Evangelio de San Mateo 22, 34-40

«Estos dos mandamientos contienen la Ley entera y los Profetas»
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a
prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».
El mandamiento principal de la ley
Si consideramos el Evangelio, Buena Noticia, como propuesta de un estilo de vida humanizador, las lecturas de hoy nos muestras el camino, el proceso que debemos seguir para llegar al desarrollo pleno de nuestras posibilidades humanas.
Contexto del texto de Mateo 22, 34-40: En Jerusalén. En el último tramo de la vida de Jesús. En el templo. En un clima de enfrentamientos con los dirigentes religiosos. El texto de hoy, en el Evangelio de Mateo, va precedido de: Expulsión de los vendedores del templo y parábolas dirigidas a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo: Los dos hijos, viñadores homicidas, banquete nupcial, preguntas sobre el tributo al césar y a continuación la pregunta- trampa sobre el mandamiento principal.
El texto que vamos a comentar hoy versa sobre el mandamiento principal de la Ley. En las escuelas rabínicas de ese tiempo era una disputa frecuente. Tenían tantos preceptos y prohibiciones que resultaba lógica la pregunta sobre la jerarquía entre tantos mandamientos. De ahí la necesidad de la pregunta
¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley? Las respuestas de los maestros de la Ley a esta pregunta eran diversas. Seguía la disputa. Por eso la pregunta a Jesús es oportuna y maliciosa.
Como otras veces, Jesús aprovecha la ocasión para “evangelizar”. Es decir, presentar su propuesta del Reinado de Dios. La respuesta es rotunda y fundamental (pone fundamento). Como el que pregunta es un maestro de la Ley la respuesta es con la Ley en mano.

En ella Jesús emplea dos textos del Antiguo Testamento: Dt 6,5 y Lv 19,18 que eran citados frecuentemente en las discusiones éticas rabínicas. La originalidad de la respuesta de Jesús fue unirlas tan estrechamente (son semejantes) y hacer de ellas el resumen o fundamento de toda la Ley y los Profetas. Esta unión del Principio Amor fue una idea creativa, brillante y profética (prometedora, con futuro).
Veamos ahora este texto desde nuestro contexto y comparemos. La audiencia de Mateo: judíos en conversión al movimiento de Jesús de Nazaret. Nosotros: Cristianos posmodernos en el siglo XXI. Mateo usa el Antiguo Testamento como referente. Porque para un judío del siglo I, desde ese AT se lee e interpreta todo lo que se le ofrece, lo nuevo. Mateo, en su evangelio, usa con mucha frecuencia “para que se cumplan la Escrituras”. Nosotros hoy usamos como referente: El mensaje de Jesús, las enseñanzas de la Iglesia y los Signos de los Tiempos (Aquí metemos todo lo que cabe en el término Cultura Posmoderna). Acudimos a la Filosofía y la Teología, a las Ciencias Naturales y Sociales etc.. y nos atrevemos a pensar, valoramos la libertad y la autonomía personal. Nos gusta participar en los procesos de elaboración y tomas de decisiones. Queremos sacar nuestras propias conclusiones y ser corresponsables. Somos posmodernos, con sus luces y sus sombras. Somos ciudadanos del mundo y seguidores de Jesús de Nazaret. Somos creyentes postmodernos que pretendemos vivir una fe adulta.
Desde este contexto de cultura postmoderna también nosotros nos preguntamos ¿Qué es lo principal en la vida? ¿Por qué y para qué existo? ¿Qué tengo que hacer para conseguir la felicidad aquí y ahora? Y como creyentes y seguidores de Jesús de Nazaret ¿Qué es lo más importante en la vida cristiana? ¿Cuál es el rasgo diferencial del cristiano? Sin duda en la tradición cristiana, la respuesta es: el amor a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser y al prójimo de la misma manera (“Lo que le da gloria a Dios es que amemos al hombre como lo amamos a El”). Para un cristiano el amor a Dios y el amor al hermano son un único amor. Ambos se implican.
No cabe el uno sin el otro. La experiencia del amor no es distinta, aunque sean distintos los objetos o las personas amadas. No es posible amar a Dios más que al hombre. En el amor no cabe el más y menos. Se ama o no se ama. La esencia de la fe y de la identidad cristiana es el amor evangélico (ágape, desinteresado, de servicio y entrega, gratuito, generoso. Como es el amor que Dios nos tiene).

