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XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario. Cristo Rey

«Quizá no me he explicado bien. O no me habéis entendido. Es hoy cuando tengo hambre, estoy sin trabajo, enfermo, en la cárcel….»

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

Cuando venga el Hijo del Hombre rodeado de esplendor, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su trono esplendoroso y serán congregadas ante Él todas las naciones.

Y los separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha:

– Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Es que tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era extranjero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, me puse enfermo y me visitasteis, estaba en prisión y fuisteis a verme.

        Entonces los justos le responderán:

– Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber?; ¿Y cuándo te vimos extranjero y te acogimos, o desnudo y te vestimos?; ¿y cuándo te vimos enfermo o en prisión, y fuimos a verte?

        Y el rey les responderá:

– Os digo de verdad: todo lo que hicisteis en favor de uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicistéis.

        Y entonces dirá también a los de su izquierda:

– Apartaos de mí, malditos al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Es que tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, era extranjero y no me acogistéis, estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en prisión y no me visitasteis.

        Entonces también ellos responderán:

– Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, extranjero o desnudo, o enfermo o en prisión y no te asistimos?

        Entonces les responderá así:

– Os digo la verdad: todo lo que no hicistéis en favor de uno de estos más pequeños, tampoco a mí me lo hicistéis».

        E irán estos al castigo eterno; los justos en cambio, a la vida eterna.

Toda persona escucha una voz misteriosa en su interior, que lo impulsa a amar al prójimo por encima de todo

Desde el Concilio Vaticano II, la fiesta de Cristo Rey se sitúa en un nuevo contexto social dentro de las perspectivas litúrgicas del Viernes Santo, “ser testigo de la verdad” (Jn 18,37). La realeza de Cristo, no se visibiliza en la Iglesia por su poder o su grandiosidad, en un anacronismo que el mismo Papa Francisco denuncia, sino por la justicia, el servicio y la caridad. No es casual, que las lecturas de hoy hablen de un pastor, del servicio, del servidor de los más débiles, no de privilegios ni de poderosos.   

La antigüedad familiarizada con la cultura pastoril acuñó la imagen del pastor, para referirse a los guías de los pueblos. Hoy podríamos utilizar una imagen sacada del mundo en que nos movemos… que, en definitiva, viene a significar lo mismo: frente a los pastores que explotan el rebaño o lo conducen al abismo, frente a los poderosos ávidos de poder, ambición, carentes de ética y conciencia moral para resolver los problemas de los ciudadanos y de la sociedad, Dios reúne a los dispersos, a los descartados… y les conduce a la fuente de la vida. El profeta Ezequiel (34,11-12. 16) anuncia la salvación de Dios al pueblo destruido. “Así seguiré yo el rastro de mis ovejas… las libraré sacándolas de los lugares donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad… vendaré a las heridas, curaré a las enfermas”. Jesús actualizó esa imagen (Jn 10,1ss). El ejercicio del profetismo en el mundo que nos toca vivir es tarea esencial cristiana. Anuncio y denuncia.

Podríamos pensar que los cristianos tenemos la exclusiva de la salvación pero no así los demás. Ni unos ni otros somos conscientes de que al luchar a favor de los pobres, de los oprimidos, de los presos, luchamos a favor de Cristo. Y es que toda persona escucha una voz misteriosa en su interior, que lo impulsa a amar al prójimo por encima de todo. Aquellos que, por razones insondables, no han sabido reconocer o discernir explícitamente a Dios, son también creyentes… “ateos”, “escépticos”. No es ni siquiera una actitud religiosa, sino una actitud vital en relación con los más vulnerables.

Jesús habla muchas veces del Reino de Dios pero no reivindica para sí ningún reino, ni dice expresamente qué es, o en qué consiste esa “soberanía de Dios”. Lo único que dice es: “está cerca”, “está aquí”, “está dentro de vosotros” (Lc 17,20-22). Si estamos despiertos, atentos a las palabras y acciones de Jesús, podremos descubrir la clave para entender lo que significa y exige el Reino de Dios, y lo más importante, cómo hemos de vivir para entrar y construir el Reino.

El modo como Jesús anunció el Reino, así como el modelo del Reino que concibió, quién puede entrar en el Reino de Dios y quién no, provocó dos efectos simultáneos, entusiasmo por parte del pueblo y un rechazo brutal de los grupos dirigentes (fariseos, escribas, sumos sacerdotes, poder romano…)[1]

Entender la dinámica del Reino de Dios, podría compararse con las modernas Constituciones, en las que se recogen los principios que rigen la vida de los ciudadanos, el funcionamiento de los distintos poderes: el legislativo, encargado de elaborar las leyes, el ejecutivo que tiene como obligación hacer efectivas las leyes, que se cumplan, y el judicial, encargado de juzgar y decidir sobre las infracciones a las leyes o si las leyes se ajustan a lo que la Constitución determina.

El evangelio de Mateo (Mt 5, 2-12) explicita con claridad las leyes del Reino:

· Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de los Cielos.

