobrenadándola y sin sumergirnos de lleno en ella.

Pero si queremos soslayar la realidad debemos pagar el precio de desperdiciar el don irrepetible de la vida, y esto chirría de tal forma, que hasta el propio Heidegger califica esta forma de vivir de inauténtica y propone un modo de afrontar su finitud asumiendo como algo natural el hecho de la muerte. 

«Debemos aceptar que somos finitos, asumir la angustia de caminar hacia la nada, no renunciar a disfrutar de todas las posibilidades que se abren ante nosotros, correr el riesgo de equivocarnos y arrepentirnos, vivir cada momento de nuestra vida conscientes de que vamos a morir»… En definitiva viene a decirnos que la muerte es lo que hay, y que debemos resignarnos a vivir sin esperar otra cosa.

Juan Antonio Estrada, sacerdote jesuita y filósofo, tiene una visión muy distinta de la muerte, y hace unas consideraciones en torno a la forma de encarar nuestra finitud que nos parecen interesantes y que queremos compartir. Dice que «es muy saludable actuar sabiendo que esta vida se acaba y que no sabemos cuándo se va a acabar, porque esta actitud nos urge a vivir con más intensidad, a no darnos tanta importancia; a ser menos egoístas y tratar de mejorar nuestra relación con los demás».

Añade que cuando alguien interioriza de verdad que la vida en este mundo es efímera, se da cuenta de que el apego a las cosas es una gran necedad que le hace daño y no le lleva a ninguna parte. Entonces combate sus apegos y comprueba que se pueden vencer, y con ellos, el dolor que le provocan. Y de esta forma gana en compasión, en alegría, en amor, en bondad, en sabiduría… porque su corazón se ha librado del temor que le atenazaba…

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Documentación:  Liturgia de la Palabra

Documentación:  Plegaria

Documentación:  Meditación

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