Veamos ahora el asunto desde la sensibilidad y conocimientos del siglo XXI. En concreto desde el Principio amor y la ética del amor y de la religión. Según esto: El amor desinteresado es la punta de lanza de la evolución humana. La humanización es un proceso de evolución en el amor desinteresado. El diferencial humano en la evolución cósmica es el amor gratuito, desinteresado.
Y en cristiano: Evangelizar es humanizar. Esta es la propuesta de Jesús: El reino de Dios es un reino de amor, justicia y paz. En Jesús se nos presenta una nueva imagen de Dios y del ser humano. Y estas imágenes siguen evolucionando. Vamos a centrarnos ahora en el cambio en la imagen postmoderna del ser humano.
Para la Nueva Antropología: El humano es un ser que nace inacabado, incompleto y abierto, sin terminar de hacer para que pueda evolucionar, aprender y desarrollarse. Pero esto tiene una exigencia: alguien tiene que cuidarle en su desarrollo. Necesita del cuidado de otro humano que tiene que tener la necesidad de cuidar. Todos estamos necesitados y por eso somos necesarios. El ser humano es un ser por y para otro ser humano. Es relación entre humanos. Es interdependencia con todos y con todo. La precariedad existencial demanda cuidados y ternura. A eso llamamos amor humano. De ahí la centralidad del amor.
África de La Cruz
EL AMOR LO ES TODO
Los judíos llegaron a contar hasta seiscientos trece mandamientos que debían ser observados para cumplir íntegramente la Ley. Por eso no era extraño en los círculos rabínicos hacerse preguntas como la que plantean a Jesús en un intento de buscar lo esencial: ¿qué mandamiento es el primero de todos?
Jesús responde de manera clara y precisa: «El primero es: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos». ¿Cómo escuchar hoy estas palabras fundamentales de Jesús?
Hay algo que se nos revela con toda claridad: el amor lo es todo. Lo que se nos pide en la vida es amar. Ahí está la clave. Podremos luego sacar toda clase de consecuencias y derivaciones, pero lo esencial es vivir ante Dios y ante los demás en una actitud de amor. Si pudiéramos actuar siempre así, todo estaría salvado. Nada hay más importante que esto, ni siquiera la práctica de una determinada religión.
Pero, ¿por qué el amor es la fuerza que da sentido, verdad y plenitud a la vida? Esta centralidad del amor se arraiga, según la fe cristiana, en una realidad: Dios, el origen de toda vida, él mismo es amor. Esa es la definición osada e insuperable de la fe cristiana: «Dios es amor» (1 Juan 4,8). Por decirlo de alguna manera, aunque sea deficiente, Dios consiste en amar; Dios no sabe, no quiere y no puede hacer otra cosa que amar. Podemos dudar de todo, pero de lo que no hemos de dudar nunca es de su amor.
Precisamente por esto, amar a Dios es encontrar nuestro propio bien. Lo que da verdadera gloria a Dios no es nuestro mal, sino nuestra vida y plenitud. Quien ama a Dios y se sabe amado por él con amor infinito aprende a mirarse, estimarse y cuidarse con verdadero amor. Qué fuerza y dinamismo genera en nosotros esta peculiar manera de entendernos. Cuántos miedos y angustias se diluyen dentro de nosotros. Qué diferente es la vida cuando la persona aprende a decir:

«Señor, que se haga tu voluntad, porque así se va forjando también mi bien». Por otra parte, es entonces cuando se comprende en su verdadera profundidad el segundo mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Quien ama a Dios sabe que no puede vivir en una actitud de indiferencia, despreocupación u olvido de los demás. La única postura humana ante cualquier persona que encontremos en la vida es amarla.
Esto no significa que se haya de vivir de la misma forma la intimidad con la esposa, la relación con el cliente o el encuentro fortuito con alguien en la calle. Lo que se nos pide es actuar, en cada caso, buscando positivamente el bien que queremos para nosotros mismos. En unos tiempos en que parece cuestionarse todo, es bueno recordar que hay algo incuestionable: el hombre es humano cuando sabe vivir amando a Dios y a su prójimo.
José Antonio Pagola
Documentación:
Liturgia de la Palabra
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El tapiz de sus sueños – F Ulibarri
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Plegaria

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