· Dichosos los que estáis tristesporque Dios os consolará.

· Dichosos los humildesporque heredaréis la tierra.

· Dichosos los que tenéis hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios os saciará.

· Dichosos los misericordiosos, porque Dios será misericordioso con vosotros.

· Dichosos los que tenéis el corazón limpio, porque veréis a Dios.

· Dichosos los que construís la paz, porque seréis llamados hijos de Dios.

· Dichosos si os persiguen por hacer la voluntad de Dios, porque vuestro es el Reino.

· Dichosos si os insultan, piensan mal de vosotros, digan contra vosotros calumnias por mi causa. Alegraos porque vuestra recompensa será grande en los cielos, pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

El poder ejecutivo nos dice cómo deben ser los gobernantes (Mc 10,42-45), y ¿cómo deben gobernar? (Jn 13,12-15)

– Jesús los llamó y les dijo: “Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su propia vida por todos”.

– Después de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a sentarse a la mesa y dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que acabo de hacer? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque efectivamente lo soy. Pues bien, si yo, que soy el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo unos con otros. Os he dado ejemplo, para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros”.

En cuanto al poder judicial: Mateo lo describe con rotundidad en el evangelio de hoy (Mt 25, 31-46). El criterio para juzgar es la actitud de amor o indiferencia ante los necesitados, los sencillos, los disminuidos por cualquier causa, las personas corrientes. Ellos se convierten así en la representación de Cristo como juez.

Las ovejas y los cabritos no se refieren a dos clases de personas, unas buenas y otras malas, sino a dos realidades dentro de cada persona. Se salvará, pues, lo bueno que hay en cada uno (amor) y se perderá lo malo de cada uno (indiferencia, mentira, ego, ambición…) Esto significa infierno; la pérdida definitiva de plenitud del ser.

Frente a la desesperanza, la mentira, la inequidad, la supremacía de unos sobre otros, apostemos por el coraje y la firmeza en tiempo de desolación. Hay muchas buenas personas que aman “la solidaridad entre los españoles, la igualdad ante la justicia, el bien común, y la unidad como un bien moral forjado en nuestra historia”[2]. Alcemos nuestra palabra con respeto, con verdad. No entremos al trapo de quienes provocan enfrentamientos y división. No seamos cómplices de los veletas. La nueva humanidad está por encima de toda esa inmundicia. “Que nada sea capaz de quitarte tu paz. Cuando te  sientas apesadumbrado/a, triste, adora y confía…” (T. de Chardin)

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

[1] Paz Garrido, Mujeres y Teología, Madrid.

[2] Santos Montoya, Obispo de Logroño.

Las fuentes no admiten dudas. Jesús vive volcado hacia aquellos que ve necesitados de ayuda. Es incapaz de pasar de largo. Ningún sufrimiento le es ajeno. Se identifica con los más pequeños y desvalidos y hace por ellos todo lo que puede. Para él, la compasión es lo primero. El único modo de parecernos a Dios: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo».

No nos debería extrañar que, al hablar del Juicio final, Jesús presente la compasión como el criterio último y decisivo que juzgará nuestras vidas y nuestra identificación con él. ¿Cómo nos va a sorprender que se presente identificado con todos los pobres y desgraciados de la historia?

Según el relato de Mateo, «todas las naciones» comparecen ante el Hijo del hombre, es decir, ante Jesús el compasivo. No se hace diferencia alguna entre «pueblo elegido» y «pueblos paganos». Nada se dice de las diferentes religiones y cultos. Se habla de algo muy humano y que todos entienden: ¿qué hemos hecho con los que han vivido sufriendo junto a nosotros?

El evangelista no se detiene propiamente a describir los detalles de un juicio. Lo que destaca es un doble diálogo que arroja una luz inmensa sobre nuestro presente, y nos abre los ojos para ver que, en definitiva, hay dos maneras de reaccionar ante los que sufren: nos compadecemos y les ayudamos o nos desentendemos y los abandonamos.

El que habla es un juez que está identificado con todos los pobres y necesitados: «Cada vez que ayudasteis a uno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis». Quienes se han acercado a ayudar a un necesitado se han acercado a él. Por eso han de estar junto a él en el reino: «Venid, benditos de mi Padre».

Luego se dirige a quienes han vivido sin compasión: «Cada vez que no ayudasteis a uno de estos pequeños, lo dejasteis de hacer conmigo». Quienes se han apartado de los que sufren se han apartado de Jesús. Es lógico que ahora les diga: «Apartaos de mí». Seguid vuestro camino.

Nuestra vida se está jugando ahora mismo. No hay que esperar ningún juicio. Ahora nos estamos acercando o alejando de los que sufren. Ahora nos estamos acercando o alejando de Cristo. Ahora estamos decidiendo nuestra vida.

José Antonio Pagola

Publicado en www.gruposdejesus.com

«…Tuve sed y me disteis de beber»

Es una temeridad juzgar con criterios actuales unos hechos acaecidos en otra época histórica, pero lo cierto es que hoy nos cuesta entender las razones de Pío XI para proclamar la solemnidad de “Cristo Rey del Universo”. Imaginamos que en aquel contexto estas declaraciones pomposas provocaban la devoción de los fieles, pero nos tememos que hoy producen mayoritariamente rechazo. No; en el mundo no reina Jesús (los reyes no lavan los pies), sino la ambición, la opresión y el confort, y contra eso no se lucha haciendo grandes manifestaciones, sino siendo fieles al evangelio.

Pero todavía resulta más asombroso que los liturgos hayan situado esta solemnidad “tapando” el mensaje central del evangelio de Mateo, por lo que nos vamos a olvidar de ella (de la solemnidad) y centrarnos en lo verdaderamente importante.

Mateo nos presenta la parábola del juicio final como compendio y resumen de toda la predicación de Jesús. Para resaltar su importancia, la envuelve en una escenografía colosal propia de las grandes ocasiones, y a través de ella, nos transmite un mensaje que es la esencia misma de la predicación de Jesús. Todo el evangelio es importante, pero quizás hay dos expresiones que resaltan sobre todas las demás: «Abbá» y «A mí me lo hicisteis».

La esencia de la buena Noticia es la revelación de Dios. Saber que “Dios es Abbá” lo cambia todo. En primer lugar, nos quita el miedo a Dios; nadie teme a su madre y lo único que puede temer es disgustarle. En segundo lugar, nos da un inmenso sentido de dignidad; soy Hijo y no me conformo con menos; por supuesto, no hago lo que no es digno de mi padre. En tercer lugar, nos sitúa ante nuestra mayor responsabilidad como cristianos: atender a sus Hijos necesitados. Dios “no está” y no puedo responder directamente a su amor, pero sus hijos, mis hermanos, sí que están, y yo estoy aquí para lo que me necesiten.

Y desde esta perspectiva, la parábola de hoy cobra todo su sentido. Es mi hermano el que está hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo o encarcelado, y soy yo quien se afana en darle de comer, o de beber, o acogerle, o vestirle o visitarle… Y aquí no caben coartadas, porque el mensaje es de una claridad meridiana y no admite interpretaciones abstractas, ni metafóricas, ni simbólicas. Es el núcleo más íntimo del mensaje evangélico dicho en el lenguaje más llano que cabe imaginar. Es la norma de conducta que, generalizada, cambiaría radicalmente la faz de la Tierra.

Como decía Ruiz de Galarreta: «El resumen de la buena Noticia es un gozoso descubrimiento: mi padre me quiere, mis hermanos me necesitan. Y, al contrario, yo necesito de ellos, de padre, de madre y de hermanos: y sé que puedo contar con su cariño» 

Termino. No nos conocerán por ser piadosos, ni por ir mucho al templo a orar, ni por conocer al dedillo la exégesis más moderna e independiente, ni por meditar muy bien, ni por desarrollar planteamientos metafísicos fastuosos… nos conocerán por ser fraternos… «En esto conocerán que sois mis discípulos…»

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí

Incluso una parábola tan sabia y hermosa como esta puede quedar pervertida cuando se lee, no en clave sapiencial sino moralizante. En esta última, el acento se coloca de manera inmediata en el premio y el castigo, en las “ovejas” y las “cabras”, en la “derecha” y la “izquierda”.

La lectura sapiencial, por el contrario, se mueve en parámetros totalmente diferentes, ya que la sabiduría únicamente busca una cosa: favorecer la comprensión experiencial, es decir, evocar, facilitar y favorecer el acceso a la verdad de lo que somos.

Si se entiende bien, podría decirse que a la sabiduría no le interesa la moral, sino la verdad. Porque solo de tal comprensión -del reconocimiento de la verdad- podrá nacer la acción adecuada.

Tampoco la parábola quiere recrear el escenario de un imaginario “juicio universal” tras la muerte. Esa es únicamente la metáfora que le sirve de vehículo.

El objetivo de la parábola parece obvio: La Realidad es Amor. Por eso, acertamos cuando vivimos el amor y nos perdemos cuando lo ignoramos.

El amor del que se habla no tiene que ver, de entrada, con la emoción o el sentimiento, sino con la comprensión y la consciencia de unidad. No se basa en lo que pueda vibrar en mi sensibilidad -aunque requiera que esta se halle mínimamente limpia y vibrante-, sino en la certeza de que todos y todo somos uno.

Así entendida, la parábola es una invitación a pasar de la errónea consciencia de separatividad -característica del estado mental, que nos hace girar en torno a los intereses del ego- a la consciencia de unidad, en la que nos vivimos en comunión, entrega y servicio; no por un principio moral, ni por obedecer un mandato divino, ni por temor a ser enviados al infierno, sino porque hemos “visto” lo que somos.

Por ello, el amor no se queda en un sentimiento romántico, sino que es invitado a mirarse en el espejo de un criterio prioritario: la persona en necesidad. Y se concreta en el cuidado eficaz de quien más sufre.

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

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